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jueves, 28 de mayo de 2015

ASÍ EMPIEZA... LA CHICA DE LAS FOTOS

Grimiel

Cocina del hotel. Lunes por la tarde.

Rocío irrumpió en la cocina del hotel empujando la puerta con energía y se dejó caer rendida en la silla más cercana al acceso del restaurante. Las bisagras batientes tardaron un poco en encontrar de nuevo el punto de reposo.
—¡Catorce habitaciones terminadas! ¡Odio los lunes con todas mis fuerzas! —dijo mientras se servía agua de una jarra.
—No te quejes tanto, sabemos que te encanta venir a vernos cuando acabas de borrar el rastro de los clientes del fin de semana.
Daniel, el cocinero, acercó a Rocío un café recién hecho y el último trozo de la tarta de chocolate que había preparado para celebrar su entrada en la treintena.
—¡Felicidades! —dijo ella, levantándose para darle un sonoro beso. Apretó los labios contra su mejilla dejando un bonito estampado de carmín digno de protagonizar una camiseta.
—Ya pensaba que se te olvidaba, por eso he decidido guardarte una pista —aclaró Daniel—. Estos buitres no han dejado nada más.
Desde el otro extremo de la cocina se escuchó un gruñido, un murmullo ininteligible al que ninguno de los dos prestó la más mínima atención. Luisa, ayudante de cocina y camarera ocasional, limpiaba la plancha con energía. Para ella la jornada laboral se terminaba en el instante en el que decidía que se podía ir a casa. No le preocupaba si había llegado la hora, solo si le parecía que el trabajo estaba terminado.
—¿Qué hora es? —preguntó Rocío. Se había vuelto a olvidar del reloj en el cuarto donde se cambiaban.
—Las cinco y media. Hoy has acabado antes que otros días. ¿No te habrás dejado alguna habitación a medias?
—¿Dudas de mi profesionalidad, Daniel? —Sonrió Rocío—. ¡Esta tarta está deliciosa! Me tienes que dar la receta —dijo, saboreando los restos de chocolate prisioneros en la comisura de sus labios.
—¿Y se puede saber para qué quieres mi receta de la tarta de chocolate? Reconócelo, no tienes ni idea de repostería, te acabarás cargando esta obra de arte.
—Tendré que empezar a aprender ahora. Mi madre dejará de cocinar para mí dentro de poco más de un mes —apuntó Rocío —. Por cierto, ¿de verdad crees que tengo tan mala memoria como para olvidarme por completo de tu cumpleaños, Daniel?
Se levantó, salió al comedor a través de la puerta de la cocina y volvió con una enorme caja que llevaba todo el día esperando escondida debajo de una de las mesas.
—¡Vamos, Dani! ¡Cógela! ¡Cuidado, pesa mucho!
El cocinero, estupefacto por recibir un regalo y por el tamaño del colorido paquete que cargaba la camarera, tardó un poco en reaccionar. Rocío se lo puso en las manos cuando todavía no había logrado cerrar la boca.
—¿Lo abro?
—No, si quieres te puedes quedar mirándolo eternamente… ¡Pues claro, hombre! ¡Ábrelo!
La paciencia no era una virtud de Daniel así que en pocos instantes el envoltorio acabó hecho trizas, desperdigado por la cocina del hotel.
—No quiero ver un solo papel en el suelo —gruñó Luisa.
Incluso de espaldas era capaz de adivinar el desorden montado por Daniel. Sin embargo, este, más pendiente de descubrir lo que contenía el paquete que de su huraña ayudante, no le hizo el más mínimo caso. Debajo de los papeles había una caja blanca. Cuando Daniel quitó la tapa y descubrió su contenido los ojos se le abrieron como platos.
—¡La madre que…!
—Como puedes comprobar, sí sé hacer tartas, colega —dijo Rocío sonriente, remarcando la afirmación—. Las mías tienen un aspecto tan apetecible como las tuyas aunque… te aconsejaría que no intentes hincarle el diente, puede que después necesites visitar al dentista y de eso no me haré cargo, te lo advierto.
—¡Pero es espectacular, Ro! Parece… real.
—Tócala, es real… pero no creo que te la quieras comer.
La tarta, de tres pisos, simulaba estar recubierta de una capa de fondant blanca y una cascada de flores rosas con sépalos y hojas verdes la recorría formando una espiral. El delicado diseño de las flores se repetía en el plato sobre el cual se apoyaba. Cuando Daniel la sacó, comprobó que pesaba bastante más que las suyas.
—Desventajas de usar arcilla en lugar de huevos, azúcar y harina —dijo Rocío intuyendo su pensamiento por la expresión de su rostro.
—Eres una artista, deberías dedicarte a esto profesionalmente, te lo digo en serio.
—Me moriría de hambre, Dani. Mejor seguiré limpiando habitaciones que es muchísimo más rentable: el arte no llena la bolsa, al contrario, acabaría gastando todo en más material. Felicidades, ya me contarás cómo es eso de inaugurar la tercera década.
La ayudante dejó de frotar para interrumpir la conversación con una lacónica pregunta.
—¿Ya tienes todo preparado para la boda?
Rocío sonrió. A veces parecía que Luisa vivía en su mundo, pero no era cierto, siempre se enteraba de todo. En lo concerniente a su boda era normal: ella no hablaba de otra cosa desde hacía unos meses, del gran día que la uniría para siempre a Óscar, su novio de toda la vida. Los preparativos le estaban robando mucho tiempo, pero le encantaba tenerlo todo bajo control.
—No, quedan muchos detalles, pero aún tengo tiempo.
—Yo no me voy a casar nunca —dijo Daniel—. Cada vez que lo pienso... Fotos, invitaciones, flores, trajes, restaurante, iglesia... y eso sin contar con colocar a la gente en las mesas del superbanquete. ¡Qué locura! Si algún día a mi cabeza le da por hacer saltos mortales sin red y decido casarme lo haré en secreto.
—Se te ha olvidado la despedida de soltera en esa lista interminable —sonrió Rocío.
—No se me ha olvidado, bonita, suponía que de esa se iban a encargar tus amigas.
—Ni loca dejo que se ocupen de ella, ¡qué dices...! A saber qué se les ocurriría.
—Ese día está pensado para hacer una última locura hasta que te encierren en esa cárcel sin rejas que se llama matrimonio. Si la preparas tú, seguro que locuras haréis pocas —apuntó Daniel.
—Yo volví a los dos días a casa —dijo Luisa—, y no me acordaba de nada.
