domingo, 24 de septiembre de 2017

ESCRITOR O NOVELISTA



Nunca me había parado a pensar en la diferencia entre estas dos palabras hasta que un amigo, Roberto, me dijo.

"No es lo mismo un escritor que un novelista."

Fue tan contundente, lo soltó tan convencido que desde entonces -quizá hace años que tuvimos por primera vez esa conversación- de vez en cuando le doy vueltas. Hace un rato, mientras fregaba los suelos, he estado pensando en ello. Hay gente que reflexiona delante de un lago sereno mientras tira piedrecitas al agua, o mirando a las estrellas en un cielo despejado, pero yo no tengo tiempo y lo suelo hacer cuando acometo las tareas de la casa, que me llevan un montón de rato y son un tostón. En una pausa, -que me he tomado porque me aburro-, he ido al diccionario, para ver si coincidían las definiciones de ambas, puesto que muchas veces las usamos como sinónimos. Esto es lo que dice:

Definición de escritor: "Persona que se dedica a escribir obras literarias".
Definición de novelista: "Persona que escribe novelas".

Si nos quedamos en esto, un escritor abarcaría todas las ramas de la literatura, todos los géneros sin constreñirse a la narrativa y, más en concreto, a uno de sus subgéneros, que es la novela. Además, si analizamos lo que pone en la definición de escritor, hay una palabra, "dedica", que quizá pueda aportar el matiz de vivir de ello. O sea, un escritor escribe lo que le da la gana y además vive de ello. Vale, sé que es un pensamiento simple, pero los vapores de la lejía es lo que tienen, que atontan un poco.

Fregona en mano, me he puesto a pensar si habría más escritores que novelistas porque, claro, al abarcar todos los géneros, en teoría tendría que incluir a poetas, dramaturgos y ensayistas, no solo a los novelistas. Sí, definitivamente, escritores debe de haber muchos más que novelistas. Todos los novelistas son escritores, aunque no todos los escritores sean novelistas. Pero cuando escurría el mocho, me ha venido otra idea a la cabeza. No puede ser. Si le añadimos el matiz de dedicarse a ello por completo, entonces todo cambia. Habría muy pocos escritores, porque poca gente puede ganarse la vida solo de escribir.

Eso es así, lo tengo más que comprobado.

He seguido a lo mío, pensando y limpiando, y entonces me he ido a la otra  definición, mientras trasladaba el cubo de la fregona a otra habitación. Novelista es el que escribe novelas, no dice nada de publicarlas, así que igual hay millones de novelistas por el mundo y superan al número de escritores. Pueden tenerlas en sus cajones guardaditas. O quizá publicarlas sin dedicarse a ello...

Así que ahí he estado un rato, dándole vueltas, aunque a decir verdad lo que él me dijo que diferencia a un escritor de un novelista ni está en estas definiciones ni en mis reflexiones fregona en mano. Son suyas y le dejo que sea él quien os las cuente.

Si quiere.

Me voy a seguir, me queda un rato para terminar y se me han acabado la excusas...

jueves, 21 de septiembre de 2017

LA IMPRESIÓN QUE PERMANECE


Una vez más vuelvo para registrar un fracaso lector. O más bien las circunstancias alrededor de ese fracaso porque, como siempre, no diré título. No es cobardía, puedo defender por qué no me ha gustado una novela con argumentos sólidos, pero en este caso sería muy injusta: no he pasado de la cuarta línea.

No tengo ni idea de la trama, ni me interesa.

¿Cómo es posible que mi listón de exigencia se haya visto interrumpido tan pronto? Eso me llevo preguntando un buen rato, intentando dilucidar si me he vuelto loca de remate o una anciana cascarrabias que no soporta de ninguna manera cualquier incorrección, aunque esta sea un pelo que se ha escapado de un apretado moño, una motita de polvo en el hombro o una miserable miguita sobre la alfombra.

Tengo restos de palomitas de caramelo en el teclado del portátil, me da que no es eso.

Esto no es una mota o una miguita, es la base. Los cimientos que han sufrido un cataclismo de 8 en la escala de Richter al encontrarme una expresión absurda. He mentido un poco, sí he continuado leyendo unas líneas, lo justo para pasar página en el Kindle y he visto otra peor que la anterior. La decisión que estoy segura que había tomado en la línea cuatro la he ratificado y he mandado a paseo el libro. Sin contemplaciones. Esto se lo paso a un niño de ocho años. A uno de nueve ya no.

A alguien que se atreve a publicar esto, menos.

Y que no me diga que esto es una metáfora que no he entendido, llevo toda la puñetera vida explicando qué es una metáfora y esto no lo es. Esto es ese tipo de lenguaje engolado y pretencioso de quien no se ha enterado de que escribir consiste en contar una historia de la mejor manera que se pueda, sudando cada palabra, cada expresión para que transmitan emociones, que en eso consiste la literatura... pero que se entiendan. Que las entienda alguien más que uno mismo, que no suenen como si nos quedasen todos los cursos de la ESO por terminar.

No puedo contaros de qué va el libro porque en cuatro líneas no me ha dado tiempo a saberlo. No lo he comprado, porque adquirí la sanísima costumbre de descargar fragmentos de novelas antes de comprarlas, no fuera a ser que me pasara esto y, lo siento, pero no tiro ya más euros.

Esta no era una novela de las que quiero leer, de todos modos, solo una de esas sugerencias que te llegan al correo y a las que a veces hago caso. Porque a veces me descubren gente maravillosa, como me pasó con Elena Fuentes (por cierto, enhorabuena por ser Finalista en el concurso de Amazon con El legado de Ava). Otras, sin embargo, acabo preguntándome por qué todo el mundo piensa que escribir un libro es tan sencillo como abrir un Word y liarse a poner palabras unas delante de otras. Hace falta ritmo, duende y un dominio de las herramientas del escritor: sí, las palabras. Su significado connotativo y denotativo, las figuras literarias, los giros, las expresiones, los latinismos y los latinajos...

Esto es una vida de aprendizaje que no termina jamás.

Lo digo y lo repetiré hasta que me sangren los dedos al teclear: que no te dominen ellas, que las domines tú. Que no acaben diciendo lo que quieren sino lo que tú deseas. Que no se inventen metáforas que solo entiendes tú, porque entonces no es una metáfora. Es la peor tarjeta de presentación.

Y, ya se sabe, la impresión que se causa la primera vez es la que permanece.

lunes, 11 de septiembre de 2017

HOY HE SOÑADO CONTIGO

Hay sueños que dejan la huella de una historia. A veces loca, a veces cuerda, a ratos inconexa y otros tan clara que te parece que son más ciertos que la misma realidad.

Otros, ni siquiera recuerdas qué paso. A medida que te despiertas, las imágenes se vuelven difusas, las palabras se esconden en algún lugar inaccesible de la mente y es imposible rememorar qué fue lo que has soñado.

Hoy ha sido uno de esos días.

Si me lo pregunto, no puedo saber qué sucedía en el sueño que estaba teniendo justo antes de despertar por la mañana. Ni un registro de dónde estaba, ni de la secuencia de los hechos. Nada. Como cada día se ha ido borrando poco a poco y, pese a mi esfuerzo por recomponer la historia, esta se ha perdido en el laberinto de lo que no recordamos.

Menos un detalle.



Sé quién estaba conmigo en ese sueño. Puedo recordar su tacto, sus piernas gorditas, sus manos diminutas y su leve peso encajado en mi cintura, pues lo llevaba cargado en brazos. Eso es lo que recuerdo. Mi bebé. Hoy, pese a estar dormida, he sentido plenamente su olor de niño. Ha sido como si esta noche hubiera abierto el almacén de la memoria por una estantería del año 2000 y me lo hubiera traído conmigo, en una explosión de sensaciones que han sido tan vívidas como si fueran reales.

Si cierro los ojos y me concentro, todavía siento en mis manos la suavidad de su piel.

No puedo recordar mi sueño, pero llevo todo el día arrastrando su nostalgia, mirando al joven (guapo, alto, moreno) en el que se ha convertido y recordando ese bebé sonriente y feliz que me miraba como si no hubiera nadie más importante en el mundo. Que se dormía solo entre mis brazos y que se ponía histérico si lo soltaba.

Hoy he soñado contigo, hijo.

Quizá he soñado que volvías a ser pequeño porque me cuesta mucho aceptar que te haces mayor. Que un día, no tardando mucho, te acabarás marchando de casa.


viernes, 8 de septiembre de 2017

LA LUCHA DE JAN DE LAURA SANZ



Sinopsis:

Han pasado ocho meses desde que Jan Landvik, antiguo campeón de MMA, se vio forzado a tomar una decisión: entregarle un año de su vida a Bajram Sejdiu, participando en su circuito de peleas ilegales para poder hacerse cargo de las deudas de juego de su hermano pequeño. Siempre dispuesto a sacrificarse por los que ama, no contaba con que esta vez el precio a pagar iba a ser muy alto… demasiado alto.
Inmerso en esa nueva y destructiva forma de vida, alejado de su familia, endurecido por las circunstancias y tratando de sobrevivir en un ambiente violento… Jan ha comenzado a convertirse en un hombre sin escrúpulos.
Pero el destino, a veces ingrato a veces cruel, va a poner en su camino a una mujer  que necesita desesperadamente ser rescatada.
Y eso… va a cambiarlo todo.

Mis impresiones:

Sabéis que Laura Sanz y yo compartimos origen alcarreño, por lo que nos hemos visto algunas veces y tenemos buena relación, pero voy a decir una cosa: la odio. Escribe unas historias tan envolventes que hace que cuatrocientas y pico páginas te sean más fáciles de leer que cien de otros autores. Que te den las tantas de la madrugada -cuando al día siguiente hay que madrugar- y tú sigas ahí, pegada a estos personajes que se saca de la manga, de los que es imposible no enamorarse.

¿No os parece odiosa?

Hace que cuando leo lo que escribe se me olviden la hora, las prisas, las citas, dormir, planchar... contribuyendo a que mi vida se vuelva aún más caótica de lo que ya es por sí sola.

Y eso que yo la leo con un handicap, el del lector cero que tiene que estar atento a la forma, a que los giros en la trama no se metan en laberintos, a que no haya cabos sueltos o momentos en los que la verosimilitud se tambalee. A que ninguna la palabra se tome la libertad de significar a su antojo o que ninguna letra equivoque su lugar. Es igual. Ni siquiera eso es capaz de frenarme y a veces me he tenido que dar la vuelta para revisar alguna escena en la que literalmente se me había olvidado que esa era mi misión.

