lunes, 11 de septiembre de 2017

HOY HE SOÑADO CONTIGO

Hay sueños que dejan la huella de una historia. A veces loca, a veces cuerda, a ratos inconexa y otros tan clara que te parece que son más ciertos que la misma realidad.

Otros, ni siquiera recuerdas qué paso. A medida que te despiertas, las imágenes se vuelven difusas, las palabras se esconden en algún lugar inaccesible de la mente y es imposible rememorar qué fue lo que has soñado.

Hoy ha sido uno de esos días.

Si me lo pregunto, no puedo saber qué sucedía en el sueño que estaba teniendo justo antes de despertar por la mañana. Ni un registro de dónde estaba, ni de la secuencia de los hechos. Nada. Como cada día se ha ido borrando poco a poco y, pese a mi esfuerzo por recomponer la historia, esta se ha perdido en el laberinto de lo que no recordamos.

Menos un detalle.



Sé quién estaba conmigo en ese sueño. Puedo recordar su tacto, sus piernas gorditas, sus manos diminutas y su leve peso encajado en mi cintura, pues lo llevaba cargado en brazos. Eso es lo que recuerdo. Mi bebé. Hoy, pese a estar dormida, he sentido plenamente su olor de niño. Ha sido como si esta noche hubiera abierto el almacén de la memoria por una estantería del año 2000 y me lo hubiera traído conmigo, en una explosión de sensaciones que han sido tan vívidas como si fueran reales.

Si cierro los ojos y me concentro, todavía siento en mis manos la suavidad de su piel.

No puedo recordar mi sueño, pero llevo todo el día arrastrando su nostalgia, mirando al joven (guapo, alto, moreno) en el que se ha convertido y recordando ese bebé sonriente y feliz que me miraba como si no hubiera nadie más importante en el mundo. Que se dormía solo entre mis brazos y que se ponía histérico si lo soltaba.

Hoy he soñado contigo, hijo.

Quizá he soñado que volvías a ser pequeño porque me cuesta mucho aceptar que te haces mayor. Que un día, no tardando mucho, te acabarás marchando de casa.


viernes, 8 de septiembre de 2017

LA LUCHA DE JAN DE LAURA SANZ



Sinopsis:

Han pasado ocho meses desde que Jan Landvik, antiguo campeón de MMA, se vio forzado a tomar una decisión: entregarle un año de su vida a Bajram Sejdiu, participando en su circuito de peleas ilegales para poder hacerse cargo de las deudas de juego de su hermano pequeño. Siempre dispuesto a sacrificarse por los que ama, no contaba con que esta vez el precio a pagar iba a ser muy alto… demasiado alto.
Inmerso en esa nueva y destructiva forma de vida, alejado de su familia, endurecido por las circunstancias y tratando de sobrevivir en un ambiente violento… Jan ha comenzado a convertirse en un hombre sin escrúpulos.
Pero el destino, a veces ingrato a veces cruel, va a poner en su camino a una mujer  que necesita desesperadamente ser rescatada.
Y eso… va a cambiarlo todo.

Mis impresiones:

Sabéis que Laura Sanz y yo compartimos origen alcarreño, por lo que nos hemos visto algunas veces y tenemos buena relación, pero voy a decir una cosa: la odio. Escribe unas historias tan envolventes que hace que cuatrocientas y pico páginas te sean más fáciles de leer que cien de otros autores. Que te den las tantas de la madrugada -cuando al día siguiente hay que madrugar- y tú sigas ahí, pegada a estos personajes que se saca de la manga, de los que es imposible no enamorarse.

¿No os parece odiosa?

Hace que cuando leo lo que escribe se me olviden la hora, las prisas, las citas, dormir, planchar... contribuyendo a que mi vida se vuelva aún más caótica de lo que ya es por sí sola.

Y eso que yo la leo con un handicap, el del lector cero que tiene que estar atento a la forma, a que los giros en la trama no se metan en laberintos, a que no haya cabos sueltos o momentos en los que la verosimilitud se tambalee. A que ninguna la palabra se tome la libertad de significar a su antojo o que ninguna letra equivoque su lugar. Es igual. Ni siquiera eso es capaz de frenarme y a veces me he tenido que dar la vuelta para revisar alguna escena en la que literalmente se me había olvidado que esa era mi misión.

Solo estaba disfrutando de lo que me había puesto ante los ojos.

Leí esta historia tiempo antes de que se publicase y desde ese momento supe que la reacción que iban a tener las lectoras de este libro sería tal y como ha sido: espectacular. Derechito al número 1 sin trampa ni cartón, sin más estrategia que la de escribir una buena historia y hacerlo respetando profundamente al lector. Corrigiendo hasta la extenuación y ofreciendo un producto de calidad. Laura, en eso es como yo, es perfeccionista hasta la médula y siempre quiere aprender. Y es una esponja.

¿Pero qué cuenta La Lucha de Jan?

Esta novela es la segunda de la trilogía de los hermanos Landvik. El protagonista es Jan, el mayor de todos. En La historia de Cas lo conocíamos y, contrario a lo que sucedía con Till, el pequeño, dejaba buenas sensaciones. Ganas de saber mucho más y de lo que le depararía ese futuro que tenía pensado Laura Sanz para él. A pesar de su aspecto, tatuado, rapado, con rastros en el rostro de haber sido luchador, Jan emanaba humanidad. Por culpa del pequeño Till, en la primera novela se veía obligado a saldar una deuda.

Todo para proteger lo que él considera más importante: la familia.

Jan es conocido como Eismann en el circuito de MMA, un hombre tan frío como su apodo, pero eso es algo que cualquiera que lo conozca un poco sabe que no es más que una pose, que se refuerza por su físico imponente. Además de luchar, para terminar de una vez por todas con su deuda decide actuar como matón a sueldo. Un día, en el club de Bajram Sejdiu, se encuentra con una mujer que le cautiva. No sabe hasta qué punto Oksana Novalnyova va a jugar un papel decisivo en su vida y cómo una ucraniana de 20 años se colará en el corazón de este solitario alemán de 34. Ese día solo es capaz de pensar que le recuerda a Blancanieves (en alemán, Schneewittchen).