Daniel y Rocío se quedaron mirándola un instante. Luisa rondaba los sesenta años y hasta donde sabían estaba soltera, por lo que el comentario los pilló desprevenidos. No entendían a qué despedida se refería. De todos modos era muy complicado seguir los pensamientos de Luisa y siempre era mejor no preguntarle si no se querían llevar una respuesta brusca, así que siguieron hablando como si ella no estuviera.
—La verdad, estoy atacada —continuó Rocío—. No me imaginaba que preparar una boda estresara tanto, pero estoy contenta, es lo que quiero.
—El merluzo de tu novio te estará ayudando, ¿no? —preguntó el cocinero.
—¡No le llames merluzo!
—Es pescadero y un poco merluzo, si me lo permites.—¡Dani!
—¿Te está ayudando Óscar o no?
—Lo que puede, ya sabes que se levanta pronto para ir al mercado y luego le espera la tienda... Yo me ocupo de casi todo lo relacionado con la boda.
Daniel se dio la vuelta. No quería hacer otro comentario desagradable. Le tenía demasiado cariño a Rocío como para dañarla, pero por otro lado sentía que alguien debería hacer algo antes de que cometiera el error de su vida. Le parecía una flor demasiado preciosa para marchitarse al lado de un tipo como Óscar. Acabaría trabajando con él en la pescadería y terminaría desdibujándose entre la rutina que esperaba agazapada en cuanto se apagasen las luces de esa boda. Con él, el recorrido era corto: de casa a la pescadería y de la pescadería a casa.
—Rocío, te estaba buscando, ¡menos mal que no te has ido!
Marcos, el dueño del hotel, entró precipitadamente en la cocina, llevándose por delante los cubos de agua que Luisa había dejado preparados para fregar el suelo cuando terminase con la plancha. La mirada reprobadora a su jefe provocó que este se arrugase al instante.
—Perdón, Luisa. Lo siento, de verdad, no los he visto. Ya lo recojo, no te preocupes.
Rocío y Daniel contuvieron la risa ante la cara de apuro del que se suponía que era el jefe de todos, aunque, por su manera de actuar, siempre parecía estar tres pasos por debajo de Luisa en el escalafón de mando.
—Rocío, una emergencia —logró decir Marcos mientras escurría la fregona en el cubo rojo.
—¿Emergencia? —preguntó ella mientras apuraba la tarta.
—Sí, te necesito un rato más.
—Pero...
—Te prometo que te pagaré el doble por este tiempo, pero tienes que preparar la suite.
Rocío lo miró extrañada. La suite se había ocupado el día anterior y la había dejado lista, como el resto de las habitaciones.
—La suite está perfecta, Marcos. ¿Me he olvidado de algo?
—No, no, tú has hecho bien tu trabajo, de eso estoy seguro. Luisa, ¿así está bien? —preguntó Marcos, dirigiéndose a la ayudante de cocina, que contestó con un gruñido cuando comprobó que el suelo estaba casi más mojado que al principio.
—Pues no lo entiendo —dijo Rocío—. Si está bien, ¿para qué tengo que prepararla otra vez?
—Me acaban de llamar porque Alberto Enríquez y Lucía Vega llegarán dentro de un par de horas para quedarse hasta el jueves. ¡En mi hotel! ¿No es genial?
—¿Los actores? —preguntó Daniel.
—Los mismos. Se ve que van a estrenar una película y han decidido tomarse unos días de vacaciones antes de que empiece todo el lío ese de la promoción.
Rocío no era demasiado asidua de la prensa rosa ni de los programas del corazón, pero no había que serlo para conocer a Alberto Enríquez y Lucía Vega. Además de ser dos de los actores españoles con más proyección internacional, acababan de protagonizar una película cuyo estreno era inminente. No se hablaba de otra cosa en esos programas televisivos que su madre devoraba cada tarde.
La elección del hotel para aislarse durante unos días parecía justificada. El establecimiento era un pequeño alojamiento rural con encanto situado muy cerca de la montaña y relativamente alejado de la capital. Era el lugar ideal para que se pudieran sentir cómodos. En un pueblo diminuto seguro que su presencia generaría cierto revuelo: los vecinos sentirían curiosidad por los ilustres visitantes y especularían sobre las razones de su visita, pero enseguida volverían la vista hacia sus asuntos y les dejarían pasar unos días tranquilos. La curiosidad de la gente de la zona por los extraños se limitaba al principio. Cuando algo alteraba su calma, la rutina suave que presidía su forma de vida, se paraban a mirar. No duraba mucho. De todos modos, era tan poca la gente en el pueblo durante el invierno que el alboroto no provocaría un vendaval sino, como mucho, una suave brisa.
—Pero, Marcos, ¿qué tengo que hacer...? —Rocío se quería marchar, aunque la curiosidad impulsó sus labios.
—Nada, nada, manías de famosos. Quieren sábanas de hilo, toallas rosa palo, un jabón especial que solo tienen en la farmacia de Lorsa y... ¡No me acuerdo! ¡Algo más que se me olvida!
—Tranquilo, Marcos —dijo Daniel—. Siéntate y te preparo una tila.
Rocío se levantó de la silla para cedérsela a su jefe.
—¡Ya sé! Una cesta de fruta, un benjamín de cava, bombones...
—Una caja de condones... —añadió Daniel.
—¡Dani! ¿No ves que se está poniendo muy nervioso? —Se enfadó Rocío—. Deja de decir chorradas.
—Era otra cosa, algo más de la habitación... Era... Era...
—Marcos, ya te acordarás, no te preocupes. Hay que buscar sábanas de hilo y toallas rosa palo. Lo que no sé es de dónde las vamos a sacar. En el hotel no hay nada de eso y en Lorsa lo veo complicado —dijo Rocío. El pueblo de al lado era más grande que Grimiel, pero no tanto como para que les fuera fácil localizar unas toallas de ese color sin encargarlas.
—¡Ay, Dios! La oportunidad del siglo para elevar la categoría de este sitio definitivamente, y vamos a fallar por unas malditas sábanas rosa palo y unas toallas de hilo.
—Al revés —corrigió la chica.
—¿Qué?
—Sábanas de hilo y toallas rosa palo, o eso has dicho antes.
—Ya no sé ni lo que digo... No lo lograremos.
—Creo... —Ella había tenido una idea.
—¿No me digas que sabes dónde encontrarlas?
La radiante sonrisa de Rocío dibujó la posible solución al contratiempo.