Solo estaba disfrutando de lo que me había puesto ante los ojos.

Leí esta historia tiempo antes de que se publicase y desde ese momento supe que la reacción que iban a tener las lectoras de este libro sería tal y como ha sido: espectacular. Derechito al número 1 sin trampa ni cartón, sin más estrategia que la de escribir una buena historia y hacerlo respetando profundamente al lector. Corrigiendo hasta la extenuación y ofreciendo un producto de calidad. Laura, en eso es como yo, es perfeccionista hasta la médula y siempre quiere aprender. Y es una esponja.

¿Pero qué cuenta La Lucha de Jan?

Esta novela es la segunda de la trilogía de los hermanos Landvik. El protagonista es Jan, el mayor de todos. En La historia de Cas lo conocíamos y, contrario a lo que sucedía con Till, el pequeño, dejaba buenas sensaciones. Ganas de saber mucho más y de lo que le depararía ese futuro que tenía pensado Laura Sanz para él. A pesar de su aspecto, tatuado, rapado, con rastros en el rostro de haber sido luchador, Jan emanaba humanidad. Por culpa del pequeño Till, en la primera novela se veía obligado a saldar una deuda.

Todo para proteger lo que él considera más importante: la familia.

Jan es conocido como Eismann en el circuito de MMA, un hombre tan frío como su apodo, pero eso es algo que cualquiera que lo conozca un poco sabe que no es más que una pose, que se refuerza por su físico imponente. Además de luchar, para terminar de una vez por todas con su deuda decide actuar como matón a sueldo. Un día, en el club de Bajram Sejdiu, se encuentra con una mujer que le cautiva. No sabe hasta qué punto Oksana Novalnyova va a jugar un papel decisivo en su vida y cómo una ucraniana de 20 años se colará en el corazón de este solitario alemán de 34. Ese día solo es capaz de pensar que le recuerda a Blancanieves (en alemán, Schneewittchen).

Cómo acaban juntos no os lo voy a contar, hay que leer. Para el personaje femenino será una experiencia difícil y para él, además, sorprendente. Oksana es dura, no derrama una lágrima y esa fortaleza conmueve y cautiva a Jan, que es muy protector. No necesita mucho tiempo para darse cuenta de que por ella será capaz de hacer cualquier cosa.

Y hasta aquí puedo leer... digo escribir...

Laura lo cuenta muy bonito, introduciendo las descripciones justas que sitúan al lector y los diálogos que nos permiten conocer a los personajes por sus acciones. Dibuja el ambiente sórdido de los clubs y utiliza como temas de fondo la trata de blancas y las luchas clandestinas. La autora usa dos narradores, uno para lo que es la novela y otro para el diario de Oksana, donde realmente iremos conociendo a este personaje en profundidad. El diario, como todo diario normal que se precie, está en tercera persona y con partes en presente y otras en pasado. La narración del resto de la novela se la deja a un narrador omnisciente en pasado.

¿Por qué os recomiendo leerla?

Si vuestro género es la romántica, porque hace soñar. Porque a pesar de la dureza de algunas escenas, tiene otras muy bonitas y sin necesidad, en ningún momento de echar mano del bote de azúcar. Y está bien escrita, eso no me voy a cansar de decirlo. Hay una evolución en Laura Sanz, de novela en novela, que me está encantando ver en primera persona.

Y también os recomiendo que la compréis, no la pirateéis, por favor: Laura tiene que alimentar a tres gatos.

Podéis conseguirla aquí.




martes, 5 de septiembre de 2017

HASTA QUE LLEGASTE A MI VIDA DE BEATRIZ MANRIQUE



Sinopsis:

Charlotte Gallagher se encuentra en un baile ante la mirada de los demás invitados y de la poca familia que le queda. Su hermanastro Edward quiere obligarla a casarse con un hombre al que no ama mientras la presiona para que finja estar feliz ante su inminente compromiso con lord Sidmouth. Charlotte se siente sola y atrapada. No tiene a nadie a quien acudir y le horroriza la idea de contraer nupcias con un hombre al que desprecia. Desesperada, se aleja de la gente en busca de un respiro y, sin esperarlo, se encuentra con Alonso, un agente español al que no dudará en utilizar para alcanzar su ansiada libertad.

Una novela ambientada a finales de siglo XIX entre España y Estados Unidos, en la que se respira el ambiente del Madrid decimonónico y en la que el amor tendrá que luchar contra la desconfianza, el espionaje y los intereses personales.

Mis impresiones:

Antes de empezar este comentario quiero hacer un pequeño inciso. Si os fijáis, jamás pongo datos técnicos de las novelas que atraviesan el espejo. Eso tiene una intención, la de no hacer ninguna distinción entre novelas autoeditadas y novelas que llevan detrás un sello editorial. En ambos casos se pueden encontrar buenas y malas novelas, pero en el espejo no. En el espejo, en mi espejo, solo las que a mí me satisfacen. Y eso, desde luego, es independiente de los avales con los que vengan.

Dicho esto, empiezo con la novela de Beatriz Manrique.

La llevo viendo desde que se publicó, pero no fue hasta el otro día, cuando HQÑ puso 109 novelas en oferta (incluidas dos mías) cuando la compré. La verdad que fue a la desesperada, porque llevaba a mis espaldas una decena de abandonos (bueno, en medio leí un relato que descargué gratis y solo lo leí porque era corto, porque malo era un rato). Cuando vi esta novela en Twitter me acordé de que hacía tiempo había leído la sinopsis y me había llamado la atención y no lo pensé más.

Descargué la muestra...

Ya, ya sé que es lo que debería de haber hecho con las otras, pero a veces no controlo mis impulsos, hago cosas sin pensar aunque sepa que pueden traer consecuencias (negativas), pero qué le vamos a hacer. Estoy viva y a veces voy con tanta prisa que se me olvida lo básico. Después de tanto abandono, recordé que esto se puede hacer, así que allá fui.

No llevaba ni dos páginas cuando me di cuenta de que, con Hasta que llegaste a mi vida no habría sido necesario tomar precauciones. La narrativa de Beatriz está a años luz de todo lo que había leído esos días. La historia me resultaba atractiva y, sin darme cuenta, había terminado el fragmento. La compré desde el mismo kindle y continué la lectura.

La historia arranca en Londres, en 1874, en un baile. Charlotte, la protagonista, quiere escapar de una situación incómoda, el matrimonio de conveniencia que ha planificado su hermanastro con lord Sidmouth, un hombre al que detesta con todas sus fuerzas y que es mucho mayor que ella. Charlotte, desesperada, encuentra en Alonso, un espía español que está en la fiesta porque recaba información para los partidarios del príncipe Alfonso (futuro Alfonso XII) para que este ingrese en la Academia Militar británica de Sandhurst. Alonso es comprometido por Charlotte y, para mantener el honor, solo tiene dos opciones: batirse en duelo con Eduard, el hermano de la muchacha, o casarse con ella. No os cuento qué es lo que hace que se decante por el matrimonio, es mejor que lo descubráis.

La relación entre los dos protagonistas no empieza bien. Él está dispuesto a hacérselo pasar mal, porque con el chantaje le ha tirado su vida personal (complicada) y ella tampoco es que sea muy simpática con su marido, pero están dispuestos a aguantar un tiempo juntos y, pasado este, solicitar la nulidad por no haber consumado el matrimonio. Sin embargo...

Lo leéis.

Me ha hecho disfrutar, es ágil, hay pinceladas de la historia de finales del siglo XIX en España y escenarios que recorren Gran Bretaña, Madrid y Boston. No me ha durado apenas y me ha dejado buenas sensaciones y ganas de leer algo más de Beatriz. Me han recomendado encarecidamente Un sombrero en el corazón, así que haré caso.

Si os apetece, está en oferta durante este mes. En Amazon por 0,94€. Lo podéis conseguir aquí.

sábado, 2 de septiembre de 2017

PREMIO ROMANTIC EDICIONES

Ayer me enteré de que el II Premio Romantic, de Romantic Ediciones había quedado desierto. En un escueto comunicado, que podéis leer aquí, se daba la noticia.

No es la primera vez que un premio de novela romántica queda desierto, de hecho, si no recuerdo mal, pasó lo mismo con el Titania. Esto me ha hecho pararme a pensar qué es lo que está pasando. ¿Cómo es posible que un género en el que cada vez se publica más convoque premios que al final quedan desiertos? ¿No es un poco extraño? ¿No es contradictorio? ¿No debería ser lo contrario, que costase encontrar un ganador entre tanta novela escrita?

El año pasado leí varios post en los que se especulaba con que el problema era la dotación económica. Se decía que esa podía ser la causa de que el premio se dejase desierto. Quizá si era demasiado alto y por otras ediciones habían constatado que no se recuperaba la inversión con las ventas, la editorial hubiera preferido dejarlo desierto y no arriesgarse a perder dinero. Es un pensamiento lógico, al fin y al cabo el mundo editorial es, ante todo, un negocio. Si no cuadran las cuentas, si se pierde dinero, el invento se va al garete. No está el mundo para tirar cohetes ni dinero por la ventana. Por tanto, aquellos rumores tenían una base razonable en la que apoyarse, aunque a mí no me consta que fueran más allá de eso: rumores. Se extendieron, pero ya se sabe, "la verdad es siempre menos interesante que una mentira bien adornada", así que lo dejé ahí, en el baúl del millón de cosas que leo al mes, sin darle mucho crédito.

Sigo sin dárselo del todo, que conste, pero supongo que el decir que es culpa del dinero deja de lado la otra posibilidad, la que a mí me parece mucho más real. La que tiene que ver con el talento. Ayer, al leer el comunicado de Romantic, pensé más en calidad. Siento con toda mi alma decirlo, pero creo que cada vez hay menos en el género. Las historias se repiten y, al menos para mí, falta también escritura. Es verdad que a muchos lectores parece últimamente que la calidad les importa muy poco, pero las editoriales tienen un prestigio que mantener. Un listón mínimo, un nivel que, de bajarlo, repercutiría en el resto de su catálogo. Entiendo que se opongan a que este descienda. Que no publiquen a cualquiera y que tampoco premien sin estar seguros del todo de que eso no será mala prensa para ellos.

Os voy a contar algo.

