jueves, 2 de mayo de 2019

LA SUERTE DE LOS IDIOTAS DE ROBERTO MARTÍNEZ GUZMÁN



Sinopsis:

Lastrado por una última misión policial en Madrid que no acabó de la mejor manera posible, el policía Lucas Acevedo regresa a Galicia para poner en orden su cabeza. Cuando cree que lo ha conseguido, una noche conoce a una mujer que hará que se plantee abandonar la solitaria existencia que ha llevado hasta entonces. Sin embargo, pronto se complican sus planes. Mucha gente comienza a morir a su alrededor y, en el momento en que se da cuenta de que él también está en el punto de mira, se verá obligado a librar una batalla de la que no conseguirá salir indemne.

Sé que hace tiempo que no hago reseñas, pero iba a colgar mi opinión en el muro de Facebook sobre esta novela y he pensado que mejor la guardaba también en el blog.

Es una novela que me ha durado un suspiro y que os recomiendo.

La suerte de los idiotas  (si pulsas el título te lleva a la página de clmpre) empieza fuerte. Lucas Acevedo es un policía que trabaja infiltrado en grupos de narcotraficantes y ha visto demasiadas cosas que le han obligado a tomarse un respiro. En eso está cuando toma la decisión repentina, la de parar en el arcén e intervenir en un conflicto que no le compete, y que descoloca el retiro que está tomándose. Primero, porque se siente atraído por la mujer a la que ayuda; segundo, porque un hecho fortuito que sucede en los escasos minutos que transcurren entre su parada y la salida de ahí con la mujer en su coche rumbo al hospital, va a desencadenar una matanza en Vigo, una ciudad que de pronto se llena de cadáveres.

Roberto Martínez Guzmán plantea una novela de lectura ágil, en la que lo fácil es meterse en la trama y lo difícil abandonarla. Escrita en primera persona, desde el punto de vista de Lucas, no solo nos cuenta los hechos, sino que también salpica la narración de reflexiones. En unos puntuales flash back conoceremos su pasado y las razones de su excedencia y, al final, asistiremos a una resolución del conflicto condicionada por ese mismo pasado.

En cierto modo, la novela me ha recordado la obra de Buero Vallejo, no por la trama, que ni se le parece a ninguna de las de este autor, sino en ese final que no juzga los actos del protagonista, sino que deja al lector la tarea de plantearse si las decisiones que toma son buenas o malas. Deja ese poso de preguntas, lo que no quiere decir que el conflicto no se cierre.

Lo hace, aunque dejando la puerta abierta para que conozcamos aventuras de este policía. En la foto, Edward, su mejor amigo. Bueno, el de verdad no se deja fotografiar...




lunes, 29 de abril de 2019

APRENDER A RESPIRAR




Desde hace unos días tengo una fuerte contractura en la espalda. Llevaba tiempo notando la zona tirante, pero cuando no tengo que hacer una cosa me esperan siete, aunque muchas veces no salga de casa, así que fui dejando correr el tiempo.

Por si se pasaba.

Por si mi cuerpo ganaba la batalla al dolor y los nudos se deshacían solos.

No es tan descabellado: he tenido etapas en las que un dolor no me dejaba ni siquiera dormir y, tal como aparecieron, se acabaron yendo. Olvidados después de un tiempo. Nueva. Como si nunca me hubiera pasado nada. Quizá un par de ibuprofenos y solucionado el problema.

Esta vez no es así.

Hace unos días, cuando el dolor comprometía casi respirar (y sin casi, hay veces que coger aire es un acto heroico) reuní el tiempo necesario para un masaje. Los nudos de mi espalda parecen la cuerda de un marinero aburrido y en hora y media solo fue capaz de desarmar algunos. Hasta la siguiente cita, en unos días, soporto esto con calor y analgésicos, además de algún antiinflamatorio y, de vez en cuando, relajantes musculares. Para lo que hacen, daría igual que no tomase ninguno, pero cuando estás así quieres tener fe en la química. O en rezar a cualquier santo. O en lo que sea, pero que se pase.

Estos días debería estar haciendo un trabajo que nadie puede hacer por mí. Lo hago, pero a un ritmo condenadamente lento, insoportable para mí que siempre vuelo en lo que me gusta porque me concentro tanto que el mundo desaparece a mi alrededor.

Y es en este punto, cuando llego al trabajo pendiente, cuando tengo que recordar la conversación con mi fisio. Me dijo algo muy sabio: “Hay algo que necesitas quitar de tu vida porque te está haciendo mucho daño y solo tú puedes saber qué es”. Mientras me dijo el masaje me tuvo que recordar muchísimas veces que me relajase, que no apretase los músculos, que destensara las manos, que no me agarrase con tanta fuerza a la camilla… Me dijo que mi cuerpo está respondiendo al estrés al que lo someto aunque ni siquiera sea consciente de que estoy tensa y que está cansado de que lo sobrecargue con tareas. Si no puedo llegar a todo, no importa, da igual si hago menos. Lo que no da igual es que me acabe rompiendo.

