martes, 15 de febrero de 2011

AUTOEDICIÓN

Hace unos días leí en otro blog, Historias en Tinta, una reseña sobre Emily Bronte y durante estos días he vuelto a pensar en por qué decidí autoeditarme hace ya casi dos años. No fue por un impulso de juventud (ya me gustaría), ni siquiera por vanidad, para ver en papel mis pensamientos. Tampoco porque haya perdido toda esperanza de poder publicar. ¡Qué va! Fue algo mucho más sencillo: dignidad. Mi padre y yo habíamos escrito juntos La arena del reloj durante su enfermedad y quería darle, simplemente, un formato digno. Quería que tuviera portada, contraportada, su título en letras grandes y un sitio en la estantería de casa, donde esperaría hasta que los más pequeños, los que apenas le conocieron, tuvieran edad suficiente para entender. Lo que no sabía es lo que aquella decisión conllevaría: los más de cien ejemplares físicos vendidos realmente bajo demanda (primero me los pedían y luego se encargaban), la presentación del libro, la charla sobre la experiencia de autoeditarse, el empujón para que también publicara Su chico de alquiler... Y eso sin contar con las descargas que se han hecho de las novelas desde la página web, que superaban las doscientas antes de que decidieran hacer desparecer el contador.


Quienes se dedican al mundo editorial menosprecian a quienes tomamos este camino porque consideran que no existen filtros. Es verdad. Yo hago, exactamente, lo que me da la gana. Dejo a mis libros por el mundo (no abandonados, ya me he encargado de cumplimentar personalmente los trámites legales) sin nadie en quien apoyarse. Van creciendo solos, logrando superar metas imposibles en principio: La arena del reloj en un club de lectura, Su chico de alquiler como lectura para el instituto... No sé con qué me sorprenderán más adelante.

La autoedición tiene un problema añadido: el dinero que se necesita, de entrada, para empezar. Ese lo solventé sin querer, ganando dos premios en dos certámenes literarios menores, que me ayudaron a encargar los primeros libros. Aquí no hay negocio: lo que gano con unos libros lo invierto en otros y el precio del libro que aparece en la página y en el registro es el que resulta de sumar al precio de creador los gastos de envío. Mi recompensa: las palabras de quienes han pasado un rato leyendo. Siempre son las mismas: me emocioné. A lo mejor nunca puedo decir que soy escritora pero nadie me puede negar el título de creadora de emociones.

Supongo que si todavía sueño con que de la edición se encarguen otros es por el esfuerzo y el tiempo que suponen. Sobre todo por el tiempo.