miércoles, 18 de julio de 2018

PROMOCIÓN DE LA REVISTA SEMANA

Arranca la promoción de la revista Semana hoy, 18 de julio, y lo hace con la novela de Carla Crespo, No reclames al amor, la primera de la colección de seis títulos que ofrece HQÑ para que disfrutemos con historias románticas este verano.

He tenido la inmensa suerte de ser una de las autoras elegidas con mi novela Entre puntos suspensivos, que llegará en un par de semanas al kiosko, pero hay más. La semana que viene, a la vez que saldrá la revista con la novela de Marisa Sicilia, Tú en la sombra (que estrena portada), en el interior habrá una entrevista mía. No es la primera vez que aparezco en prensa escrita, fui contraportada de El Adelantado de Segovia cuando se publicó Detrás del cristal y ha habido prensa local que también ha recogido mi trabajo, pero será la primera vez que un medio de difusión nacional se ocupará de mí.

Gracias por la oportunidad.

Hoy también la radio está hablando de esto, hay una cuña publicitaria en Cadena Cien y Cadena COPE que anuncia las novelas. Si queréis, esto me hace más ilusión, porque yo misma he grabado cuñas en el pasado, cuando colaboraba en Radio Azuqueca.

Os dejo el enlace del vídeo, no sé si llevará alguna parte. No sé cómo se hace para ponerlo aquí.

Vídeo.

CIRCUNSTANCIAS

Estoy escribiendo una novela y estoy asustada. Avanza a un ritmo endiablado, y eso que hace dos semanas ni siquiera estaba en mi cabeza. No conocía a los personajes, no sabía nada de lo que les sucede, no tenía ni idea ni siquiera de que quería escribirla.

Solo la primera escena la había visto alguna vez en esos momentos en los que nos estamos quedando dormidos y dejamos volar la imaginación.

Tengo que obligarme a frenar, a ir despacio, a serenar las manos y no escribir más allá de lo que es sensato, pero no puedo. Ellos me empujan a que siga contando su historia, pidiendo que les dedique mi tiempo, reclamando a mis dedos y obligándolos  a moverse rápido sobre las teclas del ordenador.

Ni siquiera estoy tomando notas.

Avanzo casi sin pensar, sacando de alguna parte todas sus palabras. Poniéndolas unas tras otras y disfrutando el camino como hacía tiempo no sucedía. Casi se me había olvidado qué es esto, lo que sucede solo de vez en cuando.

Hoy, cuando a esta hora mediada la tarde me he obligado a hacer una pausa, me he quedado pensando en qué es lo que ha sucedido para que cambiase todo en mí. Desde el mes de marzo apenas he escrito más que un par de relatos y las entradas de este blog, en una pausa a la que me obligo cuando termino una novela. Pero no ha sido solo por eso, era que no encontraba la fuerza necesaria. Intenté volver a historias de las que tengo a medias, pero enseguida me cansaba. Dos páginas desvaídas que no llevaban a ninguna parte y lo dejaba.

¿Qué ha pasado entonces?

Llevo un rato con un café delante, pensando en ello y creo que he encontrado la respuesta. Es más, creo que fue ayer cuando en realidad di con ella, pero he necesitado un día para entender que es la correcta.

Me han tocado la moral.

A veces ni siquiera es nadie en concreto, son las circunstancias. Lo que sucede a mi alrededor, la información que me llega del exterior y que voy procesando, desgranando y convirtiendo en un discurso que de pronto toma sentido.

Me han tocado la moral y hacerme eso es como ponerme alas en los pies. O en este caso en las manos. Vuelo. Respondo y saco lo mejor que llevo dentro, porque sé que lo tengo. Aunque alguien me haya hecho sentir que valgo menos que nada.

Me acordé de cuando estaba terminando la carrera y alguien tomó la decisión de lanzar contra mí una acusación que no había por dónde cogerla. Descontextualizada, estúpida, falsa. Mi reacción fue la misma. Apretar los dientes y concentrarme y, desde ese momento, convertir un historial más bien anodino en uno brillante.

