sábado, 18 de noviembre de 2017

HAMBRE DE PALABRAS



Llevo semanas cocinando en mi ordenador platos de los que requieren mimo, pero este fin de semana lo he dejado de lado, me he dado permiso para preparar hamburguesas de pollo. Y tazones de chocolate. Incluso he metido mano a un bote de leche condensada y lo he dejado tiritando. Ya que estaba, me he concedido el capricho de un bocadillo de mortadela con aceitunas. Y unos pepinillos en vinagre, así, a lo bruto, sin ponerles encima ni una anchoa, ni nada que los haga más especiales.

Habré engordado seguro dos kilos, pero no me pienso pesar para averiguarlo.

Sí, este blog sigue siendo de literatura, y si estoy cocinando dentro del ordenador es porque de lo que hablo es de palabras.

Llevo desde 2014 escribiendo una novela. No todos los días, a mi ritmo de tecleo seguro que llevaría ya diez mil páginas. La empecé después de La chica de las fotos, pensé que me quedaba grande y la dejé, volví a ella al cabo de unos meses, hice una pausa y en ella escribí Entre puntos suspensivos. Volví, me atasqué y la dejé, empezando dos o tres novelas. Incluso una la acabé. Escribí relatos de veinte páginas. Terminé de rematar otra novela que siempre estaba a medias.

Y luego dejé de escribir durante meses.

Problemas personales me impidieron poner una coma en su sitio y no ha sido hasta octubre que he vuelto a teclear. Y lo he hecho tan exigente conmigo misma, a lo mejor por la pausa esta tan grande, que me he esmerado en cada párrafo como si estuviera preparando un plato de alta cocina. No sé si porque me lo debo, no sé si porque me ha decepcionado mucha gente en estos meses y no me puedo permitir ni una arruga en el texto. El caso es que todo ha ido lento, medido, cuidado.

Tan lento, tan medido, tan cuidado, que me he vuelto a atascar.

El caso es que desde hace unos días tengo ese proyecto en pausa, pero tenía muchas ganas de escribir. Hambre de palabras, necesidad de darme un atracón de lo que fuera. ¿Hamburguesas? ¿Chocolate? ¿Patatas fritas? Daba lo mismo. El caso era escribir.

Abrí uno de esos archivos que no conducen a ninguna parte, donde tú sabes que has perdido el rumbo y que un día tendrás que borrar porque no están en ese nivel que te pides a ti misma. Pero tienes muchas ganas de escribir, estás hambrienta.

Y te lo permites.

Hasta ahora mismo he escrito alrededor de mil palabras. Dos días. Un montón de tonterías que probablemente no releeré hasta dentro de un tiempo. Y, cuando lo haga, quién sabe si la historia no me parecerá tan tonta, quién sabe si no me dedicaré en cuerpo y alma a cada párrafo, como hago con esa otra novela.

No lo sé, ni me importa. Solo tengo hambre de palabras y me voy a dar el capricho.

Porque puedo.

viernes, 17 de noviembre de 2017

UNA VIDA EN PARÍS DE ERIKA FIORUCCI



Sinopsis:

El amor algunas veces te golpea como un rayo y otras te consume poco a poco sin que ni siquiera te des cuenta.

Sergei Petrov, también conocido como “el chico malo del ballet”, vive su autoimpuesto exilio en París tratando de mantenerse alejado de sus vicios: el alcohol, las fiestas y las mujeres. Sin embargo, el nuevo comienzo que había planeado para su vida está resultando de lo más decepcionante: está solo y aburrido. Algo falta en su vida y se pregunta si no estaba mejor siendo el divo problemático, amado por las mujeres y perseguido por periodistas.

Es entonces cuando conocerá a Gabrielle, una misteriosa mujer que sale de la nada cuando más la necesita para luego desaparecer con la misma facilidad. Parece ser su complemento perfecto: es hermosa, un poco loca y completamente desinhibida. En fin, Sergei Petrov en versión femenina.
Sin embargo, lo que queremos no es siempre lo que necesitamos y Sergei está a punto de descubrir que su corazón sabe la diferencia.

Mis impresiones:

Sergei Petrov es una estrella del ballet, pero también es el rey de los excesos, de las fiestas, los escándalos y un hombre deseado por las mujeres. Cuando arranca la trama, lleva en París unos meses, intentando recuperarse de esa vida que en el pasado no le ha traído nada más que disgustos, manteniéndose solo y sobrio. Le está costando, pero la deriva de su vida necesitaba frenarla y entender que es algo más que ese personaje en el que se ha convertido.

Una noche, en una fiesta que dan en su honor, conoce a una mujer con un cuerpo fascinante. Se llama Gabrielle y es mordaz y seductora. Sergei se deja llevar, agarra una copa y acaba siguiéndola, pasando la noche en su casa con ella. Al despertar, aparece otro tipo y sus recuerdos son tan confusos por la cantidad de alcohol que lleva su cuerpo que no es capaz de reconstruir qué fue lo que pasó.