—Vuelvo en un momento.
* * *

¿Os apetece seguir? Os dejo el enlace de compra. En una semana ya estará disponible para lectura.


Os agradezco mucho los tuits y los enlaces que estáis poniendo por todas partes. ¡Sois geniales! No os olvidéis incluir en Twitter el hastag #LaChicaDeLasFotos para reunirlos.


martes, 26 de mayo de 2015

LA CHICA DE LAS FOTOS de MAYTE ESTEBAN





Sinopsis:

Rocío, camarera de pisos de un hotel rural y escultora en sus ratos libres, vive al borde de un ataque de ansiedad: el día de su boda está a la vuelta de la esquina, faltan muchos detalles por concretar aún y su novio no ayuda. Para colmo, se encuentra con que tiene que trabajar horas extra en el hotel. Todo debe estar impecable para la llegada de Alberto Enríquez y Lucía Vega, la pareja de actores de cine más rutilante del momento. Cuando aparecen, a Rocío le ocurre algo que no logra entender. Es verdad que Alberto tiene un físico imponente y una mirada terriblemente sexy, pero lo que empieza a sentir es desconcertante e inoportuno, y por ello lo trata de manera fría, hasta brusca.

Alberto enseguida descubre que Rocío no es la típica muchacha encandilada por un famoso y justo eso es lo que llama su atención. Sin embargo, algo se le escapa: ¿por qué Rocío evita mirarlo a los ojos? Impaciente por descubrirlo, idea mil maneras de tropezar con la esquiva camarera. Con lo que no cuenta es con que la prensa sensacionalista es capaz de cualquier cosa con tal de lograr una exclusiva.


