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miércoles, 26 de julio de 2017

SIGO LEYENDO...



Después de una racha de éxitos lectores, en los que pensaba que había superado el bache, ha llegado la cruz. Las tres últimas novelas que he leído no me han gustado.

Pasa, a mí cada vez más. Por eso, cuando esto sucede, me refugio en algún clásico, algún libro de esos que sé que no me van a fallar, lo releo y recupero las ganas de envolverme de nuevo en las páginas de un libro.

Mi salvadora, esta vez, ha sido Orgullo y prejuicio, un ejemplar en papel que conseguí en Amazon por el sorprendente precio de 2,80€ (en papel). Sé que hay uno en casa de mi madre, me lo confirmó esta semana, pero también hay 150 kilómetros de distancia con mi casa y me iba a costar más el combustible, así que me hice con él.

La novela, como siempre, me tiene con el boli en la mano, anotando frases en mi libreta.

Sobre los fracasos lectores, os diré que me dejaron fría. No encontré nada en la narrativa que hiciera sospechar que esas historias deberían estar publicadas. Os diré también que algunas eran novelas publicadas con editorial y otras autoeditadas, así que de aquí tampoco puedo sacar más conclusión que la frase que lleva muchos días rondándome la cabeza, una que le oí a Avelina Lesper, crítica de arte mexicana. Ella hablaba de arte, o de eso que pretenden vendernos como arte, aunque yo se lo aplico a la literatura, porque la reflexión le queda como anillo al dedo:

"El mercado se ha comido a la inteligencia en el mundo del arte".

Puede que la frase no sea literal, estaba desayunando cuando vi el vídeo por segunda vez y me impactó aún más escuchar una verdad tan rotunda. A mí tampoco me parece arte cuando me presentan una mesa llena de desperdicios con un cartelito que dice: 10.000€. No me provoca más que una emoción, el cabreo de saber que habrá alguien que será capaz de confundir eso con arte. Que se confundan las señoras de la limpieza y lo retiren pensando que es basura no me enfada, me demuestra que son más inteligentes que muchos que se creen listísimos.

Avelina Lesper decía que el arte debe provocar emociones y que para serlo no debe necesitar una explicación retórica, que debe entenderse sin guías. Y yo lo creo. Además, lo siento. Lo he escrito más de una vez, aquí, en el espejo, que cuando entro en el Museo del Prado o en el British Museum me da un poco de vergüenza que alguien se fije en mí porque no puedo controlar las emociones y alguna vez he llorado.

Pues con la literatura pasa lo mismo. Me tiene que llegar alguna emoción de lo que leo, tienen que traspasar las páginas y rozarme la piel, activar resortes internos que me conmuevan. Con estos libros, los resortes que se activaban eran los de la estupefacción por lo que tenía entre manos, porque creo que seguro que hay alguien que confunde eso con la literatura. Porque creo que la literatura la han convertido en un mercado (perdón, un mercadillo) donde se venden imitaciones y todo el mundo parece tan contento con ellas. Se cuelgan un libro cutre al hombro, como quien se cuelga un bolso comprado en el suelo de una calle, y pretenden hacerse pasar por lectores.

Estoy triste, pero sigo leyendo.

Por cierto, también leí otra frase, de Pérez-Reverte en su carta a un joven escritor (la leí, aunque ya no sea tan joven): "Escribe cuando tengas algo que contar." Pues eso, que como no tengo nada que contar, nada que no esté ya en el mercadillo, mientras llega esa historia, no escribo.

Sigo leyendo...

Creo que esta vez he elegido mejor, ya os contaré si eso...