Yo me excuso diciendo que todo es inaplazable y que nadie puede ni va a hacerlo por mí, pero sé que no es verdad. Cuando muera, alguien hará lo que yo no pueda hacer, y si no se hace el mundo seguirá girando tal y como lo ha hecho siempre.

Tengo que aprender eso, tengo que aprender a respirar sin que me cueste.

sábado, 30 de marzo de 2019

MI EXPERIENCIA ESCRIBIENDO SOLA Y ACOMPAÑADA

Al principio, yo escribía sola. Cogía un cuaderno, empezaba a contar lo que se me pasaba por la cabeza, y ni siquiera sentía la necesidad de compartirlo. Lo hacía justo hasta el momento en el que me cansaba y dejaba la historia abandonada, cual madre desnaturalizada que se deshace de su criatura sin remodimientos. Por lo general, las abandonaba sin final. Todavía conservo algunos de aquellos cuadernos, aunque estarían mejor quemados. De hecho, ese es mi plan para ellos en cuanto sospeche que me queda poco de vida.

O para cuando tenga tiempo libre, lo que llegue antes.


En algún momento, cambié de estrategia y empecé a escribir acompañada por mi hermana Marta. No es que escribiera conmigo, es que ella era quien leía con paciencia mis relatos, cada capítulo de las novelas que escribía y era la que me hacia comentarios. Solía ser muy blanda en sus apreciaciones críticas, y la verdad es que, si no me ayudó mucho a progresar, lo que sí consiguió fue que no me desmotivase.

Eso es importante.

 Fue la primera en saber de Su chico de alquiler, se leyó con paciencia una distopía que medio escribí entre primero y segundo de BUP y se moría de risa los sábados por la noche, cuando volvíamos a casa después de salir hasta las tantas y yo me dedicaba a convertir en ficción muchas de las cosas que nos habían pasado esa semana.

A nosotras o a cualquiera de nuestros amigos.

La historia que salió de ahí nunca verá la luz, pero fue genial escribirla. Mientras mi hermana se desmaquillaba y se ponía el pijama, yo escribía. Es concienzuda, me daba tiempo. Después, mientras ella leía, yo me desmaquillaba y me ponía el pijama y, cuando apagábamos la luz de la habitación que compartimos hasta los 27 años, todavía nos reíamos un rato de las idioteces que se me ocurrían.

Cuando ella se fue a estudiar a Inglaterra, me tuve que conformar con escribir para la única lectora que tenía: yo misma. No eran tiempos de internet, o al menos nosotras no teníamos acceso. Fue una época rara, echaba mucho de menos a Marta, y no solo como lectora: era mi hermana, mi amiga, mi cómplice... Esa especie de medio tú con el que algunas veces tropezamos en la vida. Estaba tan nostálgica que mi padre me dio una patadita en el culo y me mandó a vivir con ella a Chelthenham, durante la última etapa de su beca erasmus. No sé si para que no diera el tostón con que la echaba de menos, para que aprendiera inglés o porque se quería quedar a solas con mi madre y estábamos tardando las dos mucho en largarnos de casa. En Inglaterra no escribí nada.

Creo que ni siquiera dormí en todo el tiempo que pasé allí.

¿No me creéis? Tengo fotos... Mi hermana es la alta. La de la cara de sueño soy yo.




El caso es que cuando volví, tardé mucho en retomar la escritura. Me empezaron a pasar muchas cosas. Me casé, me vine a vivir a Segovia, tuve un hijo, me cambié de casa, luego tuve una hija...

Ocho años.

Ocho años en los que apenas puse una palabra detrás de otra. Ocho años que fui muy feliz porque viví muchos sueños. Escribir era uno de ellos, pero en ese momento no tuve ningún problema en aparcarlo para dedicarle mi tiempo a otros que tienen los ojos y el pelo negros y una sonrisa encantadora.

Cuando regresé a la escritura, lo hice a solas. Ya no estaba mi hermana, no había redes sociales -al menos no para mí- y cuando finalmente compartí mis novelas con alguien, ya estaban terminadas. 

La primera novela que escribí con compañía fue Brianda. Cada poco, mi lector cero me leía y casi todos los días teníamos conversaciones sobre los personajes, le contaba cómo imaginaba la trama o mis descubrimientos al investigar la época en la que transcurre. Las novelas que llegaron después también siguieron de algún modo ese proceso. Era pura magia poder contar con comentarios antes de terminar, charlar sobre los personajes hasta humanizarlos. Sentirlos como reales porque las conversaciones sobre ellos eran muy reales. Vivir la historia incluso antes de teclear y absorber ese extra de entusiasmo que a mí me da sentirme comprendida.

Hace tiempo, sin embargo, que he vuelto al principio por circunstancias. Escribo de nuevo en soledad. Nadie sabe de mis historias, de por dónde voy con la trama o los giros que he pensado; no las comparto, como no compartí nada durante mucho tiempo. Siento que todo fluye más despacio y es menos emocionante, pero también es más mío. Y eso, esa privacidad, creo que también es de valorar. Es una intimidad con quienes forman parte de mí que perderé en cuanto los exponga.