Por eso, acude con resaca al trabajo. Intentando disimular su falta de coordinación al bailar, le echa la culpa a la pianista, la seria y educada Siena Planchard, a la que acusa de ser mediocre y de no seguir el tempo. A ella le retiran las horas que trabaja con él, estaría de más, él es el divo, la estrella al que escuchan a pesar de que sea obvio que ha llegado al trabajo en malas condiciones.

Sin embargo, todos esos meses de abstinencia y soledad en París han hecho efecto en él y algo se conmueve en su interior. Sergei se siente culpable por haber dejado a Siena sin parte de su sueldo, y más cuando se entera de que ella es su vecina y que fue quien recomendó el apartamento donde vive. La busca para disculparse y, desde ese primer instante en el que se encuentran, la química entre los dos se pone en marcha, aunque al principio sea un tanto explosiva. Porque a Siena, Sergei no le gusta demasiado...

Sé que parece que os he contado mucho para mi costumbre, pero tranquilos, solo son las primeras páginas, ese diez por ciento que podéis leer en Amazon si le dais aquí.

Me han gustado mucho los personajes de esta novela, sobre todo Sergei. Me parece que tiene un sentido del humor extraordinario, que las conversaciones con Siena tienen ese punto que en literatura romántica funciona tan bien y que la historia de segundas oportunidades que nos cuenta Erika es muy bonita, una historia que tiene un tercer vértice, que es Andrea, la hija de Siena.

En cuanto a los personajes secundarios, quizá la más interesante para mí haya sido Gabrielle. Es una especie de ángel tatuador de bondad que viste con cuero y tacones de los que machacan los dedos de los pies. Su objetivo en la novela es empujar a Sergei a buscar la felicidad en las cosas sencillas de la vida y la verdad es que acaba consiguiéndolo.

A Bernard Duserre, el mejor amigo de Gabrielle, no he acabado de cogerle el punto, creo que es el único personaje que no me ha terminado de llegar. Es un niño rico excéntrico, pero no puedo contar mucho más sin llenar esto de spoilers gordísimos. 

Los personajes de Una vida en París vienen de otra de las novelas de Erika, pero dejadme que no os diga que he leído sin tener referencias de su predecesora. Sabía que existía, de hecho en la novela se hace alusión a escenas que es probable que pertenezcan a ella y la he disfrutado sin echar de menos ninguna información.

Tengo curiosidad, pero no siento que a Una vida en París le falte nada para que la experiencia lectora sea completa. Y tan completa, me duró apenas 24 horas y tiene casi 300 páginas en papel.

Digo esto porque a veces nos pasamos de cautos cuando unas historias derivan de una anterior. Aunque el autor nos diga por activa y por pasiva que se ha esforzado en que no haga falta leer la otra novela, muchas veces tendemos a no creerlo. Algunas, con razón. Pero no es este caso, esta vez se puede disfrutar.

No es la primera vez que leo a Erika Fiorucci y tengo que decir que probablemente, casi con toda seguridad, no será la última. Las dos veces sus libros me han durado un suspiro, me gusta cómo cuenta las historias y los personajes que crea y es de esas autoras que te hacen darte cuenta de que tenemos un excelente plantel de autoras escribiendo en español, reunidas bajo el sello de HQÑ a las que no hay que perder de vista. Erika es periodista, venezolana, y fue finalista en el Primer certamen digital de HQÑ con Cuatro días en Londres.

Por cierto, la otra novela que leí fue Pregúntame mañana, y no esta reseñada en el blog porque la leí en un momento en el que no podía hablar de ella, cuando fui jurado en el IV certámen HQÑ. Tenía que guardar el secreto hasta que se fallara el premio y, como siempre me acaba pasando cuando no hago una reseña de inmediato, la vida me arrastró hasta otras cosas, dije que la volvería a leer, pero no he tenido tiempo. También os la recomiendo, a mí me encantó.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿ES NECESARIA UNA WEB DE ESCRITOR?



Estaba dando un paseo con mi perro esta tarde, cuando he recordado que tengo una web de autora.

Como lo oís, hasta yo me he sorprendido cuando me he acordado.

Tiene fotos en las que salgo guapa -porque solo puse aquellas en las que salí bien-, todos mis libros, unos cuantos relatos que regalo desde ella, sus pestañas, mi biografía... o eso creo, porque por ella no paso ni yo. De hecho, no entraba nadie y por eso dejé de pensar en ella.

¿A qué viene todo esto? Pues a que no paro de leer por todas partes que si quiero dedicarme de verdad, en serio, con toda mi energía, con toda la profesionalidad del mundo a esto de la escritura, tengo que tener una web de escritora. Un blog está bien para el principio, pero lo profesional es tener una web. Casi antes de publicar el primer libro.