Cómo acaban juntos no os lo voy a contar, hay que leer. Para el personaje femenino será una experiencia difícil y para él, además, sorprendente. Oksana es dura, no derrama una lágrima y esa fortaleza conmueve y cautiva a Jan, que es muy protector. No necesita mucho tiempo para darse cuenta de que por ella será capaz de hacer cualquier cosa.

Y hasta aquí puedo leer... digo escribir...

Laura lo cuenta muy bonito, introduciendo las descripciones justas que sitúan al lector y los diálogos que nos permiten conocer a los personajes por sus acciones. Dibuja el ambiente sórdido de los clubs y utiliza como temas de fondo la trata de blancas y las luchas clandestinas. La autora usa dos narradores, uno para lo que es la novela y otro para el diario de Oksana, donde realmente iremos conociendo a este personaje en profundidad. El diario, como todo diario normal que se precie, está en tercera persona y con partes en presente y otras en pasado. La narración del resto de la novela se la deja a un narrador omnisciente en pasado.

¿Por qué os recomiendo leerla?

Si vuestro género es la romántica, porque hace soñar. Porque a pesar de la dureza de algunas escenas, tiene otras muy bonitas y sin necesidad, en ningún momento de echar mano del bote de azúcar. Y está bien escrita, eso no me voy a cansar de decirlo. Hay una evolución en Laura Sanz, de novela en novela, que me está encantando ver en primera persona.

Y también os recomiendo que la compréis, no la pirateéis, por favor: Laura tiene que alimentar a tres gatos.

Podéis conseguirla aquí.




martes, 5 de septiembre de 2017

HASTA QUE LLEGASTE A MI VIDA DE BEATRIZ MANRIQUE



Sinopsis:

Charlotte Gallagher se encuentra en un baile ante la mirada de los demás invitados y de la poca familia que le queda. Su hermanastro Edward quiere obligarla a casarse con un hombre al que no ama mientras la presiona para que finja estar feliz ante su inminente compromiso con lord Sidmouth. Charlotte se siente sola y atrapada. No tiene a nadie a quien acudir y le horroriza la idea de contraer nupcias con un hombre al que desprecia. Desesperada, se aleja de la gente en busca de un respiro y, sin esperarlo, se encuentra con Alonso, un agente español al que no dudará en utilizar para alcanzar su ansiada libertad.

Una novela ambientada a finales de siglo XIX entre España y Estados Unidos, en la que se respira el ambiente del Madrid decimonónico y en la que el amor tendrá que luchar contra la desconfianza, el espionaje y los intereses personales.

Mis impresiones:

Antes de empezar este comentario quiero hacer un pequeño inciso. Si os fijáis, jamás pongo datos técnicos de las novelas que atraviesan el espejo. Eso tiene una intención, la de no hacer ninguna distinción entre novelas autoeditadas y novelas que llevan detrás un sello editorial. En ambos casos se pueden encontrar buenas y malas novelas, pero en el espejo no. En el espejo, en mi espejo, solo las que a mí me satisfacen. Y eso, desde luego, es independiente de los avales con los que vengan.

Dicho esto, empiezo con la novela de Beatriz Manrique.

La llevo viendo desde que se publicó, pero no fue hasta el otro día, cuando HQÑ puso 109 novelas en oferta (incluidas dos mías) cuando la compré. La verdad que fue a la desesperada, porque llevaba a mis espaldas una decena de abandonos (bueno, en medio leí un relato que descargué gratis y solo lo leí porque era corto, porque malo era un rato). Cuando vi esta novela en Twitter me acordé de que hacía tiempo había leído la sinopsis y me había llamado la atención y no lo pensé más.

Descargué la muestra...

Ya, ya sé que es lo que debería de haber hecho con las otras, pero a veces no controlo mis impulsos, hago cosas sin pensar aunque sepa que pueden traer consecuencias (negativas), pero qué le vamos a hacer. Estoy viva y a veces voy con tanta prisa que se me olvida lo básico. Después de tanto abandono, recordé que esto se puede hacer, así que allá fui.

No llevaba ni dos páginas cuando me di cuenta de que, con Hasta que llegaste a mi vida no habría sido necesario tomar precauciones. La narrativa de Beatriz está a años luz de todo lo que había leído esos días. La historia me resultaba atractiva y, sin darme cuenta, había terminado el fragmento. La compré desde el mismo kindle y continué la lectura.

La historia arranca en Londres, en 1874, en un baile. Charlotte, la protagonista, quiere escapar de una situación incómoda, el matrimonio de conveniencia que ha planificado su hermanastro con lord Sidmouth, un hombre al que detesta con todas sus fuerzas y que es mucho mayor que ella. Charlotte, desesperada, encuentra en Alonso, un espía español que está en la fiesta porque recaba información para los partidarios del príncipe Alfonso (futuro Alfonso XII) para que este ingrese en la Academia Militar británica de Sandhurst. Alonso es comprometido por Charlotte y, para mantener el honor, solo tiene dos opciones: batirse en duelo con Eduard, el hermano de la muchacha, o casarse con ella. No os cuento qué es lo que hace que se decante por el matrimonio, es mejor que lo descubráis.

La relación entre los dos protagonistas no empieza bien. Él está dispuesto a hacérselo pasar mal, porque con el chantaje le ha tirado su vida personal (complicada) y ella tampoco es que sea muy simpática con su marido, pero están dispuestos a aguantar un tiempo juntos y, pasado este, solicitar la nulidad por no haber consumado el matrimonio. Sin embargo...

Lo leéis.