* * *

¡Ya está en preventa!

Pincha aquí para verla en la página

Desde ya mismo podéis descargar mi nueva novela, LA CHICA DE LAS FOTOS y el 4 de junio se transferirá automáticamente a vuestros lectores electrónicos. Al menos desde Amazon, y hablo de esta página porque es la que más controlo.

Tenía muchísimas ganas de poder contaros esto. Han sido muchos meses desde que puse la palabra fin (mentira, nunca la pongo) a esta historia.

Sé que todas las novelas tienen dos maneras de verse. La primera, la importante, leyéndolas y empapándonos de la historia que nos cuentan. Hay otra, cuando conoces detalles del proceso de creación, que te hacen mirarla con otros ojos.

Yo dejo que la primera la descubráis y os pido una cosa: hacedlo también para mí. Contadme lo que os ha parecido, porque me ayudará a aprender, que es en definitiva para lo que estoy aquí. Supongo que con todo lo que me habéis ido diciendo de las otras he construido el camino que me ha llevado a ser finalista en el HQÑ, pero sabéis también que soy inquieta y que no me voy a quedar parada.

No puedo.

La segunda historia me corresponde contarla a mí. Os diré que esta novela la empecé en las navidades de 2011. Por aquel entonces descubrí que no sabía poner la raya. He aprendido leyendo pero nunca me había fijado en detalles que no estaba haciendo bien. Leyendo en un blog supe que lo estaba haciendo muy mal y se me ocurrió que una manera divertida de aprender era empezar a escribir una historia en la que me tenía que obligar a seguir las reglas.

En quince días tenía las cuarenta mil primeras palabras.

Ya, ya sé que suena excesivo, pero estábamos de vacaciones y tenía mucho tiempo libre y muchas ideas en la cabeza, además de otra cosa: ninguna intención con ella. Eso es lo mejor, porque te libera de presiones absurdas y me permitió ir avanzando con paso seguro. Una palabra detrás de otra la historia fue tomando cuerpo y creció de forma sorprendente.

Después, un frenazo.

Tenía otras cuestiones en mente, meterme en el lío de publicar en Amazon, por ejemplo. Dos novelas pugnaban por ser la primera: Detrás del cristal y El medallón de la magia. Ganó la segunda, quizá porque la primera lectura cero de la primera no fue hecha por la persona más indicada (no volveré a contar esto porque no quiero ni acordarme de lo que estuve a punto de hacer con ella). Publiqué El medallón, le siguieron La arena del reloj y Su chico de alquiler y con esas tres tuve más que suficiente. Me estaban pasando tantas cosas y todas tan alucinantes que esta novela se quedó perdida.

La publicación de Detrás del cristal, su éxito inmediato en 2013, el contrato con Ediciones B y el lanzamiento en papel para 2014 siguieron, y La chica de las fotos siguió escondida entre los proyectos inacabados. Incluso escribí otra novela ATCLV, que sigue esperando su oportunidad (no seáis pesados, la tendrá, yo creo en ella firmemente, pero dejadme que lo siga intentando un poco más).

El verano pasado me puse como meta terminar dos novelas. Una fue Brianda, el origen del medallón, con la que quería dar por cerrada la aventura en Amazon que empezó dos años antes. La otra, esta chica a la que un paparazzi mete en el lío de su vida. Como no sé escribir novelas de una en una fui saltando, ocupando mi tiempo en ambas a partes iguales.

Cuando la terminé y le hice la revisión pertinente, no me lo pensé.

Había visto ya el certamen HQÑ y pensé que, tanto la trama como el estilo en el que está escrita, encajaban a la perfección en lo que buscaban. Como estoy loca, pero solo a medias, le pedí a una amiga (Yas) que se la leyera. Su entusiasmo, contagioso, me hizo cerrar los ojos y enviarla.

Siempre creí en ella.

Es algo que a veces sucede, te convences de que las cosas pueden pasar y ocurren. Cuando la editora, María Eugenia Rivera, me llamó, mi cabeza era un hervidero. Alegría. Sorpresa. El pensamiento de que mi mente estaba enfocada en esto y había sucedido... No sé. Fue un subidón, en un momento más que oportuno porque me estaba planteando, en serio, dejar esto de una vez.

¿Qué vais a encontrar? Pues una historia romántica, o dos, quién sabe. Una pequeña reflexión sobre la prensa rosa y los pocos escrúpulos que de vez en cuando se gastan. Un estreno. Líos. Risas. Un adolescente que me encanta...

Os dejo que seáis vosotros quienes me lo contéis.

¡Pero hacedlo!

Es importante para mí.

