El espejo de la entrada
MAYTE ESTEBAN. Escritora. Abrí paso en España al mundo de la autoedición. Hoy publico con HarperCollins.
sábado, 28 de febrero de 2026
SEGUNDO CERTAMEN DE RELATO ROMÁNTICO MAYTE ESTEBAN
DE LAS REVISTAS DE GUERRA A ILLUSTRATED TIMES
Estoy deseando que os adentréis en el mundo de Los cerezos de Central Park. Si en La colina del almendro los acontecimientos reales se mezclan con la ficción, esta novela no iba a ser menos. He intentado que la documentación no cargue mucho el texto, porque creo que eso hace perder un poco de vista la trama principal, así que, como existe el blog, voy a empezar a contar cositas aquí.
Os hablo de las revistas de guerra.
En los primeros años 20, la guerra en Europa había terminado, aunque todavía quedara tiempo para que sus habitantes se recuperasen del tremendo mazazo que supuso la Primera Guerra Mundial.
Durante el conflicto, para cubrir el vacío de información y alentar a la población para que no desfalleciera, nacieron las revistas de guerra, publicaciones como The Illustrated War News. Supusieron casi el único camino para entender el caos que se extendía por el mundo. Vivieron su momento de mayor intensidad en los años más duros de la guerra, llenando los quioscos de diagramas de artillería y rostros de generales, intentando explicar lo que estaba pasando a miles de kilómetros.
Para 1922, esas publicaciones ya no tenían sentido. Tras el armisticio, las revistas de guerra se enfrentaron a una pregunta incómoda: ¿qué se publica cuando acaba su razón de ser? El público, agotado por años de propaganda y luto, ya no buscaba la glorificación del héroe, sino otra cosa: reconstrucción, modernidad, belleza y, sobre todo, una forma de olvidar el dolor.
Los editores más sagaces, como Bruce Ingram al frente de The Illustrated London News, entendieron el cambio de tendencia. El camino era claro: menos épica bélica y más cultura y vida. Había que aprender a mirar el mundo con ojos nuevos. The Illustrated War News, que había sido un suplemento de guerra de The Illustrated London News, dejó de publicarse en 1918, y la casa matriz giró hacia temas más amplios y cotidianos.
Es en este escenario de reinvención donde nace, en mi imaginación y en mi novela, Illustrated Times.
Esta revista es hija de la guerra, la publicación de Edward Reynolds, que tiene que ver con la resolución de La colina del almendro y que, en Los cerezos de Central Park, ha perdido su sentido (y algo más que sería un spoiler). Ya no puede vivir del pasado, así que tocará tomar decisiones sobre ella.
Cuento todo esto porque para mí Illustrated Times, mi revista imaginaria, me ayudó a entender cómo cambiaron las revistas reales tras la Gran Guerra y me permitió desarrollar una mínima parte de la trama de algunos de mis protagonistas.
miércoles, 18 de febrero de 2026
MEMORIA Y DESMEMORIA DE UN MIÉRCOLES DE LLUVIA
Una de las virtudes de la desmemoria es que te protege de los recuerdos asociados a una fecha. Buenos o malos, se pierden en el enjambre de datos que pueblan este extraño paraje de la mente donde el orden no es el rey.
Yo, 56 años casi, soy el vivo reflejo de esta aseveración.
Mi madre, 80, tiene una CPU de las que ya no se fabrican, un cerebro ordenado, capaz de registrar efemérides infinitas ante tu pasmo o el del neurólogo de turno. Ni un ictus hace año y medio ha logrado hacer mella en su extraordinaria memoria. Se acuerda de todo con una precisión tan increíble que me pregunto dónde hubiera llegado si hubiera estudiado.
Al infinito, supongo.
Pero hoy su memoria, para mí, ha sido una condena:
«Hoy hace 11 años que murió Antonio».
Lo ha dicho sin pestañear, en su ejercicio diario de gimnasia mental que también se acuerda de lo malo, y la noticia me ha sacudido, como un mazazo interno, con la misma fuerza que un miércoles de hace 11 años. He vuelto a sentirme una niña perdida y, casi al momento, he retrocedido más años aún, hasta un día de mediados de julio de 2006 cuando, sentados en un banco del tanatorio de Guadalajara, Antonio me dijo:
«Tu padre ha muerto, pero yo estoy aquí para cuidar de ti».