Ha pasado algo así, creo que he sentido que no se me estaba valorando y mi reacción no ha sido cabrearme o esconderme y llorar. Ha sido agarrar mis herramientas y empezar a construir, porque para destruir ya están otros, para cargarse todo lo que ha llevado años levantar solo hace falta un día y muy poca memoria.

Tengo ganas de demostrarme que puedo y lo estoy haciendo.


domingo, 8 de julio de 2018

AQUELLO QUE FUIMOS DE PILAR MUÑOZ




Sinopsis:

En plena juventud y tras cuatro años de ausencia, Blanca regresa a su Málaga natal arrastrando una maleta y un pasado que no sabe si podrá afrontar.

En otro punto de la ciudad, un año más tarde, Víctor recibe una llamada de teléfono en relación con Fuensanta, su madre, que pondrá su vida en jaque dejando al descubierto una estela de engaños en la que todos se verán implicados, hasta descubrir una oscura verdad.

Vidas con diferente origen, fuertemente marcadas por decisiones propias o ajenas de aparente insignificancia. Futuros rotos que requerirán un máximo de valor, fuerza y coraje para poderlos superar. 

Mis impresiones:

La nueva novela de Pilar Muñoz, además de traer con ella una portada preciosa, viene con una premisa para que el lector piense: cuando juzgamos a los demás, ¿estamos seguros de que no nos estaremos equivocando? ¿Las cosas son como parecen o puede que se nos estén escapando detalles esenciales que convierten un hecho que a todas luces parece claro en algo mucho más complejo? ¿Hay víctimas y verdugos? ¿Existen el bien y el mal sin matices entre ambos?

Todas esas cuestiones son las que van a estar planeando por la mente de los lectores mientras se encuentran inmersos en esta historia que transcurre en Málaga y cuyos tres ejes protagonistas recaen en Blanca, Víctor y Fuensanta. Sus vidas están unidas en el pasado aunque al principio nos cueste un poco saber por qué. Sus destinos tienen mucho en común, aunque en apariencia cuando empieza la novela tengan vidas separadas y distantes.

Pilar Muñoz ha tejido una novela compleja, pero muy consistente, apoyada en una narrativa que fluye sola, correcta y llena de reflexiones que harán que el lector se pare de vez en cuando a plantearse todo eso de lo que hablaba antes. Sobre todo, se centra en las decisiones tomadas a veces a vuelapluma, momentos que en principio no pensamos que nos vayan a cambiar la vida y que, sin embargo, lo hacen. ¿Quién no ha contestado un mensaje rápidamente, sin fijarse mucho en lo que ha puesto, y acaba provocando un malentendido de proporciones épicas? Nunca estaría en su intención hacerlo, y sin embargo sucede porque en la vida los detalles cuentan. ¿Quién no hace algo que piensa que no tendrá consecuencias y le cambia la vida por completo?

Esta, Aquello que fuimos, es una novela de detalles, de estar atento, de tratar de entender a unos personajes cuyas circunstancias los señalan. Es una novela de giros en el camino, leves, sutiles, intrascendentes, pero que a veces provocan que crucemos esa frontera invisible entre el bien y el mal.

¿Qué vas a encontrar, además? Ya sabéis que no cuento nada de las novelas, nada del desarrollo a ser posible, y en este caso menos porque acabaría haciendo spoilers desde el minuto uno. Pasan muchas cosas, pero sobre todo, de fondo de la novela, tenemos problemas sociales actuales que ocupan portadas y muchos minutos en la prensa diaria. Los había escrito, pero como no están en la sinopsis prefiero no contarlos. Quizá es mejor que los descubráis por vosotros mismos.

Sobre el género: narrativa. No cabe ninguna duda para Aquello que fuimos, que está disponible en Amazon en papel y en formato digital.

La veo redonda.

viernes, 6 de julio de 2018

EL VERANO DE PAULA Y JAVIER

Este es el verano de Paula y Javier, casi más que ese primer verano en Amazon en 2012, cuando subí la primera novela de la que son protagonistas, Su chico de alquiler, sin decir ni mu hasta que no llegó al uno y ya no había manera de tapar el sol con un dedo. Lo es porque precisamente esta novela estará gratis para los clientes de Amazon Prime. Me consta que se la está leyendo gente, porque cada día se mueve en el ranking y hace tiempo que se ha quedado en las primeras posiciones de su categoría.