Últimamente estoy volviendo al principio en muchas facetas. No sé si es nostalgia. No sé si he tirado los dados en el juego de la oca y algo me ha devuelto a la casilla de salida. No sé si es que el silencio es muchas veces más gratificante que tanto ruido. 

No lo sé .

Solo sé que hace tiempo que guardo muchas más palabras que las que comparto. Ya no estoy tan segura de querer que me acompañen, debe ser la edad, que me está volviendo gruñona y solitaria.

O, tal vez, solo tal vez, es que he encontrado a una persona que merece la pena y que me entiende a la perfección y no necesito a nadie.

Yo misma.

sábado, 23 de marzo de 2019

NULLAM IDEAM TRANSFERENDUM

Empiezo con el título del post en latín, un guiño a la saga de la que voy a hablar en esta entrada. Latín sé menos que inglés, así que he recurrido a Google y a saber si eso que he escrito es latín o una idiotez, pero ha quedado tan mono como uno de los hechizos del libro. Seguro que sabéis de qué libros estoy hablando.

Por supuesto...


Pero, ¿por qué os estoy contando esto? Tal vez porque hoy hace 11 años que abrí este blog y estos libros tienen también su parte en que yo me haya acabado dedicando a escribir.

Empiezo...

Cuando se publicaron los libros de Harry Potter, primero los leí en inglés primer y después en castellano, porque el primero de ellos cayó en mis manos en este idioma. Me resultó tan sencillo seguir el discurso, a pesar de que mi nivel de inglés es mínimo, que me lo ventilé en tres días. Después, cuando fueron saliendo los siguientes los compré de nuevo en inglés, porque quería retarme. Y, lo confieso, porque no tenía paciencia para esperar los seis meses que tardaban en salir en español.

Durante mucho tiempo, pensé que era una adulta rarita, impaciente por leer una saga juvenil que no me correspondía por edad. Un elemento discordante de la naturaleza, una anomalía. Un día, en el parque, averigüé que no era la única. Que el mundo está lleno de gente anómala, que no sigue los esquemas preestablecidos.

Que a los casi 40 leen sagas juveniles y son tan felices, por ejemplo.

Mientras mis niños jugaban, yo hablaba con una mamá de Bilbao que estaba de paso en el pueblo. Fuimos acotando en la conversación aficiones comunes y acabamos llegando a los libros. Para ella, una viajera, alguien que en los últimos años había vivido en muchos sitios, incluso durante dos años a bordo de un barco mercante, los libros eran un salvavidas. Pensé que leería "cosas de mayores", pero para mi sorpresa me dijo que con lo que estaba más fascinada era con otra cosa. Me contó que le encantaba Harry Potter, que era una auténtica fan atemporal. Le dije que a mí también, que yo era otra rarita y me encantaban. Tanto que ya había acabado la saga, y que me gustaba cómo había terminado la historia en el séptimo libro.

"¿Tú también te la has descargado de internet?", me preguntó, segura de que había hecho lo mismo que ella para saber el final, antes de que se publicase en España. Faltaba algo más de un mes para el lanzamiento en español.

Le dije que no, que lo había leído en inglés, la edición de Bloomsbury -como buena fan tengo la primera- y que, como los anteriores, me lo había bebido porque J.K. Rowling escribe para niños y no me resultaban en exceso complicados, pese a mi inglés normalito. Ella me contó que se había descargado la traducción de una página, pero que, al contrario que a mí, no le había gustado demasiado. Le parecía demasiado previsible y fantasiosa, y algunas cosas, como que Harry y Hermione acabaran enamorados no se lo terminaba de creer, porque ella siempre había pensado que la empollona acabaría con Ron.

Yo pestañeé tres veces, sonreí al instante y le dije:

"¿Pero tú de dónde has sacado esa historia?"

Le conté que nada de lo que me decía era así en mi libro, así que lo más probable era que hubiera descargado una de esas historias que escriben los fans. Nos reímos un rato y le hablé de algo que no compartía con adultos, por si acaso pensaban que soy más rara de lo que ya piensan. Movida tan solo por el impulso de teclear palabras, y también para concederle un capricho a una de mis niñas, fan también del niño mago, traduje los siete primeros capítulos de Harry Potter and the Deathly Hallows. Con mi nivel de COU, donde apenas saqué un seis...

Sin miedo, porque solo esta niña y yo lo íbamos a leer.

Entusiasmada por la idea de leer el principio de verdad, esta mamá me preguntó si se lo podría dejar. Al día siguiente volvimos a quedar en el parque y le pasé en un pendrive mi traducción. Se lo llevó, lo imprimió, y nuestro tercer encuentro, mientras los niños jugaban en ese parque, no lo he olvidado.

-Tienes que traducirla entera, por favor, no me puedo quedar con la intriga -me dijo.
-Es que queda muy poco para que la publiquen y este libro es un tocho, no merece la pena -le contesté.
-¿Cómo que no? -me pregunto-. Está genial lo que me has pasado, nada que ver con la basura que me leí.
-Que no me da tiempo, ¿no ves que tengo niños pequeños?

