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sábado, 26 de septiembre de 2020

DOCE HORAS, CUANDO PASE EL TIEMPO



Escribí Doce horas por encargo y con una única premisa: "No mates a nadie". Estábamos en el mes de abril, en lo peor de la primera ola, cuando los muertos se contaban por miles y nosotros aún no sabíamos, ni siquiera, que este virus no nos iba a robar tan solo una primavera. Ya había suficientes muertos esos días.


Doce horas es una fotografía de un instante, del espíritu que nos unió para, por lo menos, reponernos del shock que nos metió a todos en casa y nos sacó de lo que hasta entonces habían sido nuestras vidas.


No fui dura, no era el momento, quizá hoy sería más crítica y menos dulce, pero ahora sé muchas más cosas que hace unos meses. Sé de incompetencias, de olvidos, de faltas de respeto que no puedo entender hacia quienes se dejaron la piel, la salud y hasta la vida mientras otros horneaban pan y se hacían vídeos con Tik Tok.


Pero hay una cosa que nadie va a poder negar jamás a ese relato, y es que es una fotografía de un instante. Porque fuimos así, porque eso salió todo de observar: en la televisión, en las conversaciones telefónicas, en las redes. Dentro de mucho tiempo, si alguien tropieza con él, va a saber cómo fuimos. Durante un instante. Durante doce horas de uno de los peores años que recuerdo.