Te da una pátina respetable de persona seria, que un blog, por supuesto, no te otorga. La web es como llevar zapatos de tacón, mientras que el blog es... vivir en zapatillas.

Madre mía. Ya llevo ocho libros, tres de ellos con editorial (Ediciones B y HarperCollins Ibérica) y no me gusta tener una web. Sigo, sin embargo, tan feliz aquí, en mi espejo, atravesándolo sin ton ni son, dando bandazos de un tema a otro sin orden ni concierto -lo mismo reseño un libro como reflejo un pensamiento o hago la crónica de un evento literario.

Nunca voy a ser una escritora seria.

Toda esperanza está perdida.

Bueno, tal vez nunca logre ser una escritora, porque para mí esta palabra, cuando la leo, me conduce el pensamiento a personas como Unamuno, Valle-Inclán, Machado, Baroja, Galdós, Pardo Bazán... y a esos no hay quien se acerque ni en los sueños más especiales. Y tampoco a los Follet o a los Pérez-Reverte, por ser más actual y más mercantilista, que estos venden libros a patadas. Yo no sé ser escritora de estos tiempos. Soy un desastre con el marketing, me interesa mucho menos que la ortografía. Cuando me hablan de posicionamiento web se me abre mucho la boca, desde luego no me despierta tanto interés como estudiar a una generación literaria y prefiero pararme a planificar historias para escribirlas que trazar estrategias de venta.

Lo llevo claro.

Y a todo esto, he venido aquí a ver si conseguía responderme a la pregunta que titula la entrada, y no he llegado a ninguna conclusión.

¿Vosotros creéis que hace falta?

lunes, 13 de noviembre de 2017

LA LIBRERÍA DEL SEÑOR LIVINGSTONE DE MÓNICA GUTIÉRREZ



Sinopsis editorial:

Agnes Marti es una arqueóloga en paro que se ha mudado a Londres en busca de una oportunidad laboral. Una tarde, desanimada y triste por su poco éxito profesional, tropieza en el corazón del barrio del Temple con el pomo de una puerta en forma de pluma, el sonido de unas lúgubres campanillas y el hermoso rótulo azul de Moonlight Books. La librería, regentada con encantador ceño fruncido por Edward Livingstone, debe su nombre a un espectacular techo de cristal que permite contemplar la luna y las estrellas en las noches despejadas. Intrigada por la personalidad y el sentido del humor del señor Livingstone, Agnes decide aceptar la oferta de convertirse en ayudante del librero mientras continúa su búsqueda de trabajo. El té de la tarde en el rincón de los románticos, las visitas de Mr. Magoo, las conversaciones con la bella editora de Edward, las cenas junto a la chimenea del Darkness and Shadow y la buena lectura convencerán a Agnes de que la felicidad está en los pequeños detalles cotidianos. Pero aunque Moonlight Books podría parecer un oasis de paz en el acelerado Londres, las extrañas campanillas de su puerta daran paso a los sucesos más inesperados: una noche de tormenta, el inspector John Lockwood...

Una comedia muy feelgood, con un toque Wodehouse irresistible.

Mi sinopsis:

Existe una librería en el Temple londinense, de suelos de madera, escalera de caracol y un impresionante techo de cristal desde el que se pueden contemplar la luna y las estrellas en las noches sin nubes. Admite escritores residentes, niños abandonados con nombre de huérfanos literarios, editoras arruinadas y enamoradas, ancianos sastres, jóvenes arqueólogas exiliadas y policías poco cuidadosos con las campanillas de la puerta. Al frente de ella está el señor Livingstone, un librero con aire decimonónico que finge tener mal carácter. De todos es sabido que en Moonlight Books eso es imposible. En este extraordinario oasis de paz solo hay sitio para que las buenas gentes encuentren feelgood porque, ¿de qué otro modo podría compensarse a los lectores por todos los problemas y las malas noticias con las que lidian a diario fuera de los libros?

Mis impresiones:

Todos los que atravesáis el espejo sabéis que no suelo rehacer las sinopsis de las novelas. Hoy, sin embargo, me salto esa premisa porque la novela la ha escrito Mónica Gutiérrez. Es mi pequeño homenaje a lo que ella hace en su blog (espero haber estado a la altura), que siempre escribe una nueva sinopsis de las novelas, algunas mucho mejores que las originales. Pero también lo hago por otra razón: creo que la librería es la verdadera protagonista de esta novela y me apetecía centrar el foco en ella más que personalizarla en cualquiera de sus maravillosos personajes. Son todos protagonistas en su momento, en sus escenas, pero quien realmente destaca en sus páginas es ese espacio mágico que se esconde entre las estanterías de Moonlight Books.