Muchas gracias al equipo de HarperCollins Ibérica por confiar en mí y sobre todo a María Eugenia Rivera, mi editora, que siempre está disponible para cualquier pregunta tonta que se me ocurra. También quiero darle las gracias a Mónica Sota por la portada. ¡Me encanta!

martes, 19 de mayo de 2015

EL MEDALLÓN DE LA MAGIA EN EL CEO VIRGEN DE LA PEÑA (SEPÚLVEDA)

El lunes 18 de mayo estuve en Sepúlveda. Visitar esta villa castellana es un placer. Cada uno de sus rincones está lleno de historia y es siempre agradable pasear por sus calles empedradas, después de degustar un cordero asado, el plato del que se sienten orgullosos sus habitantes.

Pero no fue una visita turística el motivo por el que estuve allí. Fue otro más literario, fui al CEO Virgen de la Peña, el centro de enseñanza obligatoria de Sepúlveda, donde los alumnos de MAE leyeron El medallón de la magia. Tuvimos un encuentro en el que pudieron preguntar sobre todas las cuestiones que les habían llamado la atención de la historia y sobre el proceso de escritura de una novela.

Siempre que me enfrento a una charla, una firma o cualquier encuentro con lectores reconozco que me pongo muy nerviosa. La escritura es una actividad solitaria y reflexiva, todo lo contrario a encontrarte frente a un auditorio. Esto supone un choque puesto que las respuestas a las preguntas no permiten un mínimo de reflexión si quieres que el acto mantenga la fluidez adecuada. Sin embargo, con los chicos yo estoy siempre como pez en el agua. Con ellos me siento muy cómoda y en este caso tuve la sensación de que, después de un principio en el que estaban más cortados, a medida que avanzaba el acto iban perdiendo la timidez y preguntando cada vez más.

Lo pasé muy bien. Recordé el principio de toda esta aventura en la que estoy inmersa y volví a situarme en ese tiempo en el que tome la decisión (inconsciente del todo) de convertir mi afición en otra cosa. El medallón de la magia y Brianda para mí son dos novelas mágicas, no solo por el tema que tratan, sino porque la primera me cambió la vida y la segunda me ha hecho aprender de verdad lo que significa escribir, trabajar un relato hasta dejarlo como quieres.

Cuando llegué habían preparado un escenario, lo cual me sorprendió mucho.



El director del centro, Patricio Pérez, preparó el equipo de sonido y, micrófono en mano, me presentó brevemente, dejando que fuera yo quien les contara cómo había llegado hasta allí, hasta estar frente a ellos en ese salón de actos. Intenté ser concisa, pero va habiendo tantos datos ya en mi biografía que me voy a tener que plantear, en serio, para futuras ocasiones, reducir esta parte, puesto que la que más me gusta es la siguiente, cuando se empieza a hablar del libro y ellos comienzan a preguntar.



Me preguntaron muchísimas cosas. Una de ellas, si creía en la magia, me dio opción a leer un párrafo de la novela. No, no creo en la magia como está planteada en el libro, pero sí en la magia de las palabras, y eso aproveché para contarlo de alguna manera en el medallón:

Siempre imaginó que los conjuros estaban hechos de grandes palabras, palabras hermosas que, al estar unidas por las reglas gramaticales, provocaban aquellas mutaciones de la realidad con las que le costaba tanto convivir. Pensaba que eran algo parecido a los poemas de los grandes escritores, que tenían la virtud de despertar emociones. Un poema de Quevedo, o de Góngora, su eterno enemigo, eran mucho más prodigiosos. Por eso, cada vez que se escuchaba recitar un conjuro, no entendía cómo era posible que aquellas palabras tan burdamente trabadas pudieran modificar la realidad. Sin embargo lo hacían. 

Además de preguntas sobre el libro, les interesaban otras cuestiones. Me dio mucha pena tener que contestar negativamente a una de ellas, cuando uno se interesó por saber si se puede vivir de la escritura. Pero no iba a mentir, de momento creo que son muy pocos los privilegiados que se pueden mantener solo de las palabras que escriben en sus libros. Ojalá fuera posible para mí, pero no, a día de hoy no es posible. De todas maneras les hablé de una frase que siempre repito:

Lo imposible solo tarda un poco más.

El éxito en todas las empresas de la vida creo que está en la paciencia para esperar por ellas. Si no la tenemos, si abandonamos los sueños, entonces es cuando no se cumplen. Hay que esperar el momento y estar ahí para cuando llegue.