El caso es que no seguí y ella se quedó con la duda hasta que la novela se publicó. Para mí, lo mejor llegó en ese momento, cuando ya la había leído y volvimos a encontrarnos:

"Pues a mí me gustó mucho más tu traducción, la manera que tenías de contarlo. Era lo mismo, pero no era lo mismo. Las estuve comparando y me quedo con la tuya".

Tuve que confesarle dos cosas: la primera, que cuando algo no lo entendía, o bien me lo saltaba o le echaba imaginación, y la segunda, que me había pasado la literalidad por el forro, que mi intención era contar su historia lo mejor que pudiera para mi niña, no hacer una traducción editorial, entre otras cosas porque mi inglés es de andar por casa.

En zapatillas.

Y en pijama.

Y sin peinar...

Ella me dijo que eso le daba igual, que había algo en lo que yo había escrito que no tenía esa otra traducción, una magia extra, independiente de la de Harry, que convertía en especiales unos folios impresos en la papelería.

-Tú lo que tienes que hacer es escribir.

No se lo dije, por supuesto, no me atreví a confesarle que lo hacía; me faltaba al menos un año para "salir del armario", para dar el paso de decir a algunas, solo algunas, personas de mi entorno que en mis ratos libres escribía historias, pero empecé a pensar que quizá podría intentarlo. Que tal vez no fuera mala idea sacudirme los miedos y dejar que otros ojos valorasen mis palabras. Tenía un montón de historias a medias, pero se imponía empezar de cero.

En ese momento, arrancó la escritura de El medallón de la magia.

Traduje sin tener ni idea, pero esa locura me dio un empujón hacia el lugar en el que me encuentro ahora. Y sé que, aunque muchas veces este camino haya sido duro, ha merecido la pena.



martes, 19 de febrero de 2019

UN SÍ PERO NO. UN NO PERO SÍ.

Unas veces, apuestas y ganas.

Otras veces, apuestas y pierdes.

Y otras, cabronas, te quedas en medio. En un no que es sí, o en un sí que es no, pero que te obliga a ponerte las pilas y a recolocarlo todo.

Con las novelas pasa lo mismo. Con algunas atinas a la primera y, con otras, aunque no estén mal, hay cosas que no funcionan y que tienes que repensar. Toca eso, toca ponerse manos a la obra con una de ellas. Un no, pero sí. Un sí, pero no. Una historia que sí en mucho, pero que no en los detalles que al final son lo que marcan la diferencia.

He estado toda la mañana embarcada en una reforma que es como poner la casa patas arriba, pero es de las que no me cuestan, las que no importan porque esto es lo que me apasiona. Es un trabajo solitario y silencioso, que me gustaría poder compartir, pero que en este momento se tiene que quedar tan solo para mí. Falta mucho para ver el terreno despejado, las páginas están llenas de los cascotes que quedan cuando voy derribando muros y trazando nuevas paredes, pero llegará el momento en el que luzca.

Estoy segura.

Ya me gustaría estarlo tanto de otras cuestiones de la vida.

Sigo en ello...

domingo, 17 de febrero de 2019

UNA SEMANA SIN MÓVIL



Mi primer teléfono móvil data de 1997. Fue uno de esos enormes de tarjeta, de los que cada llamada llevaba a agotar la recarga de saldo y tenías que pensar si lo usabas o mejor caminabas hasta la cabina más próxima, que por el mismo dinero te daba para hablar muchísimo más. (También era de los que servían como defensa personal, porque estoy segura de que si se lo tirabas a la cabeza a alguien podías llevarlo al hospital de lo tocho que era.)

En esos primeros años yo tenía un teléfono móvil fijo. Eso significa que el teléfono, equipado con la última tecnología del momento, que permitía algo impensable solo una década antes -hablar por teléfono andando por la calle-, tenía un sitio fijo en mi casa y de ahí no se movía. No sentía esa necesidad de ir pegada al aparato y, además, creo que en ese primer celular no se podían mandar mensajes, lo que te ataba mucho menos.

O yo no tenía ni idea.

O tampoco había mucha gente con teléfono a la que mandar mensajes.

Han pasado casi 22 años y a día de hoy casi parece imposible vivir sin un teléfono en el bolsillo. O más bien en la mano. Ayer, en Madrid, me dediqué a observar a la gente por la calle y casi todos lo estaban usando mientras caminaban.

Bueno, pues yo voy a hacer una terapia de una semana sin él.

Casi.

La verdad es que podría decir que es parte de un experimento, una cura de desintoxicación, una decisión madura para demostrarme que yo no soy una adicta a él como todo el mundo... Pero no sería "la verdad". La verdad es que siempre voy corriendo a todas partes y me lo he dejado en casa de mi madre. Vamos a separarnos más de cien kilómetros por mi despiste crónico.

