viernes, 29 de noviembre de 2019

ENTREGA DEL VI PREMIO LITERARIO DE AMAZON

Ayer se celebró en un céntrico hotel de Madrid la entrega del VI Premio Literario de Amazon. Fue un evento pequeño, que reunió a medio centenar de personas, en el que se dio a conocer la novela ganadora entre las más de dos mil que se presentaron este verano.

Después de un taller de una media hora impartido por Ana Nieto, de la web Triunfa con tu libro, se procedió a la entrega del premio. La expectación era máxima entre los participantes porque, contrario a lo que ha sucedido en otras convocatorias, ni el ganador sabía quién era el que se había alzado con el premio. La encargada de desvelar el nombre era Pilar Muñoz, vencedora de la pasada edición, que llevó durante algo más de una hora el sobre en su bolso, aunque cerrado a cal y canto.

Sé que los participantes estaban ansiosos por saber, aunque unos más nerviosos que otros. Elena Fuentes tenía las manos congeladas y temblaba cuando fui a darle un beso. Frente a ella, Lorraine Cocó estaba tan tranquila. Fueron las dos primeras a las que saludé, porque ya las conocía de otras ocasiones, además de que soy lectora de sus libros. A Lorraine le conté que, curiosamente, el día que anunciaron los finalistas yo estaba leyendo una novela suya, aunque no era la del premio.

A Ismael y a Gonzalo me los presentaron momentos antes de que empezase el taller de Ana Nieto. Dio la puñetera casualidad que ambos eligieron el mismo color para su atuendo, aunque Ismael iba con traje y Gonzalo llevaba un jersey, pero yo, que normalmente me fijo en las cosas más idiotas, solo me di cuenta de que tenían en común el color y... no fui capaz de concretar a cuál de los dos pertenecía cada nombre.

Luchy Placencia estaba por allí, derrochando energía, y fui yo la que la buscó para decirle que he leído el fragmento de su novela (la pienso leer entera en cuando pueda) y me encantó. Me gusta cómo maneja el lenguaje y cómo ha planteado la novela, y además es corta, algo que a mí me viene de fábula con el poco tiempo del que dispongo últimamente. Como curiosidad diré que solo hice una foto con ella. Me pareció una mujer encantadora.

Luchy con su K de finalista


A lo que voy, que me enrollo y me pierdo.

Betty Argilés, encargada de contenidos de kindle en España, dio paso a Pilar Muñoz y ella leyó el nombre de la novela ganadora: Inmemorian, de Ismael Santiago Rubio. Lo recibió emocionado y así estuvo un rato más, cuando acompañó a Pilar y a Fernando Gamboa, escritor y miembro del jurado, en una charla en la que se abordaron distintas cuestiones relacionadas con la autoedición.

Me traje a casa firmado el libro de Ismael Santiago Rubio

Captura de la página de Amazon

Captura de la página de Amazon



Había muchísimos autores entre el público, en las fotos en las redes que se han compartido se pueden ver, pero yo quiero destacar el hecho de haberme reencontrado con José Vicente Alfaro. Es uno de los primeros autores de Amazon en España y, además, es una bellísima persona (y yo le tengo un cariño muy especial). Fue una inmensa alegría volver a verlo.

Esta estupenda tarde la viví de rebote, yo no soy una de las autoras estrella de Amazon, por más que fuera de las primeras que triunfaron en esta plataforma (que no sé ni cómo me he construido una carrera literaria, porque según el taller al que asistimos lo he hecho todo rematadamente mal). Ni siquiera he participado nunca en el premio, aunque ayer le estuve dando vueltas a la idea de no marcharme de esto sin hacerlo.

Por qué aterricé ahí me lo guardo para mí.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

¿Y AHORA QUÉ?

Esta es la pregunta que me llevo haciendo más de un mes. ¿Y ahora qué? Me lo repito como un mantra cada mañana al despertar y cada noche antes de ir a dormir.

¿Y ahora qué escribo?

La colina del almendro está resultando ser una novela que me está brindando una experiencia de las que no se olvidan con facilidad. Desde el principio vino marcada por una etiqueta que le puse yo misma: diferente. Diferente en su concepción, diferente en su desarrollo mientras la escribía, distinta  todo lo que había escrito hasta ese momento. Tan distante que, un día, insegura por si me había metido en un jardín demasiado espinoso, tuve que preguntarle a mi bruja blanca si eso servía para algo o era mejor que me olvidase.

No me lo consintió.



Llevaba razón, esta novela me está devolviendo una alegría detrás de otra, confirmando que puedo escribir lo que quiera (lo que me dé la gana en palabras de mi editora), que sé defenderlo porque a todo le pongo alma, corazón, esfuerzo, trabajo y mucho, mucho tiempo. Le robo horas al sueño para que lo que acabe sobre el papel sea, al menos, digno. Que no me voy a quedar solo en romántica, porque sé hacer mucho más.

Pero no puedo evitar el vértigo del ahora qué. No sé qué paso dar. Sé que ahora mismo no hace falta que dé ninguno, que lo que tengo que hacer es disfrutar de lo que me llega de vuelta de esta novela, que es maravilloso por donde lo mire, que tengo tiempo para pensar, pero mi natural impaciente se rebela a diario y no me deja contener los dedos. Claro que estoy escribiendo, soy palabras escritas, pero el resultado, aunque es dignísimo y mucho mejor que muchas cosas que he leído en los últimos años, no es como ella. No tiene su complejidad o su profundidad. Me invade cierto miedo, ese que se deriva de escuchar frases como "es tu mejor novela", "es un novelón", "te has puesto el listón altísimo tú sola".

Tendré que darme un tiempo.

Tendré que seguir pulsando las teclas del ordenador, eso siempre, porque nunca hay que perder el ritmo, pero también tendré que aprender a relajarme para que, cuando la idea llegue, me pille en un buen momento y sea capaz de defenderla con el mismo pulso que he empleado en esta novela.

Me siento muy orgullosa de ella, por si no lo he escrito aún.

Voy a contar algo. Los primeros días, cuando se puso a la venta, ese efecto del primer impacto la puso visible en iTunes. Nada más llegar, alguien le puso tres estrellas y un comentario que decía algo así como que la novela se desinflaba después de la primera parte. Mi impresión no es esa, al contrario, creo que es una novela que quizá, donde demuestra todo su valor, es en la parte central, pero podía ser que hubiera perdido la perspectiva. Después de esa primera reseña, llegó otra de cinco estrellas. Respiré, tal vez esa primera persona no me había entendido. Duró poco, enseguida le cayeron comentarios de dos y una estrella.

¿Os he contado alguna vez que en iTunes no me quieren nada?

Pensé que hasta ahí habíamos llegado, que me había equivocado y que tendría que volver a contar historias románticas contemporáneas, porque parecía que para esto, que es muchísimo más, no sirvo. Más adelante, otros buenos comentarios subieron una media en esa plataforma, pero las dudas estaban servidas.

Esto me ha hecho pensar muchísimo. No sé si yo soy la que está equivocada siempre, si es que ya no sé leer, ni filtrar, ni saber qué sí o qué no puedo escribir en una novela o es que hay gente que necesita tirar el trabajo de otros nada más salir, porque lo cierto es que, a partir de esos dos o tres primeros días, lo demás ha sido tan fantástico como lo que se ve en Amazon. Hay quien ha entendido que el romance es secundario en esta trama, que pesa más la historia y la evolución de un personaje que encarna una lucha, la de las mujeres a principios de siglo, y hay quien se ha confundido porque quizá, como llevo el sello de autora de romántica, solo esperaba pasión entre dos personas. Yo, lo siento, pero eso se me queda muy corto como lectora, no me dice mucho, y siempre tengo que poner algo más, porque, ante todo, yo soy mi primera lectora y me tengo muchísimo respeto como para traicionarme.

¿Y ahora qué?

Pues no lo sé. Terminaré una novela a la que le quedan no más de veinte páginas y la guardaré para que repose. Retomaré otra que tengo que modificar. Me pensaré que hago con otra, que tampoco es romántica, pero es mía.

Y respiraré.

Quizá, aunque ahora me haga preguntas inquietantes, esto no haya sido la guinda de mi pastel.

O sí, no lo sé.

jueves, 14 de noviembre de 2019

VENDAS EN LOS OJOS

Alguna vez en la vida, a todos se nos cae una venda de los ojos. La llevamos ahí sin saberlo, apretada de tal modo que la oscuridad es absoluta. Llevamos tanto tiempo con ella que nos hemos acostumbrado a pasear por la vida intuyendo los obstáculos sin verlos. A base de reconstruir la realidad a partir de la composición que nuestro cerebro puede hacer con el tacto, el gusto, el olfato y el oído, creemos que el mundo lo percibimos completo.

Pero no es así.

La realidad no nos muestra todas sus caras porque nos falta uno de los sentidos: la vista. El día que la venda deshace el nudo y resbala por nuestra cara, la luz entra a raudales en unas retinas desacostumbradas. Entonces, tal vez por el impacto de la claridad, por el miedo a lo que nos podamos encontrar, por la seguridad que nos daban nuestras propias tinieblas, agarramos nuestra venda y tratamos de volver a colocarla.