Hacedlo, que os vendrá bien para lo que se avecina.

Porque también será el verano de Paula y Javier por algo más, y es que su segunda novela, Entre puntos suspensivos, que fue publicada en la colección HQÑ por HarperCollins Ibérica, ha sido seleccionada para formar parte de la colección de seis novelas que regalará la revista Semana a lo largo de este verano.

Estoy emocionada.



Como podéis ver en la foto, mi novela saldrá la tercera, después de No reclames al amor, de Carla Crespo y Tú en la sombra, de Marisa Sicilia.

Después será el turno de Erika Fiorucci y su novela Una sonata para ti, Arwn Grey con El amor llegó como un rayo y finalmente Claudia Velasco cerrará el verano con Bloody Mary. 

¿No me digáis que no es un plan estupendo?

Gracias a todos los que nos estáis ayudando a darle visibilidad a esto, aunque estoy segura de que no le hace mucha falta. En cuanto lleguen a los kioskos ellas solitas van a volar. Son novelas con mucho encanto y con unas alas estupendas.

jueves, 5 de julio de 2018

TODOS LOS VERANOS DEL MUNDO DE MÓNICA GUTIÉRREZ



Sinopsis:

Helena, decidida a casarse en Serralles, el pueblo de todos sus veranos de infancia, regresa a la casa de sus padres para preparar la boda y reencontrarse con sus hermanos y sobrinos. Un lugar sin sorpresas, hasta que Helena tropieza con Marc, un buen amigo al que había perdido de vista durante muchos años, y la vida en el pueblo deja de ser tranquila.

Quizás sea el momento de refugiarse en la nueva librería con un té y galletas, o acostumbrarse a los excéntricos alumnos de su madre y a las terribles ausencias. Quizá sea tiempo de respuestas, de cambios y vendimia. Tiempo de dejar atrás todo lastre y aprender al fin a salir volando

Mis impresiones:

Cuando un libro de Mónica Gutiérrez llega a mis manos, sé que tengo las expectativas muy altas, porque ella no me ha fallado nunca. Todas sus historias me han encantado, todas han tenido algo mágico que las envuelve y que de alguna manera me arropa como lectora. En definitiva, me he sentido muy cómoda en todas sus obras.

Sin embargo, a esta, le tenía un poco de miedo.

Venga, preguntadme por qué.

Bueno, ya sé que no me lo podéis preguntar, así que os lo cuento yo. Transcurre en verano. Mónica es la mujer del invierno, de las historias navideñas o de las tormentas de nieve en noviembre y, de pronto, se saltaba una de las premisas de todas sus novelas, una que me gusta especialmente porque soy una adoradora del invierno. Me temía un libro sin mantitas y sin chimeneas encendidas, un libro sin toda la magia que ella sabe ponerle a esta estación.

¿Qué encontraría?

Al final ha sido un paseo tan agradable como todos los demás que he dado de su mano, en el que no han estado ausentes las reflexiones durante toda la lectura. En el que he sentido pellizquitos en el corazón cuando a Helena le pesa tanto la ausencia de su padre. Una oleada de empatía me ha invadido, y me he parado a pensar si será cierto que el no tenerlo te hace idealizar su figura. Yo me peleaba con el mío un par de veces por día, pero nos reconciliábamos a la misma velocidad y creo que hasta eso echo de menos desde que no está...

Creo que de todas sus historias, y esto es aventurarme mucho, Todos los veranos del mundo es la más romántica. Tiene una historia de amor de esas que te gustaría vivir, de ese que puede con el tiempo y aguanta paciente durante décadas mientras le llega su oportunidad. Es una historia de familia que se quiere y que se extraña y es la nostalgia de un padre ausente y de una madre a la que le cuesta demostrar afecto. Es la historia de unos hermanos que se adoran a pesar de que son tan distintos como el agua y el aceite.