No sé en qué quedará todo esto, supongo que redescubriré cómo era la vida cuando tenía un móvil fijo. Ni móvil móvil.

;)

lunes, 11 de febrero de 2019

YO ESCRIBO



Desde hace ya un tiempo, cuando me hacen esa pregunta típica, la de a qué dedico mis días, esta es mi respuesta. Contundente, corta, simplificadora e incompleta, pero que se sitúa tan en primer plano en mi vida que no puede ser otra.

Yo escribo.

Es verdad que también paseo a mi perro cada día, nada más levantarme, pero resulta que en este paseo estoy escribiendo. Voy trazando en mi mente el borrador de la escena que tengo prevista para ese día, o le voy dando forma a los personajes del proyecto que me ilusiona en ese momento. A veces se me ocurre un diálogo, una frase, y para que no se me pierdan los anoto en el teléfono, en un archivo de word en el que puedo anotar con mi voz y él lo transforma en palabras escritas. Hay algunos días que no me entiende del todo, pero eso le pone el punto divertido al tema.

Escribo al volver a casa, cuando me siento frente al teclado con mis notas. Una, dos horas, depende de lo que tenga que hacer en adelante o de la inspiración. Algunas veces me pongo metas diarias y lo dejo al llegar a ellas, pero cuando, una vez cumplidas, sigo teniendo ganas de escribir, vengo al blog y continúo. Esto es como un entrenamiento necesario para después estar en forma.

Mientras hago las tareas de mi casa, escribo. Planchando, sobre todo, se me ocurren ideas que voy anotando. Mientras cocino, siempre tengo a mano un bolígrafo y la mente no se para en los ingredientes de mi plato sino en los de mi novela. Suele olvidárseme mucho antes poner la sal que una característica a mi protagonista, pero ya eso es cosa de las prioridades de mi cerebro: el ajo y la sal me motivan mucho menos que los personajes atormentados.

Cuando doy clase, escribo también. Porque siempre hay algo que me llama la atención, una frase, un gesto, una lectura de un autor clásico que enciende una luz en lo que estoy trabajando y eso me obliga a seguir anotando.

Por la noche, cuando apago la luz y dejo el libro que esté leyendo en la mesilla, escribo. Empiezo a contarme una historia, cualquiera, lo que se me ocurra, y a veces, solo entonces, me permito cosas inverosímiles. Me río y me duermo, con suerte un par de horas. Sé que me despertará algo y, la mitad de las noches anotaré una idea.

Porque, en todo momento de mi vida, escribo.

Quizá eso, sumado a que publico de vez en cuando, signifique que me dedico a esto a tiempo completo. Quizá signifique que soy escritora.

lunes, 4 de febrero de 2019

UN 4 DE FEBRERO

Enlace de compra.



Cuando me hablaron de este proyecto, no dudé un instante en que tenía que participar. Si hay algo que ha marcado mi vida ha sido la palabra cáncer. Cuando finalmente supimos que a quienes irían destinados los beneficios de esta Antología, supe que era como una señal del destino: no en vano fueron dos niñas las que me enseñaron lo que se siente cuando alguien a quien adoras enferma.

Por fortuna, las dos siguen vivas.

La primera fue Ana. Os cuento la historia con su nombre, espero que no le importe. Ana acababa de empezar 3º de ESO cuando enfermó. Fue ingresada en La Paz, en el área infantil, y el diagnóstico, el primero, fue que no superaría la enfermedad. Yo tenía entonces 24 años y Ana era mi prima. La más pequeña, mi ojito derecho desde siempre. Mi réplica, una de las personas con las que mejor me he entendido siempre. El mundo dejó de tener consistencia para mí, igual que para mis tíos y el resto de la familia.

Empezó una lucha larguísima que a día de hoy sigue.

Los primeros tratamientos fueron durísimos, el aislamiento de tres semanas al que tuvo que someterse, la pérdida de pelo, los efectos secundarios y, sobre todo, el miedo. El miedo a perderla. Pero Ana es coraje, es la fuerza vital más enorme que he visto jamás y hoy, a sus 38 años sigue ahí. Con la enfermedad cronificada, pero viviendo y trabajando como una campeona.

Yo he aprendido de ella mucho.

En el tiempo de su enfermedad, la vida de mis tíos se trastocó por completo. Sus trabajos se resintieron y parejo a ello su economía. El apoyo familiar exige mucho, por eso, cuando supe que la Fundación Aladina sería la destinataria me alegré muchísimo. Un sillón más cómodo en el hospital, una mano a tiempo, un alivio material entre tanto dolor son impagables. Un relato, al fin y al cabo, era muy poco comparado con lo que hacen ellos.

La otra niña de mi vida se llama Silvia. Mi madre la cuidó desde los dieciocho meses hasta los ocho años, así que puedo decir que se convirtió en una especie de hermana pequeña que llegó de pronto y sin avisar. Silvia era, es, inteligente como pocos niños he conocido. Yo recuerdo volver de la Facultad loca porque siguiera en casa para comérmela a besos y disfrutar de ese regalo que fue que aterrizase en mi casa.