Las vendas que se caen de los ojos no ajustan nunca más.

Cerramos los ojos, los oídos y hasta el corazón, porque el dolor en las pupilas con la presencia de tanta luminosidad puede ser insoportable, pero eso no sirve. No se puede vivir mucho tiempo con los ojos apretados. Un día, uno cualquiera, los párpados empiezan a abrirse poco a poco. Quizá se cierren un par de veces, porque tanta luz impide hasta respirar, pero finalmente, despacio, siempre muy despacio, los ojos se abren.

Y la luz ya no duele.

Ahora lo que hace es iluminar la escena. Nos descubre que los otros sentidos nos habían contado casi la verdad, pero se habían dejado un montón de matices.
Aprendemos.

Y con el aprendizaje, detestamos esa venda y bendecimos el día que se soltó.

#microrrelato

miércoles, 6 de noviembre de 2019

PON UNA ETIQUETA EN TU VIDA

Os voy a contar algo. Acabo de entrar en Amazon, a ver si ha ocurrido un milagro y han unificado mi novela en papel con la digital. No he tenido suerte. Ahí están, cada una por su lado, con los comentarios separados también. Yo creo que es un castigo metafórico por haber escrito sobre un tiempo en el que las cosas de hombres iban por un lado y las de las mujeres por otro, un momento en el que no teníamos los mismos derechos.

Tonterías que se piensan en días de mucho estrés.

Para no enfadarme, he dejado lo de mis novelas y me he ido a ver el top, que es un sitio que no frecuento mucho, y ahí sí que me he enfadado en serio.

Sí, uno se puede enfadar con un top. Bueno, uno se puede enfadar hasta con la esquina de un mueble si se da con ella con el dedo meñique desnudo. El caso es que, mirando novelas, he recalado en una. No me ha llamado la atención en sí misma, sino la bandita naranja y lo que ponía en ella. Sé que hay categorías rarísimas en Amazon (yo una vez me equivoque de casilla y Detrás del cristal se puso número 1 en Bienestar y vida sana nada más publicarla, pero rauda y veloz lo quité, porque entonces me daba mucho apuro que pensaran que soy tonta).

He pensado en un error. Yo soy muy de pensar en que uno es humano y se equivoca muchísimas veces.

No he necesitado nada más que un clic para darme cuenta de que no, que es una argucia para conseguir la codiciada bandita naranja. Porque, si fuera verdad donde está categorizada, yo no habría entendido, como si fuera castellano, cada una de las palabras del fragmento de prueba (bueno, de la primera página, no he sido capaz de seguir).

¿Un error?

Ya...

martes, 5 de noviembre de 2019

PON UN VERBO EN TU TEXTO

Me da mucho respeto ponerme a hablar de cuestiones gramaticales en el blog, porque no soy ninguna experta en ellas, solo sé lo que he aprendido en todos estos años escribiendo (no digo cuántos porque la cifra me empieza a abrumar). Si me atrevo a hacerlo es porque recordaré algo muy básico, de hecho, algo que estudiamos en el instituto.

Y también por otra cosa.

Ayer mismo llegué a un blog que me dejó estupefacta perdida. Lo firma una autora novel, que en estos momentos aún no ha publicado absolutamente nada, y que da consejos de escritura, aunque en realidad se dedica a otra cosa. Esas eran sus credenciales cuando ibas a la sección del blog (o la página, no recuerdo) que dice "quién soy". Me pareció tan surrealista todo que me dije, bueno, Mayte, al menos tú ya has publicado casi una docena de libros (eres autora de verdad, no es solo una idea en tu mente), no en el cien por cien de tu tiempo, pero te dedicas a esto y, además, has vendido varios miles de libros. Te han dado hasta premios. Igual tampoco es tan loco que tú te atrevas a dar algún consejo...

He venido a hablar de los verbos.

No me voy a poner en plan profe mucho rato, pero sí tengo que hacer hincapié en un aspecto que a veces nos pasa desapercibido: los verbos tienen aspecto perfectivo o imperfectivo. ¿Qué significa esto? Pues que hay algunos en castellano que nos están diciendo que la acción está acabada y otros marcan que no es así, que es una acción inacabada.

Pongo un ejemplo.

Cantó/Cantaba

Ambas formas verbales son de pasado. Una de ellas es el pretérito perfecto simple y otra el pretérito imperfecto. Estos nombres no se los pusieron a lo tonto, están diciéndonos ya cómo es la acción. En una frase completa quizá lo veamos mejor:

Marta cantó en las fiestas de su pueblo.

En esta oración, entendemos que las fiestas se acabaron ya y que Marta tuvo el impulso de subirse a un escenario y mostrar sus dotes cantarinas. O que estaba muy borracha y dio la nota, cualquiera sabe porque mi frase carece de un contexto. Lo que queda claro es que la acción está terminada. Del todo. Cerrada.

Marta cantaba en las fiestas de su pueblo.

En este caso, Marta sigue ahí, dándolo todo en el pasado, y nosotros como lectores nos hemos quedado con la intriga de algo, porque esta forma verbal suele requerir de una clausula que amplíe la información. No sé, algo como: Marta cantaba en las fiestas de su pueblo, cuando se puso a llover.

Este pequeño matiz entre dos formas verbales se vuelve un detalle gigante cuando no se emplean bien en algunos textos. Mirad, el castellano tiene una riqueza verbal impresionante. Se puede expresar prácticamente lo que uno quiera y queda matizado por el verbo que se emplee mucho más que por poner un millón de adjetivos raros o extravagantes, que solo van a decir de nosotros que somos un pelín pretenciosos al escribir. Jugad con los verbos, paraos a pensar qué queréis decir y matizad con ellos la diferencia.

Otro día hablaré del uso del pretérito pluscuamperfecto en novela romántica de la que no pasa por correctores profesionales. Es una auténtica pesadilla que muchas veces procede de la lectura directa de libros en inglés o de malas traducciones, ya que este idioma se las tiene que apañar con muchos menos verbos que el castellano.

Y hasta aquí mi modo profe.

Me voy a leer otro rato, si es que me dejan.

jueves, 24 de octubre de 2019

MUJERES CON SEUDÓNIMO

Hace mucho tiempo hice una entrada sobre el primer escritor del que se tiene constancia. En realidad no fue escritor, sino escritora. Se llamaba Enheduanna, nació en 2285 a. C. y fue sacerdotisa e hija de Sargón de Acad. Es curioso que fuera una mujer, cuando después las mujeres han tenido tantas dificultades para que su trabajo escribiendo se reconozca.

Durante mucho tiempo, para publicar, se hizo necesario el uso de seudónimos, en muchos casos masculinos, para superar todas las barreras con las que tropezaron.

Hoy estoy hablando de esto, de mujeres con seudónimo, porque en la charla que tuve el sábado pasado, en el I Café Literario Bookeando en las Nubes, hablamos de seudónimos. Curiosamente, de las cuatro autoras que estábamos sentadas en la mesa solo una usa su nombre real: Laura Sanz. Las otras tres, Isabel Keats, MEG Ferrero y yo, firmamos con seudónimos. Cada una por distintas razones, pero el caso es que lo hacemos.

Isabel nos contó que buscó un nombre sonoro tanto en inglés como en español, por si acaso algún día la traducían. Entre su nombre real y con el que publica hay una notable diferencia.

En el caso de Meg Ferrero, MEG es el acrónimo de un nombre real: María Esther Garcia (por eso lo empezó escribiendo con mayúsculas) y Ferrero es su segundo apellido.

Mayte, mi nombre, es el diminutivo de María Teresa y, como he contado varias veces, no me enteré que vivo bajo un seudónimo hasta que no fui a registrar mi primera novela y la funcionaria de Cultura me lo explicó. Así que se podría decir que lo mío es un seudónimo involuntario o seudónimo por ignorancia.

En realidad, aunque tres de nosotras llevemos seudónimo, las cuatro publicamos con nombre de mujer porque, afortunadamente, vivimos en un lugar del mundo en el que podemos hacerlo. Tenemos la libertad para hacerlo. Tenemos el derecho de hacerlo. De hecho, podemos hacer exactamente lo mismo que los hombres. Nos ha costado muchos años de luchar contra prejuicios y leyes el poder hacer las mismas cosas que los hombres, pero lo hemos conseguido.

Podemos abrir cuentas en el banco, tener negocios a nuestro nombre, firmar contratos sin autorización masculina, votar, estudiar, pedir un divorcio... ¿sigo?

Podría, pero no es el objetivo de esta entrada. En objetivo se centra en que nosotras cuatro tomamos la decisión de firmar como quisimos. Con nuestro nombre real, con el real adaptado o con uno inventado, pero nombre de mujer. No nos ha pasado como a tantas otras que, en otro tiempo, tuvieron que esconder su talento tras un seudónimo. Muchos, nombres de hombre.



martes, 15 de octubre de 2019

MUJERES ESCRITORAS: MARÍA DE ZAYAS

Ayer fue el día de las escritoras. Desde hace unos años, el lunes más cercano a la celebración de Santa Teresa se ha convertido en el día de reivindicación de las mujeres escritoras. Es un día perfecto para recordar que, a lo largo de la historia, las mujeres han sido silenciadas como creadoras de literatura.