Entre las preguntas destacó una que siempre me hacen,  los escritores a los que admiro. Son tantos que sería más que injusto hablar de unos y dejarme a otros, así que aproveché para leer otro fragmento de la novela, donde hablo de otro libro, uno imprescindible en la historia de la literatura. No sé si hay que haberlo leído, pero sí al menos conocerlo y valorar su importancia. Por eso, como este libro lo escribí para mi hijo, lo incluí:


Alonso se había sentado en una butaca frente al lecho. Velaría su sueño toda la noche, feliz por tener, por fin, una tarea diferente. Después de tantos años sin poder hablar nada más que con espíritus hostiles a los que, por lo común, sólo dirigía improperios, era magnífico hablar con un ser humano, cuidar de Amanda en lugar de los libros. De esos, que se ocupara el nuevo, que para eso había sido convocado. 
Pensó que cuando llegó allí apenas sabía leer. Juntaba las letras pero era bastante lento. Durante el confinamiento en la biblioteca tuvo siglos para practicar y aprender del saber antiguo que había recopilado Brianda. No había estado tan mal. Además también había libros de aventuras con los que disfrutó muchísimo, aunque estaba seguro de que, si alguien se hubiera tomado la molestia de escribir las que vivió con su amo, hubieran sido casi más emocionantes. 

Uno de los libros que más veces había releído versaba sobre las aventuras de un hidalgo modesto y maduro que llevaba su mismo nombre, enloquecido por los libros de caballerías que decidió salir a vivir sus propias aventuras, llevando como escudero a un humilde labrador. Mirando a Amanda dormida imaginó que el Alonso del libro debió ver en su imaginación a Dulcinea muy parecida a aquella preciosa criatura. Desde que la viese aquella mañana no podía dejar de pensar que era la mujer más hermosa que había visto jamás. Sus ojos verdes, que lo miraban todo con una curiosidad infinita, eran un lugar en el que le encantaría desaparecer para siempre. Tenía carácter, eso estaba claro, pero no le desagradaba en absoluto una mujer así. Le gustaría acariciar de nuevo aquel cabello que imaginaba suave y perderse en la blanca piel de su cuello. Tanto tiempo encerrado habían hecho mella en su entendimiento, como en el de aquel caballero andante y, mientras la miraba, empezó a imaginarla perdida entre sus brazos, gozando de aquellas sensaciones que en vida sólo compartió con la posadera y alguna mujer de mala vida de las que acompañaban a las tropas en Flandes.

El medallón de la magia lo escribí para mi hijo y con su ayuda a la hora de elegir escenarios. Me preguntaron si había visitado Toledo o Turégano para documentarme (claro que lo hice) y me hizo mucha gracia una de las preguntas: ¿Tú hijo te ve como una escritora? Sonreí y les dije que creo que mi hijo me ve como su madre.

Me quedo con ese ratito con ellos para guardarlo entre mis mejores recuerdos. Tengo una foto muy chula de grupo, pero como son menores me la quedo para mí, en privado. Os dejo otras en las que, no sé por qué, parece que estoy cantando. Supongo que estaba tan feliz que se me olvidó dejar de gesticular. 

Ah, si queréis, chicos, vuelvo otro día.





viernes, 15 de mayo de 2015

¿TÚ CÓMO ESCRIBES UNA NOVELA?

Me han hecho unas preguntas y llevo un rato intentando contestarme sin éxito. No digo contestarlas, sino contestármelas a mí misma.

¿Tú cómo escribes una novela? ¿La planificas? ¿Sigues un orden? ¿Escribes los capítulos seguidos o el final lo tienes casi antes de empezar?

Si soy sincera, no tengo método, tengo ganas.

Algunas novelas las he escrito desde el principio hasta el final. Otra en dos tiempos que se corresponden con las dos voces narrativas. Una más suprimiendo, en un arrebato, 80 páginas (y gracias a Dios desoyendo una primera crítica cero tras la cual estuve a punto de suprimirlas todas; hablo de Detrás del cristal).

ATCLV es un puzle. El final lo escribí casi al principio. El principio lo he escrito al final. Un poco lo mismo que hice con La Chica de las Fotos.



Esta semana he pensado que, dado que siempre hago las tonterías que me pasan por la cabeza, incluso escribir una historia hacia atrás en el tiempo (Brianda, hija, qué guerrita diste), ahora tenía que probar a poner orden desde el minuto uno. Armar una estructura e intentar moverme por ella, siguiendo un plan establecido. Después de todo estoy aquí porque quiero investigar, quiero saber de primera mano todo lo que pueda aprender de literatura (vivirlo para contarlo mejor). Reconozco que me pudo el impulso y ya tenía algo escrito, pero esta tarde he estado poniendo cimientos y vigas.

No sé qué tal, ya lo contaré.

De momento me siento rara.

sábado, 9 de mayo de 2015

CERRAR LA ÚLTIMA PÁGINA

Cerrar un libro que te ha encantado, aunque se te haya hecho un nudo en la garganta en más de una ocasión al pasear los ojos por sus páginas, provoca tristeza. Sabes que, aunque recuerdes un tiempo a los personajes, aunque seas capaz de evocarlos con nitidez, acabarán cediendo su lugar a otros.

Tarde o temprano.

Te apena que llegue el final de una gran historia, pero no se puede vivir eternamente entre las páginas de la misma novela. Cuando se acaba, cuando llega el instante de volver la contraportada y devolverla a la estantería, también es el momento de otra nueva. De darte de nuevo la oportunidad de sentir las emociones que siempre encuentras entre el blanco del papel y el negro de la tinta.

