Páginas

miércoles, 25 de abril de 2018

EL CAPITÁN ALATRISTE

He leído, por tercera vez, El capitán Alatriste, de Arturo y Carlota Pérez-Reverte.

Había escrito un manifiesto, que incluía un pequeño resumen de la novela, pasaba de puntillas por los personajes y la época y alababa la ambientación, a la vez que señalaba un fallo en la documentación que no tiene la más mínima importancia en la historia. Bueno, para mí la tiene, pero no por el error. Demuestra que todo el mundo se equivoca, hasta los grandes. No os os lo voy a contar, está ahí, en la novela, e igual que lo he visto yo, cualquiera puede encontrarlo. Lo que sí os diré es que yo sentí alivio porque, desde que llegué a esto, a mí se me ha exigido la perfección absoluta y, aunque sé que no existe, muchas veces me he agobiado buscándola. No pienso hacerlo más. ¡Ni siquiera los grandes pueden alcanzarla, Mayte! (Esto me lo he dicho a mí misma, pero como me escucho poco me lo tendré que repetir alguna vez más).

La cuestión por la que he llegado hasta el blog es contar por qué he vuelto por tercera vez una novela con todo lo que hay por leer en este mundo. La respuesta es que estoy harta de fracasos lectores.

Yo he sido una firme defensora del libro digital. Soy de las primeras personas en este país que apostaron por crear contenidos digitales para los lectores. Soy lectora asidua de autores nuevos a los que doy las mismas oportunidades que a los consagrados.

Pero todo tiene sus límites.

Desde hace demasiado tiempo, no acierto con tres lecturas seguidas que me satisfagan, de modo que empiezo a mirar a mi kindle con una desconfianza que no había sentido hasta hace poco. No sé si el hecho de conocer el oficio ha elevado mi listón de exigencia a unos niveles muy altos y casi nadie los alcanza o, como más bien creo, lo que ha pasado es que se ha hiperdesarrollado el marketing mientras que lo que es meramente literario se ha ido dejando de lado. Las portadas maravillosas y las sinopsis decentes me están llevando a libros que en realidad solo son textos haciéndose pasar por novelas. En muchos falla la base, y no solo la ortográfica o el desconocimiento de la misma manera de presentar la escritura. Fallan las historias, se llenan de errores de bulto que me impiden disfrutar de algo que hasta donde recuerdo nunca me había abandonado: la lectura.

Me he llegado a plantear que es culpa mía, que soy yo que ya no soy capaz de centrarme en la historia porque esa hache que falta o que sobra eclipsan lo que me están contando, como si estuviera mirando a la cara de una persona y no fuera capaz de ver su belleza sino el tremendo grano que le ha salido en la punta de la nariz.

Por eso volví a Alatriste, porque sabía que eso no sucedería, que el círculo se cerraría de manera perfecta y yo podría volver a sentir lo que siempre he sentido con un libro entre mis manos.

¿Os pasa?


martes, 17 de abril de 2018

HASTA MÁS ALLÁ DEL MOÑO

Ayer tocamos un tema espinoso. Parece que hablar bien de los demás escritores no está bien visto si escribes, siempre viene alguien a decirte que es una especie de pacto para recibir algo de vuelta. Me he venido al blog, por si acaso no recordaba, y he buscado la última reseña que he publicado. Por si lo he hecho últimamente. Este es el título de lo último reseñado:

España 1936-1950: muerte y resurrección de la novela. 
Autor: Miguel Delibes.

Hablo maravillas de este ensayo y, por una regla de tres simple con algunas cosas que se dijeron, lo hago para que don Miguel lo haga a su vez conmigo. (No sé, igual intercede en el más allá para que un día me concedan el Cervantes.) Como no sea eso... pero poco podrá hacer porque se murió. Pero da lo mismo, escribí ese post porque disfruté como una enana con el texto y tenía que contarlo. Y me consta que al menos una persona lo ha disfrutado tanto como yo.

Perfecto, es lo que me llena, es lo que pretendo: se llama compartir.