Se ha convertido, por la influencia de las redes sociales, en un día en el que felicitamos a las mujeres que dedican su tiempo a crear historias, pero yo creo que debería ser también un momento en el que rescatásemos a todas aquellas que en otro tiempo fueron creadoras de contenidos y que, por distintas razones, fueron silenciadas en la Historia.

Por eso, hoy, aunque sea un día después, vengo a hablaros de María de Zayas.

María, nacida en 1590, fue autora de novelas cortas, teatro y poemas y tuvo mucho éxito en su tiempo, el Siglo de Oro español. Prueba de su talento fue que sus obras se estuvieron reimprimiendo durante muchísimo tiempo. Hija de militar, viajó mucho, algo infrecuente en la época, y esos viajes hicieron que su mente despierta se fuera empapando de lugares e historias que después plasmó en su literatura.

Pero, todavía hoy, es una gran desconocida.

Es así porque en el siglo XIX fue silenciada por la Inquisición. Ella, y otras mujeres como ella, no cumplían los estrictos parámetros de virtud que un tiempo machista y misógino exigía, así que desapareció de los manuales de literatura, donde solo nos quedó constancia de Santa Teresa de la Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz, ambas monjas. No es de extrañar que, en mi mente de niña, cuando era pequeña imaginase que, para escribir, era imprescindible ser religiosa…

María dedicó su tiempo a denunciar las limitaciones que para la mujer representaban la moral y las costumbres del XVII, y fue capaz de producir unas obras tan interesantes que un autor francés, Paul Scarrron, la plagió. Hasta ahí llegó su talento, aunque a nosotros solo nos haya llegado casi el eco de su nombre.

María de Zayas Sotomayor tuvo, en su tiempo, la admiración de Lope de Vega, uno de los grandes autores de nuestra literatura, y pudo ver sus obras impresas. Como os dije, escribió verso y prosa, en ella se aprecia la influencia de Cervantes, y siempre tuvo claro que lo que pretendía con sus libros era entretener, que es el fin último, o primero, de la literatura. Sencilla y amena, no se ahorró la violencia en sus escritos cuando lo creyó necesario y construyó personajes femeninos fuertes que en muchas ocasiones reclamaban su sexualidad, pero no amparadas en el deseo, sino como una manera de demostrar su libertad.

Escribió Novelas amorosas y ejemplares en la primera parte de su producción y los Desengaños amorosos en la segunda, en ambas ocasiones colecciones de novelas cortas, algunas de influencia cervantina y otras italiana. Todo el tiempo se queja en ellas de que a las mujeres no se les dé la oportunidad de recuperar y vengar su honor, ese tema tan literario y tan nuestro, incluso tampoco el decidir su destino. Las mujeres son víctimas de una sociedad violenta e injusta que no se preocupa de sus necesidades. Todo ello lo remata con finales trágicos, sin rasgos de endulzamiento, porque la sociedad en la que vive no es dulce. No habrá bodas o finales felices porque sospecho que no creía en ellos.

Aunque su tema, siempre, fuera el amor.

Reivindica el papel de la mujer, pero no como un ser pérfido, como lo había pintado la literatura hasta el momento, o carente de carácter (recordemos a Celestina o Melibea), sino alguien capaz de mostrar valor y honestidad, pero con su propio criterio. Quiere despertar conciencias dormidas y deja claro el concepto de igualdad en una frase muy contundente:

“Porque las almas no son hombres ni mujeres, ¿qué razón hay para que ellos sean sabios y nosotras no podamos serlo”.

La educación en igualdad, para esto, es crucial. Anima a las mujeres a reclamar su derecho a la cultura, que piensa que en su tiempo ha sido monopolizada por los hombres. Y eso, al final, la conducirá al olvido del que ahora la rescatamos.

Os dejo un soneto de María de Zayas, el amor como una lucha de contrarios, reflejado de un modo tan similar al que lo hicieron Lope o Quevedo que no entiendo cómo no nos ha llegado con la misma fuerza que los de ellos.

Amar el día, aborrecer el día,
llamar la noche y despreciarla luego,
temer el fuego y acercarse al fuego,
tener a un tiempo pena y alegría.
Estar juntos valor y cobardía,
el desprecio cruel y el blando ruego,
tener valiente entendimiento ciego,
atada la razón, libre osadía.
Buscar lugar en que aliviar los males
y no querer del mal hacer mudanza,
desear sin saber que se desea.
Tener el gusto y el disgusto iguales,
y todo el bien librado en la esperanza,
si aquesto no es amor, no sé qué sea.

jueves, 3 de octubre de 2019

UN CONGRESO, UNA PRESENTACIÓN, UN ENCUENTRO Y UN REENCUENTRO.

Llevo un final de septiembre movidito, sobre todo por asuntos derivados de la publicación de mi última novela, La colina del almendro, una historia ambientada en los convulsos años en torno a la Primera Guerra Mundial. (Más información si pinchas en el título).

El día 11 fue su puesta de largo en papel, un recorrido que espero que se tome con calma y que me depare muchas alegrías, porque creo en esta novela. En realidad, creo en todas las que he publicado, pero también soy lectora y profesora, y estoy convencida de que es la más redonda de las que tengo. Por la trama sólida, por las emociones que se deslizan por las páginas, por el uso del lenguaje. Si veo una ventaja a mi manera de trabajar, lenta, tomándome tiempo, es que también soy capaz de tomar distancia con lo que hago y ser mucho más dura y objetiva.

Si no fuera dura, a estas alturas quizá tendría 30 novelas publicadas y no las que tengo, pero yo misma no las salvo. A esta sí la salvé. También estoy segura de que me costará, después, salvar a otra, así que habrá que esperar también para ver una nueva. O no, a lo mejor la inspiración llega de golpe y descargo en el papel, en poco tiempo, la historia que me ronda por la cabeza. Y me sale perfecta...

No lo sé, solo sé que, lo que publique, no será producto de unas prisas.

Por eso, como voy con calma y me puedo concentrar en darle a esta novela su tiempo, decidí que este año saldría un poco de casa con ella. El 20 se septiembre tenía una cita en Dos Hermanas, en el congreso Ex Libris. Las organizadoras me propusieron participar en una mesa hace unos meses (gracias, Eva) y me pareció muy buena idea. Era una excusa para volver a Sevilla, y además organizamos el 21 de septiembre una presentación en Córdoba, en La República de las letras, organizada por el Café Literario Literatura entre las sábanas y el blog Persiguiendo sueños. Gracias infinitas a Rocío y Alejandra y, por supuesto, a Pilar Muñoz y María José Moreno, mis brujas cordobesas, mis escritoras con magia, que me acompañaron en ese encuentro, rodeándome, arropándome para que no me sintiera sola. Siempre están ahí, son mi equipo, el mejor regalo que me dio esta decisión loca de autoeditar sin ser consciente de lo mucho que me iba a cambiar mi biografía.

Entre una cosa y otra, daba por iniciada esta gira con la novela.

Para mí fue espectacular, solo hace falta ver las fotos de los dos encuentros, el brillo en mis ojos, la sonrisa (es que me cuesta tanto en las fotos) para darse cuenta de lo que los disfruté. Pude ponerle cara a lectores a los que conocía por las redes, conocí a otras y conocí a escritoras que me parecieron personas increíbles. Y disfruté. Pude llevarme mi librito bajo el brazo y ya sé lo que opinan algunas de las personas que se lo compraron.

Estoy empezando a pensar que existe la magia.

Pero ahí no queda todo. El día 27, HarperCollins organizó un encuentro con lectores en la editorial, para ver las instalaciones y hablar de La colina del almendro. Se sortearon 10 pases y allí estuve con las lectoras (una no pudo venir por problemas de agenda y a su sustituta le pasó lo mismo). ¿Sabéis lo bonito que fue? Un detalle que quisieron tener con ellas fue regalarles el libro en papel, pero como no se lo dijimos, alguna ya se lo había comprado y leído. Trazamos un plan B, para que nadie se quedase sin libro, pero hubo que pasar al C. Cosas de las sorpresas y de mis lectoras, que he descubierto que me quieren mucho. No había que leer el libro, eso que quede muy claro, y de hecho alguna me lo preguntó por las redes y le dije que no, que prometía no hacer ningún spoiler. Gracias infinitas a la editorial por organizarlo, a Almudena, Laura y Elisa por acompañarnos. Tengo que deciros que fue íntimo y muy agradable, ese contacto con el lector que te lee y busca tus libros era algo impensable para mí hace una década.

He titulado esto un congreso, una presentación, un encuentro y un reencuentro. Es porque el pasado fin de semana hubo un reencuentro; fui a llevarle un ejemplar de la novela a Olga, que fue profesora de francés de mi hijo y que me ayudó a hacer que Camille sonase "francesa". No quería que dijera las palabras que nos sabemos todos, sino más bien frases que de pronto resulte difícil traducir. Y Olga me ayudó a que estuvieran bien escritas. Nos reencontramos con un café y me di cuenta de lo poquito que hace falta a veces para ser feliz. Tres personas en una mesa contándose unos meses de ausencia y deseando encontrar un momento más adelante para volver a charlar de nuevo. No hicimos foto, las fotos se te olvidan a menudo cuando estás muy feliz.

