martes, 20 de agosto de 2019

EL PRINCIPIO DE LA COLINA DEL ALMENDRO



C A P Í T U L O 1







Almond Hill
Residencia de los condes de Barton
27 de julio de 1913

Querida Camille:

Me ha entristecido leer en tu carta que no vendrás a visitarnos. Esta casa hace tiempo que necesita que algo de luz entre por puertas y ventanas, y estoy segura de que solo tú puedes lograr que eso suceda. Ya sé que no te entiendes demasiado bien con papá, pero seguro que nos las podemos arreglar para que apenas coincidáis más que en las comidas, como en agosto pasado. Echo muchísimo de menos a mamá desde que murió, la preciosa familia que teníamos, y solo tus cartas me han servido de alivio en este tiempo en el que en Almond Hill solo se respira tristeza. Piénsalo, Camille, quizá encuentres un par de semanas para tu ahijada, que te extraña mucho.
Tuya,
Mary E. Davenport


***



Viernes, 1 de agosto de 1913

Pasaban unos minutos de las once de la mañana cuando la señora Durrell, el ama de llaves de Almond Hill, interrumpió la tranquilidad de la biblioteca para anunciar una visita. El ocupante de la sala, Richard Davenport, conde de Barton, bebía en esos una copa de brandy mientras lidiaba con la correspondencia del día. Sentado en el elegante escritorio de caoba, levantó la vista hacia la mujer y le dio instrucciones para que hiciera pasar al visitante, pero no antes de diez minutos. En ese tiempo ordenó con tranquilidad los papeles que tenía esparcidos sobre la mesa y los guardó en un cajón.
Educado en la elitista escuela de Eton, Richard era un hombre serio y de costumbres severas. Solo había algo que alteraba la sobriedad de su carácter, su insana afición a las bebidas espirituosas, que había ido en alza tras la muerte de su esposa Elisabeth. Levantó la vista hacia el retrato de ella, situado sobre la chimenea, y por un momento pensó en que debería ser su última copa. Casi se había convencido, pero instantes después, empujado por la ansiedad que lo consumía, apuró el licor y dejó la copa con brusquedad en la mesa. 
Volvió a sentir cómo la rabia le invadía, como hacía día tras día desde hacía un año, cuando la condesa murió por unas fiebres sin haberle dado un hijo varón.
Se había casado veinticinco años antes con ella, la hija mayor del duque de Bedford, y poco después había nacido su primogénito, un niño débil y enfermizo que, a pesar de los cuidados que le prodigaron, no logró sobrevivir. Tampoco lo hizo otra criatura, que se malogró a mitad del segundo embarazo de la condesa. Con el tiempo, la fortuna les sonrió y fueron padres de dos preciosas niñas tan distintas como la noche y el día: Mary Elisabeth y Mary Ellen. Sin embargo, esa felicidad siempre tuvo un pero para Richard: no tuvieron un hijo varón, lo que era causa de los desvelos del conde. Esto suponía que las posibilidades de conservar Almond Hill para los suyos eran prácticamente nulas. El patrimonio familiar no lo heredarían sus niñas, sino que pasaría, inevitablemente, al hijo de su primo, Charles Davenport, un joven de veinticuatro años asiduo de bailes y carreras de caballos, y bastante dado al despilfarro. Que Charles se quedase con el título supondría que sus hijas probablemente se tuvieran que marchar de Almond Hill a su muerte. Necesitaba conseguir antes para ellas un buen casamiento que mantuviera su estatus intacto. 
Pero no era su único problema, algo más tenía desesperado al conde: la inmensa fortuna heredada de sus antepasados había mermado de manera alarmante en los últimos años. Él mismo se encargó de dilapidar el dinero, tras algunas gestiones hechas con muy poco criterio. Cierto era que conservaba intactos sus bienes, Almond Hill y los terrenos aledaños, inmensos jardines verdes que se transmutaban en un frondoso bosque donde era frecuente encontrar corzos y faisanes, pero el banco al que había pedido un crédito para cubrir las deudas contraídas por sus fallidas inversiones exigía su devolución y no sabía con qué afrontarlo. Las rentas no daban para tanto y, si no actuaba pronto, habría que empezar a tomar decisiones drásticas, a menos que quisiera perderlo todo. 
Esa mañana esperaba la visita de un representante del banco con el que tenía que renegociar el importe de los plazos, por lo que se sorprendió cuando vio entrar a un desconocido en la biblioteca. Los ojos de Richard Davenport se enfrentaron a los de un señor de escasa estatura, ataviado con un gastado traje de tono gris.
—Buenos días, señor. Encantado de saludarle. Permítame que me presente: soy Angus Stockman, abogado de Londres.
El hombre se quedó plantado en medio de la biblioteca, esperando que le ofrecieran asiento en uno de los cómodos sillones de la sala, pero Richard no hizo el gesto de invitarlo. Frente a él, sobre la mullida alfombra traída de la India por el anterior conde de Barton, preguntó:
—Buenos días, señor Stockman, ¿a qué debo su visita?
Stockman, un hombre calvo y orondo que bordeaba los cincuenta, extrajo un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente. No hacía calor, así que no cabía nada más que pensar que la noticia que traía no era fácil de transmitir y estaba destemplando sus nervios.
—Me envía mi cliente, el señor John Lowell, para… —se interrumpió, haciendo uso del pañuelo de nuevo, dejando la frase inconclusa.
—¿Para? —le animó Richard Davenport.

...

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martes, 13 de agosto de 2019

EL VERANO NO LECTOR

Hace años, esperaba el verano con impaciencia. Era un tiempo mágico en el que tenía todas las tardes para dedicar a leer, algo vetado en invierno. Entre las obligaciones del trabajo y de los niños, apenas me quedaba tiempo ni energía ni siquiera para llegar a la cama con ganas de abrir un libro. Por eso, las tardes de verano suponían la oportunidad de resarcirme de ese tiempo de no lecturas.

Lo tenía todo controlado.

Después de comer, acostaba a la bruji para que se echase la siesta, mientras yo esperaba con mi príncipe. A veces veíamos la tele, otras jugábamos y, las más, mientras él se entretenía con cualquier libro -me salió curioso-, yo aprovechaba para escribir un par de horas esas historias que ni por lo más remoto imaginaba que algún día leería alguien.

Cuando ella despertaba, les daba la merienda y nos íbamos al parque.

Llegar hasta allí, con el calor aplastándonos por el camino, era costoso, pero la recompensa vendría a la vuelta cuando, sobre las ocho de la tarde, cuando el clima era más benévolo, tuviéramos un agradable paseo de vuelta a casa.

Una vez allí, bajo los enormes pinos de quince metros de alto, mi príncipe buscaba a sus amigos, mi bruji jugaba con el cacharrerío que siempre acarreábamos y yo abría mi libro. De vez en cuando echaba un vistazo, para ver si todo estaba tranquilo, pero la verdad es que son tan buenos que tenía poco que vigilar.

Leía.

Un libro detrás de otro, con la tranquilidad que da saber que nadie te va a interrumpir en tu tarea. Mientras estaba en ese parque, también estaba en París, resolviendo un asesinato al lado de un detective desastroso, o me había ido a la Edad Media, de la mano de un hombre que tenía buena mano con los caballos. O, alguna vez, me sumergía en las aventuras de un niño mago, que me tenían tan fascinada como si la niña fuera yo. Daba igual, nunca he sido fiel a un género, porque creo que los buenos lectores lo son de todo, o al menos eso es lo que aprendí en mi biblioteca del alma.

Esos veranos era capaz de resarcirme de todo el tiempo de sequía lectora y, cuando acababan, me quedaba un poco la pena de saber que me esperaban otros nueve meses de intenso trabajo hasta que pudiera volver a emprender esa mágica rutina.

Pero los niños crecen, las obligaciones de madre que va al parque con ellos llegó un verano que desaparecieron. Ya iban solos a la piscina, con sus amigos, y yo no tenía nada que vigilar. Sin mis pinos, la brisa suave que mitigaba ese calor insoportable, sin ese trabajo extra, empecé a quedarme en casa. Con el ordenador a mano, casi cada verano he escrito una novela. Algunas se han publicado, otras permanecen en mi disco duro a la espera de que les llegue el turno. Leer dejó de ser una prioridad, aunque no lo abandoné.

Hasta 2019.

