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miércoles, 9 de abril de 2014

ESCALÓN TRAS ESCALÓN


El piso de Marcelo Usera era un décimo. 

Mi hermana, mis primos y yo siempre intentábamos que nos dejasen subir y bajar por las escaleras, evitando el ascensor, corriendo. Bajar era muy sencillo, aunque te jugabas hacerlo rodando porque éramos niños y los niños ponen muy poco cuidado mientras juegan. Subir era otra historia, las tres o cuatro primeras plantas eran relativamente fáciles pero cuando ibas por el sexto empezaba a fallar el aliento, en el séptimo los ánimos que te dabas a ti mismo empujaban más que las piernas que hacia la novena planta directamente ni las sentías. Llegar al rellano del décimo era ganar la carrera, el pequeño reto de llegar a la meta, que no era ni más ni menos que la puerta de la casa de la tía María.


¿Por qué nos retábamos? Pues a saber. Tonterías de niños pequeños, competitividad infantil que no buscaba más que demostrarte a ti mismo que ese día estabas en mejor forma que los demás.

La vida está llena de escaleras, de décimos pisos que alcanzar aunque en el intento acabes con una tremenda flojera de piernas y el premio, el único, sea demostrarte que puedes. Hay ascensores, claro que los hay, atajos cómodos que te sitúan al final del camino en muy poco tiempo pero, ¿qué es la vida sin emociones? ¿Qué satisfacción queda si detrás de un logro no ha habido aunque sea un mínimo esfuerzo?

Valoramos las cosas en la medida en que nos cuesta alcanzarlas. Lo fácil, lo que aparece de pronto y se pone ante nuestras manos, acabamos dejándolo abandonado en un rincón.

¿Quién dijo miedo?


Lo cobarde es no intentarlo.