Hace un par de años fui invitada a hablar en una mesa sobre premios literarios. También hay otro rumor que dice que siempre están dados de antemano. En eso yo tengo que decir que, por lo que a mí respecta, a mí no me conocía ni Dios, así que no sé por qué me lo iban a dar cuando quedé finalista en el HQÑ. De eso se habló mucho tiempo en esa reunión, de "enchufes", pero en esa mesa no se habló de otra cosa de la que yo sí quería hablar. No lo hice porque me advirtieron de que, de hacerlo, podría repercutir en las ventas de mis libros. Iba a tocarle las narices a algunos egos, en este mundo hay muchos y yo tenía una novela en lo más alto de todos los tops. No convenía dañarla, pero ahora no estoy en esa situación, así que creo que ya es tiempo de hablar. Quería hacerlo porque creo que es la causa de que estos premios se queden desiertos: hay que ser mucho más críticos con nosotros mismos. Parece una gilipollez, pero me estoy encontrando con que no lo es, que la crítica siempre es hacia los demás, pero no sabemos ver vigas en nuestros ojos o transatlánticos del tamaño del Titanic. Eso si, una mota en el ojo de otro la vemos como si llevásemos un microscopio de aumento y corremos contarlo. Sobre todo en Goodreads...

Si vamos a presentarnos a un concurso, lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos si la historia la leeríamos de no ser nuestra o la dejaríamos en la página tres. Yo he sido jurado muchas veces, sobre todo de relatos, y he alucinado con lo que te encuentras. ¿Cómo puedes pretender ganar un premio si el sujeto de la primera oración lo pones en singular y el verbo en plural? ¿Cómo puñetas crees que vas a llegar lejos si confundes la uve con la be? Eso lo he visto, me han fallado haches y otras se habían evaporado y, lo siento, pero un escritor tiene que manejar sus herramientas, las palabras. Si no lo hace, a mí ya no me vale, por mucho que la historia que me cuente sea hiper mega súper bonita: ya no hay magia. Ya no hay premio. Yo no puedo, mi conciencia me lo impide, premiar a alguien que no sabe distinguir lo básico (ojo, no hablo de erratas, sino de errores, de los gordos, de los que hacen sangrar los ojos. Una errata se le escapa a cualquiera).

Creo que es ahí donde hay que buscar ese premio desierto y donde hay que pararse a pensar qué es lo que ha pasado. Y para quienes se hayan presentado y no han pasado la criba, con más razón, porque han sido leídos por profesionales. No vayáis corriendo a Amazon a publicar la novela, dadle una vuelta.

Os estaréis haciendo un favor, y de paso un favor a este género.

LIMPIEZA DE KINDLE



Hace unos meses, lo que he estado haciendo esta noche me habría causado un tremendo cargo de conciencia. Sé que escribir una novela lleva su tiempo, un esfuerzo enorme para que todas las piezas del puzle que la compone acaben encajando. Lleva, además, sueños, esperanzas, deseos que a veces llegan desde la infancia.

¿Quién soy yo para desmontar los sueños de nadie?

Por eso no hago reseñas negativas, porque no me siento con la suficiente autoridad como para tirar de un plumazo el trabajo de otro. Lo que leo y no me convence me lo guardo y en ese silencio está mi crítica: mejora. No hay más, porque aunque yo pueda saber dónde están los fallos de cada libro, no soy quien para dar lecciones a quienes no me las han pedido. Pero ayer, después de acumular diez fracasos lectores, decidí que una cosa es hacer una crítica en público y otra muy distinta ser condescendiente en lo privado. Ser demasiado buena incluso para no tomar la decisión de borrar de mi kindle algunos libros que no se merecen, por supuesto, ese calificativo. A lo sumo son textos escritos. Punto.

Ayer me harté de empezar historias sin pies ni cabeza y he tomado una decisión. Ya no le pienso dar un 10% de cortesía a nada. Mi cortesía se acaba en la página tres y, en casos extremos, como los que me encontré ayer, incluso en el primer párrafo. No pienso leer a un narrador que no sabe nada más que soltar frases hechas, o a otro que no se ha tomado la molestia de suprimir repeticiones. Me niego a perder mi tiempo con escritos que ni siquiera han pasado el corrector ortográfico del procesador de textos (hay que ser vago para no pasárselo y tener una cara impresionante para publicarlo encima). Mi tiempo vale más que el tratar de entender una historia que se va contradiciendo párrafo tras párrafo, o aquella otra que se agarra como una garrapata a los clichés del género porque sabe que hay gente que compra libros (y los lee) que no es capaz de soportar que no le cuentes la misma historia de siempre cambiándole los nombres a los personajes. ¿Para qué vamos a esforzarnos en ser originales? ¿Para qué vamos a escribir un poquito bien? (No digo que lo llenemos todo de adjetivos, eso no es escribir bien, eso es ser un novato y no saberlo. Hablo de claridad, de que seamos nosotros los que dominemos a las palabras y no ellas las que acaben llevando al lector al abismo de la desesperación porque no entiende nada).

Yo ya no tengo más paciencia.

Para leer la misma historia una y otra vez, leeré lo que ya leí y me gustó y dejaré de perder el tiempo.



martes, 22 de agosto de 2017

LA CONFIANZA



Paseó sus dedos por el jarrón de la entrada, mientras aguardaba a que Ana se terminase de vestir en la planta de arriba. Su amiga era así,  jamás era capaz de estar preparada a la hora que quedaba. Clara casi había olvidado la rutina de esperarla mientras se maquillaba, aunque la verdad era que no le importaba mucho. La tardanza de Ana compensó a Clara muchas veces. Todos los chicos se volvían para admirar su exótica belleza en cuanto entraban en los locales de copas y eso siempre había sido genial porque cada noche solo podía decidirse por uno de ellos. Entre el montón de rechazados siempre quedaba alguno que acababa charlando con Clara y se convertía en su conquista del fin de semana.

Sin haberse esforzado nada.

No era que Clara no fuera guapa, pero le daba mucha pereza pasarse el tiempo decidiéndose por un modelito y no tenía ni idea de maquillarse con el estilo de Ana. Junto a ella apenas llamaba la atención. Prefería recoger lo que su amiga iba descartando, sin importarle demasiado. Así, una noche, había conocido a Rafa, un tipo interesante con pinta de intelectual despistado que había cambiado su vida. Ana se decantó por un rubio alto, de cuerpo musculoso y ojos verdes, y Rafa acabó siendo consolado por Clara. Entre ambos surgió una historia que llevaba casi un año de recorrido. Esa noche, Ana le había pedido a Clara que recordasen viejos tiempos y había quedado con ella de nuevo. Le pareció buena idea porque llevaba varias semanas sin salir apenas. Rafa estaba preparando unas oposiciones que se aproximaban y muchos fines de semana se excusaba con ella, que no tenía más que hacer que leer un libro o ver alguna película en la televisión.

El plan de Ana llegó como algo inesperado, unos momentos de diversión que le estaban haciendo falta.

Clara seguía acariciando aquel jarrón, cuando notó en la yema de su dedo una pequeña irregularidad que apenas se veía. Acercó la cara a la superficie y allí estaba, una señal diminuta de que en algún momento se había roto y alguien se había molestado en pegarlo, poniendo todo su empeño en minimizar el daño.

Sonrió.

Apenas se veía, pero era innegable que aquel hermoso adorno se había roto alguna vez.

En esos pensamientos andaba sumida cuando Ana bajó las escaleras, tan elegante como siempre. Su plan era ir a cenar a un restaurante, para contarle algo importante, y después ir a tomar un par de copas. Le había prometido que aquella noche de invierno no habría chicos, que estarían juntas unas horas y después se irían a casa como niñas buenas. A Clara le pareció bien, al fin y al cabo ella tenía a Rafa y ya había pasado el tiempo de hacer tonterías.

"Es una sorpresa", le dijo Ana, misteriosa, cuando le preguntó cuál era el asunto que se traía entre manos.

La cena, en un restaurante del centro, fue entretenida. Se pusieron al día sobre sus trabajos y sobre lo que hacía que no se veían y estuvieron riéndose de anécdotas del tiempo en el que cada fin de semana salían dispuestas a romper corazones. Bueno, Ana rompía unos cuantos y Clara se dedicaba a recoger los pedazos de alguno de ellos. Se acordó del jarrón. Su misión era la del pegamento, unir la herida y que aquella cicatriz diminuta del rechazo no se notase. Le hizo gracia su propio pensamiento y sonrió, pensando también que aquellas historias sonaban lejanas, aunque solo hubiera pasado un año desde que no practicaban ese juego.

Ana miró el reloj varias veces y, a las diez se disculpó un momento para ir al baño a retocarse el maquillaje. Clara se quedó en la mesa y se sirvió la tercera copa de vino, jurándose que sería la última. Comenzaba a sentir los efectos de licor en su organismo y, aunque sabía que volvería en taxi a casa, no quería parecer idiota cuando no acertase a meter la llave en la cerradura. Se estaba riendo ella sola, imaginándose la situación, cuando notó que su teléfono vibraba en el bolso, que estaba colgado en la silla. Lo sacó y vio que había un mensaje. De Ana. Lo abrió y constató que era una fotografía. Ana se acababa de hacer un selfie con Rafa y tenía que haber sido en ese momento porque iba vestida exactamente igual que cuando se había levantado de la mesa. De hecho, hacía un rato que había visto ella misma la planta que tenían detrás de ellos en el restaurante.

Clara se dio la vuelta y miró hacia la zona de la entrada, donde recordó que estaba la planta. Ana le había dicho que guardaba una sorpresa. Tal vez era eso, que Rafa había decidido dejar de estudiar un poco y acompañarlas a tomar algo. Se arrepintió de no haberse puesto más guapa, tal y como había hecho Ana.

Un instante después, los ojos de Clara tropezaron con los de Rafa y a él le cambió la cara. Desde luego, si se trataba de una sorpresa, él se la acababa de llevar, porque se quedó blanco. Era evidente que no esperaba a Clara en el restaurante. Ana, sin embargo, seguía sonriente, como si no pasara nada.

Ambos llegaron a la mesa y durante unos tensos minutos, Rafa no supo qué decir. Ana fue la que habló sin parar de la casualidad -y subrayó la palabra- de habérselo encontrado. Él intentó disimular, pero Clara le conocía lo suficiente como para darse cuenta de que lo estaba pasando mal. No la esperaba, no esperaba a su novia aquella noche en aquel restaurante, no hacía falta ser muy lista para darse cuenta. Rafa se tomó una copa con ellas y balbució una disculpa, que tenía que volver a estudiar, y se marchó. En cuanto estuvieron solas, Clara preguntó a Ana:

-¿A qué ha venido esto?
-Lleva meses intentando quedar conmigo. Ya no sabía cómo decirle que no. Ni tampoco cómo decírtelo a ti.