No sé si es que está siendo un año atípico en todo, pero el caso es que no encuentro el libro que me haga retomar el hilo, el que me enganche de nuevo a esto tan mágico que es leer. Lo he intentado, he leído muchísimos fragmentos en mi kindle, pero ninguno ha cubierto expectativas y los he dejado correr. Ya no eran las faltas de ortografía -que las hay hasta en los que presumen en sus perfiles de no tenerlas-, era el aburrimiento mortal de que me contaran una historia repetida sin el aliciente de una escritura fascinante. O que yo no tengo ganas de seguir haciendo lo mismo que he hecho hasta ahora, que hasta lo que más nos gusta llega un día que nos cansa y necesitamos explorar nuevos senderos.

Quizá este verano no lector me esté diciendo algo.

No sé, tendré que darme tiempo para averiguar si es lo que sucede.

viernes, 9 de agosto de 2019

POR QUÉ CREO QUE VALORAR LIBROS CON PUNTOS ES UN ERROR



Hace un rato he estado en un blog leyendo una reseña. Hay un libro que me apetece, pero lo quiero en papel y es caro, y como tengo una pila de pendientes me está entrando un cargo de conciencia horroroso comprármelo. Así que, por ver si valía la pena, me he puesto a ver qué se dice de él. Esto no es muy científico, la verdad. Sé que cada lector es un mundo, cada lectura depende, no solo de la novela, sino del propio estado de ánimo del lector, así que mi estudio no servía para nada.

Pero he llegado a otra conclusión.

En este blog, como en miles más, el final de cada reseña era una puntuación del 1 al 5. Incluso redondeando, había veces que era un 3,75  (que no tengo ni idea de cómo se llega a esta conclusión con un libro, pero bueno, no es a lo que iba).

A lo que iba es al tremendo error que creo que es valorar así.

Quien reseña una novela no tiene datos válidos para decirme si es un 1 o un 5. No los tiene porque en el arte no hay normas, todo depende de lo que se logre transmitir a quien está observando, ya sea una pintura, una escultura o, como este es el caso, un libro. 

A alguien puedes transmitirle un mundo de sensaciones, dejarlo maravillado, y a otro, con las mismas palabras, dejarlo frío como un témpano.

Además, creo que para puntuar hay que tener una formación enorme en literatura para valorar aspectos técnicos que, en la mayor parte de las reseñas que leo, no están. No se analiza el narrador, las metáforas, el tiempo o el espacio nada más que de una manera superficial, y de los personajes normalmente solo se juzga si han conseguido empatizar con ellos. Esta misma mañana, por ejemplo, hablaba con mis niños de segundo de ESO -los que tienen que recuperar en septiembre- sobre la novela histórica y les decía que muchas veces en esas novelas que aparentemente son de otra época se hace, a través de acontecimientos del pasado, una crítica del presente del autor, disfrazada en la ficción. Puede ser un modo de sortear épocas de censura, como sucedía con las obras teatrales de Buero Vallejo a mediados del siglo XX, o sencillamente porque el autor quiera establecer un paralelismo. Esto, por ejemplo, jamás lo he visto comentado, y sí lo he visto en libros que he leído. Muchísimas veces. Y eso, por ejemplo, no se valora porque estoy segura de que a muchos lectores se les pasa por alto, embaucados como están en la bonita historia que conduce la trama. En las emociones que provoca en ellos, que al final son las que deciden ese número al final de la reseña.

Veo más errores en esto de puntuar.

El principal, uno que me ha asaltado al leer, en este blog, son las puntuaciones que da a libros que yo he leído. Diferían mucho de mi percepción. Independientemente de que yo no pondría jamás un número, me estaban diciendo: "la novela X es mejor que la novela Y y por eso le doy más puntos". Y yo, habiendo leído ambas, no podía estar más en desacuerdo. Lo que me lleva a pensar que no puedo fiarme del criterio de ese blog, no solo porque no coincida con el mío, sino porque a la novela X resulta que yo le vi fallos graves de coherencia, una narración ramplona que se entretenía en contar más que en mostrar y una trama previsible que recalaba en todos los clichés, pero sin gracia, mientras que la Y me pareció un texto agradable, cuidado, delicado, con infinitos matices que se podían comentar y que dejaba de lado los tópicos para adentrarse por sendas menos transitadas, pero más certeras.

En ambos casos, era solo mi percepción la que estaba hablando... Mi manera de enfrentarme a la obra, mis sensaciones ante la contemplación del libro. Mías y de nadie más.

¿Sirve de algo entonces poner un número?

Para mí, esta claro que no. De hecho, leídas algunas de las reseñas, sin eso, no tendría que ponerle ninguna pega al contenido del blog. Entendidas como algo personal y subjetivo, sus reseñas eran perfectas. Respetuosas, sin spoilers, correctas.

Total, que al final de mi investigación, no sé si comprarme el libro o no.

miércoles, 7 de agosto de 2019

ESCRIBIR UNA NOVELA



¿Cuándo se tarda en escribir una novela? Me han hecho esa pregunta muchas veces y no tengo una respuesta exacta. No existe un tiempo de germinación de la idea ni hay fórmulas mágicas de riego del manuscrito, ni abonos que se puedan comprar en cualquier parte y que vengan con instrucciones precisas sobre el tiempo que se necesita para que esté lista.

Escribir no se mide con relojes ni calendarios.

No se puede.

Es lo más impredecible que conozco.

Yo he tardado cuatro años en terminar una novela. Y tres meses. Y dos años. Y 267 días. Y un suspiro. Y también ha sido un agónico periplo que ha durado más tiempo del que tardó Ulises en volver a casa.

¿Cómo se escribe una novela? Eso sí lo sé. Eliminando lo superfluo. El lector no es idiota. No quiere que le digas que tu personaje está desnudo ante sus ojos, quiere verlo. Le importa una mierda que le expliques qué siente, necesita sentirlo.

¿Entiendes ya la fotografía que acompaña a este texto? Así se escribe, ese es el cómo. Desnudo. Expuesto. Vulnerable. Sin esconderse bajo mil capas, porque entonces todo se vuelve mentira. No hay moda que valga, ni plan de marketing ni nada. Si no hay alma, la historia se olvida.
Me queda una pregunta, ¿para qué se escribe?

Esa ya no sé si sé responderla. En este mundo tan rápido, quizá para que esos cuatro años, tres meses, dos años, 267 días, un suspiro o el tiempo que tardó Ulises en volver a casa se esfumen en una semana, perdidos entre tanto ruido. Solo se me ocurre para quién escribir: para ti mismo.

Desnudo.

Auténtico.

Así siempre merecerá la pena.

martes, 6 de agosto de 2019

LAS MUJERES EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Foto tomada de Nueva Tribuna


El papel de las mujeres en la guerra cambia de manera significativa con la Primera Guerra Mundial. De abnegadas madres y esposas que despiden a sus maridos e hijos cuando van al frente y los esperan con angustia, pasan a tener un papel activo en la sociedad, debido a la enorme magnitud del conflicto.

Y al tiempo que duró.

Al principio, todo el mundo pensaba que esa guerra que había comenzado en Europa con la invasión de Bélgica camino de Francia por parte de Alemania duraría muy poco. Iba a ser un conflicto que se solucionase en muy pocos meses. Sin embargo, se equivocaron. Se fue alargando en el tiempo, engullendo vidas con una ferocidad nunca antes conocida, y fue necesario contar con todas las manos. Incluidas las de las mujeres, que tradicionalmente se mantenían en un papel como el que decía al principio.

Pero los tiempos habían cambiado.

El abastecimiento del frente era necesario, había que seguir fabricando munición para alimentar a la bestia que estaba asolando el mundo, y los hombres eran llamados a filas. Las mujeres, en ese momento, se convirtieron en el foco de atención de la industria, que necesitaba sus manos para suplir las que habían cambiado las máquinas por armas.

El movimiento sufragista, activo en sus reivindicaciones hasta ese momento, cambió de discurso. Vieron en la guerra una oportunidad de oro para mostrar su valía, para demostrar que las mujeres eran tan capaces como los hombres de trabajar en las fábricas. Pospusieron esa lucha por el voto hasta que todo acabase y animaron a las que ya estaban convencidas, o en proceso de estarlo, a que pasaran a la acción. El pensamiento era en realidad lógico: si demostraban que podían hacer las cosas tan bien como los hombres, luego, cuando todo acabase, tendrían más argumentos para pedir que se les dejase opinar en asuntos políticos.