No se puede leer siempre la misma página de una novela, por muy bonita que te parezca. Los libros, como a veces pasa con la amistad, con las relaciones de pareja, los trabajos... llega un momento que se terminan.

Necesitas avanzar y escoges otro.

A veces, si la última lectura ha sido muy buena, se sucederán las elecciones. Muchos libros se quedarán con el marcapáginas en el principio, incapaces de atraer tu atención lo suficiente. Si hay mucha suerte y eres de los que enseguida encuentras otro que ocupe su lugar, continuarás disfrutando de este extraño y maravilloso lado de la existencia que es leer.

Es tan extraño, se parece tanto a la vida, que a veces se confunden.

Claro, esto solo es cierto si te pasa igual que a mí.


martes, 5 de mayo de 2015

SIEMPRE A TU LADO DE MEL CARAN (Proyectos de amor y deseo. 2)

Siempre a tu lado es la segunda parte de Sonríe.


Sinopsis:

Tras unos meses de separación, Rebeca recapacita y decide regresar con Alan. Su relación vuelve a ser perfecta y todo parece que va sobre ruedas, hasta que la sombra del pasado de Alan asesta un duro golpe sobre la pareja. La vida de ambos se complica con acontecimientos inesperados, celos, problemas de salud, temores y dudas. Aunque sólo el amor verdadero es capaz de vencer cualquier contratiempo, las pruebas que el destino les pone son tan terribles, que les hará dudar de todo. Alan y Rebeca desean estar juntos, pero para ello, van a tener que pagar un precio muy elevado.

Mis impresiones:

En febrero llegó a las librerías Sonríe, la primera novela de Mel Caran. Todo lo que la ha rodeado lo he contado entusiasmada en el blog, porque esta no es una novela más para mí, sino que tiene una historia que trasciende lo literario: algo personal que me parece tan bonito que nunca dudo en compartirlo. Sonríe, la versión en ebook que Mel subió por su cuenta a Amazon, nos puso en contacto y las conversaciones entre dos extrañas en principio, se acabaron convirtiendo en diarias. Éramos dos desconocidas, dos personas que vivían a cientos de kilómetros y que no se habían visto jamás, pero el libro hizo de hilo conductor y, a través de él, nos convertimos en amigas. Ya sé que hay quien no lo cree, quien piensa que las personas que se conocen de manera virtual no pueden llegar a tener una amistad, pero os aseguro que el abrazo que nos dimos en febrero de este año, después de tener que esperar dos años, fue de lo más real.

Ambas llegamos en un momento vital especial para la otra; ambas encontramos en las palabras compartidas el apoyo que necesitábamos para seguir adelante en esta aventura literaria en la que nos embarcamos. Las dos publicamos nuestros libros casi a la vez y recorrimos el camino de la mano. Un principio para las dos que se hizo mucho más llevadero en compañía. Y todo eso gracias a unas novelas.

Mel Caran y Mayte Esteban

Aunque hoy sea el primer día en las tiendas de Siempre a tu lado, yo he tenido la suerte de poder leerla un poco antes. En ella, Mel Caran retoma los personajes que protagonizaron Sonríe. Alan y Rebeca, tras permanecer unos meses separados, vuelven a recuperar su relación. Han descubierto que se echan de menos, que lo que vivieron merece una segunda oportunidad y no la dejan pasar. La conexión entre ambos sigue siendo igual de intensa, pero la irrupción de un nuevo personaje, Terry hará que las dudas aniden en la mente de Rebeca. El atractivo que emana Terry no le resulta en absoluto indiferente. 

Mel vuelve a llenar la novela de escenas de alto voltaje, plagadas de erotismo y tensión, incluso diría que hay una en la que aparece un billar que os va a encantar. Y el final... Quienes habéis leído a Mel Caran sabéis que se puede esperar de ella cualquier cosa menos lo convencional. Le gusta jugar con el lector, proponer alternativas atrevidas y en Siempre a tu lado lo hace. Es, además, un homenaje, pero no voy a decir más porque os toca ser a vosotros quienes descubráis de qué se trata. Seguro, seguro, que no os lo vais a esperar.

Siempre a tu lado se lee en un suspiro, sigue ocurriendo como en Sonríe, que antes de darte cuenta te encuentras en mitad de la novela. 

Desde hoy está en librerías, físicas y online. Yo ya tengo hueco en la estantería para mi ejemplar en papel.