Me ha hecho disfrutar, es ágil, hay pinceladas de la historia de finales del siglo XIX en España y escenarios que recorren Gran Bretaña, Madrid y Boston. No me ha durado apenas y me ha dejado buenas sensaciones y ganas de leer algo más de Beatriz. Me han recomendado encarecidamente Un sombrero en el corazón, así que haré caso.

Si os apetece, está en oferta durante este mes. En Amazon por 0,94€. Lo podéis conseguir aquí.

sábado, 2 de septiembre de 2017

PREMIO ROMANTIC EDICIONES

Ayer me enteré de que el II Premio Romantic, de Romantic Ediciones había quedado desierto. En un escueto comunicado, que podéis leer aquí, se daba la noticia.

No es la primera vez que un premio de novela romántica queda desierto, de hecho, si no recuerdo mal, pasó lo mismo con el Titania. Esto me ha hecho pararme a pensar qué es lo que está pasando. ¿Cómo es posible que un género en el que cada vez se publica más convoque premios que al final quedan desiertos? ¿No es un poco extraño? ¿No es contradictorio? ¿No debería ser lo contrario, que costase encontrar un ganador entre tanta novela escrita?

El año pasado leí varios post en los que se especulaba con que el problema era la dotación económica. Se decía que esa podía ser la causa de que el premio se dejase desierto. Quizá si era demasiado alto y por otras ediciones habían constatado que no se recuperaba la inversión con las ventas, la editorial hubiera preferido dejarlo desierto y no arriesgarse a perder dinero. Es un pensamiento lógico, al fin y al cabo el mundo editorial es, ante todo, un negocio. Si no cuadran las cuentas, si se pierde dinero, el invento se va al garete. No está el mundo para tirar cohetes ni dinero por la ventana. Por tanto, aquellos rumores tenían una base razonable en la que apoyarse, aunque a mí no me consta que fueran más allá de eso: rumores. Se extendieron, pero ya se sabe, "la verdad es siempre menos interesante que una mentira bien adornada", así que lo dejé ahí, en el baúl del millón de cosas que leo al mes, sin darle mucho crédito.

Sigo sin dárselo del todo, que conste, pero supongo que el decir que es culpa del dinero deja de lado la otra posibilidad, la que a mí me parece mucho más real. La que tiene que ver con el talento. Ayer, al leer el comunicado de Romantic, pensé más en calidad. Siento con toda mi alma decirlo, pero creo que cada vez hay menos en el género. Las historias se repiten y, al menos para mí, falta también escritura. Es verdad que a muchos lectores parece últimamente que la calidad les importa muy poco, pero las editoriales tienen un prestigio que mantener. Un listón mínimo, un nivel que, de bajarlo, repercutiría en el resto de su catálogo. Entiendo que se opongan a que este descienda. Que no publiquen a cualquiera y que tampoco premien sin estar seguros del todo de que eso no será mala prensa para ellos.

Os voy a contar algo.

Hace un par de años fui invitada a hablar en una mesa sobre premios literarios. También hay otro rumor que dice que siempre están dados de antemano. En eso yo tengo que decir que, por lo que a mí respecta, a mí no me conocía ni Dios, así que no sé por qué me lo iban a dar cuando quedé finalista en el HQÑ. De eso se habló mucho tiempo en esa reunión, de "enchufes", pero en esa mesa no se habló de otra cosa de la que yo sí quería hablar. No lo hice porque me advirtieron de que, de hacerlo, podría repercutir en las ventas de mis libros. Iba a tocarle las narices a algunos egos, en este mundo hay muchos y yo tenía una novela en lo más alto de todos los tops. No convenía dañarla, pero ahora no estoy en esa situación, así que creo que ya es tiempo de hablar. Quería hacerlo porque creo que es la causa de que estos premios se queden desiertos: hay que ser mucho más críticos con nosotros mismos. Parece una gilipollez, pero me estoy encontrando con que no lo es, que la crítica siempre es hacia los demás, pero no sabemos ver vigas en nuestros ojos o transatlánticos del tamaño del Titanic. Eso si, una mota en el ojo de otro la vemos como si llevásemos un microscopio de aumento y corremos contarlo. Sobre todo en Goodreads...

Si vamos a presentarnos a un concurso, lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos si la historia la leeríamos de no ser nuestra o la dejaríamos en la página tres. Yo he sido jurado muchas veces, sobre todo de relatos, y he alucinado con lo que te encuentras. ¿Cómo puedes pretender ganar un premio si el sujeto de la primera oración lo pones en singular y el verbo en plural? ¿Cómo puñetas crees que vas a llegar lejos si confundes la uve con la be? Eso lo he visto, me han fallado haches y otras se habían evaporado y, lo siento, pero un escritor tiene que manejar sus herramientas, las palabras. Si no lo hace, a mí ya no me vale, por mucho que la historia que me cuente sea hiper mega súper bonita: ya no hay magia. Ya no hay premio. Yo no puedo, mi conciencia me lo impide, premiar a alguien que no sabe distinguir lo básico (ojo, no hablo de erratas, sino de errores, de los gordos, de los que hacen sangrar los ojos. Una errata se le escapa a cualquiera).

Creo que es ahí donde hay que buscar ese premio desierto y donde hay que pararse a pensar qué es lo que ha pasado. Y para quienes se hayan presentado y no han pasado la criba, con más razón, porque han sido leídos por profesionales. No vayáis corriendo a Amazon a publicar la novela, dadle una vuelta.

Os estaréis haciendo un favor, y de paso un favor a este género.

LIMPIEZA DE KINDLE



Hace unos meses, lo que he estado haciendo esta noche me habría causado un tremendo cargo de conciencia. Sé que escribir una novela lleva su tiempo, un esfuerzo enorme para que todas las piezas del puzle que la compone acaben encajando. Lleva, además, sueños, esperanzas, deseos que a veces llegan desde la infancia.