Dejo aquí otras, el registro en imágenes de lo que estoy viviendo.












sábado, 14 de septiembre de 2019

¿REVISAR O NO ANTIGUAS NOVELAS?



Hoy traigo una cuestión sobre la que he cambiado de idea con el tiempo. No soy de ideas fijas, más bien de análisis constantes de las situaciones que me rodean, y en esto mi opinión ha sufrido un cambio que voy a tratar de explicar.

Yo antes no era partidaria de revisar la narrativa de las novelas digitales, por mucho que sea una cuestión tentadora y técnicamente factible. No lo era, porque si se produce esa revisión, lo que hacemos es alterar de alguna manera la evolución del autor. Ya no podemos saber si poco a poco ha ido aprendiendo, si se ha estancado o si ha retrocedido, pues al final, revisión tras revisión, todo quedaría homogeneizado en su último yo.

Estuve pensando en Juan Ramón Jiménez, uno de nuestros premios Nobel de Literatura, quien renegaba de sus primeras obras al considerarlas inmaduras y que no se ajustaban a lo que él entendió por literatura a medida que iba adentrándose en este oficio. Si hubieran desaparecido del todo, no podríamos distinguir sus tres etapas, nos habríamos perdido esos primeros poemas coloridos que se enmarcan en el Modernismo y de él solo quedaría constancia de su poesía desnuda, libre de casi todo, enrevesada y complicada de interpretar, puesto que es tan personal que algunas veces ni la crítica coincide.

Pero no me quedé en eso, pensé un poquito más. ¿Cuántos Juan Ramón Jiménez puede haber ahora publicando de este modo? (Aquí, sonido de grillos y ni una mano levantada). No estoy segura de que a nadie le vayan a dar un Premio Nobel (por mucho que haya dos o tres de los que he conocido en estos años convencidos de que a ellos es posible. Aquí van carcajadas). No creo, ni siquiera, que dos o tres aparezcan en los libros de texto de dentro de un par de décadas. Entonces, ¿es necesario mantener las obras inamovibles o podemos echarles un vistazo de vez en cuando?

Pensé en el tiempo que permanecen a la venta los libros digitales y aquí fue cuando mi opinión empezó a virar unos grados. En estos momentos, libros publicados en 2010, por ejemplo, conviven con otros de 2019. El lector puede saber que son del mismo autor, pero no tiene por qué conocer su trayectoria ni el orden exacto en el que fueron publicados. ¿Qué pasaría si lee primero un libro de 2019 y después el de 2010? Probablemente sentirá una decepción, puesto que el oficio se aprende con el tiempo, con la experiencia. Los vicios se pulen, los errores se mitigan, se encuentra esa voz que todos andamos buscando.

Por eso ahora creo que sí, que no solo es lícito revisarlo -y avisarlo-, aunque siempre con matices. Lo que no tocaría jamás es la trama de las novelas. Esta, para mí, debe permanecer inalterable, sobre todo por el respeto a los que leyeron la historia tiempo atrás. Es fácil que la recuerden, mientras que casi seguro que no recordarán si usábamos un tiempo verbal incorrecto o si alguna coma se había colocado a su aire.

Por tanto, sí, soy partidaria de revisar, ahora sí.

Otra cosa es si sería capaz de soportarlo sin que me diera algo. Haced la prueba los que tenéis blog, id a vuestras primeras entradas y leedlas. ¿Os reconoceis?

Pues eso...

(No me van a dar el Nobel terminando las entradas del blog como las termino, así es que supongo que puedo revisarlo todo sin miedo.)

martes, 10 de septiembre de 2019

UNA CARTA PARA MARY

Querida Mary E. Davenport:

Tal vez hayas pensado, al recibir esta carta, que al fin te contestaba Camille. O John Lowell. O James Payne para contarte las dificultades de una vida por la que temes. Pero no es así. Quien te escribe esta carta ni siquiera es una mujer de tu tiempo, sino alguien que ha sido testigo de tu historia de viva voz y a través de unas letras maravillosamente escritas y quiere mostrarte ahora su más profunda admiración.

No he tenido la suerte, o tal vez la desgracia, de formar parte de la sociedad inglesa de principios del siglo XX a la que has pertenecido tú, pero nada me hubiera gustado más que haber sido testigo directo de la vida de la mujer fuerte, valiente y un tanto rebelde que demostraste ser, una mujer que a pesar de su juventud y palpable inexperiencia afrontó vientos en contra que la hicieron tambalearse, que abrió los ojos al mundo feroz al que la empujaron sin más armas que las de sus propias manos, su ingenio y ese orgullo perdido en tantas y tantas otras coetáneas tuyas y que tú desempolvaste, dando una lección incluso a más de una de las que ahora conocerán tu historia.

Han sido muchos los inconvenientes por los que has pasado: algunos, tomando forma fuera de ti, como esa guerra maldita que tanto sufrimiento causó; otros, dentro de tu corazón y en nombre de un amor reñido con las costumbres, las imposiciones y los designios de un padre a cuya voluntad te debías. A pesar de lo pudieras sentir.

No sé si quien lea tu historia te juzgará; aunque lo dudo. Yo no lo he hecho, al contrario, he sentido hacia ti una empatía inmensa. He deseado con todas mis fuerzas que te sonriera la vida y, sobre todo, el amor. Que uno de los dos hombres que compartían tu existencia te correspondiera con la intensidad que merecías, con la misma que sentías tú.

Yo hoy me siento emocionada por que el mundo te conozca. Sí, ya sé que no aciertas a comprender la razón; no sabes ni siquiera quién soy. Pero eso no importa. Mis mejores deseos están contigo y con aquella otra mujer que ha querido que tus vivencias vean la luz.

Espero de todo corazón que tú, mi desde siempre querida Mary, conquistes a todo aquel que tenga a bien abrirte las puertas de casa. Que tenga a bien escucharte. Que tenga a bien mirarte a los ojos mientras te encuentra entre las líneas de tus hojas de papel.

Recibe un cordial abrazo. O como solemos decir en mi tiempo:
¡Un besazo enorme!

Pilar.

lunes, 9 de septiembre de 2019

MIÉRCOLES 11 DE SEPTIEMBRE, LA COLINA DEL ALMENDRO EN LIBRERÍAS

El pasado 29 de agosto estrené novela, La colina del almendro, publicada por HarperCollins Ibérica en la colección Top Novel en digital. El miércoles 11 de septiembre será el día en el que llegue a las librerías en formato papel.

Me consta que la estáis esperando así, y os aseguro que me encanta saberlo porque para mí significa algo. También tengo preferencias en cuanto a los libros.

Cuando no me dicen nada, puedo leerlos a través de programas con KU o Prime reading. No me importa porque intuyo que serán libros que me dejarán poca o nula huella. Si lo hacen, la verdad es que los acabo comprando en digital casi siempre para tenerlos o para releerlos cuando quiera (releo cuando me atasco y no encuentro nada que me llene).

Cuando me apetecen, pero no estoy segura de que me vayan a volver loca, primero los compro en digital y, si superan la prueba, me los regalo en papel. Si hay suerte hasta algunos he conseguido que me los firmen los autores.

Cuando me apetecen muchísimo, no me lo pienso, los compro en papel directamente. Sé que estoy loca, porque tengo la casa ocupada por libros, pero no me pienso mudar y, cuando me muera, mis hijos me han dicho que los van a tirar todos -son así de sinceros-, que no ocuparán espacio en sus vidas, así que también en ese sentido estoy tranquila, no serán una molestia para nadie.

Así que, si me decís que la queréis en papel antes que en digital, yo interpreto eso como algo muy, muy bueno.

Vamos a ver cómo transcurre esta aventura.


viernes, 6 de septiembre de 2019

TENEMOS UNA PROPUESTA PARA TI

Se acerca el 11 de septiembre, día en el que se publicará en papel La colina del almendro, mi última novela, y desde HarperCollins Ibérica tenemos una propuesta.





Sí, para ti.

¿Quieres la novela firmada, completamente gratis?
¿Te apetece conocer las instalaciones de una editorial y ver cómo trabajan en ella?
¿Te gustaría charlar un rato conmigo allí?

Pues solo tienes que apuntarte en el siguiente formulario:


Se sortearán 10 pases junto con 10 ejemplares en papel y estoy segura de que será una experiencia enriquecedora para todos. Es posible hasta que os invite a comer un pedacito de bizcocho. ¿Por qué? Bueno, lo entenderéis al leer la novela...

viernes, 30 de agosto de 2019

LE LLAMABAN BRONCO, DE LAURA SANZ


Sinopsis:

Texas, 1868

Rose Randolph vuelve al rancho familiar tras haber pasado los últimos años en Chicago. Las ilusiones que tenía puestas en su retorno al hogar se ven pronto truncadas al descubrir que su padre la ha hecho regresar para casarla con un desconocido. Su tristeza y desolación se verán mitigadas por la presencia de un atractivo e inaccesible vaquero que trabaja domando mustangs salvajes a las órdenes de su progenitor, por el que se sentirá irremediablemente fascinada. Gabriel Salas, el hombre con nombre de arcángel, al que todos llaman Bronco.