No tenía por qué, yo tenía 36 años, una vida armada, hijos, marido, una casa, trabajo..., pero acababa de morir mi padre y supo ver que era una niña perdida que se acababa de quedar huérfana. Y quiso convertirse en mi padre.
Cumplió con creces la promesa.
Hoy, mi madre, con su memoria de elefante ha entrado en la cacharrería que son mis recuerdos y los ha puesto del revés. Estoy extrañando a Antonio, llorándolo como si se hubiera ido esta mañana. Porque recuerdo que la vida me dio un padre extraordinario, pero después me regaló otro que no le andaba lejos y ya hace mucho que no tengo a ninguno de los dos.
Y así me pasa, que vivo naufragando todo el tiempo, buscando volver a una casa que no existe y a unos brazos que me abracen y me convenzan de que todo estará bien. Añorando la tranquilidad de un puerto seguro al que amarrarme en las tormentas que no dejan de azotarme.
Así estoy, poniendo faros por las noches, porque las anclas se me perdieron y las echo muchísimo de menos.
Hoy, mucho más.
domingo, 8 de febrero de 2026
LA LECTORA DE BÉCQUER
El año pasado, Carlos Parrilla me hizo llegar esta reseña de La lectora de Bécquer. Me pareció que me había entendido a la perfección y la guardé para convencerme, en esos momentos donde me atacase el impostor, que esto es lo que sé hace.
El otro día, la borré sin querer.
Me ha costado acordarme por qué medio la había recibido y, al final, respiré aliviada al saber que estaba en un buzón de una red social. Para que no se me vuelva a perder, me la traigo al blog, a mi espacio.
Aquí está más segura.
Me encantan las conexiones (más que obvias) que encontró con La Regenta. No todo el mundo las ha visto, pero me temo que cuanto más obvios somos, menos nos ven. ¿No os ha pasado que tardasteis en daros cuenta que Zafón le hace un homenaje a Nuestra Señora de París en La sombra del viento?
Yo tampoco lo vi, me lo ha contado mi hijo.
Aquí dejo la reseña de Carlos.
La Lectora tiene todo lo
que valoro en una novela, de no haber sido así, se hubiera quedado en el montón
de las empezadas y nunca terminadas. El tiempo de lectura es demasiado valioso
para derrocharlo, así que el haber devorado sus casi 500 páginas en 3 días ya
es toda una declaración (y mi récord absoluto de velocidad).
La novela “sube”. Empieza muy
bien – fondo y forma- y va ganando altura a medida que la trama avanza y los
personajes adquieren profundidad.
La ciudad de Segovia pasa de ser
un marco, un escenario, a convertirse en un personaje fundamental, pero no por
la localización concreta -muy cuidada sin ser abrumadora- de sus calles,
iglesias o fiestas sino por esa mezcla única de ciudad tradicional, pequeña y
maledicente (la “muralla mental” que comentan algunos abulenses), con la viveza
de los cadetes que la sazonan de
juventud y alegría. La separación de barrios y clases bajo el poder opresivo de
la decencia y el “qué dirán” aparece magníficamente reflejado.
La trama comienza con los ingredientes aparentemente
“bizantinos” de una pareja que va a luchar por su amor superando los
obstáculos, sin embargo, avanza por un camino que no me esperaba: los
protagonistas no son conscientes de su amor más que de una forma imprecisa,
instintiva, en forma de añoranza o incluso de frustración -¿resignación?- más
que de deseo. Serán los acontecimientos los que desencadenen la historia, como
si ambos conservaran unas brasas casi apagadas y hubieran necesitado el viento de
Segovia para avivarlas, sin que ninguno de los dos hubiera intentado nunca
soplar sobre ellas. Se hace esperar (pag. 303) pero finalmente ¡arde!
La novela tiene elementos no sólo
románticos (si es que se puede hablar de un prototipo), también hay una parte
de violencia, sangre, tensión, finales “folletinescos” que te dejan con el
misterio abierto (caps. 30, 35), golpes de efecto teatrales (acueducto,
cartero, pañuelo perdido), incluso retazos de humor: “Alfonso XIII les parecía
cualquier cosa menos guapo” (p. 315) o cuando se ofrece una torrija o un libro,
a elegir. (p. 50). Lo tiene todo.