¿Quién soy yo para desmontar los sueños de nadie?

Por eso no hago reseñas negativas, porque no me siento con la suficiente autoridad como para tirar de un plumazo el trabajo de otro. Lo que leo y no me convence me lo guardo y en ese silencio está mi crítica: mejora. No hay más, porque aunque yo pueda saber dónde están los fallos de cada libro, no soy quien para dar lecciones a quienes no me las han pedido. Pero ayer, después de acumular diez fracasos lectores, decidí que una cosa es hacer una crítica en público y otra muy distinta ser condescendiente en lo privado. Ser demasiado buena incluso para no tomar la decisión de borrar de mi kindle algunos libros que no se merecen, por supuesto, ese calificativo. A lo sumo son textos escritos. Punto.

Ayer me harté de empezar historias sin pies ni cabeza y he tomado una decisión. Ya no le pienso dar un 10% de cortesía a nada. Mi cortesía se acaba en la página tres y, en casos extremos, como los que me encontré ayer, incluso en el primer párrafo. No pienso leer a un narrador que no sabe nada más que soltar frases hechas, o a otro que no se ha tomado la molestia de suprimir repeticiones. Me niego a perder mi tiempo con escritos que ni siquiera han pasado el corrector ortográfico del procesador de textos (hay que ser vago para no pasárselo y tener una cara impresionante para publicarlo encima). Mi tiempo vale más que el tratar de entender una historia que se va contradiciendo párrafo tras párrafo, o aquella otra que se agarra como una garrapata a los clichés del género porque sabe que hay gente que compra libros (y los lee) que no es capaz de soportar que no le cuentes la misma historia de siempre cambiándole los nombres a los personajes. ¿Para qué vamos a esforzarnos en ser originales? ¿Para qué vamos a escribir un poquito bien? (No digo que lo llenemos todo de adjetivos, eso no es escribir bien, eso es ser un novato y no saberlo. Hablo de claridad, de que seamos nosotros los que dominemos a las palabras y no ellas las que acaben llevando al lector al abismo de la desesperación porque no entiende nada).

Yo ya no tengo más paciencia.

Para leer la misma historia una y otra vez, leeré lo que ya leí y me gustó y dejaré de perder el tiempo.



martes, 22 de agosto de 2017

LA CONFIANZA



Paseó sus dedos por el jarrón de la entrada, mientras aguardaba a que Ana se terminase de vestir en la planta de arriba. Su amiga era así,  jamás era capaz de estar preparada a la hora que quedaba. Clara casi había olvidado la rutina de esperarla mientras se maquillaba, aunque la verdad era que no le importaba mucho. La tardanza de Ana compensó a Clara muchas veces. Todos los chicos se volvían para admirar su exótica belleza en cuanto entraban en los locales de copas y eso siempre había sido genial porque cada noche solo podía decidirse por uno de ellos. Entre el montón de rechazados siempre quedaba alguno que acababa charlando con Clara y se convertía en su conquista del fin de semana.

Sin haberse esforzado nada.

No era que Clara no fuera guapa, pero le daba mucha pereza pasarse el tiempo decidiéndose por un modelito y no tenía ni idea de maquillarse con el estilo de Ana. Junto a ella apenas llamaba la atención. Prefería recoger lo que su amiga iba descartando, sin importarle demasiado. Así, una noche, había conocido a Rafa, un tipo interesante con pinta de intelectual despistado que había cambiado su vida. Ana se decantó por un rubio alto, de cuerpo musculoso y ojos verdes, y Rafa acabó siendo consolado por Clara. Entre ambos surgió una historia que llevaba casi un año de recorrido. Esa noche, Ana le había pedido a Clara que recordasen viejos tiempos y había quedado con ella de nuevo. Le pareció buena idea porque llevaba varias semanas sin salir apenas. Rafa estaba preparando unas oposiciones que se aproximaban y muchos fines de semana se excusaba con ella, que no tenía más que hacer que leer un libro o ver alguna película en la televisión.

El plan de Ana llegó como algo inesperado, unos momentos de diversión que le estaban haciendo falta.

Clara seguía acariciando aquel jarrón, cuando notó en la yema de su dedo una pequeña irregularidad que apenas se veía. Acercó la cara a la superficie y allí estaba, una señal diminuta de que en algún momento se había roto y alguien se había molestado en pegarlo, poniendo todo su empeño en minimizar el daño.

Sonrió.

Apenas se veía, pero era innegable que aquel hermoso adorno se había roto alguna vez.

En esos pensamientos andaba sumida cuando Ana bajó las escaleras, tan elegante como siempre. Su plan era ir a cenar a un restaurante, para contarle algo importante, y después ir a tomar un par de copas. Le había prometido que aquella noche de invierno no habría chicos, que estarían juntas unas horas y después se irían a casa como niñas buenas. A Clara le pareció bien, al fin y al cabo ella tenía a Rafa y ya había pasado el tiempo de hacer tonterías.

"Es una sorpresa", le dijo Ana, misteriosa, cuando le preguntó cuál era el asunto que se traía entre manos.

La cena, en un restaurante del centro, fue entretenida. Se pusieron al día sobre sus trabajos y sobre lo que hacía que no se veían y estuvieron riéndose de anécdotas del tiempo en el que cada fin de semana salían dispuestas a romper corazones. Bueno, Ana rompía unos cuantos y Clara se dedicaba a recoger los pedazos de alguno de ellos. Se acordó del jarrón. Su misión era la del pegamento, unir la herida y que aquella cicatriz diminuta del rechazo no se notase. Le hizo gracia su propio pensamiento y sonrió, pensando también que aquellas historias sonaban lejanas, aunque solo hubiera pasado un año desde que no practicaban ese juego.