La industria bélica fue quien más mujeres incorporó a sus filas. Antiguas costureras, empleadas domésticas, niñeras... dejaron sus trabajos para fabricar munición con la que surtir al ejército, o se fabricaron botas, uniformes, tiendas de campaña... En jornadas de once o doce horas, y por un sueldo siempre menor que el de los hombres, se dejaron la piel y muchas veces la salud, expuestas como estaban a gases tóxicos que, en ese momento, todavía no se habían revelado como el veneno que eran.

La propaganda, tan importante en cualquier conflicto, las animó a que se pusieran manos a la obra y muchas respondieron. La misma propaganda que, una vez acabado el conflicto, las empujó a que recuperasen su papel de esposas y madres de familia, alabando esa tarea como si fuera la única que pudieran desempeñar.

Los sueños de las sufragistas, en realidad, no se cumplieron. Los hombres, tras la guerra, volvieron a ser mayoría en las fábricas, pero un pequeño atisbo de avance se produjo a finales de 1918. El 14 de diciembre, en Gran Bretaña, las primeras mujeres pudieron votar. Es cierto que con muchas restricciones, pero ese paso ya estaba dado.

De esto va también La colina del almendro...

sábado, 3 de agosto de 2019

UN DESCAPOTABLE MARCÓ EL PRINCIPIO DEL SIGLO XX

Para escribir una novela ambientada en un período de la historia que no es contemporáneo al autor es necesario documentarse mucho más que para una que sí lo es. Es la única manera de empaparse del momento y crear la atmósfera necesaria para que el lector se sienta en el instante que se le quiere mostrar.

En ese proceso de documentación, mucha de la información que se recopila no sirve para después redactar la novela. En realidad debe ser así, pues de otro modo nos acabarían saliendo libros con miles de páginas que aburrirían hasta al lector más dispuesto.

Una de las cosas que no he utilizado en la novela que estoy a punto de presentaros, La colina del almendro, es todo lo relativo a un coche.

Como es sabido, a finales del siglo XIX, Nicolaus August Otto diseñó el primer motor de combustión interna. Fue un invento revolucionario en el que enseguida se fijaron mentes despiertas que empezaron a desarrollar un sector absolutamente novedoso y revolucionario: la automoción. Al principio, como es lógico, los automóviles eran objetos de lujo que solo estaban al alcance de muy pocos. Entre las clases altas empezaron a sustituir a los coches de caballos como medio de transporte y la realeza, por descontado, también los adquirió. En 1914, un automóvil descapotable como el Gräf & Stift era algo que muy pocos se podían permitir.



Cierto es que Henry Ford había empezado a fabricar en serie el modelo T, aplicando las teorías de Taylor  en su industria, que con inteligencia y muchas dotes de algo que hoy se llama marketing acabó haciéndose multimillonario, pero el mundo no viajaba a la velocidad de hoy y algo que había empezado en 1908 en EE.UU. no había llegado a Europa en 1914. Todavía se veían pocos vehículos, que solían compartir las calles con los coches de caballos y las bicicletas.

El 28 de junio de 1914, a bordo de un coche, iba a cambiar la historia. El Archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, acompañado de su esposa Sofía, recorría una calle de Sarajevo en el asiento trasero de un  Gräf & Stif. Asistía a un acto oficial, en el que se iba a producir una inauguración y un acto en el ayuntamiento cuando, a mitad de recorrido, una bomba lanzada por uno de los integrantes del grupo terrorista que pretendía asesinarlo rebotó en la capota, cayó al suelo y explotó bajo el siguiente vehículo de la comitiva.

En un primer intento, el Gräf & Stift Double Phaeton, o más bien la casualidad, les salvó la vida.

Los actos oficiales no se interrumpieron y el Archiduque se trasladó, como estaba previsto, al ayuntamiento. Allí tenía que pronunciar un discurso. Se dice que, en algún momento, medio en broma, le comentó al alcalde que vaya manera de recibirlo habían tenido (esto no lo he podido confirmar, pero no me resistía a guardármelo).

Al terminar, las autoridades decidieron que los archiduques hicieran un recorrido diferente al que estaba previsto, evitando las calles más estrechas del centro. Era una buena idea, pero se les olvidó avisar al conductor. El resto de los coches de la comitiva empezaban a tomar otro rumbo y el chófer, al ser avisado por sus compañeros de los cambios que se habían pactado, paró para dar marcha atrás.

El motor se caló.

Fue ese momento el que aprovechó el activista de la Mano Negra, Gavrilo Princip, para disparar a los herederos: al Archiduque en el cuello y a Sofía en el abdomen. El resto de la historia es bien conocido. Austria dio un ultimátum a Serbia, al creerlos cómplices del asesinato del heredero y su mujer. Es decir, no se acusaba del atentado, puesto que no se había podido probar después e la investigación policial, pero sí de tolerarlo. El malestar que se generó se fue extendiendo por una Europa que en esos tiempos era un polvorín y el resultado es de sobra conocido, el primer gran conflicto de la historia a escala mundial que supuso el principio de el siglo XX.

Y todo, empezó en un coche...

viernes, 2 de agosto de 2019

POR FIN... QUIZÁ



Hoy, después de cinco años, puedo decir que he empezado a ver un poco de luz en la oscuridad.

Hoy he ido a recoger unos análisis que tenía pendientes y estaban casi perfectos. El verano pasado eran un puñetero desastre, pero hoy parece que las cosas empiezan a enderezarse y los valores están todos donde deberían. Incluso algo que no parecía estar muy allá, al repetir una prueba ha dado bien, así que por ese lado puedo dejar de preocuparme.

Hoy, también, he vuelto a casa con un tratamiento esperanzador.

Llevo cinco años viviendo con un dolor que a ratos es insoportable, un dolor sordo que me vuelve loca y que combato como se me ocurre, porque ante la ausencia de evidencias más allá de lo que yo siento, no tenía un fácil diagnóstico. Sin embargo, otro síntoma que ha dado la cara por otro lado, algo que aparentemente no tiene mucha relación, ha hecho que los planetas se alineen, una idea se haya puesto en primer plano y un tratamiento probable se haya sentado en la mesa de la consulta. Ambas cosas, diferentes en apariencia, pueden tener el mismo origen y esta vez si hay algo visual que puede ayudar a encontrar qué es lo que está pasando.

Dentro de un rato, cuando termine de redactar esta entrada y el calor insoportable de la calle baje un poco, iré a buscar mi medicina a la farmacia. Soy consciente de una cosa, tal vez puede que no funcione, pero quienes hayan pasado por lo que yo estoy pasando saben que este es un paso de gigante. Ya no me dirán que estoy loca, que soy una hipocondríaca, que me estoy inventando algo o que estoy muy estresada y soy yo misma la que se provoca estos síntomas. Porque ahora ya sí hay algo que se ve y que está iluminando el camino.

También siento alivio porque sé que no es grave. Quizá sea crónico, quizá me tenga que quedar con mi dolor, pero también es posible que sienta cierto alivio, que algunas veces he necesitado con desesperación y no he tenido. A lo mejor, tal vez, quizá... funcione y me olvide de todos los palos de ciego. De los dos años tratando otra cosa que yo estaba segura de que no era el camino y que me provocaron más mal que bien. De los montones de veces que me he sentido sola e incomprendida cuando esto se ponía cansino y me decían que no era para tanto. De las vueltas que ha dado mi cabeza, porque cuando estás así no puedes evitar pensar que quizá lo que tengas sea grave y, para cuando lo descubran, ya no haya tiempo.

Ya viví eso con mi padre.

Pero no, parece que esto no me va a matar, incluso hasta el posible que, con paciencia, con suerte, con un poco de fortuna, se pase para siempre.

¿No sería magnífico?

Llevo todo el día imaginando que así es, que podré volver a hace cinco años, cuando lo noté por primera vez y me tomé un ibuprofeno pensando que se pasaría. Podré volver a una vida que no dependa de llevar el bolso lleno de remedios tontos. Incluso, si sueño un poquito más, hasta pueda dejar de depender de mi férula, quizá hasta pueda dormir sin ella...

Me ha venido bien que sea justo ahora cuando sucede esto, cuando la esperanza se abre hueco y la luz entra a raudales, porque lo interpreto como una pequeña victoria. Y en un tiempo que parecía lleno de derrotas, vencer lo que parecía invencible, o al menos tener un arma en las manos para defenderte de ello, es más que suficiente.