Igual digo otra cosa, soy muy crítica con las cosas que me parece que no están bien y también las recojo en el blog. En la entrada anterior, sin ir más lejos. Sin señalar con el dedo, porque todo el mundo tiene derecho a aprender y por mucho que me dedique a enseñar puede no querer hacerlo conmigo. Y se puede mejorar. ¿No le voy a dar a alguien esa oportunidad? ¿Tengo que machacar a cuanto autor no me guste para parecer qué? ¿Más lista? No, así, sin maldad, soy la misma, pero con menos dolor de estómago.

Y feliz de poder albergar ese sentimiento que a otros parece que consideran que no existe.

Seguiré hablando bien de quien me dé la real gana y dejando en paz al resto. Lo que no tengo problema en decir es que no me gusta la suspicacia de algunos: lo que dicen no es mi reflejo, es el suyo.

lunes, 16 de abril de 2018

CÓMO PERDER AL LECTOR QUE LLEVO DENTRO

Pixabay

Seguro que en muchas ocasiones habéis escuchado a gente que, si la historia es emocionante, da igual si está bien o mal escrita: seguirán leyendo hasta el final, disfrutando de la magnífica novela que ha caído en sus manos.

A mí me entran ganas de llorar de tristeza, porque yo hace tiempo que no puedo, por lo que muchas de las lecturas que empiezo se convierten en fracasos.

Existen muchas razones por las que un libro me puede perder como lectora. Una tras otra, forman una montaña de obstáculos que llega un momento que no estoy dispuesta a superar. El siguiente paso, obvio, es que el libro vuelva a la estantería y no se me ocurra recomendárselo a nadie.

Voy a hacer un resumen de las razones por las que abandono una lectura:

1.- Desconocimiento del autor de lo que significan las palabras.

No puedo disfrutar de una novela en la que se ponen al azar, pretendiendo que yo, como lectora, sea indulgente y adivine lo que quieren decir. Me interrumpen el discurso y me pregunto en qué momento, a la persona que escribió, se le olvidó que para ser escritor hay que dominar las herramientas. No hablo de que se cometa un error con una palabra, sino de la repetición recurrente de esto. Una palabra con una letra intercambiada puede ser producto de una errata que entiendo. Al mejor escribano se le escapa un borrón, como dice el refrán.

2.- Comas.

No sé disfrutar de una novela en la que las comas se lanzan a lo loco, pervirtiendo el sentido de las frases. Me obligan a parar, a releer, a tratar de entender. Puedo perdonar algunas que estén mal, todos tenemos un despiste, pero cuando este fenómeno se repite página tras página...

3.- Lenguaje de andar por casa en pijama y sin peinar.

No me meto en la historia si todas las frases son planas, coloquiales al extremo, sin demostrarme en ningún momento un mínimo estilo. Me pongo a pensar que podría ser una redacción de colegio y se me hunde la novela entera. Lo que peor llevo es que en cada párrafo haya una o dos frases hechas. A todos se nos escapan, es inevitable, pero cuando el texto se apoya en exceso en ellas me empieza a poner muy nerviosa.

4.- Descripciones, descripciones, descripciones. 

No puedo con una historia hiperdescriptiva, en la que cada personaje que sale es descrito hasta en los más mínimos detalles. Y las sillas. Y los cielos. Y las calles. ¿Y la historia? En los años 70 de siglo pasado se abandonaron los experimentos narrativos y se volvió al gusto por contar. Quiero que me cuenten.

5.- Modo corrector permanente.

Me agota parar la lectura para analizar el error que acabo de detectar. Sé que no debería hacerlo, de esto no tiene la culpa nadie más que yo misma.

6.- Frases eternas que mezclan trescientos temas.

El récord creo que lo tiene un libro, curiosamente de una editorial enorme, que habrá pasado por un corrector profesional y muy bien valorado por los blogs. A mí me desesperó. Una frase ocupaba doce líneas, subordinando hasta el infinito, concatenando ideas que no tenían relación alguna entre ellas. En ella se narraba una acción, se describía el aspecto físico de un personaje, su vestimenta y hasta el arco de la puerta.


Todas estas cosas me pierden como lectora más que una mala portada. Eso puedo perdonarlo, porque un escritor no tiene por qué ser capaz de ser un buen portadista y a lo mejor el marketing no se le da bien, pero lo que cuento sí es tarea del escritor.