Hace un par de años leí una antología: La librería a la vuelta de la esquina. En ella, un montón de autores se reunían para hacer un homenaje a las librerías, ese sitio tan mágico para lectores y escritores. Una de las librerías que aparecía, creada por Mónica Gutiérrez, era Moonlight Books. En cuanto me sumergí en su cuento, El té de los viernes en Moonlight Books, y sonaron las campanillas de la puerta me sentí dentro de ese mundo único que es capaz de crear Mónica con sus palabras.

Recuerdo que me dio mucha pena que ese relato se acabase tan pronto y le dije una cosa: "Esta librería se merecería una novela". Bueno, no sé si fui así de literal, pero estoy segura de que lo hablamos. Por eso, al ver el libro, sonreí. Cuando volví a entrar hace unos días a Moonlight Books e hice sonar las campanillas (antes de que se las cargase John), me sentí muy feliz. Lo había hecho, al final Mónica había escrito una historia para la librería. Tenía algo que contarme que transcurría bajo esa cúpula desde la que se pueden ver las estrellas en noches despejadas, a la que se llega por la escalera de caracol, acariciando la barandilla de madera pulida...

(Suspiro)

¿Os he dicho alguna vez que mola mucho tener amigas escritoras? Son capaces de hacerte feliz sin ni siquiera estar cerca de ti. Estoy segura de que no fui la única que se lo pidió, ni siquiera fui la primera, pero no quiero que nadie me saque de mi error. Quiero creer que me hizo caso y que este libro está aquí, aunque sea un poquito, porque cerré los ojos y pedí un deseo a una de esas estrellas fugaces que se pueden ver desde Moonlight Books surcando el cielo del Temple londinense (y quizá contó algo que se lo dijera en un mensaje).

(Aprovecho para decirle a cualquier otra amiga escritora que tenga, que le haya pedido que escriba una historia, que sigo esperando. A los escritores no se lo digo porque no me hacen ni puñetero caso, son más suyos.)

¿Qué vais a encontrar en esta novela?

Muchas cosas. La primera, una maravillosa ambientación de esa librería que debería existir de verdad. Y Londres, con la lluvia como telón de fondo, que se convierte en un personaje más. La ciudad posee unas condiciones climatológicas únicas para que Mónica, una enamorada del invierno, la traslade a su novela y a nosotros nos transporte a ella. Serán constantes las referencias a sus barrios, monumentos, parques y callejuelas, haciéndonos sentir como si paseáramos por la ciudad.

Por otro lado, son muchas citas literarias insertadas en la narración, muchos giños para lectores que me han hecho sonreír. Es muy interesante cómo ha sabido insertarlos en los diálogos y cómo es capaz, sin ser inglesa, de transmitir ese humor tan peculiar que tienen los británicos. Esta novela es literaria por todas partes, por cómo está escrita y por ese mundo de los libros que a los apasionados de las citas literarias, como lo soy yo, no se nos escapan.

¿ Y los personajes? Ya os he dicho algo al principio. Supongo que lo típico en otros géneros, en el feelgood no tiene importancia. Nos importan sus pequeñas historias, su día a día más que una gran historia sorprendente. No hay un foco único, un personaje al que persiga cada palabra de la trama y que destaque por encima de los demás. El señor Livingstone es quizá el que está mejor retratado, es el dueño y parte de la librería, y de su carácter gruñón sabemos porque lo nominan a un premio, porque en realidad, cuando lo conocemos, es imposible no quererlo. Pero sucede lo mismo con Sioban, incluso no podemos odiar del todo a la madre de Oliver, la señora Twist, por mucho que deje a su pequeño, que sueña con ser astrónomo, todas las tardes abandonado en la librería.

El protagonismo se lo da la sinopsis a Agnes Martí, una barcelonesa, arqueóloga en paro que acaba en Moonlight Books por aquellas cosas del destino. Y también a John, un atractivo policía que investigará la desaparición del diario del doctor Livingstone. Incluso la señora Dresden, que llega cada lunes renegando del libro que compró el lunes anterior, o el sastre que recuerda a Mister Magoo hasta en la manera de hablar.

¿La recomendaré? Ya lo he hecho. Porque siempre hay momentos en los que apetece apretar un libro contra el pecho y suspirar pensando en lo hermoso que es lo que nos cuenta, porque es necesario perderse en una escritura que no puede sonar más dulce y afinada. Porque, cada vez más, este mundo loco necesita feelgood.

Y tazas de té caliente.

Y alguien que te regale un paseo privado por el British en plena noche de Navidad.

Porque, como dice al final el señor Livingstone, esta novela está escrita para disfrutar el camino.


lunes, 6 de noviembre de 2017

EL DOMADOR DE NUBES DE PILAR FERNÁNDEZ SENAC



Sinopsis:

En Septen necesitan al Domador de Nubes, sólo él puede ayudarles a recuperar lo que han perdido.

Él cree que es un trabajo más, que tan sólo deberá enseñar a sus habitantes a convivir con la naturaleza, a cuidarla. Sin embargo, todo su mundo cambiará cuando conozca a Aurora. Tendrá que enfrentarse a sus propios miedos, atreverse a sentir lo que hace mucho tiempo se prohibió, y admitir que, alguien como él, también se equivoca.