Sé que no estoy siendo clara con lo que me sucede, pero permitid que no lo sea, que esta entrada sea solo un grito silencioso de victoria en mi casa virtual, en mi refugio de palabras, el aliento que a veces se necesita para poder seguir respirando.

Voy a poder con esto, va a funcionar. Lo deseo con todas mis fuerzas y voy a poner todo mi empeño en que no se me olvide tomar la medicina ni una sola vez. Ya está bien de dolor, ya lo necesitaba, ya necesitaba que esto se enderezase, porque sé que sin esto, lo que viene, que es mucho y muy bueno, lo voy a disfrutar mucho más.

Y quizá, solo quizá, pueda volver a sentarme a escribir en estas tardes calurosas de verano con un café helado al lado del portátil, quizá pueda contar esa historia que tengo a medias o, si me animo, empezar esa otra que está solo dentro de mí y que no se parece a nada de lo que he hecho hasta ahora.

Quizá...

miércoles, 31 de julio de 2019

LA COLINA DEL ALMENDRO, MI NUEVA NOVELA




Os enseño la nueva novela que publicaré con HarperCollins Ibérica. Como veis, se llamará La colina del almendro, en honor a un árbol de la propiedad en la que vive la protagonista de mi historia en 1913, año en el que arranca la historia.






No es la primera vez que escribo una novela con un marco histórico, pero si que la ambiento fuera de España. Esto tiene una razón y está en la misma gestación de la novela. Como de momento no voy a contaros mucho de la trama, sí que os voy a decir cómo nació.

Octubre, 2014.

Un mes antes, había terminado la redacción de La chica de las fotos. Registré la novela y, sin perder un día, la mandé al Certamen HQÑ. Quería probar suerte en un concurso importante pero, sobre todo, me seducía  la idea de que ellos se quedaban con la opción de publicar el manuscrito en el caso de que les hubiera resultado interesante. Solo por esto último, por tener esa opción, me presente.

Después, me quedé vacía.

Cuando terminas una novela estas como un poco perdido, pero además ese verano también había terminado Brianda. Necesitaba escribir algo nuevo.

2014...

1914...

De pronto recordé que estábamos en el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial. ¿Y si escribía algo en este contexto? La Primera Guerra Mundial no era un acontecimiento que yo conociera a la perfección, pero sí sabía de su importancia como hito que marca un cambio de mentalidad, el paso del XIX al XX, la sensación de que todo lo conocido se desmorona frente a los asombrados ojos de quienes sobreviven al horror que supone y el momento en el que empieza a gestarse un mundo en el que la ciencia empuja a la religión y las mujeres buscan su lugar en la sociedad.

Mi planteamiento era una novela en tres partes: antes de la guerra, la guerra, los felices años 20. Pero pensé ambientarla fuera, porque España fue neutral en ese conflicto.

Pensé en una historia en capítulos cortos, o más bien divididos en escenas que irían precedidos de una carta de alguno de los protagonistas. Con el armazón de mi historia bien anclado, empecé a escribir.




Después, por aquellas cosas que pasan en la vida, quedé finalista en el HQÑ con La chica de las fotos y mi historia se quedó inconclusa. 2015. Después me entraron ganas de contar lo que les había pasado a Paula y Javier después de Su chico de alquiler y escribí Entre puntos suspensivos, 2016. Y también tuve un deseo irrefrenable de escribir otra novela muy distinta, con un protagonista masculino. Seguía siendo 2016. Luego publiqué Entre puntos suspensivos con HQÑ. 2017.

Y llegó entonces, algunos asuntos personales me pusieron freno.

Ese año es para no recordar. Intenté avanzar con esta novela, pero cada día era más complicado. Tuve que esforzarme muchísimo y, solo al final, fui capaz de encontrar el tiempo necesario para dedicárselo. En ese tiempo de parón, había mutado. Aunque no escribiera, no dejé de documentarme y eso hizo que mi idea principal se fuera acomodando a lo que descubrí en esa fase que es la de documentarse, esencial y una de las más enriquecedoras cuando escribes. Ya no contaba solo lo que en principio quería contar, sino que la sencilla historia que había planteado se había ido convirtiendo en un espejo de lo que sucedió en ese momento. En el campo de batalla, en la retaguardia, en la sociedad... y lo que pasó con las mujeres, sus reivindicaciones para conseguir el voto que también es un modo de lograr alzar la voz contra otras injusticias y tener la posibilidad de decidir. Un primer paso necesario para que mi protagonista tomase conciencia de lo injusto de lo que a ella misma le estaba pasando, aunque en principio no pareciera tener mucho que ver con eso de votar.

Esto es lo que traigo, una novela larga, dulce a ratos, dura otros porque una guerra como esta lo requiere. Con algunas dosis de aventura y personajes que se quedan contigo. Sobre todo esos niños secundarios que, no se por qué, se me dan tan bien.

En esta, mi niña se llama Virginia...

Espero que me acompañéis en esta aventura. Sería un honor.

Esta es la sinopsis de la historia, que ya está en preventa:

El mundo y la vida de Mary Ellen se quiebran cuando su padre, el conde de Barton, entra en su cuarto. Ha decidido casarla con un rico comerciante sin rastro de nobleza afincado en Boston. Mary no puede creer que su padre renuncie a que su prometido sea aristócrata, pero sabe que de nada le servirá protestar por no haber sido consultada. Ha sido educada para aceptar que todas las decisiones de su vida las tome el varón de la familia.
Tras una precipitada boda, se ve obligada a trasladarse a Londres desde Almond Hill. Poco después de llegar a la ciudad, Mary descubrirá los secretos que encierra su extraña boda. Y también que al corazón no se le puede atar con un contrato.
Ambientada entre el final de una época y los convulsos años que marcan el principio del siglo XX, La colina del almendro es una historia de venganzas, supervivencia, amor y guerra.

Saldrá al mercado a finales de agosto y en papel el 11 de septiembre.

jueves, 18 de julio de 2019

COMER Y AMAR, TODO ES EMPEZAR

Ya estamos a 18 de julio, así que termina la preventa de Comer y amar, todo es empezar, y podrá comenzar a descargarse en vuestros dispositivos desde multitud de plataformas. Puedo contar poco de esta historia porque es muy cortita y me cargaría esos minutos de lectura que espero que sean amenos para quienes se decidan a acompañarme, pero sí puedo abriros el apetito. (No, no os voy a dar la receta que incluye el libro porque lo interesante es que la descubráis vosotros).

Pero sí puedo contaros... por ejemplo... 

Que esta historia, transcurre en Grimiel, (veo en mi mente a tres personas sonriendo después de leer este nombre). Grimiel es un pueblo pequeño de Castilla, en el que hace mucho, mucho frío en invierno. Es un pueblo de esos bonitos, con una plaza antigua, casas de piedra y un bosque en los alrededores...


No es un relato de muchos personajes, la misma longitud del planteamiento no permitía que me fuera por las ramas, así que, con mucha pena, porque estoy segura de que podría haber contado muchísmas más cosas de haber tenido más libertad, lo dejé en tres personajes.


Carlos

El dueño del picadero de caballos, un joven que ha decidido montar un negocio por su cuenta que le permita vivir en su pueblo. 


Paola

 Su contrato en la farmacia se acaba y tiene que dejar Grimiel el irse a vivir a la ciudad cuando pase la Navidad.


Leyenda

La yegua de Paola, que además es su mejor amiga, y que de pronto se convierte en un problema para su nueva vida.

En medio de todo, la Navidad, una decisión, una receta de solomillo con pasas y arándanos (que está de morir de rico) y mi deseo: haceros pasar un tiempo de lectura agradable.

¿Me acompañáis en esta aventura?





¿Quién se anima a mandarme fotos de la receta?

martes, 9 de julio de 2019

RECETAS PARA EL CALOR DE UNA NOCHE

Hace una semana, HarperCollins Ibérica, dentro de la colección HQÑ, empezó a poner a la venta una serie de relatos románticos ideales para el verano. Nueve autoras -entre las que me encuentro- os vamos a ir presentando historias de amor aderezadas con comida. Lo que habéis leído: cada uno de los relatos tiene una receta que comparten los protagonistas y las instrucciones para preparala narradas. Son historias cortas, perfectas para leer en un ratito completas, y además han pensado en los lectores porque solo van a costar 0.99€ (menos en alguna plataforma, que cuenta con descuentos propios y costarán aún menos).