Mónica se marca la novela menos feelgood de todas sus novelas, pero no pierde ese toque que la hace única, esa forma de narrar en la que de vez en cuando deja caer perlas literarias que te recuerdan que ella misma es una lectora voraz y apasionada. Aparecen sus personajes entrañables, esos que sabe dibujar tan bien. Como siempre hay un librero, un anciano que se parece a Eduardo Mendoza, un hermana loca y adorable, un hermano escritor de éxito y unos sobrinos encantadores. Pero también hay una protagonista, Helena, que vive dentro de una mentira que ha fabricado ella misma para protegerse del dolor, de esas mentiras que, por mucho mimo que les pongas, te acaban haciendo el mismo daño que tratas de evitar.

Y está Marc. De todos los protagonistas masculinos de Mónica Gutiérrez es el que más me ha gustado, un Peter Pan que hace un tándem perfecto con su Wendy, a la que está empeñado en enseñar a volar. ¿Dónde existe un hombre como él? Porque si los vendieran, os aseguro que habría cola para hacerse con uno. De los que hacen levitar con sus besos y no se cortan en ir a por lo que quieren, por muy imposible que parezca. Hay mucha química entre los personajes protagonistas y se nota.

Sé que nadie se cree mis reseñas porque son buenas, y eso que este es el único libro que he salvado de los diez últimos leídos -llevo unos días que leo un montón-, pero no por eso voy a dejar de recomendarla en mi blog. Yo estoy tranquila, digo la verdad siempre aquí porque hacer otra cosa sería como mentirle a tu diario. ¿Quién es tan estúpido como para hacer eso? Este es mi registro de lecturas y me niego a guardar las que no me llenan. Me ahorro los libros de los que mi verdad sería decir que he perdido miserablemente el tiempo porque lo que más prisa me corre es olvidarme de ellos. Me han dejado fría, así que para qué...

Puedo asegurar que con Todos los veranos del mundo no fui capaz de sacar la nariz del libro hasta que lo terminé: en una tarde. Ayuda que es cortito, pero además es que está tan bien escrito que, si tienes tiempo como tengo yo ahora que no estoy escribiendo, no lo podrás soltar.

Espero impaciente el siguiente libro de Mónica Gutiérrez. O paciente, tengo todos los veranos del mundo por delante.

Gracias por estos libros, son un remanso de paz en medio de las tormentas cotidianas.

lunes, 2 de julio de 2018

ARRANCA OTRO VERANO

La verdad es que los veranos me dan un poco de pánico, porque siempre hay algo que se altera de tal manera que se convierten en etapas desastrosas de mi vida. Por eso no quiero que lleguen, porque con la edad me he debido volver algo supersticiosa y temo hasta respirar, no sea que vuelva a cagarla y vuelvan a ser unos meses de esos que quieres que pasen a toda velocidad y, si es posible, sin dejar huella.

Este verano ya sé que viene con cambios, no ha hecho falta que llegase julio. Cambios en el trabajo y en la rutina, cambios en la gente que te rodea a diario, cambios en general que espero ser capaz de gestionar con menos corazón y más cabeza que otras veces.

Dentro de media hora, empiezo a trabajar. No sé si escribiré una novela en estos meses, pero lo que sí sé es que voy a empezar a ponerle cara a una de las que tengo en el cajón. Al menos para mí. Ya está maquetada para digital, ahora solo quedaría centrarse en el papel. Me tengo que mentalizar de que hay que dar pasos porque llevo demasiado tiempo plantada en la misma baldosa del pasillo y me van a acabar saliendo raíces si no avanzo.

El viernes empecé otra historia. Este fin de semana no he estado en casa y apenas he tenido tiempo para ponerle palabras, pero sí he pensado mucho en ella. No aspira a ser novela sino experimento, algo así como lo que hice con Oasis de arena. A ver qué sale. Las demás novelas, las que tengo empezadas, se van a quedar ahí porque no me apetecen ahora y la que tengo por corregir la paro hasta otro momento en el que me sienta acompañada para emprender esa tarea con ella.

Ah, y a lo mejor subo algún vídeo más al canal de YouTube. Las tardes son muy largas y yo demasiado inquieta para estar mano sobre mano.

Esta soy yo con mis tonterías.

jueves, 28 de junio de 2018

QUIEN SE FUE A SEVILLA...