Las referencias literarias
aparecen en varios lugares, la Regenta planea por toda la novela; por ejemplo, en
la pag. 352, con la repugnancia con que una chiquilla recuerda el contacto con
un hombre frente a la famosa última escena de la obra de Clarín.
Pero más allá de la trama
principal, una buena novela se descubre en las subtramas, en los personajes
secundarios. La historia de Jimena y Germán crea una base de cordialidad que
amortigua el dramatismo de algunas escenas, del mismo modo que al empezar la
novela, (pag. 13) aparece un párrafo estremecedor: el padre de la protagonista
pierde la fe después de un espantoso drama personal, sin embargo, se preocupa
por que su hija la conserve, de algún modo “añora” la fe que ha perdido. Sólo ese
párrafo sería ya el argumento de una novela. Y como éste, muchos más.
Me gustan las historias de
mujeres fuertes, resueltas, por eso me angustiaba la sumisión de Ana (y de
Mateo), incluso hubiera agradecido un desenlace “rebelde” con una fuga o un
duelo, en lugar de una solución guiada por los acontecimientos ajenos a su
voluntad. No cabe duda, sin embargo, de que los protagonistas están a la altura
y saben aprovechar esos factores. Diría que Ana solo toma la iniciativa al
final de la novela (pg. 461) para besar a Mateo sin importarle, por primera
vez, que puede pasar si alguien los descubre. Me hubiera gustado que esa Ana
despertara antes, aunque el ambiente opresivo y cerrado de la pequeña sociedad
justifica su actitud.
Los personajes van evolucionando
con la novela, ganando profundidad. La nobleza de Mateo se resume en una sola
frase. Creyendo inalcanzable a Ana, ya casada, le pregunta únicamente: “¿Te
trata bien, al menos? (P. 305)”. No cabe un retrato más sencillo, de un
solo trazo, ni al mismo tiempo más hondo.
Hasta los personajes
aparentemente negativos se redimen, confiando en que detrás del egoísmo, la
ambición o la envidia siempre queda un poso de bondad y nobleza, aunque sea con
el catalizador de la tragedia y el dolor. Ese giro de los últimos capítulos me
parece maravilloso.
Me crea cierta confusión un
trasfondo que parece contradecirse: durante buena parte de la novela se diría
que la “nobleza de estirpe” de Ana es superior, incluso biológicamente, a la de
los nuevos ricos de la fábrica de luz (p. ej. Pag. 184), en contra del modelo
más “moderno” que contrapone al hidalgo ocioso frente al que se ennoblece con
su trabajo. Sin embargo, la declaración de Laura (pag. 376) invierte ese
planteamiento. ¡Perfecto!
Los personajes y hechos reales
que refleja la novela le dan verosimilitud y consistencia, pero de forma muy
equilibrada, sin caer en el detallismo. Un gran acierto.
Como única crítica, me atrevo a
cuestionar el título de la novela, ya que las referencias a Bécquer son escasas
y quizá sin la entidad suficiente para aparecer en el título de una obra que tiene
tantos ingredientes principales. Puede suponer una distorsión del verdadero
espíritu de la novela.
Finalmente ¿quién dijo que la
literatura romántica es un género menor?
“Ana y su vestido azul
destacaban luminosos en aquel grupo de tristes comadres arropadas en gris”
(172).
“No podía saber si ese hombre,
después de tanto tiempo, sería otro y no el muchacho que creció con ella,
cómplice de sus juegos de niña, el dueño de unos sentimientos adolescentes que
no habían logrado borrar el tiempo y la vida” (232).
“Si había hambre, el hambre
era voraz. Si hacía frío, era del que congelaba las entrañas. Si existía la
soledad, era de esa que grita sin voz por las noches” (244).
“Lo había hecho, pero no era
su deslealtad lo que más la alteraba. El beso había sido la confirmación
definitiva, la ratificación de años de errores. Había ido tapando los agujeros
de su corazón, afirmándose que hacía lo correcto con mentiras, parches piadosos
que solo sirvieron para ir salvando los días uno a uno” (309).
“Sólo se oían los cascos de
los caballos que arrastraban el coche por la calle Real. El sonido rítmico de
sus pisadas parecía un reloj descontando segundos hacia esa caída a la que
estaba abocada la familia” (406).
Esto es literatura.
Gracias, Carlos. Dicho por un enorme escritor como tú, es todo un honor.