Aurora conocerá un mundo diferente gracias al Domador de Nubes, pero descubrirá que el amor duele, que olvidar no es fácil y perdonar menos aún; tendrá que elegir qué vida quiere y pelear por conseguirla.

Una daga que otorga la inmortalidad, Los Buscadores de Amrit, humanos que están desde el principio del tiempo al servicio de la tierra, seres sobrenaturales, un amor profundo que debe enfrentar varias batallas y mucho más, es lo que puedes encontrar entre estas páginas. Todo ello contado con una prosa pausada, íntima y poética, con unas descripciones mágicas que te harán creer que lo que aquí lees, no es sólo una historia más.

Mis impresiones:

Descargué la novela de Pilar porque tenía un recuerdo maravilloso de Como diente de león, su anterior obra y sabía que su prosa me llevaría de la mano. Y así ha sido, durante unos días he paseado con ella por este mundo imaginario que crea para contarnos una fábula en la que confluyen una bonita historia de amor y amistad, aventuras y preocupación por la Naturaleza y el trato que le damos.

Y el intenso dilema del protagonista.

Antes de seguir quiero decir que El domador de nubes es una historia fantástica. El título me encantó, me pareció muy sugerente para una novela, aunque al principio, como es normal en mí, ni siquiera había leído la sinopsis.

¿Qué cuenta la novela? En Septen los campos se mueren de sed, la lluvia hace mucho que no los visita y, desesperados, buscan ayuda. Sando, uno de los habitantes de ese lugar que agoniza, les habla de un hombre excepcional que sabe convocar la lluvia. Lo conoció cuando era joven, cuando navegaba a bordo del Sueños. Él sabrá darle la solución que necesita a la tierra para que vuelva a ser fértil y puedan seguir viviendo de ella.

Levan acude a su llamada.

Sando no sabe qué pensar cuando le ve: Levan no ha cambiado nada desde que se conocieron. Mientras que él ha envejecido, Levan sigue pareciendo un muchacho de la edad de su hija Aurora. Levan le confiesa que tiene un secreto: es inmortal. Su capacidad para convocar a las nubes, la lluvia y la nieve, de devolverle a la Naturaleza el equilibrio, no es gratis. Por eso, cuando se da cuenta de que Aurora le gusta (y él a ella) intentará evitarla. Ser inmortal tiene un precio altísimo: ver morir a las personas que ama.

Levan decide ayudar y, en cuanto termine su labor, marcharse muy lejos para no hacer daño a Aurora y a sí mismo. Una vez reestablecido el equilibrio, se marcha. Pero el equilibrio también lo necesita su vida, así que tendrá que resolver esa parte.

La novela tiene frases muy bonitas, como he dicho antes se lee sola y, aunque no te guste la fantasía, el dilema de los personajes la hace atractiva para un público más amplio. Es una historia amable, con su llamada de atención ecologista.

Felicidades, Pilar. Te seguiré leyendo.

Si queréis ver el booktrailer, aquí.

sábado, 4 de noviembre de 2017

COMPARTIR UNA PASIÓN

Sé que el título de esta entrada del blog debería de ser algo así como: Crónica de la presentación de Un café a las seis de Pilar Muñoz en El dinosaurio todavía estaba allí (Madrid).

No podía ser, me quedaba sin aire al leer y, además, no cabe en un tuit.

Para mí la presentación empezó mucho antes de las siete de la tarde, hora a la que estaban convocados los lectores. Ver a Pilar, viviendo ella en Córdoba y yo en Segovia no es tan sencillo -aunque en los dos últimos años nos las hayamos arreglado para que suceda-, así que aprovechamos para alargar el día comiendo juntas. Se nos unieron Almudena -gracias, de verdad, eres mi GPS por Madrid, la garantía de que llegaré al sitio adecuado y no tiraré por la primera calle que se me ocurra-; Víctor Fernández Correas, que le dio una sorpresa a Pilar y Alberto González, su lector cero cero, como dice ella.

Almudena tenía algo que darnos a las dos, un detalle por parte de nuestra querida María José Moreno. No pudo acompañar a Pilar esta vez, pero nos tuvo en mente todo el tiempo. ¡Muchas gracias!


Precioso detalle de María José Moreno

Comida de trabajo de amigos.

Como nos quedaba tiempo después de comer, decidimos tomar el café en los alrededores de la Plaza Mayor, y allá nos fuimos, aunque sin Víctor, que se tenía que marchar. Sabéis que este año hay instalada una Feria del libro en ella. No sé si fue por la temprana hora de la tarde o porque la plaza es muy grande y las casetas están demasiado dispersas, pero el caso era que aquello no tenía movimiento. A esa hora solo vi a una autora firmando, algo que también me llamó mucho la atención, porque estoy segura de que muchos autores se darían tortas por estar firmando en Madrid en fin de semana. Me dije a mí misma que o esta Feria se vuelve a enfocar o poco futuro le veo. Ayer hacía magnífico en Madrid, apenas cayeron unas gotas, pero no había la fría temperatura de un noviembre normal. Debería estar lleno de gente y no era así. 