Ana miró el reloj varias veces y, a las diez se disculpó un momento para ir al baño a retocarse el maquillaje. Clara se quedó en la mesa y se sirvió la tercera copa de vino, jurándose que sería la última. Comenzaba a sentir los efectos de licor en su organismo y, aunque sabía que volvería en taxi a casa, no quería parecer idiota cuando no acertase a meter la llave en la cerradura. Se estaba riendo ella sola, imaginándose la situación, cuando notó que su teléfono vibraba en el bolso, que estaba colgado en la silla. Lo sacó y vio que había un mensaje. De Ana. Lo abrió y constató que era una fotografía. Ana se acababa de hacer un selfie con Rafa y tenía que haber sido en ese momento porque iba vestida exactamente igual que cuando se había levantado de la mesa. De hecho, hacía un rato que había visto ella misma la planta que tenían detrás de ellos en el restaurante.

Clara se dio la vuelta y miró hacia la zona de la entrada, donde recordó que estaba la planta. Ana le había dicho que guardaba una sorpresa. Tal vez era eso, que Rafa había decidido dejar de estudiar un poco y acompañarlas a tomar algo. Se arrepintió de no haberse puesto más guapa, tal y como había hecho Ana.

Un instante después, los ojos de Clara tropezaron con los de Rafa y a él le cambió la cara. Desde luego, si se trataba de una sorpresa, él se la acababa de llevar, porque se quedó blanco. Era evidente que no esperaba a Clara en el restaurante. Ana, sin embargo, seguía sonriente, como si no pasara nada.

Ambos llegaron a la mesa y durante unos tensos minutos, Rafa no supo qué decir. Ana fue la que habló sin parar de la casualidad -y subrayó la palabra- de habérselo encontrado. Él intentó disimular, pero Clara le conocía lo suficiente como para darse cuenta de que lo estaba pasando mal. No la esperaba, no esperaba a su novia aquella noche en aquel restaurante, no hacía falta ser muy lista para darse cuenta. Rafa se tomó una copa con ellas y balbució una disculpa, que tenía que volver a estudiar, y se marchó. En cuanto estuvieron solas, Clara preguntó a Ana:

-¿A qué ha venido esto?
-Lleva meses intentando quedar conmigo. Ya no sabía cómo decirle que no. Ni tampoco cómo decírtelo a ti.

La tormenta que estalló fue de dimensiones épicas. Clara, incapaz de razonar, vomitó la rabia que sentía en aquella mesa de restaurante, llenando los oídos de los comensales de las mesas vecinas de palabras tan broncas como su estado de ánimo. Ana aguantó el chaparrón como pudo y, cuando Clara se tranquilizó, le dijo que pagaría la cuenta, que se marchase. Quizá en casa se podría calmar y ya hablarían al día siguiente.

No pasó.

Clara se marchó, pero no volvieron a verse en meses, aunque Ana intentó hablar con ella muchas veces. Clara no quiso escucharla, aunque sí lo hizo con Rafa, que desde la primera noche le contó otra versión de la historia, una que hablaba de la incapacidad de su amiga de aceptar que la hubiera elegido a ella hacía un año.

"Tiene demasiado ego para admitir que no fue ella la que me rechazó, sino yo", le dijo.

Y después Rafa besó a Clara, la llenó de promesas y de palabras, cubrió su cuerpo con caricias y ella, vulnerable al dolor que había supuesto la traición de la que había sido su amiga durante toda la vida, se aferró a sus manos para no hundirse. Se quedó a su lado y espantó los recuerdos de una amistad que había durado casi una vida.

Olvidó.

Hasta aquella tarde de otoño en la que Clara regresó a casa de su amiga.

El jarrón seguía en el mismo sitio. La grieta continuaba allí, visible para quien se fijase un poco. Clara lo miraba mientras esperaba a que Ana bajase por la escalera. Mientras paseaba sus dedos por la superficie, tragó saliva; después debería tragarse el orgullo y pedirle perdón a su amiga. No había sido Ana la que le mintió aquella noche, sino Rafa. No era ella la que había traicionado a su amiga. Había un ego herido en esa historia, sí, pero no era el de Ana, sino el de su novio, que nunca había aceptado en realidad que Ana no lo eligiera.

Había tardado mucho en darse cuenta de que ella solo había sido el modo de Rafa para poder estar cerca de Ana.

Aquella noche, en el restaurante, su relación se estrelló contra el suelo, como le había pasado a aquel jarrón. Le pusieron pegamento, pero quedó una huella que no habían podido ignorar. Clara tomó el adorno entre las manos y al hacerlo notó que por detrás había muchas más grietas. Lo dio la vuelta. Las más profundas, se habían ocultado a propósito, como ella había intentado guardarse los temores que asaltaron su ánimo cuando vio empalidecer a su novio al verla en el restaurante. Aquel jarrón estaba vuelto para disimular sus imperfecciones y, a simple vista, parecía normal.Era lo mismo que había hecho ella con su historia de amor. Le dio la vuelta, ocultó que estaba rota de sus propios ojos para ignorar el dolor. Pero no era verdad, ese día se hizo añicos la confianza que un día Clara había tenido en Rafa.

Y una confianza rota no se puede recuperar.

Había ido a ver a Ana con la esperanza de que, con ella, siguiera intacta.




lunes, 7 de agosto de 2017

ESCRIBIR BAJO SEUDÓNIMO

No sé si alguna vez lo he dicho, pero escribo bajo un seudónimo. No fue intencionado, la realidad es que vivo bajo un seudónimo desde que nací, pero no lo sabía. Ni siquiera me lo había planteado hasta que fui a registrar mi primera novela en Cultura, en Segovia. La funcionaria que me atendió me dijo que tenía que volver a poner una portada en la novela con mi nombre real y debajo de él el seudónimo, ya que Mayte Esteban lo era.

Vale, yo sabía que no es mi nombre, no soy tonta, pero no se me pasó por la cabeza que poniendo mi diminutivo en lugar de mi nombre del DNI estaba usando un seudónimo.