De momento solo estarán a la venta en digital, pero dependerá un poco de vosotros, de vuestra respuesta, que acaben formando parte de un volumen conjunto que, quizá, en algún momento pueda salir en papel.

Llevamos muchos meses preparando esto -ya se sabe, los tiempos editoriales son como las cosas de palacio, van despacio- y todas estamos muy ilusionadas, porque ha sido un reto. Una cosa es escribir lo que tú quieras y otra intentar amoldarte a lo que te proponen. En mi caso en concreto, el reto ha sido el espacio, condensar en las páginas que en otros proyectos no son más que el principio una historia completa. Las palabras límite también limitaban lo que quería contar y me han obligado a pensar mucho.

¡Bravo por los que escribís relatos con arte! Creo que es un género de lo más complicado.

El calendario de fechas de salida de los relatos os lo pongo, acompañado de una imagen de cada uno. Si queréis ver las portadas, todas en la misma línea, y leer las sinopsis pinchad en el título y os llevará hasta ellas. Todas las imágenes, incluida la que está más arriba, son cortesía de Carla Crespo, salvo la de Erika y la mía, que las he hecho yo. Estuve enredando con ellas y no sé dónde las he guardado.



Una influencer gastronómica viaja a un pequeño pueblo de la costa de EE.UU. para resolver un misterio, quién deja algunas noches en la playa una olla de deliciosa sopa de almejas para deleite de vecinos y turistas. 






Amelia es chef de un restaurante de París que tiene dos estrellas Michelín. Ansían una tercera, pero lo que flojea en la carta son los postres. Por eso, y porque necesita un pequeño descanso, se apunta a un curso de cocina en el Basque Culinary Center, donde conocerá a Eneko, el profesor de repostería. ¡Cómo es Eneko!




¿Por qué elegir si lo puedes tener todo?

Paola se tiene que marchar de su pequeño pueblecito a causa del trabajo, y para ello debe renunciar a muchas cosas que ama, entre ellas una yegua blanca llamada Leyenda. Nada parece que pueda cambiar eso, pero un solomillo con pasas y arándanos y un paseo a caballo por el bosque con Carlos, el chico del picadero, le demuestran que quizá a lo que no se debe renunciar es a ser feliz.




Empezar de nuevo siempre es complicado, aunque también puede ser un regalo, la maravillosa oportunidad de volver a la casilla de salida. Lucía Pedraza recibió ese regalo cuando regresó a Madrid y decidió que ya era hora de ponerse en marcha, cuando entendió que la mejor forma de avanzar era dar el primer paso. Ni saltos al vacío, ni acciones heroicas, ni grandes aventuras, simplemente andar y dejarse sorprender porque la vida, hasta en un inesperado curso de postres, te puede sumergir en la más mágica y apasionante historia de amor.












Espero que los disfrutéis muchísimo, que nos hagáis un hueco cada semana y, entre lectura y lectura larga, os animéis a leer nuestros relatos. Y, por qué no, también a hacer las recetas tan fantásticas que os proponemos.

¡¡Felices lecturas de verano!!


lunes, 8 de julio de 2019

YA NO QUIERO ESCRIBIR

Hace unos años, cuando aterricé en este mundo de la publicación, tuve una conversación con mi padrino sobre esto de escribir. Es donde coincidimos, de hecho creo que tiene también mucho que ver con que yo lea, puesto que él fue quien me regaló mi primera novela, de la que me enamoré nada más leerla y que me sirvió de puente para los miles que han llegado detrás.

En esa conversación con mi padrino, cuyos detalles se han ido perdiendo en mi memoria, incluso las palabras exactas, solo me queda un pequeño retazo, un hilo mínimo del que llevo tirando mucho tiempo. Me preguntó algo así como por qué quería dedicarme a esto. Yo, ingenua, inocente, dulce y cándida le conteste:

Porque me hace feliz.

Entonces él, que escribe desde hace tanto que tampoco se acuerda, me contestó algo muy parecido a esto:

Has elegido entonces muy mal.

En ese momento, cuando mantuvimos esta conversación, yo era una recién llegada cargada de ilusión y con idea cero de lo que se cocinaba en este mundillo. A pesar de que crecí entre libros y escritores, a pesar de todas las lecturas que llevaba a la espalda, a pesar de que soy observadora hasta más no poder, aún no había vivido lo suficiente para valorar el alcance de sus palabras. Entendí que al escribir se sufre, porque eso sí lo sabía. Muchas han sido las veces que he fulminado historias porque no me convencían, muchos han sido los párrafos mil veces rehechos, las escenas repensadas, los detalles cambiados... Pero no era eso a lo que él se refería. Hay muchas, muchísimas cosas en este mundillo que hacen sufrir y pretender alcanzar algo tan etéreo e inabordable, tan esquivo y difícil como es la felicidad desde él es directamente absurdo.

En cuanto lo supe, en cuanto empecé a vivirlo en carne propia, quise escapar. Yo no he venido al mundo a sufrir por capricho, no soy idiota del todo -aunque haya quien me lo llame día sí y día también-, pero tengo la mala costumbre de ser seria y no dejar asuntos a medias. Por eso, encadenando historias, llevo aquí un montón de años haciendo equilibrios. Soy como esas bailarinas suspendidas en la punta de sus dedos. Aguanto con una sonrisa, pero estoy cansada. Muy cansada. Y me duelen muchísimo los pies.

Además, no sé mentir.

Al blanco le llamo blanco y al negro, negro. Eso no te convierte en popular, precisamente, sino en una temeraria que va por la vida rebasando los límites y tiene más posibilidades de estrellarse y no salir indemne de ello que nadie.

El caso es que este verano, en realidad es algo que llevo valorando desde finales del año pasado, ya no quiero escribir. Voy haciéndolo, la semana que viene publico un relato y en septiembre la que será mi última novela, pero no quiero escribir. Tengo tres novelas más terminadas, una del todo y dos a falta de retoques, pero no quiero escribir. Tengo otra más, a la que quizá dedicándole un mes podría ponerle un final, pero no quiero escribir.

Porque no soy feliz.

Así que, lo confieso, no quiero escribir, aunque mi alto sentido de la responsabilidad dejará terminadas todas las historias. No voy a empezar otras, y si las empiezo será como cuando era adolescente, que empezaba mil y no terminaba ni una. No será escribir, será llenar cuadernos con palabras. No será escribir, porque escribir no es una fiesta, ni algo que haga para enseñar en las redes y que todo el mundo diga: mira, fíjate que lista, que escribe libros. No. Estas muy equivocado si piensas que escribir es solo eso.

Escribir es desgarrarte por dentro, vaciarte y dejar salir los demonios que ni siquiera sabías que estaban. Escribir es ocultar la verdad bajo el velo de la ficción, o convertir mentiras en historias que parezcan reales, que latan y se sientan. Escribir es conseguir que el texto empuje al lector a no saltarse una palabra. No es una moda. No es un capricho. No es un juego. No es un negocio.

Escribir es aguantar que te digan que lo haces porque eres un ama de casa aburrida, o que te insistan en que tienes que dejar el género en el que tienes un nombre porque con eso no irás a ninguna parte. Escribir es ver que el mundo es más injusto de lo que te pareció solo al pensarlo. Escribir es recibir feedback de todos los colores y aguantarte las ganas de llorar o de salir corriendo. Escribir es mucho más que sentarse delante de un teclado que no tiene ya letras porque las has borrado con tantas palabras.

Escribir es tanto...

Y cuesta tanto. Y estoy tan cansada... que ya no quiero escribir.

No quiero escribir porque necesito ser feliz en esta etapa de mi vida.

martes, 25 de junio de 2019

LAS BATALLAS SILENCIADAS DE NIEVES MUÑOZ



Sinopsis:

SE PERDIERON MUCHAS VIDAS, PERO TAMBIÉN MUCHAS ALMAS QUEDARON EN SUSPENSO... 

Verdún, 1916. Irene Curie toma una decisión: acercarse lo más posible del frente con el petit curie, un invento de su madre, Marie Curie, que  ayudará a salvar muchas vidas. Es prácticamente una niña, pero su misión será enseñar radiología a los cirujanos en los hospitales de campaña. No le será fácil ganarse el respeto de los militares y de sus compañeras en el hospital de Barleduc. Cuando los alemanes bombardean Verdún, junto a la enfermera, Berthe, y una voluntaria, Shirley, se enfrentará al infierno de la batalla más cruenta y larga de la Gran Guerra. Ninguna de las tres regresará indemne.