Bronco Salas no lo ha tenido fácil en los últimos tiempos. Trabaja en Las Claritas, uno de los ranchos más prósperos de la zona, mientras espera poder cumplir una promesa que le hizo a su familia, por la que ha empeñado su vida y su futuro. La llegada de la hija mayor de su arrogante patrón le supone un contratiempo con el que no había contado. Aun a sabiendas de que cualquier relación con la señora Randolph está destinada al fracaso, y que permitirse caer en la tentación que esa mujer personifica sería un gran error, no puede evitar sentirse atraído por ella.

Ciertas historias de amor están condenadas a no suceder, otras, aun pareciendo imposibles, están escritas en el destino desde el principio. La de Gabriel Salas y Rose Randolph es una de ellas…


Mis impresiones:

Le llamaban Bronco es la sexta novela que leo de Laura Sanz. Desde que la conocí con La chica del pelo azul han pasado unos años y en ellos he visto su evolución positiva como narradora. Durante cuatro novelas dejó la novela de ambientación histórica por la contemporánea, pero esta ocasión vuelve a sus orígenes de alguna manera, a una novela que transcurre hace siglo y medio, y que ha necesitado de un tiempo de documentación para hacer que la historia fuera verosímil.

Pero yo me he dicho a mí misma que no iba a hacer una reseña, que no iba a hablar del narrador equisciente, ni del pasado en el que se nos narra la historia. Tampoco del uso cuidado del lenguaje, teniendo tan en cuenta el decoro poético que hasta se ha documentado en las expresiones mexicanas de algunos de los personajes para que existieran ya en el período que nos narra, y que le dan un tremendo sabor a los diálogos.

Tampoco me apetece hablar de esos capítulos que se enlazan a través de cómo los dos personajes van viendo la misma situación, sin llegar a parecer que se repite, porque ha tenido mucho cuidado en que esas introducciones, necesarias, fueran breves. Os mataría de aburrimiento si me pusiera técnica o me entretuviera en contar que parece que estás en el Oeste americano, cuando describe las calles del pueblo o el rancho Las Claritas. O la forma en la que se visten, o las herramientas que usan, o cómo doman los caballos salvajes.

Quiero hablar de otra cosa.

Quiero hablar de lo que he sentido como lectora.

En esta sexta novela de Laura me ha pasado como en las anteriores, quería encontrar un momento para seguir leyendo. No me he dado cuenta de la cantidad de páginas que tiene, ni siquiera he ido pensando si estaba empleando bien o mal los tiempos verbales, porque en realidad estaban todos tan  bien elegidos y me había metido tanto en la historia que solo quería enterarme de lo que pasaba con Gabriel y Rose.

(También hubo un momento en el que me entraron ganas de asesinar a Laura, pero esto mejor no lo explico mucho. Por si os entran ganas de mandarle a un sicario por hacernos sufrir.)

Le llamaban Bronco tiene lo que le pido a una novela: un punto de intriga, un tanto de romance, una escritura sin escollos, una lectura envolvente que me haga olvidarme del mundo y esa sensación de querer dejarlo todo para leer.

No creo que necesite más razones para enamorarme de una historia, y esta me las ha dado todas.


martes, 20 de agosto de 2019

EL PRINCIPIO DE LA COLINA DEL ALMENDRO



C A P Í T U L O 1







Almond Hill
Residencia de los condes de Barton
27 de julio de 1913

Querida Camille:

Me ha entristecido leer en tu carta que no vendrás a visitarnos. Esta casa hace tiempo que necesita que algo de luz entre por puertas y ventanas, y estoy segura de que solo tú puedes lograr que eso suceda. Ya sé que no te entiendes demasiado bien con papá, pero seguro que nos las podemos arreglar para que apenas coincidáis más que en las comidas, como en agosto pasado. Echo muchísimo de menos a mamá desde que murió, la preciosa familia que teníamos, y solo tus cartas me han servido de alivio en este tiempo en el que en Almond Hill solo se respira tristeza. Piénsalo, Camille, quizá encuentres un par de semanas para tu ahijada, que te extraña mucho.
Tuya,
Mary E. Davenport


***



Viernes, 1 de agosto de 1913

Pasaban unos minutos de las once de la mañana cuando la señora Durrell, el ama de llaves de Almond Hill, interrumpió la tranquilidad de la biblioteca para anunciar una visita. El ocupante de la sala, Richard Davenport, conde de Barton, bebía en esos una copa de brandy mientras lidiaba con la correspondencia del día. Sentado en el elegante escritorio de caoba, levantó la vista hacia la mujer y le dio instrucciones para que hiciera pasar al visitante, pero no antes de diez minutos. En ese tiempo ordenó con tranquilidad los papeles que tenía esparcidos sobre la mesa y los guardó en un cajón.
Educado en la elitista escuela de Eton, Richard era un hombre serio y de costumbres severas. Solo había algo que alteraba la sobriedad de su carácter, su insana afición a las bebidas espirituosas, que había ido en alza tras la muerte de su esposa Elisabeth. Levantó la vista hacia el retrato de ella, situado sobre la chimenea, y por un momento pensó en que debería ser su última copa. Casi se había convencido, pero instantes después, empujado por la ansiedad que lo consumía, apuró el licor y dejó la copa con brusquedad en la mesa. 
Volvió a sentir cómo la rabia le invadía, como hacía día tras día desde hacía un año, cuando la condesa murió por unas fiebres sin haberle dado un hijo varón.
Se había casado veinticinco años antes con ella, la hija mayor del duque de Bedford, y poco después había nacido su primogénito, un niño débil y enfermizo que, a pesar de los cuidados que le prodigaron, no logró sobrevivir. Tampoco lo hizo otra criatura, que se malogró a mitad del segundo embarazo de la condesa. Con el tiempo, la fortuna les sonrió y fueron padres de dos preciosas niñas tan distintas como la noche y el día: Mary Elisabeth y Mary Ellen. Sin embargo, esa felicidad siempre tuvo un pero para Richard: no tuvieron un hijo varón, lo que era causa de los desvelos del conde. Esto suponía que las posibilidades de conservar Almond Hill para los suyos eran prácticamente nulas. El patrimonio familiar no lo heredarían sus niñas, sino que pasaría, inevitablemente, al hijo de su primo, Charles Davenport, un joven de veinticuatro años asiduo de bailes y carreras de caballos, y bastante dado al despilfarro. Que Charles se quedase con el título supondría que sus hijas probablemente se tuvieran que marchar de Almond Hill a su muerte. Necesitaba conseguir antes para ellas un buen casamiento que mantuviera su estatus intacto. 
Pero no era su único problema, algo más tenía desesperado al conde: la inmensa fortuna heredada de sus antepasados había mermado de manera alarmante en los últimos años. Él mismo se encargó de dilapidar el dinero, tras algunas gestiones hechas con muy poco criterio. Cierto era que conservaba intactos sus bienes, Almond Hill y los terrenos aledaños, inmensos jardines verdes que se transmutaban en un frondoso bosque donde era frecuente encontrar corzos y faisanes, pero el banco al que había pedido un crédito para cubrir las deudas contraídas por sus fallidas inversiones exigía su devolución y no sabía con qué afrontarlo. Las rentas no daban para tanto y, si no actuaba pronto, habría que empezar a tomar decisiones drásticas, a menos que quisiera perderlo todo. 
Esa mañana esperaba la visita de un representante del banco con el que tenía que renegociar el importe de los plazos, por lo que se sorprendió cuando vio entrar a un desconocido en la biblioteca. Los ojos de Richard Davenport se enfrentaron a los de un señor de escasa estatura, ataviado con un gastado traje de tono gris.
—Buenos días, señor. Encantado de saludarle. Permítame que me presente: soy Angus Stockman, abogado de Londres.
El hombre se quedó plantado en medio de la biblioteca, esperando que le ofrecieran asiento en uno de los cómodos sillones de la sala, pero Richard no hizo el gesto de invitarlo. Frente a él, sobre la mullida alfombra traída de la India por el anterior conde de Barton, preguntó:
—Buenos días, señor Stockman, ¿a qué debo su visita?
Stockman, un hombre calvo y orondo que bordeaba los cincuenta, extrajo un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente. No hacía calor, así que no cabía nada más que pensar que la noticia que traía no era fácil de transmitir y estaba destemplando sus nervios.
—Me envía mi cliente, el señor John Lowell, para… —se interrumpió, haciendo uso del pañuelo de nuevo, dejando la frase inconclusa.
—¿Para? —le animó Richard Davenport.

...

