miércoles, 23 de febrero de 2011

ROBINSON CRUSOE Y LAS LECTURAS OBLIGATORIAS

Este mes he logrado, no sin esfuerzo, encontrar un hueco en mi agenda para leer. El invierno es lo que tiene: las tareas se multiplican y voy dejando lo accesorio para cuando haya más tiempo. Y leer, que en realidad es lo que más me gusta, se queda para el final.

La novela elegida ha sido Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, escritor inglés del XVIII. Entre mi lista estúpida de cosas que tengo que hacer antes de morir está leerme todos los títulos de una colección por entregas que se publicó en 1988, y esta es una de las novelas que aparecía. La idea no es del todo descabellada. A lo tonto conocí a Oscar Wilde y me enamoré de él (literariamente hablando) y a Shakespeare, del que no se puede decir nada más de lo que ya se ha dicho.

Pero volvamos a Defoe. Robinson Crusoe es una novela que todos conocemos, aunque sólo sea por las referencias que nos ha ido dejando el cine. El argumento es imposible que nos sorprenda de puro conocido, un hombre abandonado en una isla desierta a su suerte, que consigue sobrevivir tres décadas y convertir el infierno en un vergel, pero siempre hay algo que se te escapa. El cine es, o debería ser, entretenimiento y para la literatura se queda la reflexión. En esta novela, más que las vicisitudes por las que pasa el inglés para sobrevivir en "su isla", yo me he quedado con esa visión del mundo que tiene. Considera todo lo que abarca su mirada de su propiedad, incluso cuando encuentra a Viernes, en lugar de pensar en él como en un compañero que le ayudará a aliviar la soledad, le hace llamarle "amo". Empieza siendo un hombre ateo y el rescate de una Biblia le convierte en un profundo creyente, siempre adaptando las palabras de las escrituras a sus circunstancias, interpretandolas de manera personal. Convierte a Viernes en cristiano y considera que es una de las mejores cosas que ha hecho en su vida: salvarle de sus salvajes creencias.

Si este libro se leyese desde la mentalidad de hoy en día probablemente lo más sensato sería abandonarlo. No me gusta el estilo (bastante menos elaborado que el de otros coetáneos suyos) pero ayuda a ver cómo hemos evolucionado, no sólo a la hora de abordar la escritura de una novela, sino socialmente.

No me parece, en absoluto, un libro para niños, ni sólo una novela de aventuras. Por eso, si a alguien se le ocurre que es buena idea recomendarlo como lectura del instituto, que lo lea otra vez y se lo piense. Los chicos abandonarán con toda seguridad y recurrirán a un resumen de los que circulan tanto por este mundo virtual. Es mejor que cada libro se lea cuando uno esté realmente preparado para entenderlo. Estoy cansada de ver como se hace a los padres comprar libros que difícilmente serán abiertos algún día más allá de la página diez. No digo que haya que mantenerlos leyendo a Gerónimo Stilton hasta la mayoría de edad, aunque es mejor eso que dejen de leer.

Yo todavía no he logrado pillarle el punto a algunos clásicos pero espero madurar algún día. Mientras tanto, ahí estoy, leyendo tantas cosas buenas y como malas.

lunes, 21 de febrero de 2011

DOS MESES SIN HUMO

Falta poco para que se cumplan dos meses del inicio de la aplicación de la ley que prohíbe fumar en espacios públicos y los medios van haciendo sus balances, desde los más alarmistas que hablan de pérdidas de empleo de cientos de miles de personas, encabezados por La Razón, hasta otros que opinan que es el tiempo el que va a darles "la razón". No creo que estos últimos vayan desencaminados. Es lo que tenemos los humanos, sabemos adaptarnos a los cambios mejor que cualquier otra especie. Es lo que nos distingue, lo que nos ha permitido evolucionar hasta convertirnos en lo que somos. Sin embargo sigo pensando lo mismo que la última vez que abordé el tema. Los cambios, como todo en esta vida, hay que hacerlos cuando se está preparado, porque si no pueden ser catastróficos por inoportunos, no porque no vengan cargados de las mejores intenciones.