Mis impresiones:

Sabéis que apenas hago reseñas ya, que no me tomo la molestia de registrar las lecturas que hago. Existen muchas razones, quizá  llega un momento en el que los refugios, los escondites, dejan de serlo o no te apetece guardar memoria de todo, porque sencillamente hay cosas que no te apetece recordar.

Pero hay excepciones. Hay días en los que sí quieres guardarte algo, porque ha sido tan alucinante la experiencia que merece la pena que su reflejo se quede en este espejo. Así, cuando un día, o una noche de insomnio, regreses, podrás escuchar a la que fuiste mientras hacías esa lectura, podrás sentir lo que sentiste al leer esa novela.

Hoy traigo una excepción.

Hoy hablo de una novela que acabo de cerrar y que resuena en mi mente aún, con el ruido de las bombas y los morteros de fondo. Veo en mi mente columnas de humo, árboles calcinados, cielos sucios preñados de nubes que enmarcan un aire que huele a almendras tostadas y a muerte. Puedo imaginar el sabor metálico de la sangre y, sin mucho esfuerzo, sentir bajo mis pies el barro. Huele a sucio, a sudor y a miedo, y dentro de mí flotan palabras que arañan, que hablan de una batalla que nunca debió tener lugar más allá de los límites de una novela.

Pero fue real.

Nieves ha sido capaz de hacer que me sienta dentro de ella, que sienta miedo, angustia, desesperación. Que quiera desertar como Sebastien, que me aferre al amor de mi hija para sacar fuerzas de donde no las hay como Emile, que atraviese la batalla sin importarme nada como la sorgina para estar al lado de mi hijo en su último momento.

Con una narrativa brutal, llena de descripciones precisas y preciosas, con metáforas magníficas, Nieves centra la historia en cuatro mujeres: Shirley, una aristócrata inglesa, VAD en esta guerra; Irene Curie, hija de Marie Curie, casi una niña; Claudine, una prostituta y Berthe, una enfermera francesa. Las cuatro sobreviven a la guerra pero, de alguna manera, las que fueron antes de la batalla se quedan en ella. Mueren las muchachas de antes de Verdún, su inocencia, su ilusión. Maduran, pero los sueños se quedan enterrados entre el barro donde murieron tantos hombres. Se calcinan como el bebé de Adrien.

Al final, queda una pregunta suspendida en mi mente. Intento hacer una reducción simple, el grupo de los buenos y el de los malos... y no puedo. No, porque quizá tendría que mover a los personajes dependiendo del momento de la novela de un bando a otro. Porque en esta novela no hay blancos ni negros, hay gris, mucho gris.

Excepto en el uso de las palabras.

Ahí es todo color.

Brillante y valiente, pero doloroso.

Es una de las mejores novelas que he leído en mucho tiempo. Y la ha escrito Nieves, la misma que hace tres años, por lo menos, en unas fiestas de agosto, en la plaza, mientras la verbena seguía su curso, me contaba que estaba escribiendo una novela histórica y no sabía si iba a ser capaz. Vaya si lo ha sido.

Ya me gustaría a mí.

domingo, 16 de junio de 2019

NADA



Leí La historia interminable cuando era poco más que una niña y lo que más me costó imaginar de aquel mundo que Ende nos ponía delante fue la nada. Esa nada inmensa yo no podía imaginarla. No podía ser la negrura de la noche ni el blanco de las nubes. Tampoco, la verdad, la imaginaba como una espesa niebla que se lo comía todo. Era la ausencia absoluta y, para mi mente de niña, imposible de imaginar.

He crecido y sigo pensando en la nada, pero no en la de Ende, sino en la nada que te engulle a veces en la cotidianidad. Esa nada, para mí, es pasar un día sin que me aporte algo.

Sin escribir.

Sin leer.

Sin mantener una conversación interesante.

Sin recibir o dar un beso o un abrazo.

Eso es la nada.

En los dos últimos meses, quizá ya casi tres, me siento engullida por la nada. Sumado a distintos problemas de salud que no se solucionan, he tenido que afrontar pérdidas personales, algunas muy inesperadas. La debilidad de tener las defensas descontroladas me agota y no escribo lo que querría, no disfruto leyendo, no avanzo ni siento muescas de esas que me hacen sentir viva del todo. Me falta algo para seguir sintiéndome plena.

Esperaba el verano como una promesa de tiempo para ponerme en marcha, pero no sé si lo conseguiré. No solo necesito tiempo, sino también recargar las baterías. Encontrar la motivación, si no es posible en mí misma, en lo que me rodea. Pero pasan los días, me pierdo en rutinas que cada vez me llevan más tiempo aunque sean las mismas y la vida se me escapa sin darme cuenta. Creo que me hace falta un chispazo para reaccionar.

A ver si si encuentro el enchufe.

martes, 4 de junio de 2019

FRASES



"La vida es un breve parpadeo entre dos amaneceres."



lunes, 3 de junio de 2019

CAPÍTULOS DE LA VIDA DE UN ESCRITOR

No, hoy no voy a hablar de novelas. Voy a hablar de momentos, de los que pasamos cuando se nos ocurre convertirnos en novelistas y tenemos la fortuna de publicar y tropezar con lectores.

CAPÍTULO 1: La ilusión.

Se nos nota por todas partes. Tenemos la idea de una novela y hemos encontrado la manera de plasmarla en papel. Vamos avanzando, nos gusta, parece que funciona, así que hablamos de ello a las personas que tenemos a nuestro alrededor hasta volver tan locos a algunos que incluso nos echan el freno.

CAPÍTULO 2: La publicación.

Estamos como locos, el proceso de preparación del libro nos tiene abducidos. Hay dudas, si será la portada adecuada,si ha salido bien la sinopsis...

CAPÍTULO 3: El libro en tus manos.

Eso es el culmen, un placer solo comparable a verle la cara a tu hijo. Comparable, no igual.

CAPÍTULO 4: La primera crítica buena.

Se roza el cielo con los dedos. Los globos aerostáticos son menos ligeros que tú.

CAPÍTULO 5: La primera crítica mala.

Alicia, la del País de las Maravillas, lloró un poquito menos en su novela. Te sientes hundido porque no han comprendido tu arte.

CAPÍTULO 6: La primera página que te piratea.

Cabreo del 15 porque no entiendes por qué a ti, si tú no eres Ken Follet. Los hay que te dicen que debería darte igual, que de esto no vas a vivir y te hunden más. Están los que insisten en que denuncies y los que te abren los ojos porque eso no sirve de nada.

CAPÍTULO 7: La presentación.

La organizas ilusionadísimo en tu terreno, y la sala se pone hasta la bandera: tus primos, tus tíos, los vecinos y los compañeros de clase no te fallan. Vendes por encima de tus posibilidades y te vas a dormir en una nube que está por encima del globo aerostático.

CAPÍTULO 8: Nadie te reconoce por la calle.

Es triste, tú que creías que con ser escritor te convertirías en famoso y resulta que pasan los meses y no es cierto. Mucha red social, muchos fans virtuales, pero a la hora de la verdad ni tu vecina la de enfrente se ha enterado de que escribes libros.

CAPÍTULO 9: El primer informe de ventas.

Como te han mandado un montón de fotos por las redes sociales y en la librería de tu barrio han vendido por lo menos veinte ejemplares, has hecho un cálculo por encima y cuando llegué el recuento de royalties será la leche. Al final han sido pocos más que esos y un montón de los que se regalan a los blogs para promoción. Pero todo bien, aún puede suceder el milagro.

CAPÍTULO 10: La primera Feria de Madrid.

Te mueres de placer porque vas a escuchar tu nombre al lado de los grandes de la literatura actual. Es básicamente lo único que sucede. Eso y que se presentan varios blogueros con los libros que les regaló la editorial para que se los dediques.

Y tus familiares, claro. Si los tienes.


¿Alguien se ha pensado que esto es fácil? Porque no es verdad. Tengo muchos más capítulos, pero con diez hoy es suficiente. Los que vienen a continuación son un poquito más amargos. Las zancadillas, la gente que parecían compañeros pero te dan de lado cuando tienes un poco más de éxito que ellos, los que no te miran porque no les llegas a la suela de los zapatos, los que te ponen zancadillas anónimas...