A mí, donde se me pierde, es en el campo de batalla.

Si al desenvainar la pluma no lleva tinta suficiente, me voy.

jueves, 12 de abril de 2018

REGALOS DE VUELTA

Es una maravilla hacer un regalo y que te lo devuelvan. Voy a ir guardando en esta entrada las fotos que me han ido llegando de los marcapáginas y el libro del sorteo que envié. Sois magia.













NOTA: No tuve la precaución de anotar de quién es cada foto.



lunes, 9 de abril de 2018

LA NOVELA ES UNA EXCUSA PARA ACERCAR A LAS PERSONAS.

Mikel Alvira, escritor navarro, convocó a sus lectores en el pasado viernes en El huerto de Lucas, un lugar peculiar en el barrio de Chueca, en Madrid. La excusa esta vez lleva por título El color de las mareas, y es un libro que comenté el mes pasado en el blog, que me gustó mucho.

Conocí a Mikel como escritor hace un par de años a través de La novela de Rebeca y en persona en un encuentro informal en el Hotel de las Letras, en la Gran Vía. De ese día, lluvioso y gris, guardé tan buenos recuerdos que, en cuanto supe que volvía con otra novela, no lo pensé. Organicé mis caóticos horarios, ajusté mi presupuesto, busqué el modo de ir y volver a casa en el mismo y día y allá que fui.

Con un previo, por supuesto, haciendo caso a su máxima y usando la novela como excusa para acercar a las personas. Junto con María Jesús y Maribel, vecinas, alumnas, amigas, estuve visitando las exposiones de la Fundación Telefónica por la mañana. Vimos una titulada La bailarina del futuro. De Isadora Duncan a Josephine Baker, después nos entretuvimos en otra llamada Naturaleza digital, en la que se exponían obras artísticas de Jennifer Steinkamp que no entendí más allá de una simple curiosidad. Finalmente, vimos la exposición dedicada a la Historia de las telecomunicaciones en España, que a mí particularmente fue la que más me gustó.

Hice algunas fotos.

Aunque sea de 1970, en mi casa hay uno igualito funcionando.
Foto: Mayte Esteban

Centralita
Foto: Mayte Esteban

Telégrafo
Foto: Mayte Esteban


Enseguida nos reunimos con Almudena Gutiérrez, esquivando como pudimos la lluvia, y comimos las cuatro juntas en un local no muy grande, pero sí encantador. Me pareció el sitio ideal para celebrar un encuentro literario de esos que solo convocan a una docena de personas, pues tiene una mesa al fondo muy propia para ello. Nosotras comimos en una más pequeña, os enseño las fotos para que veáis que es precioso.


Fotos: el chico del bar con mi teléfono.


La novela y la charla nos reunieron y el que ellas no se conocieran fue una circunstancia que se solucionó en nada. Por cierto, el restaurante se llama Válgame dios, una de sus puertas y la terracita da a esa calle. El trato fue muy agradable y yo creo que comimos bien. Después del café pensamos dar una vuelta por el barrio hasta que llegase la hora del encuentro, pero tuvimos que acortar el paseo porque la lluvia -siempre la lluvia- nos obligó a refugiarnos. Lo hicimos ya en El huerto de Lucas, un antiguo mercado rehabilitado, que tiene productos ecológicos y una cafetería en el centro. Está también decorado con buen gusto y es singular.

Perfecto para lo que quería hacer Mikel.

Cuando llegó, la charla, coloquio,conversación... fluyó sin protocolos. Mikel se presentó y nos presentaba, siguiendo esa idea con la que titulé esta entrada. La novela como punto de encuentro. La novela como elemento que acerca a las personas. Así supimos de Iuliana, a la que conoció en un tren, o de su amigo Carlos y su anécdota de los melones. Nos presentó a Meirav Kampeas, a la que animó a que nos hablase del libro que va a publicar en breve con Planeta (y la que nos acabó confesando que era la primera vez también que hablaba en público de él). Preguntaron María Jesús, Maribel, Almudena, el hijo de Meirav, no creo que tenga más de 11 años y nos dejó a todos con la boca abierta. Preguntó casi todo el mundo y, como siempre pasa con Mikel, el tiempo pasó rápido y antes de darnos cuenta nos teníamos que marchar.