Hoy me he puesto a pensar por qué se usan los seudónimos (cuando se hace de manera consciente, claro, lo mío no vale). Lo más frecuente es que una persona que firma con un alias lo haga para mantener su identidad a salvo, oculta a los demás. Pero ¿por qué? Buceando por la red he encontrado estas curiosas historias de autores que firmaron sus obras bajo un seudónimo.

Lewis Carol, autor de Alicia en el País de las Maravillas, se llamaba en realidad Charles Lutwidge Dodgson, un nombre infinitamente más largo y difícil de recordar pero, sobre todo, su nombre real, por el que era conocido en su círculo social y con el que firmaba sesudos artículos matemáticos, entre otros. Quizá eso hizo que tratase de separar su lado serio con el del escritor que firmó una obra mágica, loca, a ratos incoherente y con muy poco de científico en ella. Esa, se especula, podría ser la razón para ocultar su verdadera identidad.



Una autora que firmó con seudónimo fue la mismísima Jane Austen. Al principio, ni siquiera usó un nombre, tan solo un escueto "By a Lady". ¿Timidez? ¿Prejuicios sociales de la época? Quizá un poco de todo, porque si hay un sexo en el que el uso de seudónimo muchas veces se ha convertido en necesidad es en el femenino.


En España también tenemos casos de seudónimos famosos que escondían a una mujer. Uno de los primeros fue Fernán Caballero, alias empleado por Cecilia Böhl de Faber y Larrea para publicar sus obras. A ella las que la obligaron fueron las circunstancias: su padre le prohibió expresamente escribir en casa. Y eso que su madre era escritora… El machismo imperante en la sociedad del XIX también afectó a las archifamosas hermanas Brontë, que tuvieron que usar, las tres, seudónimos masculinos para publicar.


Pero a veces, alguna, sucede lo contrario. Yasmina Khadra es el seudónimo femenino del escritor argelino Mohammed Moulessehoul. Después de publicar con su nombre real, decidió usar un alias por motivos políticos. Quería expresarse con mayor libertad sobre la situación de su país y por eso usó un nombre distinto, tan distinto que es de mujer.


Otro caso más reciente, y por duplicado, es el de J.K. Rowling. Su editorial le aconsejó “ocultar” con las iniciales de su nombre su condición de mujer, porque le aseguraron que no tendría ninguna oportunidad como autora de fantasía, subgénero donde los que triunfan son los hombres. Vamos, un resbalón de libro el de sus editores. No hace falta que recuerde que es la escritora mejor pagada en la actualidad, puesto que la saga de Harry Potter la ha hecho mundialmente famosa, y me da la sensación de que desde el primer libro supimos que era mujer. Y nos dio exactamente lo mismo. Pero decía que su caso era por duplicado, puesto que hace unos años publicó una novela para adultos que recibió muy malas críticas (era normalita tirando a aburrida, nada que ver con el mundo mágico). Pensando que quizá su popularidad había jugado en contra, la siguiente vez publicó bajo el seudónimo de Robert Galbraith. Tampoco la novela era una maravilla, pero la crítica no se cebó con ella. Al final, el hecho de que un absoluto novato tuviera el mismo agente que la famosísima autora hizo saltar las alarmas y acabó teniendo que confesar que ella era la autora de la novela de Galbraith. Vaya, que el tal Robert no existía, salvo como un seudónimo de la famosa escritora británica.


Yendo a lo próximo, en los últimos años he conocido algún caso en el que se usaba un seudónimo porque se pretendía que la familia no se enterase de su faceta literaria. Ya sé que esto va un poco en contra del ego del escritor, que parece que siempre quiere ser reconocido, pero hay determinados géneros, como la literatura erótica (hace unos años más que ahora) que era complicado confesar que se escribían. Creo que pesa más esto que la familia.

Algunas personas de la mía, después de ocho libros todavía no saben que escribo…

Separar dos facetas distintas, deshacerse de una fama mundial que puede ser perjudicial cuando decides abordar otro subgénero, liberarse de trabas sociales y del machismo de una época pueden ser razones de peso para publicar bajo seudónimo. O esconderse.

¿Se os ocurre alguna razón más para publicar con seudónimo?


viernes, 4 de agosto de 2017

LA HUELLA DE NADA



Hay veces que lo no vivido influye en ti casi del mismo modo que la realidad. No te pasa nada y, sin embargo, es eso lo que te cambia, moldea un nuevo tú que siente la vida de otro modo, se altera  y se recoloca tu mundo inmediato como si hubiera habido en él un auténtico cataclismo.

Porque a veces, nada es todo, quizá porque ambas palabras tienen las mismas cuatro letras. Quizá, porque eso que no te pasó te ha salvado o ha sido tu mayor condena.

Una vez, tú no me sucediste. Todo parecía indicar que así sería, todo estaba listo para que nuestras líneas vitales se cruzasen, pero no pasó. Se cruzó un cambio de planes, después el descubrimiento de una verdad oculta, luego la sensación de que dar pasos adelante a veces es retroceder... y nos desvanecimos.

Dejamos de existir para el otro.

La rutina siguió su ritmo y nuestras líneas, que habían ido convergiendo hasta ese instante, iniciaron un camino de separación. Hasta que nos perdimos. Nunca te he olvidado. A pesar de todo en nuestro caso fue nada, me dejaste tu huella impresa en el alma.

La huella de nada.

4 agosto 2017

martes, 1 de agosto de 2017

TRES MINUTOS DE COLOR DE PERE CERVANTES



Sinopsis:

Tres minutos de color la estéril lucha contra el tiempo y la muerte cobra un significado muy distinto. 