Tengo material para una tesis doctoral.


domingo, 2 de junio de 2019

EL LENGUAJE SECRETO DE USAR EL MÓVIL

Leía un artículo de prensa, firmado por el actor Ricardo Gómez, en el que reflejaba una tremenda realidad que ha vivido a lo largo de la gira teatral que ha hecho esta última temporada: todas las funciones sin excepción han sido interrumpidas por algún teléfono móvil. O varios...



Cuando no ha sido una llamada inoportuna, entonces ha sido una alarma o el aviso de un mensaje entrante. O en otros casos, el espectador que consultaba quién sabe qué y molestaba la función con la inoportuna iluminación procedente de un punto del patio de butacas, rompiendo la concentración de actores y espectadores. Se preguntaba qué se puede hacer ante eso, ya que al parecer los constantes avisos antes de la función no han tenido ningún efecto en la torpe voluntad de unos espectadores, incapaces de pasar las dos horas de la función sin chequear redes sociales, mirar el correo electrónico o enviarle un emoticono a su amigo del alma.

Perdonadme la impertinencia que vendrá a continuación, pero es que me dedico a algo que se expone al público. Estoy acostumbrada a ser juzgada desde que me levanto hasta que me acuesto y, a veces, hasta me juzgan cuando estoy dormida.Cuando te juzgan tanto le das vueltas a todos los argumentos y acabas haciéndote preguntas. O buscando explicaciones. Si hay algo que no creo es que toda la gente sea tonta menos yo.

A lo que iba.

O bueno, no, me  voy a ir por las ramas de nuevo, que para eso este es mi blog, hoy es domingo y no son ni las ocho cuando escribo esto.

Allá por el siglo XVII, en una ciudad llamada Madrid, había dos corrales del comedias que lo petaban: el Corral del Príncipe y el Corral de la Cruz. El pueblo de Madrid entretenía sus días en ellos, puesto que había pocas más diversiones. Grandes como Lope de Vega estrenaban casi semanalmente sus obras y se exponían a la "crítica" feroz de un público que ni siquiera sabía escribir en muchísimas de las ocasiones, pero que tenía una cosa clara.

Transparente.

Meridiana.

Eran gentes que sabían, a la perfección, qué les producía un aburrimiento mortal y qué les gustaba hasta el punto de mantener una función más allá del par de semanas (tres a lo sumo, tampoco os creáis que eran en enquistar las obras en escena y tirarse años viendo lo mismo) que suponía ser un éxito.

¿Sabéis lo que hacían en el momento en el que una obra no llenaba su atención? Interrumpir. A veces con gritos. Otros se organizaban peleas en el patio. Había gente que se iba indignada a mitad del espectáculo. O, los más osados, practicaban el lanzamiento de verduras podridas, que significaba que aquello que se estaba poniendo sobre el escenario no era de su agrado y se lo hacían saber a los actores a su manera.

Eran muy directos en el lenguaje, ¿verdad?

No es como ahora, que somos todos muy educados, no nos vamos en medio de la función ni empezamos a gritar o tiramos de navaja en mitad de la obra. Y mucho menos nos ponemos a lanzar verduras. Que va. Nosotros, muy modernos, usamos un lenguaje secreto inconsciente que se apoya en esa extensión de nuestro cerebro que llevamos en la mano: el móvil (esta frase no es mía, la leí en alguna parte que soy incapaz de precisar, pero es buenísima y la uso). Y no lo hacemos solo en el teatro, sino también con los libros que leemos en la intimidad de nuestro dormitorio. O con las películas de la televisión o el cine. O con las charlas con amigos.

Se entiende mejor la vida con ejemplos, así que voy a poner un par de ellos.

Hace unas semanas estuve pasando el día haciendo lo que más ne gusta: moverme entre libros. Después, comí con un compañero de letras y, en el café, hablamos sobre proyectos. Nos despedimos cuando ya no había más remedio. En todas esas horas, solo usé el móvil una vez, para enviar un mensaje y advertir de que llegaría a casa un poco más tarde. No me acordé ni siquiera de hacer una sola foto, porque estaba tan a gusto viviendo que no eran necesarias. Ya se encargará mi memoria de conservar esos momentos que para mí son muy valiosos.

Hace unas semanas, tropecé con un libro que me encantó. Lo leí en una horas, estuve todo el tiempo buscando una excusa para dejarlo todo y ponerme a leer, y en ese proceso mi teléfono permaneció en silencio. Cuando volví a él tenía tropecientos mensajes que leí en resumen y de los que no me acuerdo, por supuesto. De ese día solo recuerdo las maravillosas sensaciones que me dejó el libro.

Bonito, ¿verdad?

Según lo cuento parece que yo soy perfecta e inmune a los teléfonos, pero no es cierto. Soy humana y voy llegando al meollo de la cuestión, a la razón última de esta entrada. Porque hay veces que estoy con gente tomando algo y, sin razón aparente, miro el móvil. Porque hay otras, en las que estoy leyendo un libro, echo un vistazo a la mesilla y al final acabo dejando la lectura por dar una vuelta innecesaria por Twitter. Porque la mayoría de las películas de la tele no consiguen que me olvide de él 20 minutos.

No hace falta ser muy listo para darse cuenta de lo que eso significa.

Pues con el teatro pasa lo mismo, pienso que no es que la gente sea  maleducada, es que se aburre. Y si en una gira teatral siempre ha habido un teléfono que encendía su pantalla a partir de media función... igual hay que valorar que no nos están diciendo algo más.

Pero nos lo están diciendo con algo más limpio que unos tomates podridos.

Aunque, dejadme que os diga algo que creo firmemente, hay gente muy maleducada, incapaz también de entender nada. Y sí, esto en el teatro o en la vida o donde sea, está muy feo.

jueves, 23 de mayo de 2019

FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2019

Este año también estaré en la Feria del Libro de Madrid. 

12 de junio
Caseta de Fnac (170.171) 
de 19:00 a 21:00 h.

Dos de mis compañeras de editorial estarán también, Claudia Velasco y Marisa Sicilia.


jueves, 2 de mayo de 2019

LA SUERTE DE LOS IDIOTAS DE ROBERTO MARTÍNEZ GUZMÁN



Sinopsis:

Lastrado por una última misión policial en Madrid que no acabó de la mejor manera posible, el policía Lucas Acevedo regresa a Galicia para poner en orden su cabeza. Cuando cree que lo ha conseguido, una noche conoce a una mujer que hará que se plantee abandonar la solitaria existencia que ha llevado hasta entonces. Sin embargo, pronto se complican sus planes. Mucha gente comienza a morir a su alrededor y, en el momento en que se da cuenta de que él también está en el punto de mira, se verá obligado a librar una batalla de la que no conseguirá salir indemne.

Sé que hace tiempo que no hago reseñas, pero iba a colgar mi opinión en el muro de Facebook sobre esta novela y he pensado que mejor la guardaba también en el blog.

Es una novela que me ha durado un suspiro y que os recomiendo.

La suerte de los idiotas  (si pulsas el título te lleva a la página de clmpre) empieza fuerte. Lucas Acevedo es un policía que trabaja infiltrado en grupos de narcotraficantes y ha visto demasiadas cosas que le han obligado a tomarse un respiro. En eso está cuando toma la decisión repentina, la de parar en el arcén e intervenir en un conflicto que no le compete, y que descoloca el retiro que está tomándose. Primero, porque se siente atraído por la mujer a la que ayuda; segundo, porque un hecho fortuito que sucede en los escasos minutos que transcurren entre su parada y la salida de ahí con la mujer en su coche rumbo al hospital, va a desencadenar una matanza en Vigo, una ciudad que de pronto se llena de cadáveres.

Roberto Martínez Guzmán plantea una novela de lectura ágil, en la que lo fácil es meterse en la trama y lo difícil abandonarla. Escrita en primera persona, desde el punto de vista de Lucas, no solo nos cuenta los hechos, sino que también salpica la narración de reflexiones. En unos puntuales flash back conoceremos su pasado y las razones de su excedencia y, al final, asistiremos a una resolución del conflicto condicionada por ese mismo pasado.

En cierto modo, la novela me ha recordado la obra de Buero Vallejo, no por la trama, que ni se le parece a ninguna de las de este autor, sino en ese final que no juzga los actos del protagonista, sino que deja al lector la tarea de plantearse si las decisiones que toma son buenas o malas. Deja ese poso de preguntas, lo que no quiere decir que el conflicto no se cierre.

