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miércoles, 26 de marzo de 2008

MI PADRE



Murió hace año y medio, pero siento la necesidad de hablar de él. Cuando se marchó, me sentí como un barco que siempre ha estado anclado a puerto al que alguien, sin previo aviso, suelta las amarras en mitad de la más terrible de las tempestades. Mi padre murió a los 65 años, de cáncer. Puede parecer contradictorio lo que he dicho antes, el cáncer avisa, hay meses en el hospital en los que te preparas para lo peor.

Yo lo hice mal todo. Ni una sola vez, aunque la lógica decía que no había ninguna oportunidad, pensé que perdería esa partida de ajedrez. "Sobrevivió a la posguerra. ¿Por qué no va a poder con esto? La medicina ha avanzado. Es fuerte. Nunca se rinde. Va a poder. Lo vamos a conseguir"

Mis pensamientos siempre se refugiaban en las frases que me ayudaban a respirar con regularidad. Las otras, las que hablaban de sesiones de quimioterapia, las que contenían la palabra tumor o muerte, las apartaba porque, sólo con que asomasen, me era imposible contener las lágrimas. Fueron diez meses de montaña rusa, costaba mucho subir aquella empinada y dolorosa cuesta y bastaba sólo una palabra para bajar en segundos a toda velocidad. El estado de ánimo más inestable que jamás he sentido. Sólo fui consciente de que se iba sin remedio menos de veinticuatro horas antes de su partida. Agarré el teléfono y le dije a mi tía que corriera a despedirse, que el tiempo se había acabado. Nadie creyó en mí, los médicos habían hablado de una semana más, pero lo supe. Siempre hemos sabido sentir juntos.

Por eso es tan duro vivir sin él.

Muerto no se siente.

Escribimos al unísono un libro. Hablaba de su vida, de relojes de arena, de este tiempo y del que pasó, de las cosas que has hecho y las que sólo has soñado. Fue un camino difícil y hermoso. Lo acabamos sólo unas semanas antes de ese 10 de julio. Todas las conversaciones pendientes se saldaron y según el psicólogo eso me ayudaría a sentirme mejor, menos mal. ¡Mentira!

Las palabras se han quedado en mi memoria pero necesito que me refresque los abrazos y los besos.

domingo, 23 de marzo de 2008

YA VES

Empezar es difícil siempre: uno no conoce los atajos que la práctica pone ante nosotros. Por eso hoy sólo hablo de propuestas para pensar. Yo he cogido el título de una canción de Ismael Serrano y, a partir de ella, he reflexionado un poco.


YA VES

Cada día que paso dando clase siento que la vida da pasos hacia atrás. No sé si sólo tengo contacto con muchachos problemáticos, con una inteligencia tan limitada que es imposible pedirles a los 15 que hagan una redacción que hubiera sido mediocre en mi clase de quinto o que en realidad no son una excepción de su tiempo. De su deficiente educación de la que, desagraciadamente, también soy responsable.
Creo que explico lo necesario para afrontar el reto de poner más de diez palabras en un folio con sentido, pero no puedo hacer nada con ese vocabulario que no sale de "haber", "tener" y "ser" como verbos estrella, ese léxico tan pobre que los únicos adjetivos que dominan, porque de paso son los únicos que entienden, son los tacos. Hasta yo misma, que antes buscaba siempre el momento de emplear la palabra nueva que había aprendido en el último libro que estuviera leyendo, me reprimo por miedo a que no me entiendan. Y digo más palabras malsonantes que nunca.
Fiable, paraje, fatiga, vil, orondo, alborozo, escarnio, frenético, ... son palabras de dos páginas del último libro que están leyendo. No conocen ninguna, les suenan extrañas, nuevas, como si en sus quince años de existencia nunca nadie las hubiera cruzado con ellos. Y puede hasta ser cierto porque en este lugar se dan "chingoletas", en lugar de volteretas, hay "gurriatos" en lugar de gorriones y se dice "verás" cuando quieren preguntar: ¿verdad?
No encuentro el modo de inculcarles el amor a los libros que tantas veces a mí me salvó de las horas vacías, de la soledad, que aumentó mis ganas por conocer este mundo en el que vivo. Tampoco sé si alguna vez, a mi hijo, pequeño ahora, le interesará otra cosa que no sea pararse frente a la televisión o embrutecerse aún más jugando a matar peatones en un juego de ordenador.