O EL PODER DE LOS CAMBIOS.

A ver si consigo explicar el pensamiento que lleva un par de días circulando por mi cabeza. Tampoco hay que hacerme mucho caso, soy más de pensar que otra cosa. Por ejemplo, puedo pensar las mil maneras de tirarse de cabeza a una piscina llenita de agua, las piruetas necesarias para hacerlo con gracia y salir de allí cual sirena, pero al final ni me asomo al trampolín, no sea que me caiga una gota de agua y me constipe.

Igual es que me he constipado muchas veces...

El caso es que estaba pensando en cuando hemos estado en un lugar mucho tiempo y de pronto nos encontramos con que ya no es el nuestro. Me lo he llevado a mi terreno, el de los libros, he echado un vistazo a las sensaciones que tengo por ahí dispersas en mi subconsciente -o inconsciente, nunca lo he tenido muy clara la diferencia- y me apetecía venir aquí a ponerlo por escrito.

Más que nada porque las sensaciones no son claras y potentes, sino bastante confusas y si algo he aprendido con los años es que, cuando me siento y escribo, es como si pasara el limpiafondos a la piscina: todo queda cristalino.

(Mis metáforas esta mañana veo que están influidas por el calor, porque solo me salen piscinas.)

Yo hace tiempo, vendía muchos libros digitales. Pero cuando digo muchos eran muchos, muchos, había días de más de cien. Bastantes más. Y no me refiero a esos días que los regalas, en esos he llegado a rozar el millar. Ese torbellino estuvo girando en mi vida aproximadamente tres años a toda velocidad. Al principio había mucho vértigo, pero esto es como todo, uno se acostumbra a las emociones fuertes y lo que nota después es cuando no están, cuando la adrenalina no tiene trabajo y no sabes qué hacer con ella.

Llegó un día, no sé precisar cuándo, en el que mi gráfico dijo cero ventas.

Te sorprende, pero como al día siguiente llegan media docena piensas que quizá haya sido una excepción, aunque llevas tiempo dándote cuenta de que la gráfica iba cuesta abajo. Pero no le das mucha importancia.

Hasta que llega otro día.

Otra vez suben, pero se empiezan a repetir los días vacíos. Incluso son tantos que se acaban convirtiendo en meses y lo excepcional ahora es que haya alguna venta.

Hablo de ventas pero no por el concepto económico, hablo de ventas porque es lo que veo y, aunque sé que no es cierto las estoy asimilando con lecturas. Estos gráficos te indican que tu tiempo ha pasado, que de alguna manera lo que viviste se ha ido. Miras los tops y te acuerdas de que en algún momento fue tu sitio. Y piensas si no te fuiste a Sevilla sin darte cuenta...

O le das otra vuelta y razonas. Aunque esto a veces se parezca a perder el amor, a sentir que tu pareja de abandona -no se me ocurre otra metáfora, estoy espesita hoy- no es cosa tuya. Que va. En realidad tú no te has movido y Sevilla sigue tan lejos como siempre. Es que la gente cambia, los gustos se alteran, los tiempos pasan, las personas deciden que quieren otra cosa y el magnífico poder de la novedad, al que no es inmune nadie, arrastra sus pasos a otro lado.

Tú ya eres pasado.

Tú ya has pasado.

Y cuando el gráfico ese lleva tanto tiempo en plano, te das cuenta de otra cosa. La distancia necesaria te deja un pensamiento magnífico: tuviste la oportunidad de vivirlo. Tú fuiste un día y eso no te lo va a quitar nadie, aunque solo tú lo recuerdes ahora.

He hablado de libros, pero en realidad esto pasa en cualquier faceta de la vida.

(Dedicado a todos los que se han sentido alguna vez abandonados por la suerte. Recuerda, una vez la tuviste, es más de lo que puede contar la mayoría).

lunes, 25 de junio de 2018

MAQUETAR, ESO QUE SOLO SACA UN POCO DE QUICIO


Me he pasado el fin de semana maquetando una de mis novelas inéditas. No, no estoy en las puertas de publicar nada, al menos de momento, la razón es mucho más tonta: no quiero que se me olvide lo aprendido.