Lo hace, aunque dejando la puerta abierta para que conozcamos aventuras de este policía. En la foto, Edward, su mejor amigo. Bueno, el de verdad no se deja fotografiar...




lunes, 29 de abril de 2019

APRENDER A RESPIRAR




Desde hace unos días tengo una fuerte contractura en la espalda. Llevaba tiempo notando la zona tirante, pero cuando no tengo que hacer una cosa me esperan siete, aunque muchas veces no salga de casa, así que fui dejando correr el tiempo.

Por si se pasaba.

Por si mi cuerpo ganaba la batalla al dolor y los nudos se deshacían solos.

No es tan descabellado: he tenido etapas en las que un dolor no me dejaba ni siquiera dormir y, tal como aparecieron, se acabaron yendo. Olvidados después de un tiempo. Nueva. Como si nunca me hubiera pasado nada. Quizá un par de ibuprofenos y solucionado el problema.

Esta vez no es así.

Hace unos días, cuando el dolor comprometía casi respirar (y sin casi, hay veces que coger aire es un acto heroico) reuní el tiempo necesario para un masaje. Los nudos de mi espalda parecen la cuerda de un marinero aburrido y en hora y media solo fue capaz de desarmar algunos. Hasta la siguiente cita, en unos días, soporto esto con calor y analgésicos, además de algún antiinflamatorio y, de vez en cuando, relajantes musculares. Para lo que hacen, daría igual que no tomase ninguno, pero cuando estás así quieres tener fe en la química. O en rezar a cualquier santo. O en lo que sea, pero que se pase.

Estos días debería estar haciendo un trabajo que nadie puede hacer por mí. Lo hago, pero a un ritmo condenadamente lento, insoportable para mí que siempre vuelo en lo que me gusta porque me concentro tanto que el mundo desaparece a mi alrededor.

Y es en este punto, cuando llego al trabajo pendiente, cuando tengo que recordar la conversación con mi fisio. Me dijo algo muy sabio: “Hay algo que necesitas quitar de tu vida porque te está haciendo mucho daño y solo tú puedes saber qué es”. Mientras me dijo el masaje me tuvo que recordar muchísimas veces que me relajase, que no apretase los músculos, que destensara las manos, que no me agarrase con tanta fuerza a la camilla… Me dijo que mi cuerpo está respondiendo al estrés al que lo someto aunque ni siquiera sea consciente de que estoy tensa y que está cansado de que lo sobrecargue con tareas. Si no puedo llegar a todo, no importa, da igual si hago menos. Lo que no da igual es que me acabe rompiendo.

Yo me excuso diciendo que todo es inaplazable y que nadie puede ni va a hacerlo por mí, pero sé que no es verdad. Cuando muera, alguien hará lo que yo no pueda hacer, y si no se hace el mundo seguirá girando tal y como lo ha hecho siempre.

Tengo que aprender eso, tengo que aprender a respirar sin que me cueste.

sábado, 30 de marzo de 2019

MI EXPERIENCIA ESCRIBIENDO SOLA Y ACOMPAÑADA

Al principio, yo escribía sola. Cogía un cuaderno, empezaba a contar lo que se me pasaba por la cabeza, y ni siquiera sentía la necesidad de compartirlo. Lo hacía justo hasta el momento en el que me cansaba y dejaba la historia abandonada, cual madre desnaturalizada que se deshace de su criatura sin remodimientos. Por lo general, las abandonaba sin final. Todavía conservo algunos de aquellos cuadernos, aunque estarían mejor quemados. De hecho, ese es mi plan para ellos en cuanto sospeche que me queda poco de vida.

O para cuando tenga tiempo libre, lo que llegue antes.


En algún momento, cambié de estrategia y empecé a escribir acompañada por mi hermana Marta. No es que escribiera conmigo, es que ella era quien leía con paciencia mis relatos, cada capítulo de las novelas que escribía y era la que me hacia comentarios. Solía ser muy blanda en sus apreciaciones críticas, y la verdad es que, si no me ayudó mucho a progresar, lo que sí consiguió fue que no me desmotivase.

Eso es importante.

 Fue la primera en saber de Su chico de alquiler, se leyó con paciencia una distopía que medio escribí entre primero y segundo de BUP y se moría de risa los sábados por la noche, cuando volvíamos a casa después de salir hasta las tantas y yo me dedicaba a convertir en ficción muchas de las cosas que nos habían pasado esa semana.

A nosotras o a cualquiera de nuestros amigos.

La historia que salió de ahí nunca verá la luz, pero fue genial escribirla. Mientras mi hermana se desmaquillaba y se ponía el pijama, yo escribía. Es concienzuda, me daba tiempo. Después, mientras ella leía, yo me desmaquillaba y me ponía el pijama y, cuando apagábamos la luz de la habitación que compartimos hasta los 27 años, todavía nos reíamos un rato de las idioteces que se me ocurrían.

Cuando ella se fue a estudiar a Inglaterra, me tuve que conformar con escribir para la única lectora que tenía: yo misma. No eran tiempos de internet, o al menos nosotras no teníamos acceso. Fue una época rara, echaba mucho de menos a Marta, y no solo como lectora: era mi hermana, mi amiga, mi cómplice... Esa especie de medio tú con el que algunas veces tropezamos en la vida. Estaba tan nostálgica que mi padre me dio una patadita en el culo y me mandó a vivir con ella a Chelthenham, durante la última etapa de su beca erasmus. No sé si para que no diera el tostón con que la echaba de menos, para que aprendiera inglés o porque se quería quedar a solas con mi madre y estábamos tardando las dos mucho en largarnos de casa. En Inglaterra no escribí nada.

Creo que ni siquiera dormí en todo el tiempo que pasé allí.

¿No me creéis? Tengo fotos... Mi hermana es la alta. La de la cara de sueño soy yo.




El caso es que cuando volví, tardé mucho en retomar la escritura. Me empezaron a pasar muchas cosas. Me casé, me vine a vivir a Segovia, tuve un hijo, me cambié de casa, luego tuve una hija...

Ocho años.

Ocho años en los que apenas puse una palabra detrás de otra. Ocho años que fui muy feliz porque viví muchos sueños. Escribir era uno de ellos, pero en ese momento no tuve ningún problema en aparcarlo para dedicarle mi tiempo a otros que tienen los ojos y el pelo negros y una sonrisa encantadora.

Cuando regresé a la escritura, lo hice a solas. Ya no estaba mi hermana, no había redes sociales -al menos no para mí- y cuando finalmente compartí mis novelas con alguien, ya estaban terminadas. 

La primera novela que escribí con compañía fue Brianda. Cada poco, mi lector cero me leía y casi todos los días teníamos conversaciones sobre los personajes, le contaba cómo imaginaba la trama o mis descubrimientos al investigar la época en la que transcurre. Las novelas que llegaron después también siguieron de algún modo ese proceso. Era pura magia poder contar con comentarios antes de terminar, charlar sobre los personajes hasta humanizarlos. Sentirlos como reales porque las conversaciones sobre ellos eran muy reales. Vivir la historia incluso antes de teclear y absorber ese extra de entusiasmo que a mí me da sentirme comprendida.

Hace tiempo, sin embargo, que he vuelto al principio por circunstancias. Escribo de nuevo en soledad. Nadie sabe de mis historias, de por dónde voy con la trama o los giros que he pensado; no las comparto, como no compartí nada durante mucho tiempo. Siento que todo fluye más despacio y es menos emocionante, pero también es más mío. Y eso, esa privacidad, creo que también es de valorar. Es una intimidad con quienes forman parte de mí que perderé en cuanto los exponga.

Últimamente estoy volviendo al principio en muchas facetas. No sé si es nostalgia. No sé si he tirado los dados en el juego de la oca y algo me ha devuelto a la casilla de salida. No sé si es que el silencio es muchas veces más gratificante que tanto ruido. 

No lo sé .

Solo sé que hace tiempo que guardo muchas más palabras que las que comparto. Ya no estoy tan segura de querer que me acompañen, debe ser la edad, que me está volviendo gruñona y solitaria.

O, tal vez, solo tal vez, es que he encontrado a una persona que merece la pena y que me entiende a la perfección y no necesito a nadie.

Yo misma.