La tormenta que estalló fue de dimensiones épicas. Clara, incapaz de razonar, vomitó la rabia que sentía en aquella mesa de restaurante, llenando los oídos de los comensales de las mesas vecinas de palabras tan broncas como su estado de ánimo. Ana aguantó el chaparrón como pudo y, cuando Clara se tranquilizó, le dijo que pagaría la cuenta, que se marchase. Quizá en casa se podría calmar y ya hablarían al día siguiente.

No pasó.

Clara se marchó, pero no volvieron a verse en meses, aunque Ana intentó hablar con ella muchas veces. Clara no quiso escucharla, aunque sí lo hizo con Rafa, que desde la primera noche le contó otra versión de la historia, una que hablaba de la incapacidad de su amiga de aceptar que la hubiera elegido a ella hacía un año.

"Tiene demasiado ego para admitir que no fue ella la que me rechazó, sino yo", le dijo.

Y después Rafa besó a Clara, la llenó de promesas y de palabras, cubrió su cuerpo con caricias y ella, vulnerable al dolor que había supuesto la traición de la que había sido su amiga durante toda la vida, se aferró a sus manos para no hundirse. Se quedó a su lado y espantó los recuerdos de una amistad que había durado casi una vida.

Olvidó.

Hasta aquella tarde de otoño en la que Clara regresó a casa de su amiga.

El jarrón seguía en el mismo sitio. La grieta continuaba allí, visible para quien se fijase un poco. Clara lo miraba mientras esperaba a que Ana bajase por la escalera. Mientras paseaba sus dedos por la superficie, tragó saliva; después debería tragarse el orgullo y pedirle perdón a su amiga. No había sido Ana la que le mintió aquella noche, sino Rafa. No era ella la que había traicionado a su amiga. Había un ego herido en esa historia, sí, pero no era el de Ana, sino el de su novio, que nunca había aceptado en realidad que Ana no lo eligiera.

Había tardado mucho en darse cuenta de que ella solo había sido el modo de Rafa para poder estar cerca de Ana.

Aquella noche, en el restaurante, su relación se estrelló contra el suelo, como le había pasado a aquel jarrón. Le pusieron pegamento, pero quedó una huella que no habían podido ignorar. Clara tomó el adorno entre las manos y al hacerlo notó que por detrás había muchas más grietas. Lo dio la vuelta. Las más profundas, se habían ocultado a propósito, como ella había intentado guardarse los temores que asaltaron su ánimo cuando vio empalidecer a su novio al verla en el restaurante. Aquel jarrón estaba vuelto para disimular sus imperfecciones y, a simple vista, parecía normal.Era lo mismo que había hecho ella con su historia de amor. Le dio la vuelta, ocultó que estaba rota de sus propios ojos para ignorar el dolor. Pero no era verdad, ese día se hizo añicos la confianza que un día Clara había tenido en Rafa.

Y una confianza rota no se puede recuperar.

Había ido a ver a Ana con la esperanza de que, con ella, siguiera intacta.




lunes, 7 de agosto de 2017

ESCRIBIR BAJO SEUDÓNIMO

No sé si alguna vez lo he dicho, pero escribo bajo un seudónimo. No fue intencionado, la realidad es que vivo bajo un seudónimo desde que nací, pero no lo sabía. Ni siquiera me lo había planteado hasta que fui a registrar mi primera novela en Cultura, en Segovia. La funcionaria que me atendió me dijo que tenía que volver a poner una portada en la novela con mi nombre real y debajo de él el seudónimo, ya que Mayte Esteban lo era.

Vale, yo sabía que no es mi nombre, no soy tonta, pero no se me pasó por la cabeza que poniendo mi diminutivo en lugar de mi nombre del DNI estaba usando un seudónimo.

Hoy me he puesto a pensar por qué se usan los seudónimos (cuando se hace de manera consciente, claro, lo mío no vale). Lo más frecuente es que una persona que firma con un alias lo haga para mantener su identidad a salvo, oculta a los demás. Pero ¿por qué? Buceando por la red he encontrado estas curiosas historias de autores que firmaron sus obras bajo un seudónimo.

Lewis Carol, autor de Alicia en el País de las Maravillas, se llamaba en realidad Charles Lutwidge Dodgson, un nombre infinitamente más largo y difícil de recordar pero, sobre todo, su nombre real, por el que era conocido en su círculo social y con el que firmaba sesudos artículos matemáticos, entre otros. Quizá eso hizo que tratase de separar su lado serio con el del escritor que firmó una obra mágica, loca, a ratos incoherente y con muy poco de científico en ella. Esa, se especula, podría ser la razón para ocultar su verdadera identidad.



Una autora que firmó con seudónimo fue la mismísima Jane Austen. Al principio, ni siquiera usó un nombre, tan solo un escueto "By a Lady". ¿Timidez? ¿Prejuicios sociales de la época? Quizá un poco de todo, porque si hay un sexo en el que el uso de seudónimo muchas veces se ha convertido en necesidad es en el femenino.


En España también tenemos casos de seudónimos famosos que escondían a una mujer. Uno de los primeros fue Fernán Caballero, alias empleado por Cecilia Böhl de Faber y Larrea para publicar sus obras. A ella las que la obligaron fueron las circunstancias: su padre le prohibió expresamente escribir en casa. Y eso que su madre era escritora… El machismo imperante en la sociedad del XIX también afectó a las archifamosas hermanas Brontë, que tuvieron que usar, las tres, seudónimos masculinos para publicar.


Pero a veces, alguna, sucede lo contrario. Yasmina Khadra es el seudónimo femenino del escritor argelino Mohammed Moulessehoul. Después de publicar con su nombre real, decidió usar un alias por motivos políticos. Quería expresarse con mayor libertad sobre la situación de su país y por eso usó un nombre distinto, tan distinto que es de mujer.


Otro caso más reciente, y por duplicado, es el de J.K. Rowling. Su editorial le aconsejó “ocultar” con las iniciales de su nombre su condición de mujer, porque le aseguraron que no tendría ninguna oportunidad como autora de fantasía, subgénero donde los que triunfan son los hombres. Vamos, un resbalón de libro el de sus editores. No hace falta que recuerde que es la escritora mejor pagada en la actualidad, puesto que la saga de Harry Potter la ha hecho mundialmente famosa, y me da la sensación de que desde el primer libro supimos que era mujer. Y nos dio exactamente lo mismo. Pero decía que su caso era por duplicado, puesto que hace unos años publicó una novela para adultos que recibió muy malas críticas (era normalita tirando a aburrida, nada que ver con el mundo mágico). Pensando que quizá su popularidad había jugado en contra, la siguiente vez publicó bajo el seudónimo de Robert Galbraith. Tampoco la novela era una maravilla, pero la crítica no se cebó con ella. Al final, el hecho de que un absoluto novato tuviera el mismo agente que la famosísima autora hizo saltar las alarmas y acabó teniendo que confesar que ella era la autora de la novela de Galbraith. Vaya, que el tal Robert no existía, salvo como un seudónimo de la famosa escritora británica.


Yendo a lo próximo, en los últimos años he conocido algún caso en el que se usaba un seudónimo porque se pretendía que la familia no se enterase de su faceta literaria. Ya sé que esto va un poco en contra del ego del escritor, que parece que siempre quiere ser reconocido, pero hay determinados géneros, como la literatura erótica (hace unos años más que ahora) que era complicado confesar que se escribían. Creo que pesa más esto que la familia.

Algunas personas de la mía, después de ocho libros todavía no saben que escribo…

Separar dos facetas distintas, deshacerse de una fama mundial que puede ser perjudicial cuando decides abordar otro subgénero, liberarse de trabas sociales y del machismo de una época pueden ser razones de peso para publicar bajo seudónimo. O esconderse.

¿Se os ocurre alguna razón más para publicar con seudónimo?


viernes, 4 de agosto de 2017

LA HUELLA DE NADA



Hay veces que lo no vivido influye en ti casi del mismo modo que la realidad. No te pasa nada y, sin embargo, es eso lo que te cambia, moldea un nuevo tú que siente la vida de otro modo, se altera  y se recoloca tu mundo inmediato como si hubiera habido en él un auténtico cataclismo.

Porque a veces, nada es todo, quizá porque ambas palabras tienen las mismas cuatro letras. Quizá, porque eso que no te pasó te ha salvado o ha sido tu mayor condena.

Una vez, tú no me sucediste. Todo parecía indicar que así sería, todo estaba listo para que nuestras líneas vitales se cruzasen, pero no pasó. Se cruzó un cambio de planes, después el descubrimiento de una verdad oculta, luego la sensación de que dar pasos adelante a veces es retroceder... y nos desvanecimos.

Dejamos de existir para el otro.

La rutina siguió su ritmo y nuestras líneas, que habían ido convergiendo hasta ese instante, iniciaron un camino de separación. Hasta que nos perdimos. Nunca te he olvidado. A pesar de todo en nuestro caso fue nada, me dejaste tu huella impresa en el alma.

La huella de nada.

4 agosto 2017

martes, 1 de agosto de 2017

TRES MINUTOS DE COLOR DE PERE CERVANTES



Sinopsis:

Tres minutos de color la estéril lucha contra el tiempo y la muerte cobra un significado muy distinto. 

Coque Brox, el protagonista de la historia, es un inspector de policía de mediana edad, separado, parco en palabras, amante de todo aquello que conserve su esencia y acromatópsico, o lo que es lo mismo, percibe la vida en blanco y negro. Herido de por vida tras sufrir una pérdida irreparable, solo le alienta la lucha por recuperar el cariño de su hija adolescente. En una Barcelona en caída libre, cuyos locales de diseño no logran acallar la apremiante nostalgia de sus habitantes, investigará la violenta desaparición de Palma, amigo y compañero de profesión. Durante el tiempo que duren las pesquisas se las verá y deseará para mantener engañado a un suspicaz comisario que no lo quiere en la investigación, sufrirá los persistentes intentos de suicidio de su exmujer, y conocerá muy de cerca qué es una ECM (experiencia cercana a la muerte). Lejos de las clásicas novelas de procedimiento policial, el inspector Coque Brox se verá obligado a visitar un terreno verdaderamente desconocido para él y para el resto de los mortales. Lo que un descreído como él nunca imaginaría es que hay lugares sobrenaturales que albergan la verdad, aunque el camino que conduce a ellos todavía siga siendo un misterio. Y como dijo Jorge Luís Borges: «Lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador».

Tres minutos de color explora una cuestión para todos inevitable: ¿qué hay después de la muerte? No es una novela escrita solo para que te guste, sí lo es para que te estremezca, te haga dudar y reflexiones. 


