viernes, 30 de agosto de 2019

LE LLAMABAN BRONCO, DE LAURA SANZ


Sinopsis:

Texas, 1868

Rose Randolph vuelve al rancho familiar tras haber pasado los últimos años en Chicago. Las ilusiones que tenía puestas en su retorno al hogar se ven pronto truncadas al descubrir que su padre la ha hecho regresar para casarla con un desconocido. Su tristeza y desolación se verán mitigadas por la presencia de un atractivo e inaccesible vaquero que trabaja domando mustangs salvajes a las órdenes de su progenitor, por el que se sentirá irremediablemente fascinada. Gabriel Salas, el hombre con nombre de arcángel, al que todos llaman Bronco.

Bronco Salas no lo ha tenido fácil en los últimos tiempos. Trabaja en Las Claritas, uno de los ranchos más prósperos de la zona, mientras espera poder cumplir una promesa que le hizo a su familia, por la que ha empeñado su vida y su futuro. La llegada de la hija mayor de su arrogante patrón le supone un contratiempo con el que no había contado. Aun a sabiendas de que cualquier relación con la señora Randolph está destinada al fracaso, y que permitirse caer en la tentación que esa mujer personifica sería un gran error, no puede evitar sentirse atraído por ella.

Ciertas historias de amor están condenadas a no suceder, otras, aun pareciendo imposibles, están escritas en el destino desde el principio. La de Gabriel Salas y Rose Randolph es una de ellas…


Mis impresiones:

Le llamaban Bronco es la sexta novela que leo de Laura Sanz. Desde que la conocí con La chica del pelo azul han pasado unos años y en ellos he visto su evolución positiva como narradora. Durante cuatro novelas dejó la novela de ambientación histórica por la contemporánea, pero esta ocasión vuelve a sus orígenes de alguna manera, a una novela que transcurre hace siglo y medio, y que ha necesitado de un tiempo de documentación para hacer que la historia fuera verosímil.

Pero yo me he dicho a mí misma que no iba a hacer una reseña, que no iba a hablar del narrador equisciente, ni del pasado en el que se nos narra la historia. Tampoco del uso cuidado del lenguaje, teniendo tan en cuenta el decoro poético que hasta se ha documentado en las expresiones mexicanas de algunos de los personajes para que existieran ya en el período que nos narra, y que le dan un tremendo sabor a los diálogos.

Tampoco me apetece hablar de esos capítulos que se enlazan a través de cómo los dos personajes van viendo la misma situación, sin llegar a parecer que se repite, porque ha tenido mucho cuidado en que esas introducciones, necesarias, fueran breves. Os mataría de aburrimiento si me pusiera técnica o me entretuviera en contar que parece que estás en el Oeste americano, cuando describe las calles del pueblo o el rancho Las Claritas. O la forma en la que se visten, o las herramientas que usan, o cómo doman los caballos salvajes.

Quiero hablar de otra cosa.

Quiero hablar de lo que he sentido como lectora.

En esta sexta novela de Laura me ha pasado como en las anteriores, quería encontrar un momento para seguir leyendo. No me he dado cuenta de la cantidad de páginas que tiene, ni siquiera he ido pensando si estaba empleando bien o mal los tiempos verbales, porque en realidad estaban todos tan  bien elegidos y me había metido tanto en la historia que solo quería enterarme de lo que pasaba con Gabriel y Rose.

(También hubo un momento en el que me entraron ganas de asesinar a Laura, pero esto mejor no lo explico mucho. Por si os entran ganas de mandarle a un sicario por hacernos sufrir.)

Le llamaban Bronco tiene lo que le pido a una novela: un punto de intriga, un tanto de romance, una escritura sin escollos, una lectura envolvente que me haga olvidarme del mundo y esa sensación de querer dejarlo todo para leer.

No creo que necesite más razones para enamorarme de una historia, y esta me las ha dado todas.