miércoles, 15 de junio de 2022

EL VIAJE

Estoy haciendo un viaje. No lo parece porque apenas me he movido de los metros que separan el salón de mi habitación, pero la realidad es que, aunque mi cuerpo lo desmienta, yo no estoy en casa. Me he ido a explorar el mundo para cargarme de experiencias que después podré traspasar a la ficción. O de enseñanzas que intentaré aplicar a eso que llamamos vida real.

En este mundo donde la virtualidad y la realidad han diluido sus líneas, en esta mente mía que se inventa historias, se puede viajar cuando y donde se quiera sin importar ni siquiera el presupuesto.

El caso es que esta noche me ha pasado una cosa muy rara. Una de las normas de este extraño viaje es no enviar correos electrónicos. Contestarlos, si son importantes, sí, porque nadie tiene la culpa de que yo esté como una regadera. El WhatsApp no cuenta, porque cuando nos vamos de viaje, las personas importantes de nuestra vida no se borran. Si las borramos, si dejamos de comunicarnos con ellas es que no eran importantes o por lo menos eso es lo que me parece a mí. Lo que ha pasado es que me he despertado y estaba convencida de que me había saltado la norma de no escribir correos. De hecho, me acordaba de la parrafada que había salido, del enorme email que me había marcado a pesar de que me lo tengo prohibido.

He ido corriendo al correo a ver si, por aquello de que algunas veces mi memoria chisporrotea, me había levantado de la cama y había escrito en modo sonámbulo.

Menos mal, no lo he hecho.

¿Y por qué es importante no hacer esto, si es una chorrada? Pues porque hasta ahora, en todos mis viajes de los últimos por lo menos siete años, he escrito correos no necesarios. Algunos breves, otros más largos, pero la mayoría prescindibles hasta que volviera. Qué digo la mayoría, me temo que el 99% me los debería haber ahorrado y haber disfrutado las vacaciones.

Estoy de viaje imaginario porque no puede ser, de ninguna manera, real. Es a otro siglo y las máquinas del tiempo, hasta donde sé, solo existen en la ficción. Y es en ella donde me he metido de lleno, en una que leo y otra que escribo que transcurren en ese tiempo que ya es pasado. Me está encantando lo que encuentro. Las ciudades de ambos escenarios son diferentes, pero los matices son los mismos y leer a la vez que escribo me está ayudando a sentirme allí. Imaginar para narrar, eso es lo que hacemos los escritores, y si no quiero alejarme mucho de la tarea, es preciso que anule lo superfluo, lo innecesario, lo inútil o lo vacío para llenarme de otro modo.

Vale, a lo mejor soy una tarada.

O a lo mejor tengo que agradecer esta imaginación poderosa que no sé de dónde ha salido que me permite vivir más de una vez.