Mis impresiones:

Hay libros que llegan a ti por caminos especiales. Este es uno de ellos.

Tengo dos amigas con las que comparto un chat. No me acuerdo de cuándo lo abrimos, ni quién de las tres lo hizo (¿María José tal vez?), pero el caso es que desde hace años se ha convertido en algo especial en mi vida. En él intercambiados impresiones sobre lecturas y escritura, ya que las tres compartimos esas dos pasiones. Nos recomendamos libros porque, aunque lo que reflejamos al escribir sea muy diferente, leemos parecido.

Somos  distintas, pero perfectamente compatibles.

Mis dos amigas se llaman María José Moreno y Pilar Muñoz, seguro que os suenan, porque son dos excelentes escritoras cordobesas. María José Moreno es psiquiatra, autora de La Trilogía del Mal y Bajo los tilos y Pilar Muñoz, psicóloga, acaba de publicar Un café a las seis, una obra de corte intimista y tiene otras dos novelas contemporáneas, Los colores de una vida gris y ¿A qué llamas tú amor?, así como un libro de relatos.

Además de cuidar de mi salud mental (es broma), como os he dicho asesoras literarias de primera. Hace un tiempo, María José nos habló en el chat de esta novela de Pere Cervantes y Pilar enseguida mostró interés por ella, porque ya había leído La mirada de Chapman y le había gustado mucho. Ambas son más de novela negra que yo (aunque también la leo) y estaban entusiasmadas. Como me encontraba en plena recta final del curso no presté demasiada atención al libro, hasta que Pilar lo leyó y nos contó que le había durado solo dos días entre las manos. Me dejó un mensaje:

"Mayte, te va a gustar".

Me picó la curiosidad, lo anoté, pero no me dio tiempo ni a ir a la librería, porque al poco llegó la cartera con un paquete. En su interior, un libro: Tres minutos de color.

Como voy a ir a Córdoba a finales de agosto, me quise dar prisa en leerlo, para poder comentarlo cuando las vea. Y así fue como esta novela llegó a mí y se coló en mis lecturas, dejando atrás esa pila de libros que siempre tengo en mi mesilla.

Lo hizo, estoy convencida, en un buen momento.

Pero, ¿qué es Tres minutos de color? Es una novela dividida en tres partes de distinta longitud, en las que un narrador omnisciente, en pasado, nos plantea una trama que en principio no deja de ser la de una novela negra. Sin embargo, casi desde el principio, varios sucesos extraordinarios les ocurren a los personajes secundarios, Oliver y Nadia, que hacen que se planteen una cuestión que quizá todos nos hemos hecho en algún momento: ¿hay vida después de la muerte? A Nadia, un paciente, Antonio Carrascosa, que le cuenta una experiencia cercana a la muerte le hace plantearse toda su formación científica, si no será cierto que somos algo más que química que cesa en el instante en el que respiramos por última vez.

La verdad es que conjugar una trama de novela negra con un tema así es delicado, porque puedes correr el riesgo de que al final todo se resuelva por obra y gracia del deus ex maquina, pero no es el caso de esta historia. Al final, todas las piezas que el autor ha ido diseminando a lo largo de la trama acaban encajando.

Un planteamiento clásico encuadra esta historia en una primera y una tercera partes que no se salen de lo que es una novela negra, y es a segunda parte, la esencia de esta novela, la que rompe moldes y arriesga con algo que es completamente innovador (en un género que hay tanto escrito que innovar se está convirtiendo casi imposible). Sin embargo, es esa segunda parte la que le da una potencia inusitada a esta historia, la que la hace especial y la vuelve reflexiva y profunda.

 Es la que más me ha mantenido enganchada.

A lo largo de 350 páginas, Pere Cervantes nos muestra una colección de personajes desencantados de la vida, que se mueven en la Barcelona de 2005. La unidad de Desaparecidos de la Policía está a punto de extinguirse en Barcelona, cuando los Mossos de Escuadra tengan plenas competencias en la ciudad. Coque Brox, el protagonista, no sabe qué será de él, pero lo que sí tiene claro es que quiere resolver una desaparición que no le deja en paz: la de su compañero Palma. Su situación personal no es la mejor: con una hija adolescente esquiva, una exmujer suicida y una pérdida irreparable a sus espaldas, Coque además tiene que lidiar con una acromatopsia que le hace ver el mundo en blanco y negro.

Tanto él como Nadia, la neurocirujana, o el mismo Oliver, el forense compañero de piso de Brox son seres solitarios. O el Aspas, un personaje muy particular que me encantó. O Rodri, el dueño de la taberna. O Marga, que no tiene ganas de vivir porque hay pérdidas en la vida que te las quitan y te impiden ver que sigue siendo en color.

Si ha habido algo que he sentido en esta novela, que se mastica, es la soledad de todos los personajes.

Me ha gustado la ambientación, esa sensación de estar pisando una Barcelona que quizá hasta se parezca a la que recuerdo (mi última visita se remonta a 2007). Un homenaje a la ciudad, que creo que de algún modo lo hacemos todos los que escribimos con los sitios que amamos.

Sobre el final, creo que no me ha sorprendido nada y me ha sorprendido que no me sorprendiera. A ver si me explico, que en lugar de una frase parece que he escrito un trabalenguas. Es un final fantástico y me parece que encaja a la perfección. Si esto fuera un puzle, podría pasar la mano por encima y no se notaría la diferencia entre una pieza y otra porque está tan bien tramada que resultaría suave y liso como tocar el cristal de una ventana. Pero pude anticiparme, pude saber dónde iban las piezas mucho antes de terminar la lectura. Mi mente se iba adelantando, planteando hipótesis y todas las cumplía. Por eso digo que no me sorprendió, porque si hubiera tenido que escribir el final, quizá las hubiera puesto todas en el mismo sitio que Pere Cervantes.

Eso me ha encantado. Es notorio lo torpe que soy para anticiparme cuando se trata de una novela negra.

Hay quien valora de manera muy positiva los finales sorprendentes. Yo prefiero los que pide cada historia y esta tiene el que mi cuerpo me pedía, así que no puedo decir nada más que me quito el sombrero.

Sobre la narrativa, no había leído a Pere Cervantes, así que no sé mucho de cómo escribía antes de este libro. Pero respecto a este, me han entrado ganas de subrayar frases, he compartido alguna en Twitter y alguna ha ido a parar a mi agenda de frases. Eso es una de mis buenas señales. Otra, que la prosa me iba gustando cada vez más a medida que avanzaba. Al principio no la noté tan envolvente como al final.

Antes de terminar la lectura ya sabía que le iba a poner un pero: la portada. No me llama nada la atención, ni el tipo de letra, ni el dibujo, ni entendía qué me estaba tratando de contar. Después de leída la novela, igual que pienso que el título es perfecto, la portada la entiendo, pero sigue sin convencerme mucho. Pero es lo de menos. Olvidaos de portadas y leed.

Merece la pena.




miércoles, 26 de julio de 2017

SIGO LEYENDO...



Después de una racha de éxitos lectores, en los que pensaba que había superado el bache, ha llegado la cruz. Las tres últimas novelas que he leído no me han gustado.

Pasa, a mí cada vez más. Por eso, cuando esto sucede, me refugio en algún clásico, algún libro de esos que sé que no me van a fallar, lo releo y recupero las ganas de envolverme de nuevo en las páginas de un libro.

Mi salvadora, esta vez, ha sido Orgullo y prejuicio, un ejemplar en papel que conseguí en Amazon por el sorprendente precio de 2,80€ (en papel). Sé que hay uno en casa de mi madre, me lo confirmó esta semana, pero también hay 150 kilómetros de distancia con mi casa y me iba a costar más el combustible, así que me hice con él.

La novela, como siempre, me tiene con el boli en la mano, anotando frases en mi libreta.

Sobre los fracasos lectores, os diré que me dejaron fría. No encontré nada en la narrativa que hiciera sospechar que esas historias deberían estar publicadas. Os diré también que algunas eran novelas publicadas con editorial y otras autoeditadas, así que de aquí tampoco puedo sacar más conclusión que la frase que lleva muchos días rondándome la cabeza, una que le oí a Avelina Lesper, crítica de arte mexicana. Ella hablaba de arte, o de eso que pretenden vendernos como arte, aunque yo se lo aplico a la literatura, porque la reflexión le queda como anillo al dedo:

"El mercado se ha comido a la inteligencia en el mundo del arte".

Puede que la frase no sea literal, estaba desayunando cuando vi el vídeo por segunda vez y me impactó aún más escuchar una verdad tan rotunda. A mí tampoco me parece arte cuando me presentan una mesa llena de desperdicios con un cartelito que dice: 10.000€. No me provoca más que una emoción, el cabreo de saber que habrá alguien que será capaz de confundir eso con arte. Que se confundan las señoras de la limpieza y lo retiren pensando que es basura no me enfada, me demuestra que son más inteligentes que muchos que se creen listísimos.

Avelina Lesper decía que el arte debe provocar emociones y que para serlo no debe necesitar una explicación retórica, que debe entenderse sin guías. Y yo lo creo. Además, lo siento. Lo he escrito más de una vez, aquí, en el espejo, que cuando entro en el Museo del Prado o en el British Museum me da un poco de vergüenza que alguien se fije en mí porque no puedo controlar las emociones y alguna vez he llorado.

Pues con la literatura pasa lo mismo. Me tiene que llegar alguna emoción de lo que leo, tienen que traspasar las páginas y rozarme la piel, activar resortes internos que me conmuevan. Con estos libros, los resortes que se activaban eran los de la estupefacción por lo que tenía entre manos, porque creo que seguro que hay alguien que confunde eso con la literatura. Porque creo que la literatura la han convertido en un mercado (perdón, un mercadillo) donde se venden imitaciones y todo el mundo parece tan contento con ellas. Se cuelgan un libro cutre al hombro, como quien se cuelga un bolso comprado en el suelo de una calle, y pretenden hacerse pasar por lectores.

Estoy triste, pero sigo leyendo.

Por cierto, también leí otra frase, de Pérez-Reverte en su carta a un joven escritor (la leí, aunque ya no sea tan joven): "Escribe cuando tengas algo que contar." Pues eso, que como no tengo nada que contar, nada que no esté ya en el mercadillo, mientras llega esa historia, no escribo.

Sigo leyendo...

Creo que esta vez he elegido mejor, ya os contaré si eso...

sábado, 15 de julio de 2017

LA CHICA DE LAS FOTOS, 0,94€



No sé cuánto tiempo durará la oferta, porque de hecho no tenía conciencia de que este mes La chica de las fotos fuera a estar de oferta, pero el caso es que esta mañana la he encontrado en Amazon a 0,94€ en el formato digital. Pulsa el enlace para llegar a ella.