Hablamos de Marcel y de Beatriz, de esa historia que es como un puzle que se va completando a lo largo de las 500 páginas de la novela. Hablamos de San Telmo, que está y no está en los mapas. Hablamos del mar y de sus otras novelas. Hablamos de escribir, de borrar, de que esto es mucho mejor que al final acabar publicándolo, porque eso, al fin y al cabo, es en cierto modo vanidad. Hablamos de Rebeca y su final, de diferencias y de eso que aglutina su escritura: su voz inconfundible.

Y, por supuesto, nos miramos a los ojos.

Foto: Almudena Gutiérrez con mi teléfono.


No sé cuándo será la siguiente oportunidad. Sé que siempre que me apetezca, me encontraré con Mikel Alvira en sus libros y que con ellos también acabaré encontrándome con otras personas.

DETRÁS DEL CRISTAL




"Estuvieron mirándose unos instantes pero a Ana le parecieron siglos. Pudo sentir al adulto confuso que había sido expulsado de una relación en la que daba más que recibía. Pudo ver la desesperación que había vivido los últimos días y una luz que se encendía, leve, vulnerable todavía a un soplo de brisa. Sintió que un dedo acariciaba suavemente su rostro para dispersar una lágrima y en sus labios un beso tierno e intenso a la vez.

Cerró los ojos y pensó que si uno no apuesta, jamás gana nada."




jueves, 5 de abril de 2018

EL SEXTO SENTIDO LITERARIO

Dice el diccionario de la expresión sexto sentido:

"Habilidad especial o intuición que tiene una persona para percibir realidades que pasan inadvertidas a otros y que le capacita para una determinada actividad o asunto."

Creo que para escribir novela hace falta tener ese sexto sentido. No creo, ni de lejos, que sirva con hacer cursos, con aprender técnicas, con asistir a talleres o con dedicarle el alma. No es una cuestión de voluntad, sino de una sensibilidad especial que tiene que estar en uno mismo.

Es verdad que después hace falta trabajo.

Pero sin antes no hay después.

Por mucho que nos empeñemos...

lunes, 2 de abril de 2018

ESPAÑA 1936-1950: MUERTE Y RESURRECCIÓN DE LA NOVELA. MIGUEL DELIBES




Sinopsis:

Tomando como punto de partida las notas que ha ido redactando durante años, Miguel Delibes nos desgrana en España 1936-1950 su vida literaria y su obra y nos ilumina con clarividentes apreciaciones sobre sus colegas coetános. Desde su irrupción en el panorama narrativo de la posguerra española con La sombra del ciprés es alargada, el autor va descubriendo a los que serán sus compañeros de viaje -sus obras, sus virtudes y sus defectos- al tiempo que irá tomando conciencia de su propio itinerario hasta alcanzar la conspicua figura de las letras que hoy conocemos.

Con la integridad y el rigor que le caracterizan, el autor ha respetado el cariz de la opinión expresada en las notas, muchas de ellas escritas en los años cincuenta, que han sido el embrión de este volumen y nos ofrece, de este modo, un fresco espontáneo y veraz de la visión que Miguel Delibes tiene y tenía sobre sí mismo, su obra y la de los que, con él, protagonizaron la resurrección de la novela tras la Guerra Civil.

España 1939 es, al mismo tiempo, una suerte de autobiografía literaria y un personal canon literario de una época marcada por las dificultades que, sin embargo, ha sido una de las más fructíferas y enriquecedoras de la historia de la narrativa española.

Mis impresiones:

Este ensayo de Delibes se publicó en 2004. Fue el número 1000 de la colección Áncora y Delfín de Destino, y una bonita manera de darle una entidad especial fue ceder voz a uno de los escritores bandera de las letras en castellano del siglo XX, el vallisoletano Miguel Delibes. Hacía unos años que había tomado la decisión de no volver a escribir novelas, pero estas notas que fue tomando sobre los autores con los que compartió vivencias, letras y tiempo dieron como fruto este maravilloso ensayo. Un número 1000 de absoluto lujo.