Coque Brox, el protagonista de la historia, es un inspector de policía de mediana edad, separado, parco en palabras, amante de todo aquello que conserve su esencia y acromatópsico, o lo que es lo mismo, percibe la vida en blanco y negro. Herido de por vida tras sufrir una pérdida irreparable, solo le alienta la lucha por recuperar el cariño de su hija adolescente. En una Barcelona en caída libre, cuyos locales de diseño no logran acallar la apremiante nostalgia de sus habitantes, investigará la violenta desaparición de Palma, amigo y compañero de profesión. Durante el tiempo que duren las pesquisas se las verá y deseará para mantener engañado a un suspicaz comisario que no lo quiere en la investigación, sufrirá los persistentes intentos de suicidio de su exmujer, y conocerá muy de cerca qué es una ECM (experiencia cercana a la muerte). Lejos de las clásicas novelas de procedimiento policial, el inspector Coque Brox se verá obligado a visitar un terreno verdaderamente desconocido para él y para el resto de los mortales. Lo que un descreído como él nunca imaginaría es que hay lugares sobrenaturales que albergan la verdad, aunque el camino que conduce a ellos todavía siga siendo un misterio. Y como dijo Jorge Luís Borges: «Lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador».

Tres minutos de color explora una cuestión para todos inevitable: ¿qué hay después de la muerte? No es una novela escrita solo para que te guste, sí lo es para que te estremezca, te haga dudar y reflexiones. 


Mis impresiones:

Hay libros que llegan a ti por caminos especiales. Este es uno de ellos.

Tengo dos amigas con las que comparto un chat. No me acuerdo de cuándo lo abrimos, ni quién de las tres lo hizo (¿María José tal vez?), pero el caso es que desde hace años se ha convertido en algo especial en mi vida. En él intercambiados impresiones sobre lecturas y escritura, ya que las tres compartimos esas dos pasiones. Nos recomendamos libros porque, aunque lo que reflejamos al escribir sea muy diferente, leemos parecido.

Somos  distintas, pero perfectamente compatibles.

Mis dos amigas se llaman María José Moreno y Pilar Muñoz, seguro que os suenan, porque son dos excelentes escritoras cordobesas. María José Moreno es psiquiatra, autora de La Trilogía del Mal y Bajo los tilos y Pilar Muñoz, psicóloga, acaba de publicar Un café a las seis, una obra de corte intimista y tiene otras dos novelas contemporáneas, Los colores de una vida gris y ¿A qué llamas tú amor?, así como un libro de relatos.

Además de cuidar de mi salud mental (es broma), como os he dicho asesoras literarias de primera. Hace un tiempo, María José nos habló en el chat de esta novela de Pere Cervantes y Pilar enseguida mostró interés por ella, porque ya había leído La mirada de Chapman y le había gustado mucho. Ambas son más de novela negra que yo (aunque también la leo) y estaban entusiasmadas. Como me encontraba en plena recta final del curso no presté demasiada atención al libro, hasta que Pilar lo leyó y nos contó que le había durado solo dos días entre las manos. Me dejó un mensaje:

"Mayte, te va a gustar".

Me picó la curiosidad, lo anoté, pero no me dio tiempo ni a ir a la librería, porque al poco llegó la cartera con un paquete. En su interior, un libro: Tres minutos de color.

Como voy a ir a Córdoba a finales de agosto, me quise dar prisa en leerlo, para poder comentarlo cuando las vea. Y así fue como esta novela llegó a mí y se coló en mis lecturas, dejando atrás esa pila de libros que siempre tengo en mi mesilla.

Lo hizo, estoy convencida, en un buen momento.

Pero, ¿qué es Tres minutos de color? Es una novela dividida en tres partes de distinta longitud, en las que un narrador omnisciente, en pasado, nos plantea una trama que en principio no deja de ser la de una novela negra. Sin embargo, casi desde el principio, varios sucesos extraordinarios les ocurren a los personajes secundarios, Oliver y Nadia, que hacen que se planteen una cuestión que quizá todos nos hemos hecho en algún momento: ¿hay vida después de la muerte? A Nadia, un paciente, Antonio Carrascosa, que le cuenta una experiencia cercana a la muerte le hace plantearse toda su formación científica, si no será cierto que somos algo más que química que cesa en el instante en el que respiramos por última vez.

La verdad es que conjugar una trama de novela negra con un tema así es delicado, porque puedes correr el riesgo de que al final todo se resuelva por obra y gracia del deus ex maquina, pero no es el caso de esta historia. Al final, todas las piezas que el autor ha ido diseminando a lo largo de la trama acaban encajando.

Un planteamiento clásico encuadra esta historia en una primera y una tercera partes que no se salen de lo que es una novela negra, y es a segunda parte, la esencia de esta novela, la que rompe moldes y arriesga con algo que es completamente innovador (en un género que hay tanto escrito que innovar se está convirtiendo casi imposible). Sin embargo, es esa segunda parte la que le da una potencia inusitada a esta historia, la que la hace especial y la vuelve reflexiva y profunda.

 Es la que más me ha mantenido enganchada.

A lo largo de 350 páginas, Pere Cervantes nos muestra una colección de personajes desencantados de la vida, que se mueven en la Barcelona de 2005. La unidad de Desaparecidos de la Policía está a punto de extinguirse en Barcelona, cuando los Mossos de Escuadra tengan plenas competencias en la ciudad. Coque Brox, el protagonista, no sabe qué será de él, pero lo que sí tiene claro es que quiere resolver una desaparición que no le deja en paz: la de su compañero Palma. Su situación personal no es la mejor: con una hija adolescente esquiva, una exmujer suicida y una pérdida irreparable a sus espaldas, Coque además tiene que lidiar con una acromatopsia que le hace ver el mundo en blanco y negro.

Tanto él como Nadia, la neurocirujana, o el mismo Oliver, el forense compañero de piso de Brox son seres solitarios. O el Aspas, un personaje muy particular que me encantó. O Rodri, el dueño de la taberna. O Marga, que no tiene ganas de vivir porque hay pérdidas en la vida que te las quitan y te impiden ver que sigue siendo en color.