Si eres de papel, por menos de ocho euros la tienes en casa. Pero si la quieres en este formato, date prisa: queda un ejemplar. Justo al pulsar ese enlace la puedes encontrar.



¿Por qué os la recomiendo?

En primer lugar, porque está bien escrita. Eso para mí es esencial, así que cuando escribo una novela pongo mucho trabajo y mucho esfuerzo en que el resultado esté muy trabajado. Sí, no os fiéis de un comentario que tengo en el .com de Amazon: trabajé y mucho la novela. Tanto que quedé finalista en un certámen al que se presentaron más de 400 novelas, y no gané porque tuve la mala suerte de que Mayelen Fouler se presentara al mismo con En Tierra de Fuego, una novela preciosa que se llevó ese premio con todas las de la ley.

También os la recomiendo.

En segundo lugar, porque cuenta una historia de amor con un trasfondo interesante: el mundo del cine, la prensa del corazón, los montajes, los robados...y las mentiras que nos venden. Al final, quien las protagoniza es el último que se entera, igual que pasa en lugares pequeños, en lugares como Grimiel, el pueblecito de la novela.

Por cierto, Grimiel no existe, aunque se parece mucho a algún pueblo que conozco.

En tercer lugar, por los personajes. Sobre todo alguno que parece una cosa al empezar, pero que acaba demostrando que la imagen que damos muchas veces no se corresponde en absoluto con la realidad.

Y, por cierto, los secundarios no acaban siendo los protagonistas al final. Quizá es que al principio no se nos ha escapado que alguno de ellos es quien ha provocado, de alguna manera, que Lucía y Alberto acaben en Grimiel, que este conozca a Rocío, que la boda se vaya al garete...

No os cuento más.

Por menos de un euro podréis descubrirlo por vosotros mismos.

viernes, 14 de julio de 2017

EL INESPERADO PLAN DE LA ESCRITORA SIN NOMBRE DE ALICE BASSO


Portada de la edición de Círculo de Lectores, que es la que he leído yo.


Portada de la edición normal (mexicana).


Sinopsis:

Ponerse en la piel de otro puede considerarse un don preciado... O una carga insoportable. Gracias a su empatía, Silvana había conseguido trabajar en una editorial de Turín como negro literario, un oficio desconocido para el gran público que la había llevado a escribir grandes éxitos comerciales por encargo. No le molesta, ni siquiera le importa.
Es su trabajo.
Incluso cuando un sagaz comisario le pise los talones, involucrándola en una desaparición, Silvana demostrará su poderosa capacidad de filtrarse en la mente ajena.


Mis impresiones:

Reconozco que vi en la portada la palabra escritora y ya me paré. Después leí que se trataba de un negro literario e hice el pedido de Círculo sin mirar más allá. ¿Por qué? Pues porque igual que hay niñas que sueñan con ser princesas o con trabajar en Zara, u otras más listas que prefieren hacerlo con ser neurocientíficas, yo soñaba con escribir y, cuando crecí un poco, no me dio por pensar en fama o focos encima de mi cabeza. ¡Qué va! Yo quería ser negro literario. De hecho, durante un tiempo todas mis búsquedas en internet se centraban en encontrar un lugar donde quisieran contratarme como tal.

Así, sin currículo ni nada.

No se me ocurrió que ser negro literario tiene que mantenerse en secreto. ¿Cómo vas a poner un anuncio en la red? Bueno, ahora hay de todo, pero cuando yo estaba obsesionada con buscarme la vida con esto estábamos todavía en el siglo XX e internet iba a pedales.

No encontré ni una sola oferta de empleo.

El caso es que la novela me interesó desde antes de saber más de ella y la compré. Me llegó a casa a la vez que Patria y me decanté por esta. La dejé en la mesilla y ahí se ha pasado varios meses, porque más libros se le han ido colando.

Y porque tenía miedo.

De verdad, pensaba que tal vez me había precipitado y no me iba a gustar y postergaba el momento a propósito. Al final, cuando al fin he decidido cogerla, no me ha durado nada entre las manos. Ha cubierto todas mis expectativas y voy a darle un lugar especial en mis recuerdos lectores.

Voy a intentar decir por qué.

Primero, por la trama. Mezcla una historia propia de una novela policíaca con multitud de referencias literarias (Pepe Carvalho, el mítico detective creado por Manuel Vázquez Montalbán se cuela entre sus páginas).

Segundo, el personaje protagonista, Silvana Sarca, Vani. Me ha encantado la manera de caracterizarla, a través de su extravagante manera de vestir y, sobre todo, de su forma de expresarse, entre cínica, irónica, descreída... Tiene un pasado que pesa mucho, pero la manera de contarlo es tan divertida que aporta ligereza en la novela. Me he reído un montón de veces con ella.

Tercero, porque el verano pasado escribí una novela donde el protagonista es un negro literario. Vale, como yo al final no conseguí escribir para otros, pensé que era una buena idea inventar una historia en la que uno de mis personajes lo consiguiera. Me salió más atormentado que esta y menos atractivo, pero está en fase de borrador, así que aún tiene arreglo. Creo. Si algún día me apetece volver a él.

Cuarto, por la historia de amor. Que no lo es, en realidad, que es solo una excusa de esas que nos valemos los juntaletras para ganarnos a algunos lectores y después contarles lo que nos da la gana. Riccardo Randi será su oponente en esta parte de la novela, un escritor muy atractivo, autor del libro más vendido Más recta que la cuerda de una guitarra, el libro más bello del mundo, ¿Autor? Bueno, sí, de las frases, del sabor de las palabras, pero de poco más, porque fue Vani quien encontró el hilo conductor, organizó la historia y convirtió unas cuartillas dispersas en un bestseller. Él se lo pagó no dándole ni siquiera las gracias, ni siquiera regalándole un ejemplar dedicado del libro... Sin embargo, algo sucede cuando se vuelven a ver. Y bueno... que de esto mejor no cuento más, porque tiene miga. Y no todo es rosa, no os asustéis.

Quinto, por el comisario Berganza, que es como todos los comisarios de todas las malas novelas negras. Incluso va vestido con la típica gabardina, pero al final creo que el homenaje que estaba haciendo la autora a este arquetipo acaba dando como resultado un personaje entrañable.

Sexto, por los dos cambios de giro. Me encontré pensando: "pero qué buena idea", más como escritora que como lectora, porque no me los esperaba en absoluto. El segundo un poco más, pero el primero no. Me pilló totalmente descolocada. Volvía de Valladolid en el coche, leyendo, como siempre (debo de ser de las pocas personas que se marean en el asiento de detrás siempre y en el de delante puedo leer horas seguidas) y cerré el libro, para saborear un rato, mientras miraba el paisaje, aquella fantástica idea para hacer que todo lo que había contado Alice Basso hasta el momento sufriera un cataclismo.

Séptimo, por el final. Me ha parecido muy acertado. No voy a explicar nada de esto. Entendedlo, es el final. Se llama Deus ex maquina. No digo más... pero estoy diciendo mucho, como en realidad nos lo dice la autora cuando pone este título.

Octavo, por el epílogo. A mí no me hacen falta los epílogos. A veces, sobre todo en la novela romántica, donde se abusa de ellos, no me dicen absolutamente nada. Te cuentan lo que fue de los personajes unos años después y se limitan a un fueron felices, comieron perdices y tuvieron varios hijos. ¿De verdad es imprescindible que me cuenten esto? Yo creo que o hay algo más, o ¿para qué? Bueno, pues en este caso hay un algo más que me ha gustado. Y no me lo he saltado. No he leído en vertical. Nada de eso. Hubiera seguido leyendo un rato más.

Noveno, la división de la novela en capítulos no demasiado extensos y un epílogo. No hay prólogo, no hay un número redondo. Es un poco caótico y bastante poco rígido. Me ha gustado que haya usado las palabras justas que necesitaba, los capítulos que le hacían falta. Ni más ni menos. Ah, y los ha titulado todos.

Décimo, el sentido del humor. Me he reído un montón de veces.

Conclusión: me ha fastidiado mucho que la novela use una protagonista que se dedica a lo mismo que la de la mía, porque encima lo ha hecho mucho mejor de lo que lo haría yo en cientos de miles de años.

Es un homenaje a la literatura, un juego de espejos con lo mejor y lo peor de la construcción de novelas y los sótanos del mundo editorial. Juega con tópicos, arquetipos, compone a la vez que descompone y todo a través de la mirada de una escritora muy particular.

No tengo ni idea de si está en tiendas, no me he fijado. Tendré que mirar con más atención.

domingo, 9 de julio de 2017

BUSCANDO A AUDREY, DE SOPHIE KINSELLA.



Sinopsis:

Desde que sufrió un terrible episodio de acoso en la escuela, Audrey, de catorce años, se niega a dar un paso fuera de su hogar o a relacionarse con nadie que no sea de su familia. Las gafas oscuras y la capucha de la sudadera se han convertido en sus mejores aliadas. Hasta que conoce a Linus, un compañero de videojuegos de su hermano mayor y experimenta una fuerte conexión que despierta en Audrey el intenso deseo de salir de su caparazón… Un largo viaje acaba de empezar. Por suerte para ella, Audrey no tendrá que emprenderlo en solitario. Cuenta con la inteligencia de su psicoterapeuta, con el cariño de su familia, con el ingenio y el humor de Linus. Pero, por encima de todo, cuenta consigo misma.


Mis impresiones:


No tenía ni idea de lo que me iba a encontrar cuando empecé a leer esta novela. Estoy tan acostumbrada a reír con Sophie Kinsella, que incluso a pesar de la sinopsis esperaba hacerlo. Y no es que no me haya reído, que sí, pero la novela me ha dejado un poco descolocada.

A ver si me explico mejor, porque me temo que nadie se está enterando de lo que estoy tratando de contar. Rebobino…

Soy fan de Sophie Kinsella. Cada vez que la vida me hace una putada, me voy a la estantería y releo alguno de sus libros. Al cabo de un rato de empezar la lectura, como si fuera magia, me encuentro riéndome como una idiota de las tonterías que les pasan a sus personajes. Casi todos tienen un componente surrealista que me encanta, ese humor inglés que a veces es un poco extraño, pero que cuando le pillas el punto te tiene con una sonrisa boba entre los labios.

Tengo tres mega favoritos:

Tengo tu número.

No me lo puedo creer (malísima traducción de Can you keep a secret, mucho más acorde con la historia).