Enfermó cuando yo ya vivía en Segovia, muy poco antes de que naciera mi hijo mayor. Tuvo leucemia y hubo un momento, unos días después de nacer mi niño, que estuvo a punto de morir. Mi madre me dejó en casa, sin decirme por qué se marchaba, alegando que me las podía apañar muy bien con un recién nacido en pleno invierno, en un sitio donde no tenía a nadie. Yo no lo entendí, nadie quiso contarme de la gravedad de Silvia por aquellas cosas tontas que se nos ocurren de vez en cuando: que si se me iba a cortar la leche y tendría que interrumpir la lactancia, que si la preocupación afectaría a mi bebé... Tonterías, al final supe lo que pasaba y eso no influyó en mi niño, pero yo casi me muero de tristeza.

Silvia también lo consiguió.

En ese tiempo de hospital, su madre tuvo que aparcar su trabajo. Otra vez pienso en el apoyo que fundaciones como Aladina prestan y sé que muchas familias lo van a necesitar. Otra vez siento que esto merece la pena.

No todos los casos de cáncer han tenido un final feliz. Mi madrina murió de cáncer de páncreas en 2004 y mi padre de un cáncer de estómago en 2006, cuando todavía no había aprendido a respirar por la muerte de mi tía. He vivido las dos caras, la de conseguirlo y la de no, y aunque sigo sintiendo que me arde el pecho cuando recuerdo esos años entre 2003 y 2006, sé que se puede, que la investigación ha hecho avances en muchos de los tumores que hoy son una realidad y una oportunidad para muchas personas.

Por eso, aunque esta entrada sea para pediros que os animéis a comprar la Antología, quiero que, si os encontráis con alguien que porta una hucha de la Asociación Española contra el Cáncer, ni os penséis darle aunque sea unos céntimos que llevéis por el bolsillo. Todo suma para restar dolor y ganar en esperanza.

Los autores que nos hemos reunido:

Ana Bolox * Mayte Esteban * Víctor Fernández Correas * Carmen Flordelís * Mónica Gutiérrez * Aránzazu Mantilla * Roberto Martínez Guzmán * María José Moreno * Pilar Muñoz Álamo * Nieves Muñoz de Lucas * Aída del Pozo * JAP Vidal

Ilustraciones de Diego Bolox y prólogo de Amparo Lledó.


domingo, 3 de febrero de 2019

CUATROCIENTOS SETENTA Y OCHO DÍAS.

Cuatrocientos setenta y ocho días.

Se había entretenido en contarlos calendario en mano y con paciencia infinita. Un par de veces, para asegurarse de que la cifra era la correcta, que no se le despistaba un día por culpa de un año bisiesto o que no confundía los meses de treinta con los de treinta y uno, aunque en realidad aquello no tuviera ninguna importancia. ¿Qué más daba un día arriba o abajo? ¿Qué importaba si fueran dos semanas menos o incluso un mes? Solo eran días acumulados en la cuenta de una amistad que empezó cuatrocientos setenta y ocho amaneceres antes.

Una amistad que era la luz de sus días.

Los contó porque su mente matemática transformaba cada experiencia en números: las veces que habían tomado algo juntos, los paseos por el parque, las fiestas a las que la había acompañado, los libros que se habían recomendado o incluso las veces que ella no había acudido a una de sus citas. Gráficos imaginarios que ilustraban sus elucubraciones y dibujaban un balance positivo entre los dos, una línea en alza que prometía futuro.

Aquella tarde, en la que contó los días y trazó gráficas, habían quedado pero, por primera vez, ella no se presentó a la cita. Para ser precisos, para no faltar a la verdad, había algo inexacto en aquella afirmación algo intolerable para un chico de ciencias puras. La cita solo era una costumbre repetida, ninguno le otorgó formalidad una llamada para quedar o con una frase el día de antes que la confirmara, pero él lo daba por hecho, porque así venía siendo su amistad desde hacía algo más de un año. Nada de planes ni obligaciones por parte de los dos, aunque al final ambos siempre acudieran puntuales a su no cita diaria.

Por eso contó los días, porque mientras la esperaba no se le ocurrió otra cosa que hacer para calmar la ansiedad, ese monstruo que se despertó cuando el reloj empezó a rebasar la hora de siempre y el viento no le trajo el aroma de su perfume anunciándole su llegada. Tampoco se dibujó su silueta a lo lejos, mientras la tarde caía y se desdibujaban sus colores.

Cuatrocientos setenta y ocho días.