Si ha habido algo que he sentido en esta novela, que se mastica, es la soledad de todos los personajes.

Me ha gustado la ambientación, esa sensación de estar pisando una Barcelona que quizá hasta se parezca a la que recuerdo (mi última visita se remonta a 2007). Un homenaje a la ciudad, que creo que de algún modo lo hacemos todos los que escribimos con los sitios que amamos.

Sobre el final, creo que no me ha sorprendido nada y me ha sorprendido que no me sorprendiera. A ver si me explico, que en lugar de una frase parece que he escrito un trabalenguas. Es un final fantástico y me parece que encaja a la perfección. Si esto fuera un puzle, podría pasar la mano por encima y no se notaría la diferencia entre una pieza y otra porque está tan bien tramada que resultaría suave y liso como tocar el cristal de una ventana. Pero pude anticiparme, pude saber dónde iban las piezas mucho antes de terminar la lectura. Mi mente se iba adelantando, planteando hipótesis y todas las cumplía. Por eso digo que no me sorprendió, porque si hubiera tenido que escribir el final, quizá las hubiera puesto todas en el mismo sitio que Pere Cervantes.

Eso me ha encantado. Es notorio lo torpe que soy para anticiparme cuando se trata de una novela negra.

Hay quien valora de manera muy positiva los finales sorprendentes. Yo prefiero los que pide cada historia y esta tiene el que mi cuerpo me pedía, así que no puedo decir nada más que me quito el sombrero.

Sobre la narrativa, no había leído a Pere Cervantes, así que no sé mucho de cómo escribía antes de este libro. Pero respecto a este, me han entrado ganas de subrayar frases, he compartido alguna en Twitter y alguna ha ido a parar a mi agenda de frases. Eso es una de mis buenas señales. Otra, que la prosa me iba gustando cada vez más a medida que avanzaba. Al principio no la noté tan envolvente como al final.

Antes de terminar la lectura ya sabía que le iba a poner un pero: la portada. No me llama nada la atención, ni el tipo de letra, ni el dibujo, ni entendía qué me estaba tratando de contar. Después de leída la novela, igual que pienso que el título es perfecto, la portada la entiendo, pero sigue sin convencerme mucho. Pero es lo de menos. Olvidaos de portadas y leed.

Merece la pena.




miércoles, 26 de julio de 2017

SIGO LEYENDO...



Después de una racha de éxitos lectores, en los que pensaba que había superado el bache, ha llegado la cruz. Las tres últimas novelas que he leído no me han gustado.

Pasa, a mí cada vez más. Por eso, cuando esto sucede, me refugio en algún clásico, algún libro de esos que sé que no me van a fallar, lo releo y recupero las ganas de envolverme de nuevo en las páginas de un libro.

Mi salvadora, esta vez, ha sido Orgullo y prejuicio, un ejemplar en papel que conseguí en Amazon por el sorprendente precio de 2,80€ (en papel). Sé que hay uno en casa de mi madre, me lo confirmó esta semana, pero también hay 150 kilómetros de distancia con mi casa y me iba a costar más el combustible, así que me hice con él.

La novela, como siempre, me tiene con el boli en la mano, anotando frases en mi libreta.

Sobre los fracasos lectores, os diré que me dejaron fría. No encontré nada en la narrativa que hiciera sospechar que esas historias deberían estar publicadas. Os diré también que algunas eran novelas publicadas con editorial y otras autoeditadas, así que de aquí tampoco puedo sacar más conclusión que la frase que lleva muchos días rondándome la cabeza, una que le oí a Avelina Lesper, crítica de arte mexicana. Ella hablaba de arte, o de eso que pretenden vendernos como arte, aunque yo se lo aplico a la literatura, porque la reflexión le queda como anillo al dedo:

"El mercado se ha comido a la inteligencia en el mundo del arte".

Puede que la frase no sea literal, estaba desayunando cuando vi el vídeo por segunda vez y me impactó aún más escuchar una verdad tan rotunda. A mí tampoco me parece arte cuando me presentan una mesa llena de desperdicios con un cartelito que dice: 10.000€. No me provoca más que una emoción, el cabreo de saber que habrá alguien que será capaz de confundir eso con arte. Que se confundan las señoras de la limpieza y lo retiren pensando que es basura no me enfada, me demuestra que son más inteligentes que muchos que se creen listísimos.

Avelina Lesper decía que el arte debe provocar emociones y que para serlo no debe necesitar una explicación retórica, que debe entenderse sin guías. Y yo lo creo. Además, lo siento. Lo he escrito más de una vez, aquí, en el espejo, que cuando entro en el Museo del Prado o en el British Museum me da un poco de vergüenza que alguien se fije en mí porque no puedo controlar las emociones y alguna vez he llorado.

Pues con la literatura pasa lo mismo. Me tiene que llegar alguna emoción de lo que leo, tienen que traspasar las páginas y rozarme la piel, activar resortes internos que me conmuevan. Con estos libros, los resortes que se activaban eran los de la estupefacción por lo que tenía entre manos, porque creo que seguro que hay alguien que confunde eso con la literatura. Porque creo que la literatura la han convertido en un mercado (perdón, un mercadillo) donde se venden imitaciones y todo el mundo parece tan contento con ellas. Se cuelgan un libro cutre al hombro, como quien se cuelga un bolso comprado en el suelo de una calle, y pretenden hacerse pasar por lectores.

Estoy triste, pero sigo leyendo.

Por cierto, también leí otra frase, de Pérez-Reverte en su carta a un joven escritor (la leí, aunque ya no sea tan joven): "Escribe cuando tengas algo que contar." Pues eso, que como no tengo nada que contar, nada que no esté ya en el mercadillo, mientras llega esa historia, no escribo.

Sigo leyendo...

Creo que esta vez he elegido mejor, ya os contaré si eso...