Creo que la ley anterior tenía grietas. Aún se podía ver a alguien fumando en un hospital o en un centro educativo. Pero hoy, con esta ley que algunos citan como definitiva, no se ha impedido que en el instituto de mi sobrino, en la clase de primero de la ESO (ojo, que tienen 12 años) se encienda un cigarrillo entre clase y clase. Dentro del aula, claro, porque en el pasillo te pillan. Y esto sí que es lamentable, no que se fume en un bar, donde al fin y al cabo se entra de manera voluntaria: a tomarte un café o a dejar un currículum, dicho sea de paso.

De la nueva realidad me agrada no respirar humo cuando voy a tomar un café, pero no me emociona. Antes, al entrar en el bar sabía que olería a tabaco y cuando saliera a la calle el aire limpio me llenaría los pulmones. Ahora, al pasar por la puerta, me veo obligada a saltar por el montón de colillas que apestan lo suyo y cuando salgo no puedo evitar una mueca de desagrado porque aunque los fumadores se hayan ido y estemos en la calle el olor sigue ahí. Y esa mueca es de auténtico asco cuando, como ayer, compruebo a cincuenta metros de la puerta del hospital el reguero de colillas con su nauseabundo olor, cuando me veo obligada a pasar entre los fumadores para recoger el coche porque están fumando en el único lugar donde se les permite. Antes, qué tiempos, si yo quería, elegía respirar humo. Ahora, sencillamente, me lo trago "por decreto" en plena calle. Tiene guasa. A lo mejor a la iluminada de turno del ministerio, para la próxima, se le ocurre prohibirnos respirar. Porque después de esta legislatura para olvidar, será lo único que quede por prohibir.

martes, 15 de febrero de 2011

AUTOEDICIÓN

Hace unos días leí en otro blog, Historias en Tinta, una reseña sobre Emily Bronte y durante estos días he vuelto a pensar en por qué decidí autoeditarme hace ya casi dos años. No fue por un impulso de juventud (ya me gustaría), ni siquiera por vanidad, para ver en papel mis pensamientos. Tampoco porque haya perdido toda esperanza de poder publicar. ¡Qué va! Fue algo mucho más sencillo: dignidad. Mi padre y yo habíamos escrito juntos La arena del reloj durante su enfermedad y quería darle, simplemente, un formato digno. Quería que tuviera portada, contraportada, su título en letras grandes y un sitio en la estantería de casa, donde esperaría hasta que los más pequeños, los que apenas le conocieron, tuvieran edad suficiente para entender. Lo que no sabía es lo que aquella decisión conllevaría: los más de cien ejemplares físicos vendidos realmente bajo demanda (primero me los pedían y luego se encargaban), la presentación del libro, la charla sobre la experiencia de autoeditarse, el empujón para que también publicara Su chico de alquiler... Y eso sin contar con las descargas que se han hecho de las novelas desde la página web, que superaban las doscientas antes de que decidieran hacer desparecer el contador.


Quienes se dedican al mundo editorial menosprecian a quienes tomamos este camino porque consideran que no existen filtros. Es verdad. Yo hago, exactamente, lo que me da la gana. Dejo a mis libros por el mundo (no abandonados, ya me he encargado de cumplimentar personalmente los trámites legales) sin nadie en quien apoyarse. Van creciendo solos, logrando superar metas imposibles en principio: La arena del reloj en un club de lectura, Su chico de alquiler como lectura para el instituto... No sé con qué me sorprenderán más adelante.

La autoedición tiene un problema añadido: el dinero que se necesita, de entrada, para empezar. Ese lo solventé sin querer, ganando dos premios en dos certámenes literarios menores, que me ayudaron a encargar los primeros libros. Aquí no hay negocio: lo que gano con unos libros lo invierto en otros y el precio del libro que aparece en la página y en el registro es el que resulta de sumar al precio de creador los gastos de envío. Mi recompensa: las palabras de quienes han pasado un rato leyendo. Siempre son las mismas: me emocioné. A lo mejor nunca puedo decir que soy escritora pero nadie me puede negar el título de creadora de emociones.

Supongo que si todavía sueño con que de la edición se encarguen otros es por el esfuerzo y el tiempo que suponen. Sobre todo por el tiempo.