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martes, 3 de julio de 2012

WRITING

Eso es lo que he estado haciendo esta tarde: escribir. Pertrechada con mis armas, el procesador de textos y un café (solo, con hielo) me he lanzado a contar una historia que tenía en mente desde hace varios días y hoy puedo decir que esta vez no la borro.

Llevo un tiempo en el que estoy escribiendo casi más que nunca, pero que por alguna extraña razón nada acababa guardado en un archivo. Siempre había un "pero", algo que no me convencía del todo y como exigente que soy, se convertía en nada. Sin arrugar un folio, ya estamos en otro tiempo, me recordaba a esos escritores que emborronaban papeles y rápidamente los tiraban a una papelera atestada de ellos, como material inservible, desesperándose por su torpeza. Pero hoy, no sé por qué, he encontrado la tranquilidad necesaria para decidir que, esta vez sí, me quedo con mis palabras.

No sé qué ha cambiado. El escenario es el mismo, estoy sentada en el rincón de siempre. El silencio de la habitación sólo lo interrumpe el continuo tic, tac del reloj de pared y el traqueteo de las teclas bajo mis dedos, pero estoy segura de que la magia flota en el ambiente. Esa magia que te invade de pronto cuando encuentras la palabra justa, la frase correcta que transmite las imágenes que están danzando en tu cerebro.

No sé si alguna vez habéis experimentado esa sensación, la de ser sólo meros instrumentos, la de que alguien gobierna vuestros pensamientos y los empuja ordenados para que se conviertan en una historia con sentido. Yo, sí. Muchas. Es una sensación que me llena por completo, que se apodera de mí como la más potente de las drogas y que me arrastra sin que yo sea capaz de oponer la más mínima resistencia. No lo intento, la verdad, me gusta.

Me completa.

En estas ocasiones pararía el tiempo, lo detendría para saborearlo con calma, como se saborea el beso de un amante, la caricia que has esperado siempre y que por fin llega cuando menos te lo esperas. Es extraño porque estás solo, aunque te sientas en la mejor de las compañías. A lo mejor es Caliope, que no tenía otra cosa que hacer esta tarde y se ha venido conmigo, a susurrarme palabras al oído, para que yo las ponga sobre el blanco de la pantalla del ordenador.

Y las guarde para siempre.