Bastante me costó aprender a hacerlo como para perder los conocimientos por dejadez.

Maquetar la primera de mis novelas para subirla a Amazon fue una de las peores pesadillas que viví en el camino como autoeditada. Recuerdo el invierno de 2012, recuerdo que vivía en un constante ataque de nervios porque no había manera de acertar con la tecla, de saber qué era lo que tenía que hacer y lo que no. Disponía de toneladas de ilusión, pero no tenía a mi alcance la experiencia de mucha gente, como sí existe ahora, y los cientos de miles de páginas de internet que enseñan a hacerlo. No había muchas personas a las que preguntar y yo, de informática, sabía tan poco como ahora.

Ah, y no tenía internet.

Esto de publicar libros en internet sin tener internet merece capítulo aparte, ya lo contaré otro día con más calma. Siempre me digo que esto demuestra que estaba escrito en mi destino con letras de fuego acceder al mundo literario sí o sí, a pesar de todas las dificultades que se planteasen. Que fueron muchísimas, también cuanto tenga ganas voy a hablar de los aprovechados que encontré por el camino, de las zancadillas que me reventaron los dientes, de las personas que fingieron admiración para sacar información...

El día que me ponga a escribir mis memorias va a temblar el cielo.

No temblará, no las escribiré; afortunadamente estoy segura de que antes de que tenga tiempo habré perdido la memoria, que ya voy teniendo síntomas.

A lo que iba, que ya he maquetado esta novela.

Me ha costado varios intentos, porque me fallaba el camino que aprendí y usé para lo último que maqueté hace un par de años, pero ahora tengo, además de la posibilidad que he dicho de consultar páginas, la carga en la mochila de las cientos de veces que he me ido equivocando. Y eso ayuda a que todo se resuelva de manera mucho más veloz.

Por ejemplo, lo de las tildes.

Yo escribo con tildes. Las pongo a medida que voy escribiendo las palabras, no dejo que sea Word quien las añada. Cuando renombro secciones en Sigil, también las pongo de manera inconsciente. ¡Eso no se hace! Eso, en su día, me causó un tremendo disgusto, porque la tilde provocaba que toda una sección de la novela desapareciera en la transformación del archivo al formato que necesita Amazon. ¡Imaginad el desastre! La novela se vendía incompleta, aunque yo en mi pantalla la estuviera viendo perfecta. Maqueté la novela de una persona que no sabía, por hacer un favor mientras se iba de vacaciones -que a veces también soy muy tonta (tonta no, gilipollas)- y puse una tilde. Digamos que no sentó muy allá cuando llegó una crítica negativa por esto... y me llevé un rapapolvo épico del que, la verdad, he aprendido poco, porque sigo echando una mano cuando se necesita.

Han sido muchas más las veces que las personas han respondido bien.

Ayer volví a poner tildes en las secciones, pero me di cuenta, las revisé todas y el potencial error se quedó en un cambio a tiempo. También se me fueron todos los tabuladores del texto y tuve que comenzar de nuevo, porque sospeché que sería más rápido arreglarlo de ese modo. Aunque me quedaban cinco capítulos solo para terminar, mi sospecha se confirmó.

Empezando desde cero tardé muy poco, ya sabía lo que no tenía que hacer.

Si es que soy genial deduciendo, me saqué la carrera así con las mejores notas y muchas veces, como cuando maqueto, los conocimientos los encuentro aplicando la lógica, que me funciona a las mil maravillas. La memoria es un poco menos efectiva, pero lo que es el razonamiento lo conservo intacto y la intuición la tengo de diez. (Abuela no tengo desde 2011)

El caso es que ya tengo mi archivo maquetado y cuando lo terminé tuve la tentación de subirlo a la plataforma. Pero una de esas tentaciones grandes que provocan que te lata el corazón a cien mil y se te caiga el azúcar por los alrededores cuando estás intentando ponerla en el café (por ejemplo). Supongo que cuando crees en una historia sientes un poco la necesidad de compartirla con otras personas y esta manera que descubrí hace seis años es la más inmediata.

