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martes, 3 de enero de 2012

Escribir, escribir, escribir...

He pasado unos días complicados, en los que he ido saltando de la euforia al caos emocional de tres a cuatro veces al día. Me ha pasado más veces, y suele coincidir con los días ligados a momentos de gran estrés, de tener que ocuparme de demasiadas cosas en muy poco tiempo. A finales de año se junta la Navidad, los cumpleaños de todos en casa (menos yo), los puñeteros regalos, la función del cole y sus disfraces, el hospital y el trastorno de horarios que causa, las clases, los exámenes, la ropa que se amontona esperando que la planche (y que sigue esperando), la compra, un golpe en el coche, las muñecas que quiere Aitana agotadas… Se pasa, pero mientras dura se pasa mal.


Para tranquilizarme un poco aparqué lecturas pendientes, para cuando me sienta mejor. No es justo leer un libro sin prestarle toda tu atención. Al principio ni siquiera me apetecía escribir pero tengo más suerte de la que merezco y, además, unos oídos que saben escuchar, unos ojos que saben mirar más allá de lo que está en la superficie y, pasito a paso, he vuelto a ser yo. Ahora tengo un ataque de hiperactividad pero sin moverme de mi rincón, sin tareas extra que me pongan al límite. Es lo bueno de las vacaciones. Estoy escribiendo, mucho más que en los últimos meses. En momentos así es mejor que me deje llevar, que deje que mis dedos dancen por el teclado, que bailen al son de la melodía que escucho en mi cerebro. Da igual el resultado, la mayor parte del tiempo es solo mío, nadie más va a leerlo porque no pienso dejar que nadie lo haga. Eres egoísta, escucho de vez en cuando. No, soy práctica. Al fin y al cabo no soy, ni seré nunca, escritora. Soy juntadora de palabras, inventora de sueños que se quedan siempre a medias. Si nadie lee lo que escribo, si nadie entra en mis sueños son mucho más míos y poco importa cómo terminen.
Ahora tengo tres historias empezadas. Vamos a ver, tres historias grandes. Pequeñitas, de las que se quedaron en semillas que jamás darán su fruto, hay montones. Esparcidas por discos duros de ordenadores dejados de lado, prisioneras en algún cuaderno de anillas, relatos como hijos abandonados por una madre horrible que se ha ido olvidando de ellos. Mis tres historias grandes están en distintas fases de crecimiento.



La primera de ellas, diría yo que es adolescente. Más o menos empieza a tener personalidad y está tan rebelde que no soy capaz de controlarla. Por más que le pongo apoyos por aquí y por allá, siento que se me escapa de las manos. Si fuera una planta, necesitaría una poda urgente y algún que otro injerto. Si fuera un adolescente, una buena reprimenda y clases particulares. Llevo mucho tiempo sin añadirle una coma, quizá debería prestarle algo de atención.

La segunda. ¡Ay, la segunda! Está en etapa de madurez y creo que necesita cirugía estética urgente. Un cambio radical, quedarse con la esencia, con el tono, pero darle una vuelta tremenda a la forma. Está condenada al fracaso si no hago algo, el peor de los fracasos diría yo, porque corre un riesgo que las otras dos no tienen y es que su madre la deje en la puerta de algún desconocido cualquier día y no vuelva a buscarla jamás. O en la papelera de reciclaje, donde fue a parar un día que me enfadé con ella, pero regresé a buscarla porque aunque quiera ser mala malísima, no me sale. Tengo que ver si hay talleres para esto y apuntarme. He descubierto que cuanto peor persona eres mejor te va, pero no es el tema hoy.

La tercera es recién nacida, fruto de este estado de confusión mental en el que vivo, y es una gamberrada. Producto de la lectura de un libro que no me gustó nada, de esos tan malos que al final acaban inspirándote. Me acordé de Cervantes cuando la empecé, salvando el océano de distancia que siempre nos separará, cuando tratando de burlarse de las novelas de caballerías acabó escribiendo El Quijote. No creo, ni por lo más remoto, que me pase eso. No soy ni buena, ¡cómo para ser genial! El libro en cuestión, el inspirador, con su portada maravillosa y sus ventas espectaculares, me decepcionó muchísimo. Muy chulita yo, me dije que sin esforzarme ni un poquito era capaz de escribir mejor.

A veces, cuando me pongo así no me soporto.

Empecé a hacer algo que nunca hago, un esquema de lo que tenía que ocurrir. Siguiendo las pautas del género. Al pie de la letra, como si se tratase de un trabajo escolar. Me puse un plazo que no sé si voy a cumplir porque acaba en dos meses y me falta mucho para terminar, sólo llevo seis capítulos. Pero es que soy bruta, decidí que tenía que escribir diez páginas cada día y para eso hay que tener al menos una hora libre al día. A mí a veces me sobran minutos y cuando tengo más tiempo es porque no estoy durmiendo bien. A pesar de todo, he logrado juntar 30.000 palabras. Serán las vacaciones...

El caso es que me he prohibido corregir nada. De vez en cuando tengo que volver atrás porque a veces ni me acuerdo de lo que ha ido pasando y debo evitar incoherencias graves. Como el otro día, que a un personaje le cambié el nombre y para otro acabé escribiendo X porque ya no me acordaba de cómo le había llamado. Luego cambié otro nombre por el de una alumna, que sueña con que llamen como ella a un personaje de novela y no me cuesta nada hacerla feliz. Lucía, la gritona. Tendré que ponerle también algo de su loca personalidad al personaje.

Me gusta la sensación de estar haciendo esto, de no tomarme en serio nada. De volver a escribir como cuando escribí Su chico de alquiler o Armando, otra novela adolescente que anda por ahí perdida. La libertad que siento al pensar que no habrá nadie juzgando, que lo hago sólo porque es la mejor manera que conozco para llenar mis horas. Leer y escribir. Sería la persona más feliz del planeta si pudiera dedicar mi tiempo a estas dos cosas. De vez en cuando también escucharía música conduciendo mi coche y cantaría a pleno pulmón. Pero solita y con las ventanillas cerradas que no quiero abrumar a nadie.

En medio de todo esto he tomado una decisión: publicar El medallón de la magia. En lulu, como las otras dos veces, una autoedición que tendrá como las anteriores un recorrido corto, pero que cerrará el ciclo que empecé sin darme apenas cuenta de donde me metía hace ya cuatro años. A partir de aquí, lo que haga no lo sé ni yo. A veces soy tan complicada que ni yo misma, que me conozco, soy capaz de seguir mis propios pensamientos.

Ha empezado la cuenta atrás.