En este pequeño texto, Miguel Delibes nos deja sus impresiones de algunos de los más importantes narradores de su tiempo. Me ha resultado gratificante una cosa: aunque los libros de texto las ignoren, la proporción de mujeres que Delibes menciona en este ensayo está muy próxima a la de los hombres. Por debajo, pero eso también lo explica el tiempo en el que se enmarcan. Sin embargo, él no las olvida, toma notas de ellas, desgrana sus letras y busca los matices que las dibujan como parte de esa generación de narradores (esos cinco grupos más bien que él ve). Ana María Matute, Rosa Cajal, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet, Mercedes Salisach, Josefina Rodríguez (Aldecoa), comparten espacio con Camilo José Cela, José María Gironella, Rafael Sánchez Ferlosio o los Goytisolo. Me ha llamado la atención porque la literatura oficial solo las menciona por encima, silenciando su labor, como si no hubieran existido.

Me causa curiosidad qué pasará en el futuro, de cuántas mujeres de las que escriben ahora se hablará, además de Rosa Montero o Almudena Grandes, que estoy segura de que no faltarán en el recuento de la gente que escribía en este tiempo que ahora es presente. Espero y deseo que en esto no se aplique el criterio de paridad para cumplir un cupo sino el de calidad. Estoy segura de que la hay de sobra.

Delibes presta atención a los premiados con el Nadal en las primeras ediciones, premio que también recibió él en el 49. Es en ese momento, cuando revisa estas novelas, cuando te das cuenta de la importancia literaria de este galardón, la relevancia de lo que allí se premió y la importancia que tuvo en cuanto a que seguía de cerca la línea por la que se movía la literatura de su momento. Son libros cargados de historia, inolvidables pese a los años -mucho más que los de ahora-, que tenían eso que hace trascender a las historias.

Pero también, esta es una semblanza personal de los autores desde la subjetividad de uno de los grandes. Delibes no solo habla de sus novelas, también lo hace de su carácter. A través de sus recuerdos conocemos a un Gironella que es capaz de apropiarse de experiencias ajenas y hacerlas pasar como suyas en la ficción. Y un Cela cultivador de su parte excéntrica porque eso capta la atención más que las letras. Y a una Ana María Matute tímida y retraída, que escribe con una sensibilidad extraordinaria sin contar apenas nada. O a esa Carmen Laforet, a la que el premio Nadal le llega tan pronto que casi la ahoga en la Nada del título de la novela.

Pero si hay una parte que me ha gustado por encima del resto han sido las cuatro conferencias. En las dos primeras he visto reflejadas muchas de las reflexiones que circulan por mi cabeza sobre la creación literaria, como si Delibes hubiera podido leer en míy hubiera sabido extraer de ella lo que pienso. Me sucedió algo así al leer un texto autobiográfico de Auster, supongo que serán lugares comunes de todas las personas que no podemos vivir sin plasmar en el papel las historias que crecen dentro de nosotros. Él dice que la escritura es la salida de humos de esa hoguera interior. Yo suelo decir que es la válvula de la olla a presión que soy por dentro.

La división en cinco etapas de la novela desde 1940 hasta el 2000 me ha parecido muy acertada y es en ella en la que se centra la tercera de las conferencias. La última es la más personal: ¿dónde está él? Se hace la pregunta estrella, la que creo que nos hacemos todos. ¿Y yo qué soy? ¿Quién soy? Estoy de acuerdo con él en que tiene un poco de cada etapa, porque las ha vivido en primera fila, absorbiendo vida y devolviendo historias. No estoy de acuerdo con él en otra: no es uno más. Es alguien muy grande.

No le darían el Nobel, como a Cela, pero para mí se lo merecía mucho más.

Hay mucho más en este ensayo, muchas frases que llevan a pensamientos sobre los que se podría estar hablando horas. No es un libro para todo el mundo, es más bien para quienes tengan interés en la literatura de verdad. Para quienes escriben y a veces, como yo, sienten que no tienen con quién compartir charlas de este tipo.

Aunque a solas, estas vacaciones yo he podido compartir lo que siento con Delibes. O él conmigo. Y ni siquiera está vivo.

Igual debería empezar a pensar que me está pasando con los libros un poco como a Don Quijote...