No me quiero imaginar esto en un noviembre de verdad.

Un posado en la Plaza Mayor

Un robado al lado del Mercado de San Miguel. Detrás de Pilar, un señor que se parecía a Unamuno.

Cuando se acercaba la hora, volvimos al punto de encuentro. Tengo que decir que El dinosaurio todavía estaba allí tiene bastantes cosas curiosas. La primera, que conserva la fachada del negocio que al parecer había allí en el pasado, una barbería, con un cartel trazado en los azulejos que recuerdan otros tiempos y otro Madrid. Lo siguiente, que es acogedor y coqueto, un sitio peculiar e interesante para este tipo de eventos, pero con tantos detalles particulares que necesito detenerme en alguno. Por ejemplo, que los baños son unisex -lo que me costó decidir entrar a uno-, que hay muchas estanterías con libros y unos sillones que parecen cómodos en la entrada para charlar. Conserva las baldosas de un suelo que debe de hacer más de medio siglo que no se fabrican y la decoración es personalísima, original de verdad. Pero también vi algo que no me convenció: barreras arquitectónicas que impiden que este espacio, en principio perfecto para eventos de este tipo, sea para todo el mundo.

(María, me acordé mucho de ti y de tu silla de ruedas, de haber venido habríamos tenido que recurrir a que alguien te ayudase a entrar.)

Me sorprendió mucho, la explicación de por qué los baños no tenían indicado nada con respecto al sexo, me pareció algo bien pensado y muy integrador, pero se desplomó cual castillo de naipes cuando cada dos pasos encontraba un escalón. No sé, supongo que no hay una normativa que diga que los negocios privados deben ser accesibles para todo el mundo y tampoco es que el local dé para más, pero me faltó que se hubiera pensado un poquito en las personas con dificultades motoras.

Habíamos dejado preparados después de la comida el escenario, los libros, la megafonía, así que poco más hicimos en esos momentos, hasta que la sala se fue llenando. Vaya si se llenó, dos o tres personas se quedaron fuera de pie porque no cabían. Pilar tiene lectores, no solo en Madrid sino en muchos lugares y muchos de ellos acudieron a la convocatoria. Algunos también la acompañaron desde Córdoba e incluso hubo también cuatro venezolanos. Contó con la presencia de unos cuantos blogueros y varias autoras (Marisa Sicilia, Rosa Sánchez de la Vega), y con Juan Carlos González Montes que entregó la Monteskine que sorteaba en su blog con la portada de la novela a la persona que le tocó, firmada por Pilar.

La presentación la empezó Pilar transformada en Raquel, leyendo un fragmento de la novela acompañada por música. Después la presenté yo a ella y, tras hacer un breve repaso por el resto de novelas que componen su biografía literaria, pasamos a hablar de Un café a las seis.

Decidí hacerle preguntas.

Mientras preparábamos lo poco que preparamos -es lo bueno de conocerse bien-, le dije que intentaría ser breve. Era su día, su novela, así que el protagonismo lo tenía que tener ella, así que busqué las palabras precisas para darle pie a que nos contara lo que quisiera. Animé al público a que preguntasen y la verdad es que son magníficos, porque lo hicieron. Entre todos, la novela fue puesta en primer plano, sin hacer spoilers porque aún hay gente que no la ha leído, pero también hablamos de Amazon, del concurso en el que ha participado destacando los dos meses que ha durado, de la autoedición, de cómo está la literatura actual y de nuestra forma de encarar las novelas, de ese pequeño grupo de autores que hemos ido creando casi sin darnos cuenta a nuestro alrededor y con el que colaboramos en todas las fases de creación de la novela. Hace cinco años se hablaba hasta en la prensa de la generación kindle, algo a lo que yo no veía más nexo de unión que el haber publicado en la misma plataforma a la vez. 

Ayer me di cuenta de que quizá nosotras pertenecemos a una generación, pero de esas que lo más probable es que no salgan en los libros de texto: un microcosmos literario de media docena de nombres unidos por lazos de amistad, preocupaciones comunes, edades próximas y que están publicando de manera simultanea. A veces con editorial, a veces no. Que han descubierto que presenciar la creación de tu propia novela es como un milagro, pero tener la oportunidad de ser testigo de excepción de la de otra persona lo es aún más.

La presentación la cerraba yo, tomando la voz de Raquel, leyendo un fragmento en el que se podía entender por qué la novela se llama Un café a las seis. Sin embargo, hay cosas que tú las planeas y después vuelan libres, y tras esa lectura siguieron las preguntas, como si no quisiéramos terminar ese momento mágico que estábamos viviendo.