La reina de la casa (la reina de las novelas de esta mujer para mí, hay veces que no necesito ni abrir la novela para reírme con algunas frases que recuerdo).

Loca por las compras no me gustó especialmente, no sé por qué, igual porque comprar no es mi actividad favorita y no le pillo el punto. Por eso tengo muchos de ellos ahí, en los pendientes. Cualquier día me los compraré e iré renovando repertorio.


Buscando a Audrey fue una compra para tener más donde elegir en la estantería en un momento de esos tontos en los que la risa es la mejor terapia. Solo que no me fijé mucho en la sinopsis, solo leí el nombre de una autora en la que confío a ciegas y me lo regalé sin más.

Ha sido una sorpresa mayúscula.

Entre esos personajes tan estrambóticos que ella dibuja siempre se cuela una historia de acoso escolar. Arranca en un momento divertidísimo, cuando la madre de Audrey amenaza con tirar por la ventana el portátil de su hijo mayor, Frank. La madre, asidua lectora de Daily Mail, está obsesionada con que su hijo juega demasiado LOC un videojuego. Está dispuesta a acabar con eso que ella considera una adicción. Son esos momentos en los que, a través de los diálogos, vamos conociendo el carácter de los personajes: Frank, un adolescente que siempre tiene la palabra justa (Audrey dice que podría ser abogado de mayor), Chris, el padre, que va a un poco a remolque de Anne, una mujer que está un poco de los nervios, obsesionada con ser buena madre. Y Félix, el pequeñajo de la familia, de cuatro años, un muñeco feliz de pelo rubio algodonoso al que Audrey envidia porque no tiene preocupaciones en la vida.

Y ella, claro, que se oculta tras unas gafas de sol, porque no puede soportar la luz del mundo después de lo que le ha pasado.

Entonces, la novela da un salto atrás en el tiempo y nos cuenta cómo han llegado a esta situación, para que la madre quiera tirar el ordenador de Frank por la ventana. No ha pensado ni siquiera en que cuesta una pasta. Poco a poco la autora, a través de situaciones a veces un poco surrealistas, nos irá acercando a lo que le ha pasado a Audrey.

Y entonces viene lo que no es gracioso.

Ha sabido ponerse en la piel de una adolescente acosada, o al menos mostrarnos sus emociones que en algunos momentos me han resultado muy realistas.

"Me estoy perdiendo tantas risas... A veces me hago ilusiones de estar acumulando una buena provisión de risas perdidas que, cuando me recupere, saldrán todas en un estallido y me dará un enorme ataque de risa que me durará veinticuatro horas seguidas."

No sé cómo explicar todo lo que he sentido con esta novela. He visto a Audrey subir y bajar en esa gráfica confusa que es la recuperación de alguien que está metido en una depresión. Me ha encantado el personaje de Linus, el amigo de Frank, que acaba convirtiéndose en alguien muy especial para Audrey y es un pilar esencial en el inicio de su recuperación. La historia de amor entre estos dos personajes adolescentes es muy tierna ("Me encantas tú".) Y me ha parecido muy acertado el que no fuera todo de color rosa, que la autora no haya tirado de azúcar sino de realidad para retratar esto. El momento con Izzi, una de las acosadoras, la actitud de sus padres queriendo convertirla en víctima principal... 

En ningún momento nos especifica qué es lo que le hicieron a Audrey. Solo hay vaguedades y no estoy segura de por qué ha hecho esto, si se ha saltado esta parte para que la novela no pierda esa parte de humor o porque no ha sabido cómo abordarlo. En serio, no he llegado a ninguna conclusión.

Es dura, es loca, imaginativa pero con los pies pegados a la realidad, por mucho que la maquille de buen humor y le ponga unas gafas oscuras para que no haga tanto daño.

Me ha parecido original ese tratamiento de documental, cuando a Audrey le dan la cámara para que grabe todo lo que le rodea. 

No la leáis si no estáis en un buen momento, esta no es como las otras, no escojáis esta novela si esperáis que sea solo para reír un rato y no pensar mucho en la vida, porque os vais a equivocar. Pero si no le tenéis miedo a la realidad.


sábado, 8 de julio de 2017

CEMENTERIO DE LIBROS

"Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados"

Así empezaba La sombra del viento, el libro de Zafón que se convirtió en uno de los libros en español más traducidos de todos los tiempos. En este mágico lugar, escondido en una oscura calle de Barcelona (hice la ruta en 2007 y la guía nos llevó a una puerta donde podría estar la ubicación de ese cementerio) se encuentran recogidos todos aquellos libros que han sido extraviados u olvidados por sus dueños a lo largo de la historia de la humanidad. Allí están, a la espera de que alguien que los lea, los disfrute y los rescate de su olvido.

Esta mañana, hablando con mi amiga escritora, María José Moreno, ha dicho que Amazon se parece cada vez más a un cementerio de libros. Lo más triste es que tengo que darle la razón. Yo misma tengo unos cuantos cadáveres en ese cementerio.

Ocho, para ser precisos.

Espero que algún loco los rescate del olvido, que es la última de las muertes.



jueves, 6 de julio de 2017

UN CAFÉ A LAS SEIS DE PILAR MUÑOZ



Sinopsis:

«No menosprecies el poder de la imaginación, también puede destruirte». Raquel se dispone a acudir a una cita de compañeros de promoción organizada por su amiga Lourdes después de 25 años, aunque en el fondo siente que no debería ir; una parte del pasado, que no la ha dejado vivir en paz, podría estar esperándola en el hotel donde tendrá lugar la celebración. Ansía ese encuentro tanto como lo teme. Porque aquello de lo que ha estado alimentándose a lo largo de su vida podría dejar de ser real. O atraparla para siempre. Unas veces, no podemos huir del pasado. Otras, no deseamos escapar de él.

«Un café a las seis» es una historia intensa, emotiva, reflexiva, visceral. Una historia escrita con el corazón. De las que te hacen sentir.


Sobre Un café a las seis:

Había escrito una entrada muy currada y muy profesional, una reseña de las mías, de las que incitan a leer, pero Pilar Muñoz me ha hecho cambiar de idea con una foto que ha publicado en Facebook. Es una fotografía con la portada del libro, un "gracias por todo" y los nombres del equipo fijo de lectores cero que nos prestamos apoyo mutuo cada vez que publicamos un trabajo.

Ya lo sabéis, he sido lectora cero.

Quizá eso me convierta en alguien poco objetivo a la hora de recomendaros la lectura de esta novela, pero lo voy a hacer porque creo en ella y porque quienes se asoman a mi espejo saben que si no creo absolutamente en algo, no lo digo. Mis compromisos en este mundo de la escritura los deshice hace muchos años. Conmigo tampoco los tiene nadie, solo quien crea en mí y tenga ganas de contarlo. Como yo, en este caso, creo en la novela que nos trae Pilar.

Esta historia partió de un relato que permanece inédito, un relato que tras escribirlo se le quedó corto. Ella tenía ganas de contar muchas más cosas, así que poco a poco fue madurando la idea y un día se lanzó a la piscina. Es un perfecto ejemplo de lo que algunos autores decimos, que muchas veces los personajes reclaman su espacio y no nos dejan tranquilos hasta que contamos la historia que nos susurran.

Pues con Raquel le pasó esto. Le pidió más páginas, más atención, y ella se la dio. De relato pasó a novela y es lo que ahora nos presenta. Desde hoy está en Amazon, lista para que la descarguéis y además participa en el concurso de este verano. La verdad es que esto le da un punto un poco más divertido a la aventura, aunque añade un extra de dificultad. No en vano, en cada concurso que ha organizando la plataforma se apuntan miles de novelas y atinar con las que tienen calidad es casi tan complicado como dar con una aguja en un pajar.

Os hago de imán, que así las agujas se encuentran enseguida, y os digo que esta novela se disfruta muchísimo, dura un suspiro y deja un excelente sabor de boca. Y no tengo miedo a comprometer mi palabra porque estoy segura de lo que digo. Ya lo veréis vosotros si os decidís a leerla.

Un café a las seis cuenta el reencuentro de Raquel con un antiguo amor tras muchos años en los que no supieron nada el uno del otro. Conoceremos el presente de la protagonista y también, a través de esa reunión de compañeros de clase, su pasado, la historia que marcó su vida y que no ha conseguido olvidar. No creo que sea necesario contar mucho más porque como os digo es una novela corta. Solo os adelanto algo que los que conocéis a Pilar no necesitáis que os recuerde: está tan bien escrita, te arrastra tanto, que es posible que os pase como a mí, que en una tarde os veáis en las últimas páginas, preguntándoos cómo demonios ha hecho para teneros delante del kindle, o del libro, sin hacerle caso al mundo.

Yo tardé en leerla un solo día. Como autora siempre tengo una sensación ambivalente con esto, puesto que me lleva mucho tramar la historia, escribir el primer borrador, destrozarlo para darle la forma definitiva que quiero y, después de todo esto, que me lleva meses, corrijo hasta la extenuación. Y el lector, en una tarde, llega y se merienda mi trabajo. Pero también es mágico conseguir que alguien no quiera dejar de leer lo que tú has escrito, ¿no?

Lo dicho, que os la recomiendo, que es ahora el momento de hacerse con ella y hacerle un hueco. Os la vais a beber.




miércoles, 5 de julio de 2017

SÍ, PARA TI...



Es probable que no tenga mucho que ofrecerte. Quizá un sitio en mi corazón, uno que no habrás de compartir con nadie porque te lo cedo entero si te acurrucas a mi lado y me susurras historias bonitas por las noches. Ahora que lo pienso, tengo para ti un hombro en el que descansar cuando lleguemos rendidos del trabajo. Y mis manos, que esperaran impacientes un roce de las tuyas. Mis ojos también te los prestaría para que veas el mundo con mis colores, pero como no funcionan bien, he aprendido a pintar con palabras. Y lo he hecho para ti. Sí, para ti.

lunes, 3 de julio de 2017

ARAÑAZOS EN JULIO

Me estaba acordando de la primera vez que me di un golpe con el coche. La verdad es que siempre he sido muy lenta para todo, para lo bueno y para lo malo, y tampoco con esto fui una niña precoz. La primera vez que le hice un arañazo al coche tenía ya 25 años.

Como todas las primeras veces, la recuerdo con bastante nitidez.

