Eso es lo que han debido pensar tres empresarios franceses: Philippe Rodriguez, Albin Serviant y Gilles Mentré.
Según leo en El País (edición digital del 25 de octubre de 2026), se ha creado en Francia un nuevo premio literario, el Premio Pascal, que busca destacar obras literarias creadas con IA.
Puede que esto nos haga volar la cabeza, pero me ha llamado la atención porque, hace unos días, un amigo me recordaba que, ante todos los avances de la humanidad, siempre ha habido un momento de transición en el que el ser humano se ha sentido amenazado y ha luchado con todas sus fuerzas para aferrarse al pasado.
O a la tradición.
Si lo analizas un poco, ¿no es un pensamiento bastante conservador?
Vaya por delante que a mí me gusta demasiado escribir y soy demasiado mandona para darle el control a nadie sobre mis escritos, menos a una máquina, pero no creo que aquella conversación que tuve y que os voy a contar vaya muy desencaminada sobre lo que nos espera.
Empezamos allá por el principio del siglo XIX cuando el movimiento ludita se dedicó a reventar cuanta máquina se encontraban porque creían que amenazaba sus trabajos. Más tarde, trabajadores agrícolas intentaron hacer lo mismo con las trilladoras, e incluso en la década de los 70 - 80 hubo un movimiento neoludita que se oponían al uso de las computadoras. Hace unos años (tres), el sindicato de guionistas de cine se puso en huelga contra la IA para defender su trabajo y los actores para que no clonasen su voz y su imagen.
Hay más ejemplos, pero los vamos a dejar en estos cuatro.
Al final, los agricultores, los luditas y neoluditas perdieron, en el presente usamos ordenadores para todo y el cine... bueno, ya veis lo que tienen nuevo en el catálogo de Netflix o Prime Video, que está llenito de historias igualitas (ya veréis cuando llegue Navidad, qué pesadilla).
Todos los que se opusieron a los avances acabaron quedándose atrás y perdiendo la batalla a su presente. Para tener un futuro se tuvieron que adaptar: mecanización del campo, robotización de la industria y ordenadores hasta en el bolsillo trasero del pantalón.
Pero cuando se trata de arte la cosa se complica; tendemos a pensar que tiene que haber un elemento humano que le dé profundidad al texto, alguien que con su alma llene esos huecos entre las palabras y te llegue al corazón o a la mente y te sacuda. Que encuentre una idea novedosa, una manera de hacer brillar los sintagmas que no se le haya ocurrido a nadie en toda la historia de la humanidad. Siento deciros que estamos en el momento de la Historia en el que más personas están escribiendo y lo de ser original se está poniendo un pelín complicado. Y además, inútil, porque hoy, para trascender o salir en la Wikipedia lo que hay que hacer es el gilipollas en redes.
Por eso, aunque llame la atención que a alguien se le haya ocurrido premiar la interacción humano-máquina para crear una historia, no me parece tan extraño. Y no solo por el hecho ese de unirse al enemigo, sino porque tengo la sensación de que esto es tan imparable como la mecanización del campo o la robotización de la industria.
Esto no significa que esté de acuerdo.
Me encantaría que se siguiera escribiendo con alma humana, pero si no se hace, al menos quiero que no me engañen, que me digan que ha sido una colaboración. El Premio Pascal nace con una premisa según El País: "¿qué constituye una obra de literatura cuando el autor y la máquina colaboran?".
A mediados de diciembre nos enteraremos de si el experimento funciona.
Mientras, yo seguiré escribiendo en mi portátil, porque escribo mucho más rápido que a mano, pero con una vela, por aquello de la nostalgia de los viejos tiempos.