La primera novela de Mel Caran


domingo, 3 de mayo de 2015

VOLVER A VERTE DE MARC LEVY



Sinopsis:

Arthur, un joven arquitecto californiano, vuelve a Los Ángeles después de pasar una larga temporada en París. Sin embargo, durante todo este tiempo no ha conseguido olvidar a Lauren, el gran amor de su vida que le robó el corazón cuando, a raíz de un accidente, cayó en estado de coma. Gracias a la insistencia y la valentía de Arthur, Lauren siguió viviendo, a pesar de la opinión del doctor y de la madre de desenchufar los aparatos que la mantenían con vida. Éstos, avergonzados, le hicieron jurar que jamás confesaría la verdad a la joven, que no recuerda nada de aquellos meses. Arthur cumple su palabra, desaparece de su vida e intenta olvidarla. Cuando vuelve a Los Ángeles el destino hará que se reencuentren.

Mis impresiones:

Tras la lectura de Ojalá fuera cierto me di cuenta de que no me acordaba de qué era lo que pasaba en la segunda parte, Volver a verte. Recordaba, eso sí, que la había leído y que, además, el ejemplar era mío. Como tenía muy fresca la anterior lectura decidí que era el mejor momento de releerlo, pero mi primera búsqueda por casa fracasó.

Horas después necesité mi manual de gramática. Al cogerlo de la estantería, vi la novela y descubrí la razón por la que no la encontraba: buscaba una edición de bolsillo y no es la que tengo, sino la de tapa dura de Círculo de lectores. Mi biblioteca sigue el orden más caótico del mundo, sé dónde están la mayoría de los libros porque tengo revueltos los clásicos que manejo a diario con novelas actuales y las veo con frecuencia (y porque limpio el polvo), pero creo que convendría un día ponerse en serio con ella y usar la lógica para ordenarlos, con el fin de que estas cosas no me pasen.

Pero ¿por qué estoy releyendo en lugar de disminuir la enorme lista de libros que me esperan?

Esa pregunta me la hice mientras tendía la ropa, justo antes de ponerme a leer. Entre un par de calcetines y una camiseta empecé a analizar los razonamientos que me están empujando estos días a volver a libros que ya tuvieron su oportunidad, y la respuesta apareció justo cuando colgaba las medias de fútbol. Los libros que ya leí, además de la historia que cuentan, a mí me hacen evocar el tiempo en el que cayeron en mis manos. Por alguna razón recuerdo dónde leí algunos párrafos (lo que no cuadra mucho con no acordarme después dónde los dejo, pero mi memoria es así) y lo que sucedía en esos momentos y estos dos libros me recuerdan un tiempo en el que yo era muy, muy feliz. Creo que persigo esa sensación, la busco y releo, por si entre las palabras logro que se cuele algo de esos momentos del pasado y se vengan al presente, a hacerme compañía.

Con la lectura de  Volver a verte he descubierto también por qué no me acordaba de nada. Marc Levy, que en esta novela mejora enormemente como narrador desde Ojalá fuera cierto, escribe con tanto ritmo que sin darte cuenta te estás diciendo todo el rato: un poquito más. Cuando miras el reloj son las tres y media de la madrugada y es cuando te acuerdas de que a las siete y media tienes que volver a abrir los ojos y lo dejas, resignada. Claro que, para entonces, ya ha caído media novela. Supongo que la primera vez que la leí fue eso lo que sucedió, aunque recuerdo haberla leído en mis eternas horas de parque, así que no hubo madrugada, sino que me la merendé de una sentada.

Por eso, y porque estoy segura de que empecé otro libro inmediatamente, no era capaz de recordar qué ocurría. Sin embargo ahora, al leer, he ido evocándolo todo, incluida esa tarde de parque, con los niños correteando por el césped del parque de las piscinas. Nítida, ha venido a la memoria la mesa donde me senté, incluso, para demostrarme que aún sigo teniendo que confiar en mis recuerdos, puedo ver, si cierro los ojos, mi bolso de entonces.

Me estoy dando cuenta de que cada vez hago reseñas menos reseñas, pero como me da lo mismo, tampoco es que las lea mucha gente, voy a seguir en esta línea, que a mí me gusta más.

Sigo.

Esta novela no me ha gustado tanto como la anterior. He leído con la misma fluidez, pero había algo impreciso que no me permitía catalogarla con tan buena puntuación. Al terminar puedo decir que ya sé por qué. Esa poca chispa que decía que notaba entre los personajes en esta se desvanece del todo. Hay un momento en el que el narrador me dice que hacen una pareja perfecta, pero los diálogos entre ambos a mí me llevaban a una sensación muy diferente. No notaba eso que se empeñaba en contarme el lector, sino bastante distancia. Acostumbrada como estoy a lecturas cero, si hubiera hecho la de esta novela, hay unas cuantas páginas a las que habría puesto una nota: revisar. No creo que estén mal escritas, pero son muy frías, cuando la novela está pidiendo justo lo contrario. Es como si hubiera tenido una escritura apresurada, presionada por el éxito de la otra. Avanzas, pasan cosas, pero no las sientes.

En conclusión: no me ha convencido del todo. He escrito este comentario en el blog por si se me vuelve a olvidar.