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martes, 13 de agosto de 2019

EL VERANO NO LECTOR

Hace años, esperaba el verano con impaciencia. Era un tiempo mágico en el que tenía todas las tardes para dedicar a leer, algo vetado en invierno. Entre las obligaciones del trabajo y de los niños, apenas me quedaba tiempo ni energía ni siquiera para llegar a la cama con ganas de abrir un libro. Por eso, las tardes de verano suponían la oportunidad de resarcirme de ese tiempo de no lecturas.

Lo tenía todo controlado.

Después de comer, acostaba a la bruji para que se echase la siesta, mientras yo esperaba con mi príncipe. A veces veíamos la tele, otras jugábamos y, las más, mientras él se entretenía con cualquier libro -me salió curioso-, yo aprovechaba para escribir un par de horas esas historias que ni por lo más remoto imaginaba que algún día leería alguien.

Cuando ella despertaba, les daba la merienda y nos íbamos al parque.

Llegar hasta allí, con el calor aplastándonos por el camino, era costoso, pero la recompensa vendría a la vuelta cuando, sobre las ocho de la tarde, cuando el clima era más benévolo, tuviéramos un agradable paseo de vuelta a casa.

Una vez allí, bajo los enormes pinos de quince metros de alto, mi príncipe buscaba a sus amigos, mi bruji jugaba con el cacharrerío que siempre acarreábamos y yo abría mi libro. De vez en cuando echaba un vistazo, para ver si todo estaba tranquilo, pero la verdad es que son tan buenos que tenía poco que vigilar.

Leía.

Un libro detrás de otro, con la tranquilidad que da saber que nadie te va a interrumpir en tu tarea. Mientras estaba en ese parque, también estaba en París, resolviendo un asesinato al lado de un detective desastroso, o me había ido a la Edad Media, de la mano de un hombre que tenía buena mano con los caballos. O, alguna vez, me sumergía en las aventuras de un niño mago, que me tenían tan fascinada como si la niña fuera yo. Daba igual, nunca he sido fiel a un género, porque creo que los buenos lectores lo son de todo, o al menos eso es lo que aprendí en mi biblioteca del alma.

Esos veranos era capaz de resarcirme de todo el tiempo de sequía lectora y, cuando acababan, me quedaba un poco la pena de saber que me esperaban otros nueve meses de intenso trabajo hasta que pudiera volver a emprender esa mágica rutina.

Pero los niños crecen, las obligaciones de madre que va al parque con ellos llegó un verano que desaparecieron. Ya iban solos a la piscina, con sus amigos, y yo no tenía nada que vigilar. Sin mis pinos, la brisa suave que mitigaba ese calor insoportable, sin ese trabajo extra, empecé a quedarme en casa. Con el ordenador a mano, casi cada verano he escrito una novela. Algunas se han publicado, otras permanecen en mi disco duro a la espera de que les llegue el turno. Leer dejó de ser una prioridad, aunque no lo abandoné.

Hasta 2019.

No sé si es que está siendo un año atípico en todo, pero el caso es que no encuentro el libro que me haga retomar el hilo, el que me enganche de nuevo a esto tan mágico que es leer. Lo he intentado, he leído muchísimos fragmentos en mi kindle, pero ninguno ha cubierto expectativas y los he dejado correr. Ya no eran las faltas de ortografía -que las hay hasta en los que presumen en sus perfiles de no tenerlas-, era el aburrimiento mortal de que me contaran una historia repetida sin el aliciente de una escritura fascinante. O que yo no tengo ganas de seguir haciendo lo mismo que he hecho hasta ahora, que hasta lo que más nos gusta llega un día que nos cansa y necesitamos explorar nuevos senderos.

Quizá este verano no lector me esté diciendo algo.

No sé, tendré que darme tiempo para averiguar si es lo que sucede.

viernes, 9 de agosto de 2019

POR QUÉ CREO QUE VALORAR LIBROS CON PUNTOS ES UN ERROR



Hace un rato he estado en un blog leyendo una reseña. Hay un libro que me apetece, pero lo quiero en papel y es caro, y como tengo una pila de pendientes me está entrando un cargo de conciencia horroroso comprármelo. Así que, por ver si valía la pena, me he puesto a ver qué se dice de él. Esto no es muy científico, la verdad. Sé que cada lector es un mundo, cada lectura depende, no solo de la novela, sino del propio estado de ánimo del lector, así que mi estudio no servía para nada.

Pero he llegado a otra conclusión.

En este blog, como en miles más, el final de cada reseña era una puntuación del 1 al 5. Incluso redondeando, había veces que era un 3,75  (que no tengo ni idea de cómo se llega a esta conclusión con un libro, pero bueno, no es a lo que iba).

A lo que iba es al tremendo error que creo que es valorar así.

Quien reseña una novela no tiene datos válidos para decirme si es un 1 o un 5. No los tiene porque en el arte no hay normas, todo depende de lo que se logre transmitir a quien está observando, ya sea una pintura, una escultura o, como este es el caso, un libro. 

A alguien puedes transmitirle un mundo de sensaciones, dejarlo maravillado, y a otro, con las mismas palabras, dejarlo frío como un témpano.

Además, creo que para puntuar hay que tener una formación enorme en literatura para valorar aspectos técnicos que, en la mayor parte de las reseñas que leo, no están. No se analiza el narrador, las metáforas, el tiempo o el espacio nada más que de una manera superficial, y de los personajes normalmente solo se juzga si han conseguido empatizar con ellos. Esta misma mañana, por ejemplo, hablaba con mis niños de segundo de ESO -los que tienen que recuperar en septiembre- sobre la novela histórica y les decía que muchas veces en esas novelas que aparentemente son de otra época se hace, a través de acontecimientos del pasado, una crítica del presente del autor, disfrazada en la ficción. Puede ser un modo de sortear épocas de censura, como sucedía con las obras teatrales de Buero Vallejo a mediados del siglo XX, o sencillamente porque el autor quiera establecer un paralelismo. Esto, por ejemplo, jamás lo he visto comentado, y sí lo he visto en libros que he leído. Muchísimas veces. Y eso, por ejemplo, no se valora porque estoy segura de que a muchos lectores se les pasa por alto, embaucados como están en la bonita historia que conduce la trama. En las emociones que provoca en ellos, que al final son las que deciden ese número al final de la reseña.

Veo más errores en esto de puntuar.

El principal, uno que me ha asaltado al leer, en este blog, son las puntuaciones que da a libros que yo he leído. Diferían mucho de mi percepción. Independientemente de que yo no pondría jamás un número, me estaban diciendo: "la novela X es mejor que la novela Y y por eso le doy más puntos". Y yo, habiendo leído ambas, no podía estar más en desacuerdo. Lo que me lleva a pensar que no puedo fiarme del criterio de ese blog, no solo porque no coincida con el mío, sino porque a la novela X resulta que yo le vi fallos graves de coherencia, una narración ramplona que se entretenía en contar más que en mostrar y una trama previsible que recalaba en todos los clichés, pero sin gracia, mientras que la Y me pareció un texto agradable, cuidado, delicado, con infinitos matices que se podían comentar y que dejaba de lado los tópicos para adentrarse por sendas menos transitadas, pero más certeras.

En ambos casos, era solo mi percepción la que estaba hablando... Mi manera de enfrentarme a la obra, mis sensaciones ante la contemplación del libro. Mías y de nadie más.

¿Sirve de algo entonces poner un número?

Para mí, esta claro que no. De hecho, leídas algunas de las reseñas, sin eso, no tendría que ponerle ninguna pega al contenido del blog. Entendidas como algo personal y subjetivo, sus reseñas eran perfectas. Respetuosas, sin spoilers, correctas.

Total, que al final de mi investigación, no sé si comprarme el libro o no.

miércoles, 7 de agosto de 2019

ESCRIBIR UNA NOVELA



¿Cuándo se tarda en escribir una novela? Me han hecho esa pregunta muchas veces y no tengo una respuesta exacta. No existe un tiempo de germinación de la idea ni hay fórmulas mágicas de riego del manuscrito, ni abonos que se puedan comprar en cualquier parte y que vengan con instrucciones precisas sobre el tiempo que se necesita para que esté lista.

Escribir no se mide con relojes ni calendarios.

No se puede.

Es lo más impredecible que conozco.

Yo he tardado cuatro años en terminar una novela. Y tres meses. Y dos años. Y 267 días. Y un suspiro. Y también ha sido un agónico periplo que ha durado más tiempo del que tardó Ulises en volver a casa.

¿Cómo se escribe una novela? Eso sí lo sé. Eliminando lo superfluo. El lector no es idiota. No quiere que le digas que tu personaje está desnudo ante sus ojos, quiere verlo. Le importa una mierda que le expliques qué siente, necesita sentirlo.

¿Entiendes ya la fotografía que acompaña a este texto? Así se escribe, ese es el cómo. Desnudo. Expuesto. Vulnerable. Sin esconderse bajo mil capas, porque entonces todo se vuelve mentira. No hay moda que valga, ni plan de marketing ni nada. Si no hay alma, la historia se olvida.
Me queda una pregunta, ¿para qué se escribe?

Esa ya no sé si sé responderla. En este mundo tan rápido, quizá para que esos cuatro años, tres meses, dos años, 267 días, un suspiro o el tiempo que tardó Ulises en volver a casa se esfumen en una semana, perdidos entre tanto ruido. Solo se me ocurre para quién escribir: para ti mismo.