Pero se tuvo que acabar, Pilar tenía que firmar libros y repartir esa sonrisa que se le puso en el rostro y que no se borró en ningún momento del día.

Después tomamos algo y nos despedimos, quizá con el pellizco en el estómago de saber que en muchos meses ninguna de las tres brujas (María José Moreno, ella y yo) tenemos un proyecto literario que presentar, que pasará algún tiempo hasta que nos llegue la hora. Confiamos en Víctor para que sea él quien tome el testigo esta vez y nos dé una excusa para sacar las escobas y volar para estar a su lado.

Me voy a tomar un respiro de eventos pues, un descanso que no tiene fecha de retorno. Un relax que iré extendiendo a todo menos a escribir. Es que tengo una historia a medias que me está gustando mucho y tengo que terminarla, creo que me podréis entender.


Una foto con la novela protagonista

Delante del dinosaurio




domingo, 29 de octubre de 2017

¿ERES ESCRITOR?


Escribir es un acto solitario de introspección, paciencia, tiempo y calma. Es un acto privado, íntimo y al que no le hacen falta espectadores hasta que se llegue al final del proceso de creación de la novela. Con esto no quiero decir que si tienes una persona de tu más absoluta confianza y con la que tienes una relación personal íntima, no le dejes ver en algunos momentos fragmentos de tus progresos. Puede ser bueno, útil y motivador, pero no es necesario en las primeras etapas.

Es más, creo que es hasta contraproducente.

¿A qué primeras etapas me refiero? Pues a los más o menos veinte años que se necesitan para llegar a medio dominar las herramientas de la escritura -palabras, ortografía, sintáxis, manejo de los signos gráficos- y a leer los libros que debe incluir en la maleta nuestro subconsciente.

Viene muy bien que nos haya pasado la vida un poco por encima.

Y mejor si has viajado, has bebido y comido en muchos lugares, porque entonces serás rico en paisajes, en olores y sabores que trasladar al papel.

Es esencial haberse enamorado y también conviene saber qué se siente cuando no te corresponden.

Hay que haber sentido el pellizco físico del dolor, la alegría en el alma, esa que te desborda cuando la vida te premia. Haber llorado por las cosas perdidas y por aquellas que mereciste perder.

Haber aprendido a ver.

Haber aprendido a escuchar.

Uno es escritor cuando, tras todo eso, escribe por pasión y publica. Pero hace falta más. Por ejemplo, saber que borrar es tan importante como guardar, que emocionar no es opcional, que es una responsabilidad que tus palabras se conviertan en cosquillas en los corazones de personas que ni siquiera te conocen.

Supongo que cabe preguntarse cuándo no es escritor, y voy a deciros lo que a mí me parece. Uno no es escritor cuando no ha escrito nada. No es escritor cuando se sienta sin planificar y solo llena páginas y páginas, sin brújula o sin mapa. O sin ninguno de los dos. Uno no es escritor cuando no es capaz de borrar una palabra porque todas sus frases le parecen el colmo de la maravilla. Uno no es escritor cuando dedica más tiempo a decir que es escritor que a serlo.

Uno no es escritor solo porque su nombre se haya impreso en la portada de un libro.

lunes, 23 de octubre de 2017

QUERIDO JOHN




Me acabo de asomar a tu catre y he visto que descansas. Se oye tu respiración pausada y no he querido despertarte, ahora que al fin has logrado dormir un poco. La jornada ha sido interminable y tan dura como todas desde que llegamos aquí, no pienso interrumpir este reposo que tanta falta te hace. Aquí el silencio apenas existe, solo es posible descansar a estas horas y de ningún modo quiero privarte de ellas. De día atronan las balas y los cañonazos, que se escuchan como si estuviéramos en primera línea de la batalla cuando el viento sopla del este. De noche, el aire se llena con los gemidos y los gritos de quienes nos llegan con la metralla sumergida en sus entrañas. Solo existen estos extraños minutos de paz y silencio hasta que Megan y Liz llegan con la ambulancia. A mí en estas horas los que me abruman son mis propios fantasmas. No se callan, aprovechan para torturarme, como si no fuera bastante tortura sobrevivir en el infierno. Me privan de ese descanso con el que te has encontrado hoy tú.

Esta madrugada pienso en ideales en los que ya no creo, en esa patria con la que nos vendieron un pasaje al horror. Es todo una mentira, enorme cuando el precio a pagar por defenderla son las vidas rotas que pasan cada noche por nuestras manos. Esas y las que se quedan en el barro a merced de las ratas.

Y las nuestras, que aunque menos expuestas al peligro, también se han perdido. Uno se pierde a sí mismo cuando deja de soñar.

Me decías un día que tú ya no soñabas y yo, inocente aun, te contesté que yo sí. Qué extraño y qué lejano suena. Soñaba con el sonido de un piano, con un paseo en París, con una comida con mesa y mantel. 