Repasó muchos de ellos mientras la luz del sol se iba apagando. Algunos le provocaron una sonrisa de nostalgia, sobre todo los del principio, cuando eran amigos nuevos y ninguno sabía cómo comportarse, cuando las frases les salían cargadas de precauciones que, con el tiempo, descubrieron que resultaban innecesarias. Otros, los recuerdos de alguna vez que se enfadaron, plantaron en su rostro una mueca de disgusto que enseguida se volvió sonrisa. Sus enfados duraban poco, pero es que era imposible enojarse con ella. Al rato le buscaba para disculparse, aunque muchas veces ni siquiera fuera la responsable de aquel desencuentro, y sus ojos de hada, brillantes e inquietos, deseosos de retomar sus dulces tardes compartidas le ganaban. Funcionaban como una varita y lanzaban un hechizo que borraba de un plumazo las nubes. Y entonces él también acababa pidiendo perdón, aunque a veces ni siquiera recordase qué había causado en enfado. Lo último en el mundo que quería era verla triste y perderse esos momentos que eran lo mejor de sus días.

Se levantó intranquilo. No podía seguir esperando, el retraso era tal que empezó a pensar que había sucedido algo grave. Ella nunca le fallaba, siempre acudía. ¿Dónde estaba? Dudo si seguir esperando o salir en su busca y, al final, ganó también una operación matemática inconsciente: si no había llegado en todos aquellos minutos que hacía que se retrasaba, ya no lo haría. El retraso se salía del gráfico de la media de los que llevaba acumulado en aquellos años, así que supuso que esa desviación tan grande no podía ser sino algo ajeno a su voluntad.

Su corazón, alentado por los cuatrocientos setenta y ocho días que hacía que latía feliz cuando estaba a su lado, se convirtió en un loco descontrolado. Empujó a sus pies y estos eligieron el camino de la casa de ella. No se le ocurrió otro lugar por el que empezar a buscarla. Todavía era aquel tiempo en el que las personas sabían vivir sin un teléfono en el bolsillo.

Anduvo. Primero, calmado. Después, ansioso. Al final, descontrolado, empezó a correr. Esquivaba a los peatones, se impacientaba cuando el tráfico le obligaba a parar frente a una calle. No respetó semáforos ni pasos de peatones hasta que llegó a la puerta de su casa.

Cuatrocientos setenta y ocho días se congelaron frente a sus ojos al llegar allí.

La vio. No le sucedía nada, al menos nada malo. No había sufrido un accidente ni estaba en peligro. Los besos no son peligrosos si los deseas. Y ella, a juzgar por el brillo en sus ojos de hada, deseaba ese beso que un muchacho desconocido para él plantaba en sus labios. Tenía que haberlo imaginado, ni siquiera un ángel como ella podía esperar tanto a que se decidiera a decirle lo que sentía. Nunca se había atrevido y ella, esa tarde, cuatrocientas setenta y ocho después de la primera que compartieron, había tomado otro camino. No servía buscarle defectos a ese chico, en realidad la culpa era solo suya: era idiota. Había presupuesto que ella estaría siempre, pero no fue así. Se le había olvidado decirle lo que sentía o concederle un beso.

Acababa de descubrir, tarde, que las hadas también necesitan besos.


jueves, 31 de enero de 2019

AQUELLAS TARDES DE SOFÁ Y LIBRO



Las tardes de sofá y libro empezaron a finales de un mes de octubre en el que hacía un frío inusual. El día, uno más de una semana anodina, estaba condenado a convertirse en uno de esos que se olvidan, pero viró el rumbo de la rutina desde recién estrenado: lo recibí despierta y así seguí hasta que terminé la novela que estaba leyendo, cuando ya habían pasado con creces las cuatro de la madrugada. 

La primera consecuencia fue que mi cuerpo acusó el golpe de una noche demasiado breve. Unas tremendas ojeras y más desgana de la habitual me acompañaron al instituto y se sentaron conmigo en el pupitre. Para evitar dormirme, la clase de Física y Química la pasé entera fantaseando con los personajes del libro, dándole vueltas a lo que me habían hecho sentir, algo mucho más interesante que los enlaces covalentes. Me pareció escuchar algo de ellos mientras yo seguía perdida en la ciudad de la novela y la aventura que habían vivido los protagonistas. La clase de Matemáticas se pareció mucho. Recuerdo que trató sobre límites, pero los míos divagaban por los de la historia que había leído y su posible continuación. Yo sabía de sobra que no la tenía, pero se me había ocurrido cómo continuarla y no podía frenar a mi loca imaginación.

La idea de escribirla empezó a tomar forma en mi cabeza. Miré el reloj; aún quedaban demasiadas horas para volver a casa. Un suspiro de contrariedad se escapó sin permiso de mi cuerpo. Era la señal de que me resignaba a aguantar como pudiera -y sin dormirme- hasta que terminase la mañana para hacer realidad ese deseo de escribir. El profesor de matemáticas lo interpretó de otro modo. Dejó de escribir en la pizarra, se dio la vuelta y, con la tiza en alto me preguntó: "¿Estás bien?" Pensé en aprovecharme de la mala cara que tenía para decirle que no y regresar a casa, pero mi madre me había regañado por quedarme leyendo hasta tarde y con ella no colaría lo de que estaba enferma, así que le dije que no me sucedía nada y procuré prestar atención a los límites.

Procuré...