Desnudo.

Auténtico.

Así siempre merecerá la pena.

martes, 6 de agosto de 2019

LAS MUJERES EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Foto tomada de Nueva Tribuna


El papel de las mujeres en la guerra cambia de manera significativa con la Primera Guerra Mundial. De abnegadas madres y esposas que despiden a sus maridos e hijos cuando van al frente y los esperan con angustia, pasan a tener un papel activo en la sociedad, debido a la enorme magnitud del conflicto.

Y al tiempo que duró.

Al principio, todo el mundo pensaba que esa guerra que había comenzado en Europa con la invasión de Bélgica camino de Francia por parte de Alemania duraría muy poco. Iba a ser un conflicto que se solucionase en muy pocos meses. Sin embargo, se equivocaron. Se fue alargando en el tiempo, engullendo vidas con una ferocidad nunca antes conocida, y fue necesario contar con todas las manos. Incluidas las de las mujeres, que tradicionalmente se mantenían en un papel como el que decía al principio.

Pero los tiempos habían cambiado.

El abastecimiento del frente era necesario, había que seguir fabricando munición para alimentar a la bestia que estaba asolando el mundo, y los hombres eran llamados a filas. Las mujeres, en ese momento, se convirtieron en el foco de atención de la industria, que necesitaba sus manos para suplir las que habían cambiado las máquinas por armas.

El movimiento sufragista, activo en sus reivindicaciones hasta ese momento, cambió de discurso. Vieron en la guerra una oportunidad de oro para mostrar su valía, para demostrar que las mujeres eran tan capaces como los hombres de trabajar en las fábricas. Pospusieron esa lucha por el voto hasta que todo acabase y animaron a las que ya estaban convencidas, o en proceso de estarlo, a que pasaran a la acción. El pensamiento era en realidad lógico: si demostraban que podían hacer las cosas tan bien como los hombres, luego, cuando todo acabase, tendrían más argumentos para pedir que se les dejase opinar en asuntos políticos.

La industria bélica fue quien más mujeres incorporó a sus filas. Antiguas costureras, empleadas domésticas, niñeras... dejaron sus trabajos para fabricar munición con la que surtir al ejército, o se fabricaron botas, uniformes, tiendas de campaña... En jornadas de once o doce horas, y por un sueldo siempre menor que el de los hombres, se dejaron la piel y muchas veces la salud, expuestas como estaban a gases tóxicos que, en ese momento, todavía no se habían revelado como el veneno que eran.

La propaganda, tan importante en cualquier conflicto, las animó a que se pusieran manos a la obra y muchas respondieron. La misma propaganda que, una vez acabado el conflicto, las empujó a que recuperasen su papel de esposas y madres de familia, alabando esa tarea como si fuera la única que pudieran desempeñar.

Los sueños de las sufragistas, en realidad, no se cumplieron. Los hombres, tras la guerra, volvieron a ser mayoría en las fábricas, pero un pequeño atisbo de avance se produjo a finales de 1918. El 14 de diciembre, en Gran Bretaña, las primeras mujeres pudieron votar. Es cierto que con muchas restricciones, pero ese paso ya estaba dado.

De esto va también La colina del almendro...

sábado, 3 de agosto de 2019

UN DESCAPOTABLE MARCÓ EL PRINCIPIO DEL SIGLO XX

Para escribir una novela ambientada en un período de la historia que no es contemporáneo al autor es necesario documentarse mucho más que para una que sí lo es. Es la única manera de empaparse del momento y crear la atmósfera necesaria para que el lector se sienta en el instante que se le quiere mostrar.

En ese proceso de documentación, mucha de la información que se recopila no sirve para después redactar la novela. En realidad debe ser así, pues de otro modo nos acabarían saliendo libros con miles de páginas que aburrirían hasta al lector más dispuesto.

Una de las cosas que no he utilizado en la novela que estoy a punto de presentaros, La colina del almendro, es todo lo relativo a un coche.

Como es sabido, a finales del siglo XIX, Nicolaus August Otto diseñó el primer motor de combustión interna. Fue un invento revolucionario en el que enseguida se fijaron mentes despiertas que empezaron a desarrollar un sector absolutamente novedoso y revolucionario: la automoción. Al principio, como es lógico, los automóviles eran objetos de lujo que solo estaban al alcance de muy pocos. Entre las clases altas empezaron a sustituir a los coches de caballos como medio de transporte y la realeza, por descontado, también los adquirió. En 1914, un automóvil descapotable como el Gräf & Stift era algo que muy pocos se podían permitir.



Cierto es que Henry Ford había empezado a fabricar en serie el modelo T, aplicando las teorías de Taylor  en su industria, que con inteligencia y muchas dotes de algo que hoy se llama marketing acabó haciéndose multimillonario, pero el mundo no viajaba a la velocidad de hoy y algo que había empezado en 1908 en EE.UU. no había llegado a Europa en 1914. Todavía se veían pocos vehículos, que solían compartir las calles con los coches de caballos y las bicicletas.

El 28 de junio de 1914, a bordo de un coche, iba a cambiar la historia. El Archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, acompañado de su esposa Sofía, recorría una calle de Sarajevo en el asiento trasero de un  Gräf & Stif. Asistía a un acto oficial, en el que se iba a producir una inauguración y un acto en el ayuntamiento cuando, a mitad de recorrido, una bomba lanzada por uno de los integrantes del grupo terrorista que pretendía asesinarlo rebotó en la capota, cayó al suelo y explotó bajo el siguiente vehículo de la comitiva.

En un primer intento, el Gräf & Stift Double Phaeton, o más bien la casualidad, les salvó la vida.

Los actos oficiales no se interrumpieron y el Archiduque se trasladó, como estaba previsto, al ayuntamiento. Allí tenía que pronunciar un discurso. Se dice que, en algún momento, medio en broma, le comentó al alcalde que vaya manera de recibirlo habían tenido (esto no lo he podido confirmar, pero no me resistía a guardármelo).

Al terminar, las autoridades decidieron que los archiduques hicieran un recorrido diferente al que estaba previsto, evitando las calles más estrechas del centro. Era una buena idea, pero se les olvidó avisar al conductor. El resto de los coches de la comitiva empezaban a tomar otro rumbo y el chófer, al ser avisado por sus compañeros de los cambios que se habían pactado, paró para dar marcha atrás.

El motor se caló.

Fue ese momento el que aprovechó el activista de la Mano Negra, Gavrilo Princip, para disparar a los herederos: al Archiduque en el cuello y a Sofía en el abdomen. El resto de la historia es bien conocido. Austria dio un ultimátum a Serbia, al creerlos cómplices del asesinato del heredero y su mujer. Es decir, no se acusaba del atentado, puesto que no se había podido probar después e la investigación policial, pero sí de tolerarlo. El malestar que se generó se fue extendiendo por una Europa que en esos tiempos era un polvorín y el resultado es de sobra conocido, el primer gran conflicto de la historia a escala mundial que supuso el principio de el siglo XX.

Y todo, empezó en un coche...

viernes, 2 de agosto de 2019

POR FIN... QUIZÁ



Hoy, después de cinco años, puedo decir que he empezado a ver un poco de luz en la oscuridad.

Hoy he ido a recoger unos análisis que tenía pendientes y estaban casi perfectos. El verano pasado eran un puñetero desastre, pero hoy parece que las cosas empiezan a enderezarse y los valores están todos donde deberían. Incluso algo que no parecía estar muy allá, al repetir una prueba ha dado bien, así que por ese lado puedo dejar de preocuparme.

Hoy, también, he vuelto a casa con un tratamiento esperanzador.

Llevo cinco años viviendo con un dolor que a ratos es insoportable, un dolor sordo que me vuelve loca y que combato como se me ocurre, porque ante la ausencia de evidencias más allá de lo que yo siento, no tenía un fácil diagnóstico. Sin embargo, otro síntoma que ha dado la cara por otro lado, algo que aparentemente no tiene mucha relación, ha hecho que los planetas se alineen, una idea se haya puesto en primer plano y un tratamiento probable se haya sentado en la mesa de la consulta. Ambas cosas, diferentes en apariencia, pueden tener el mismo origen y esta vez si hay algo visual que puede ayudar a encontrar qué es lo que está pasando.

Dentro de un rato, cuando termine de redactar esta entrada y el calor insoportable de la calle baje un poco, iré a buscar mi medicina a la farmacia. Soy consciente de una cosa, tal vez puede que no funcione, pero quienes hayan pasado por lo que yo estoy pasando saben que este es un paso de gigante. Ya no me dirán que estoy loca, que soy una hipocondríaca, que me estoy inventando algo o que estoy muy estresada y soy yo misma la que se provoca estos síntomas. Porque ahora ya sí hay algo que se ve y que está iluminando el camino.