Era un día de diario y yo me encaminaba al trabajo. Hacía tiempo que mi Opel corsa verde (horroroso) había cogido la insana costumbre de dejarme tirada, así que mi padre me dejó su coche, (un Volkswagen Passat nuevecito que además era TDI y gastaba bastante menos combustible) para que recorriera la Alcarria en mi fascinante trabajo de contar farolas y revisar el estado de las carreteras sencundarias, las redes de saneamiento y distribución de agua y los consultorios médicos de pueblecitos perdidos de la mano de Dios. No preguntéis qué clase de trabajo era este, yo tampoco tengo muy claro que alguna vez le dieran utilidad a mis pesquisas, pero el caso es que entre la Diputación y el Ministerio de Administraciones Públicas me pagaron por hacerlo. Y yo lo hice lo mejor que supe.

El caso es que me fui al garaje, arranqué el coche, salí de la plaza con todo el cuidado del mundo y me encaminé a la rampa (trampa mortal) que un arquitecto iluminado puso como salida del garaje. Una rampa en curva y tan empinada que parecía que ibas a volcar hacia atrás cuando subías. Hice la rutina de todos los días: le di al mando mientras estaba abajo, esperé a que se izara la puerta y después subí. No era plan quedarse esperando en medio de la rampa a que terminase la puerta de abrirse. La luz del día se reflejó en la pared y supe que podía empezar a subir.

Aceleré.

Y entonces, sucedió.

Otro iluminado, esta vez conductor de un coche blanco, lo había dejado aparcado justo en la puerta del garaje. No, no subí como una loca y le di, si es lo que estáis pensando, me dio tiempo a ver el coche y a tomar la decisión de parar. Y la puerta, por supuesto, empezó su descenso.

Tampoco me atrapó la puerta, tuve los reflejos de dejar caer un poco el coche para esquivarla.

Simplemente, me quedé ahí, en mitad de la rampa, sin saber qué hacer. Minutos y minutos de angustia, con el pie en el freno, sudando como una posesa, bloqueada porque no tenía ni puñetera idea de cómo salir del atolladero. ¿Dejaba el coche en plena rampa, con el freno de mano puesto y me iba a buscar al dueño del coche blanco? ¿ Volvía a la plaza y ese día me lo tomaba libre del trabajo alegando que no podía salir del aparcamiento? ¿Me ponía a gritar? ¿Lloraba?

Hice esto último, presa de los nervios.

Al rato, como algo había que hacer además de llorar, que no solucionaba nada, decidí volver a la plaza de aparcamiento. La única manera era hacerlo marcha atrás, algo que presentaba una doble o triple o cuádruple dificultad. Primero estaba mi escasa pericia. No era buena idea. Segundo, que estaba en cuesta, y tenía que maniobrar hacia abajo. Uf. Siguiente, que tenía que dar una curva. Madre de Dios. Última de las dificultades: no había luz. Tenía que hacerlo a oscuras, solo con la tenue luz de la marcha atrás...

Lo intenté.

Intenté volver hacia la plaza de aparcamiento, pero lo único que conseguí fue dejarle al coche de mi padre una súper huella en todo el lado izquierdo: las dos puertas acabaron con las huellas de mi torpeza en la chapa porque me tragué la pared. Eso sí, pude soltar al fin el freno.

Y llorar a mis anchas.

No sé cuándo se me ocurrió darle al mando para intentar salir, pero cuando lo hice el atontado del coche blanco ya no estaba. Pude abandonar el garaje y me fui al trabajo de mi madre (al de mi padre primero no me atreví, pero no porque me fuera a decir nada -se descojonó de risa de mí cuando se enteró, él era así- sino porque siempre me costó muchísimo no ser perfecta a sus ojos).

A ese primer percance con el coche han seguido otros similares. Por suerte nunca me he dado con nada en movimiento en mis casi 30 años de conductora, pero las pobres columnas de los garajes y hasta una hormigonera portátil de esas pequeñitas que hay en las obras han sufrido mi torpeza. Mis coches llevan todos huellas mías (al último ya le han borrado hace poco el golpe que le di con el carrito de la compra, que también soy capaz de hacerles muescas sin ni siquiera poner el culo en el asiento del conductor). Ya han sido tantas veces que cuando me doy, me río.

Es que no lo puedo evitar. Los arañazos del coche son un poco como los que te va dando la vida. Al principio, aunque sea muy leve, aunque no haya pasado nada, hacemos una tragedia. Después, con el tiempo, aprendemos que el mundo no se cae por eso, que sigue girando y que todo lo que se puede reparar, se repara. Y lo que no, se sustituye por otro. Y si no tiene sustituto, aprendemos a vivir con el arañazo y punto.

 Aprendemos que no hay manera de esquivarlos aunque pongas todo el cuidado del mundo.

Los meses de julio tienen una particular afición por llenarme de arañazos. Año tras año le he ido haciendo muescas a otra carrocería, la de mi corazón. Es un mes de pérdidas, decepciones, tropezones... de los que he ido aprendiendo. Quizá este mes me toque hacerle un arañazo al coche o a mi corazón, pero no será la primera vez.

Será solo una muesca más.

Una con la que aprenderé a convivir. Seguro.

domingo, 2 de julio de 2017

EL PUERTO DE LA LUZ DE JANE KELDER

Antes de empezar, tengo que contaros que esta lectura pertenece a una iniciativa muy bonita emprendida por HarperCollins Ibérica: el libro viajero.

¿En qué consiste?

Varias autoras y una bloguera nos vamos a ir pasando este ejemplar de la novela ganadora el V Premio HQÑ y en él anotaremos impresiones, subrayaremos frases... en realidad todo lo que se nos ocurra. Pero claro, el espacio que te deja un libro es muy limitado, así que tenemos también una libreta en la que podemos extendernos aún más. Tanto el libro como la libreta terminarán su recorrido en manos de Jane Kelder, la autora, que a su vez anotará sus propias impresiones.

Al final, libro y libreta se van a sortear.

A mí me ha tocado ser la primera, así que me he movido un poco a ciegas y he hecho más o menos lo que me ha dado la gana. Como un pequeño adelanto os voy a mostrar algunas de las hojas de la libreta.



Mi color era el verde y los marcadores y las notas que he puesto en el libro son de ese color, aunque es evidente en los dibujos que he empleado otros colores, sobre todo el negro. La verdad es que es una novela que se presta mucho a dibujar y a hacerlo con calma, porque es muy visual, pero no nos podíamos extender más allá de quince días y yo empiezo a trabajar mañana, así que tenía que acabarla sí o sí hoy, para que me dé tiempo a pasársela a la siguiente. 

Espero con impaciencia para ver en las redes las notas de mis compañeras, o las fotos que hayan ido haciendo de la novela viajera. Yo he hecho algunas fotos que he colgado estos días.










Sinopsis:

Natalia tenía que decidir entre dos hombres y el agradecimiento o el amor.

El Puerto de la Luz es un viaje en el que se mezclan la huida y la búsqueda. ¿Cuántos nombres necesita una persona para saber quién es y desenterrar su origen? ¿Qué motivos llevan a esa persona a hacerse pasar por alguien que no es?

Nathalie Battle, Nathalie Lindstrom y Louise Fairley son la misma mujer en busca de respuestas: quién es, quién cree ella ser, quién piensan los demás que es. El camino en busca de su identidad la llevará a Gran Canaria, donde Natalia también encontrará el amor y la libertad de ser ella misma.


Mis impresiones:

El puerto de la luz es un homenaje a la isla de Gran Canaria y una época que, al menos para mí, ha resultado ser bastante desconocida: cómo era a principios del siglo XX.

La novela comienza en un frío día de marzo en Londres, con la muerte del señor Lindstrom, al que la protagonista ha considerado siempre su padre. Su abuela le dice a Nathalie que en su lecho de muerte, su hijo le ha confesado que ella no es hija suya, sino de un español de Canarias, y la abuela, que nunca ha sentido mucho cariño por la muchacha -no se parece en nada a su hijo, sino que tiene rasgos españoles- la echa de casa, prohibiéndole hasta usar el que ha sido su nombre toda la vida.

De la noche a la mañana, Nathalie se encuentra en la calle, sola, sin dinero y sin saber qué hacer. Empiezan tiempos duros para ella que, lejos de mejorar, cada vez van más. Cuando ya se ha rendido, cuando le da igual morir, la encuentran dos viejecitas que la cuidan y le consiguen un trabajo de dama de compañía para una mujer acomodada, aunque algo fría, la señora Cunningham. Estando allí, lee sobre las islas Canarias en un libro de Olivia Stone y cuando la mujer enferma y viene su hija a encargarse de ella, decide que se irá allí. Quiere investigar quién es su padre.

Para cuando Nathalie toma esta decisión es julio de 1902. Es una vuelta a nacer.

En Southampton  conoce a William Nordholme por accidente y él la introduce en su grupo de amigos, confundiéndola con alguien acomodado. Un equívoco lleva a otro y acaba comprometida con él, un hombre que le dobla la edad  -que piensa que se llama Louise Farley- y al que podría considerar casi más como un padre, pero que le ofrece la posibilidad de viajar a Canarias, que es lo que ella desea. Una vez allí, tropezará con Dan Nordholme, el hijo de William, por quien siente una atracción instantánea. Él también siente lo mismo, pero empezará a desconfiar de ella. No entiende por qué una mujer tan joven quiere convertirse en la esposa de alguien de la edad de su padre. 

O eso se dice, porque al joven Dan le pasa algo más con Lou, o Nathalie, o Natalia...

La novela destaca por su amplia documentación sobre la isla de Gran Canaria de principios de siglo XX. Aparecen los lugares más emblemáticos y por ellos veremos moverse a los personajes. Las costumbres inglesas, el contraste con los autóctonos canarios, sirven a la autora para ambientar esta historia de amor y búsqueda, puesto que Natalia aunque esté tratando de encontrar a su padre se acabará encontrando a sí misma.


Lo que me ha gustado menos es que a veces el narrador me anticipaba datos clave sobre la trama que me hubiera gustado que me dejase descubrir a mí, que no me contase determinadas cosas, dosificando un poco más la información. Quizá en algunos momentos las sorpresas hubieran sido mayores.

Os recomiendo la novela porque es un viaje doble: un viaje hacia las islas Canarias, pero también un viaje en el tiempo. Nos hace retroceder un siglo y nos ofrece un perfecto mosaico de cómo era la isla en ese momento. 

Sentáos, ponéos cómodos y cerrad los ojos un instante, lo justo para imaginar el mar. Abrid los oídos y escuchad el rumor de las olas. Y, si estáis atentos, igual podréis hasta oler la sal en el aire. No olvidéis dejar que la brisa cálida de Canarias os acaricie la piel y degustad esta novela.

Es una buena opción para el verano.