Y soñaba contigo... Justo lo que tengo, pero que nunca tendré. Qué paradoja, ¿verdad? Un año impregnándonos en el olor de la muerte nos ha convertido... ¿en qué?

Te tengo y ni siquiera te rozo, aunque mis manos te toquen y mi piel arda cuando la acaricias. Qué paradoja que a una descreída como yo, que reniega de que seamos algo más que un cuerpo, que no cree en ningún dios, haya acabado descubriendo aquí, donde se pierde la fe, que sí tenemos eso que tú llamas alma. Yo ahora lo sé porque siento la tuya. Me prestas cada día el alivio de tu cuerpo, me reconfortas con tus manos y tus besos, pero nunca me dejas llegar a esa parte de ti. Y siento que tu corazón está tan lejos de mí como ese Londres que ambos añoramos. 

No sé quién es ella, la que te tiene, pero créeme que la envidio. 

Ya escucho llegar a la ambulancia. Es hora de trabajar, de intentar salvar alguna vida. Destruiré esto que he escrito antes de despertarte, no es necesario que sepas que yo sí me he entregado a ti. Te he dado hasta esa parte que no creía que tuviera.

Mi alma.

Elsie.

Ypres
Junio, 1915
Puesto de primeros auxilios

lunes, 16 de octubre de 2017

MIRAR LA LECTURA CON OJOS DE ESCRITOR



Comentaba ayer con dos amigas escritoras, Pilar Muñoz y María José Moreno, que desde que escribimos vemos la lectura de una manera completamente diferente. Antes, cuando solo éramos lectoras, nos dejábamos seducir por la trama y era esa la que en gran medida condicionaba las sensaciones finales. Una historia cautivadora, un final espectacular, unos personajes con los que empatizásemos y listo.

Éxito en nuestro ánimo.

Sin embargo, desde que escribimos, muy poco a poco eso ha ido cambiando. Somos capaces de fijarnos más en la técnica, reconocemos la mano de un buen artesano de las palabras como el ebanista experto valora una pieza de museo. Los detalles, las sutilezas, las figuras literarias, todo eso que antes nos pasaba quizá un poco más de largo, ahora se hace un hueco en nuestra mente al leer y nos condiciona.

Y el decoro poético.

Puñeteras palabras, que cuando las desconoces no te dicen absolutamente nada, pero cuando eres consciente de ellas las arrastras por los libros y son capaces de tirarte abajo una lectura sin tener la más mínima compasión.

¿Qué es el decoro poético? Por si queda alguien que se libre de su tremendo influjo os lo defino: es una técnica literaria que consistente en la adecuación del nivel lingüístico a la posición del personaje. Por poner un ejemplo sencillo: un niño de cinco años tiene que hablar como un niño de cinco años.

Esto, que parece una obviedad, resulta que no es así en muchas de las novelas. De pronto te encuentras personajes que van de duros haciendo reflexiones infantiles, o personajes que se presuponen sin estudios y que hablan como si fueran filósofos con silla propia en algún sillón de la RAE. Y eso, que parece una tontería, nos destruye la lectura, porque desde ese momento somos incapaces de creernos el personaje, porque no dejamos de darle vueltas al tema y, al final, nos ha sacado de la trama principal sin que nos diéramos cuenta.

Esto es muy curioso, sobre todo cuando, después de pasarme, me doy una vuelta por las reseñas de tal o cual libro. Si son de autores desconocidos o casi desconocidos, es probable que en algún blog se haga mención a ello. Pero, ay, si se trata de gente consolidada... ¡jamás! ¿Quién podría en su tiempo estar tan loco como para reclamarle a Unamuno un leísmo? Pues ahora sucede lo mismo. ¿Cómo vamos a decir que tal autor de éxito hace que una novela nos desafine en el cerebro si todo el mundo la celebra como la obra maestra del siglo?

En fin, es lunes.

España arde por el oeste y tiene otro incendio en el este.

Y yo debería volver a la historia que estoy escribiendo. Esto solo ha sido la pausa del café.

domingo, 8 de octubre de 2017

FAROS (I)




Cierro los ojos frente al faro e imagino la historia de un barco que hoy busca su luz para esquivar las rocas. La tormenta de esta noche es de proporciones épicas. El barco está solo en mitad de las aguas, tan solo y aislado como la torre que vigila siempre desde la costa. Por su escalera de caracol sube el farero a la linterna. Se asegura de que todo funcione y, solo entonces, mira hacia ese mar embravecido que se ha empeñado esos días en mostrar su peor cara. Mientras, desde el buque, un marino ruega porque el farero esté en su sitio, vigilando que la lámpara no se apague.
Si él está ahí, será capaz superar la tormenta y sortear las rocas.
Como lo ha hecho otras veces.

#BuenasNochesConFaros