Después tocaba Religión. Lo que no habían logrado los enlaces covalentes y los límites estuvo a punto de coseguirlo el cura. El tono monocorde de su voz te empujaba hasta los dominios de Morfeo hasta cuando habías pasado una larga noche con él. La mía había sido tan breve como el encuentro clandestino entre dos amantes, por lo que si no hacía algo me acabaría dando un cabezazo contra la mesa. Abrí el cuaderno de la asignatura, que llevaba trasladando desde primero en la mochila, y por primera vez escribí algo en él, aunque no tenía nada que ver con lo que se decía en clase. Cuando sonó el timbre del recreo apenas lo escuché y tampoco le hice caso. Continué sentada en mi pupitre escribiendo, ignorando la invitación de mis amigas para dar una vuelta hasta la plaza.

Después del recreo teníamos Lengua e Historia y me las pasé tomando apuntes... o eso parecía, porque en realidad seguía trabajando en esa historia para la que había tomado prestados los personajes de otra. El sueño se había evaporado y hasta me pareció que el último timbre de la mañana, ese que siempre esperaba con ansiedad, resultaba demasiado inoportuno.

Volví a casa corriendo y comí, y aunque mi intención era seguir escribiendo, me dormí con el cuaderno en las manos en cuanto me senté en el sofá. Desperté alrededor de las cinco con intenciones renovadas. Iba a seguir, pero no en casa sino en la biblioteca  y allí me presenté con una doble misión. Por un lado, devolver el libro que había terminado y llevarme otro para empezarlo esa misma noche. Por otro, buscar una mesa en la que no hubiera nadie y seguir escribiendo mi historia. Porque, a esas alturas, aunque fuera una ladrona confesa de personajes, la historia era completamente mía.

La primera misión la completé sin problema. Encontré enseguida otro libro e hice los trámites de devolver uno y tomar prestado el otro.

La segunda fue un fracaso. No sé qué pudo pasar esa tarde, tal vez que había empezado el frío o los exámenes, pero no había ni una sola mesa libre. De hecho, apenas quedaban sillas libres sueltas en las mesas que no estaban del todo ocupadas. Por segunda vez en el día solté un suspiro sonoro que, en el silencio de la biblioteca, provocó que un montón de ojos se volvieran hacia mí.

Hice amago de marcharme, pero en el último instante localicé un sitio ideal en el que instalarme: el sillón donde se leía la prensa. Allí solo había un chico. Tenía un cómic en las manos y estaba sentado en un extremo. Si yo ocupaba el otro, no nos molestaríamos. Tendría que apoyar el cuaderno en las rodillas, pero a cambio era un sitio cómodo y calentito donde seguir dejando que mi imaginación se convirtiera en un trazo de tinta.

Cuando me acerqué para sentarme, el chico levantó la cabeza y sonrió.

No era a mí, estaba tan inmerso en su libro que ni siquiera se dio cuenta de que me senté allí, pero yo fui víctima de su sonrisa. Y de sus increíbles ojos azules. Y de la felicidad que transmitía armado tan solo con un libro. Si aquello hubiera sido una película, estoy segura de que la música habría señalado ese instante. Sucedió algo en mí; ya no me apetecía escribir la historia de los personajes con los que me había mantenido despierta en clase, acababa de encontrar al protagonista de una historia que no tendría que robarle a nadie. Tendría que inventarlo todo de ese chico, porque lo único que sabía de él era que estaba sentado en la biblioteca un frío día de finales de octubre, con un cómic en las manos.

Y que tenía unos preciosos ojos azules.

Me quedé sentada en el sofá durante un largo rato, fingiendo que hacía algo, pero en mi boli no se movía. Se había quedado tan atontado como yo. Cuando vi que se levantaba, reaccioné.

-¿Me lo dejas? -le pregunté, señalando el cómic que llevaba en la mano.

Fue lo primero que acerté a decirle. Me lo dio con una sonrisa de las suyas y yo abandoné el cuaderno para fingir un inusitado interés por Asterix y Obelix hasta que se fuera de la biblioteca. Pensé que lo haría, pero no se marchó. Al poco volvió con otro cómic que dejó a mi lado en cuanto lo terminó. Esperó a que terminase de leer el que me había dejado primero para llevárselo a la estantería antes de traer uno nuevo para él.

-Este es mejor que el otro -me susurró al pasar por mi lado rumbo a la estantería.

No hubo muchas más palabras aquella tarde, aunque sí eligió todos mis libros. Esa la primera tarde de sofá y libro fue el principio de muchas durante años. Puede que estuvieramos en una biblioteca cuyas ventanas daban a una calle de un lugar sin magia, pero para nosotros dos ese sofá fue como atravesar el armario de Narnia.

Nos abrió las puertas de un mundo en el que la imaginación era la dueña y nosotros los protagonistas de la historia.

Al final no me inventé su nombre ni escribí su historia, ni aquella otra que se quedó a medias en el cuaderno de religión. No hizo falta. Me lo dijo él una tarde cuando se nos acabaron los cómics y salimos a la calle. Desde entonces, la historia la construimos entre los dos. 

La historia de una amistad adolescente que empezó con un sofá y un libro.