También siento alivio porque sé que no es grave. Quizá sea crónico, quizá me tenga que quedar con mi dolor, pero también es posible que sienta cierto alivio, que algunas veces he necesitado con desesperación y no he tenido. A lo mejor, tal vez, quizá... funcione y me olvide de todos los palos de ciego. De los dos años tratando otra cosa que yo estaba segura de que no era el camino y que me provocaron más mal que bien. De los montones de veces que me he sentido sola e incomprendida cuando esto se ponía cansino y me decían que no era para tanto. De las vueltas que ha dado mi cabeza, porque cuando estás así no puedes evitar pensar que quizá lo que tengas sea grave y, para cuando lo descubran, ya no haya tiempo.

Ya viví eso con mi padre.

Pero no, parece que esto no me va a matar, incluso hasta el posible que, con paciencia, con suerte, con un poco de fortuna, se pase para siempre.

¿No sería magnífico?

Llevo todo el día imaginando que así es, que podré volver a hace cinco años, cuando lo noté por primera vez y me tomé un ibuprofeno pensando que se pasaría. Podré volver a una vida que no dependa de llevar el bolso lleno de remedios tontos. Incluso, si sueño un poquito más, hasta pueda dejar de depender de mi férula, quizá hasta pueda dormir sin ella...

Me ha venido bien que sea justo ahora cuando sucede esto, cuando la esperanza se abre hueco y la luz entra a raudales, porque lo interpreto como una pequeña victoria. Y en un tiempo que parecía lleno de derrotas, vencer lo que parecía invencible, o al menos tener un arma en las manos para defenderte de ello, es más que suficiente.

Sé que no estoy siendo clara con lo que me sucede, pero permitid que no lo sea, que esta entrada sea solo un grito silencioso de victoria en mi casa virtual, en mi refugio de palabras, el aliento que a veces se necesita para poder seguir respirando.

Voy a poder con esto, va a funcionar. Lo deseo con todas mis fuerzas y voy a poner todo mi empeño en que no se me olvide tomar la medicina ni una sola vez. Ya está bien de dolor, ya lo necesitaba, ya necesitaba que esto se enderezase, porque sé que sin esto, lo que viene, que es mucho y muy bueno, lo voy a disfrutar mucho más.

Y quizá, solo quizá, pueda volver a sentarme a escribir en estas tardes calurosas de verano con un café helado al lado del portátil, quizá pueda contar esa historia que tengo a medias o, si me animo, empezar esa otra que está solo dentro de mí y que no se parece a nada de lo que he hecho hasta ahora.

Quizá...

miércoles, 31 de julio de 2019

LA COLINA DEL ALMENDRO, MI NUEVA NOVELA




Os enseño la nueva novela que publicaré con HarperCollins Ibérica. Como veis, se llamará La colina del almendro, en honor a un árbol de la propiedad en la que vive la protagonista de mi historia en 1913, año en el que arranca la historia.






No es la primera vez que escribo una novela con un marco histórico, pero si que la ambiento fuera de España. Esto tiene una razón y está en la misma gestación de la novela. Como de momento no voy a contaros mucho de la trama, sí que os voy a decir cómo nació.

Octubre, 2014.

Un mes antes, había terminado la redacción de La chica de las fotos. Registré la novela y, sin perder un día, la mandé al Certamen HQÑ. Quería probar suerte en un concurso importante pero, sobre todo, me seducía  la idea de que ellos se quedaban con la opción de publicar el manuscrito en el caso de que les hubiera resultado interesante. Solo por esto último, por tener esa opción, me presente.

Después, me quedé vacía.

Cuando terminas una novela estas como un poco perdido, pero además ese verano también había terminado Brianda. Necesitaba escribir algo nuevo.

2014...

1914...

De pronto recordé que estábamos en el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial. ¿Y si escribía algo en este contexto? La Primera Guerra Mundial no era un acontecimiento que yo conociera a la perfección, pero sí sabía de su importancia como hito que marca un cambio de mentalidad, el paso del XIX al XX, la sensación de que todo lo conocido se desmorona frente a los asombrados ojos de quienes sobreviven al horror que supone y el momento en el que empieza a gestarse un mundo en el que la ciencia empuja a la religión y las mujeres buscan su lugar en la sociedad.

Mi planteamiento era una novela en tres partes: antes de la guerra, la guerra, los felices años 20. Pero pensé ambientarla fuera, porque España fue neutral en ese conflicto.

Pensé en una historia en capítulos cortos, o más bien divididos en escenas que irían precedidos de una carta de alguno de los protagonistas. Con el armazón de mi historia bien anclado, empecé a escribir.




Después, por aquellas cosas que pasan en la vida, quedé finalista en el HQÑ con La chica de las fotos y mi historia se quedó inconclusa. 2015. Después me entraron ganas de contar lo que les había pasado a Paula y Javier después de Su chico de alquiler y escribí Entre puntos suspensivos, 2016. Y también tuve un deseo irrefrenable de escribir otra novela muy distinta, con un protagonista masculino. Seguía siendo 2016. Luego publiqué Entre puntos suspensivos con HQÑ. 2017.

Y llegó entonces, algunos asuntos personales me pusieron freno.

Ese año es para no recordar. Intenté avanzar con esta novela, pero cada día era más complicado. Tuve que esforzarme muchísimo y, solo al final, fui capaz de encontrar el tiempo necesario para dedicárselo. En ese tiempo de parón, había mutado. Aunque no escribiera, no dejé de documentarme y eso hizo que mi idea principal se fuera acomodando a lo que descubrí en esa fase que es la de documentarse, esencial y una de las más enriquecedoras cuando escribes. Ya no contaba solo lo que en principio quería contar, sino que la sencilla historia que había planteado se había ido convirtiendo en un espejo de lo que sucedió en ese momento. En el campo de batalla, en la retaguardia, en la sociedad... y lo que pasó con las mujeres, sus reivindicaciones para conseguir el voto que también es un modo de lograr alzar la voz contra otras injusticias y tener la posibilidad de decidir. Un primer paso necesario para que mi protagonista tomase conciencia de lo injusto de lo que a ella misma le estaba pasando, aunque en principio no pareciera tener mucho que ver con eso de votar.

Esto es lo que traigo, una novela larga, dulce a ratos, dura otros porque una guerra como esta lo requiere. Con algunas dosis de aventura y personajes que se quedan contigo. Sobre todo esos niños secundarios que, no se por qué, se me dan tan bien.

En esta, mi niña se llama Virginia...

Espero que me acompañéis en esta aventura. Sería un honor.

Esta es la sinopsis de la historia, que ya está en preventa:

El mundo y la vida de Mary Ellen se quiebran cuando su padre, el conde de Barton, entra en su cuarto. Ha decidido casarla con un rico comerciante sin rastro de nobleza afincado en Boston. Mary no puede creer que su padre renuncie a que su prometido sea aristócrata, pero sabe que de nada le servirá protestar por no haber sido consultada. Ha sido educada para aceptar que todas las decisiones de su vida las tome el varón de la familia.
Tras una precipitada boda, se ve obligada a trasladarse a Londres desde Almond Hill. Poco después de llegar a la ciudad, Mary descubrirá los secretos que encierra su extraña boda. Y también que al corazón no se le puede atar con un contrato.
Ambientada entre el final de una época y los convulsos años que marcan el principio del siglo XX, La colina del almendro es una historia de venganzas, supervivencia, amor y guerra.

Saldrá al mercado a finales de agosto y en papel el 11 de septiembre.

jueves, 18 de julio de 2019

COMER Y AMAR, TODO ES EMPEZAR

Ya estamos a 18 de julio, así que termina la preventa de Comer y amar, todo es empezar, y podrá comenzar a descargarse en vuestros dispositivos desde multitud de plataformas. Puedo contar poco de esta historia porque es muy cortita y me cargaría esos minutos de lectura que espero que sean amenos para quienes se decidan a acompañarme, pero sí puedo abriros el apetito. (No, no os voy a dar la receta que incluye el libro porque lo interesante es que la descubráis vosotros).

Pero sí puedo contaros... por ejemplo... 

Que esta historia, transcurre en Grimiel, (veo en mi mente a tres personas sonriendo después de leer este nombre). Grimiel es un pueblo pequeño de Castilla, en el que hace mucho, mucho frío en invierno. Es un pueblo de esos bonitos, con una plaza antigua, casas de piedra y un bosque en los alrededores...


No es un relato de muchos personajes, la misma longitud del planteamiento no permitía que me fuera por las ramas, así que, con mucha pena, porque estoy segura de que podría haber contado muchísmas más cosas de haber tenido más libertad, lo dejé en tres personajes.


Carlos

El dueño del picadero de caballos, un joven que ha decidido montar un negocio por su cuenta que le permita vivir en su pueblo. 


Paola

 Su contrato en la farmacia se acaba y tiene que dejar Grimiel el irse a vivir a la ciudad cuando pase la Navidad.


Leyenda

La yegua de Paola, que además es su mejor amiga, y que de pronto se convierte en un problema para su nueva vida.

En medio de todo, la Navidad, una decisión, una receta de solomillo con pasas y arándanos (que está de morir de rico) y mi deseo: haceros pasar un tiempo de lectura agradable.

¿Me acompañáis en esta aventura?





¿Quién se anima a mandarme fotos de la receta?