No lo hice, por supuesto, solo quería no olvidarme de maquetar.

Aunque... creo que no pasaría nada si un día de estos dejase caer una novela. Por supuesto, después del concurso, no tengo yo el cuerpo para francotiradores este verano.

Ni muchísimo menos.

viernes, 22 de junio de 2018

SE LLAMABA MANUEL DE VÍCTOR FERNÁNDEZ CORREAS



Sinopsis:

El cuerpo del joven Manuel Prieto aparece en el Cerro Garabitas de la Casa de Campo de Madrid el día de Nochebuena de 1952. Gonzalo Suárez, inspector de segunda del Cuerpo General de Policía, se hace cargo del caso. Un caso que, sin saberlo, cambiará su vida tal y como la conoce.

El teniente Arturo Saavedra negocia los términos del acuerdo que permitirá a Estados Unidos establecer bases militares en España. Y lo hace por convicción, pero también por interés personal: las negociaciones son la puerta abierta a la nueva vida que ansía por encima de todo.

Marga Uriarte vive con odio. En el pasado coqueteó con el entorno del Partido Comunista de España. Ahora, un viejo conocido le pide ayuda en nombre del partido. Lo que parecía un mero trámite para ganar algo de dinero se convierte en una oportunidad inmejorable para saldar cuentas con su pasado.

Tres historias que se desarrollan en una España en la que, se aseguraba, había empezado a amanecer. Aunque no para todos.

Mis impresiones:

Leí las primeras palabras de esta novela hace mucho tiempo, cuando Víctor, con quien mantengo contacto de manera habitual, me preguntó qué me parecían. Recuerdo perfectamente la sensación que se me quedó prendida en la piel, la de estar presenciando el germen de una gran historia. Había algo intangible, algo que iba más allá de las palabras ordenadas en una secuencia, formando frases. Había una atmósfera que me envolvió y me trasladó al escenario que él estaba construyendo. Me fascinó su voz, algo que creo que ya he repetido más veces, y quise saber en qué quedaría aquel principio que apuntaba tan bien.

Poco a poco, lo fui sabiendo.

Algunos días, después de una de nuestras charlas, él me dejaba ver algún fragmento en el que había estado trabajando. Para mí era un acto de confianza y un regalo, que me apresuraba a beberme. No me llegó en principio una novela completa sino una especie de adelantos que lo que consiguieron es que tuviera muchas más ganas de leer la novela entera. De degustarla toda. De dejar que mi piel respondiera a sus palabras, como responde siempre ante los grandes narradores y las grandes historias.

Cuando llegó la novela completa, la leí y solo pude darle la enhorabuena. Sentí que frente a mis ojos asombrados se había gestado una novela enorme. Y estuve segura de que, en algún momento, encontraría el camino para llegar hasta los lectores.

Tenía que lograrlo.

Había sido un viaje fascinante por un Madrid desconocido para mí y supongo que para la mayoría, una ciudad que se ocultaba bajo esa otra que la oficialidad de la época pretendió hacernos pasar por la única existente. Me descubrió las sombras de la ciudad, y me llevó a otra ciudad, a otra novela y a otras sombras, aquellas que dejaba el viento en la de Zafón. No por el estilo ni por la historia, que ni se parecen, sino por el descubrimiento de Madrid que supuso para mí, como en el otro caso sucedió con Barcelona.

Me imaginé -a imaginar no hay quien me gane- que un día de otoño, ligeramente lluvioso y frío, Victor me servía de cicerone por los escenarios de la novela, emulando la visita que hice al lado de Helena Tornero (no sé por qué me acuerdo del nombre de la guía) hasta los de La sombra del viento.

Ya me dirá él si esto se queda en mi imaginación o un día lo hacemos realidad.

Si os habéis fijado, no estoy hablando nada del contenido de la novela. Pensaba hacerlo, pensaba analizarla como en cualquier reseña, fijándome en el narrador omnisciente, en la magnífica y realista ambientación o en la personalidad de los personajes, pero me vais a perdonar que esta vez no pueda. Esta no es una novela más para mí, sé que hoy peco de no ser nada objetiva. Da lo mismo, ya os lo digo yo, no quiero serlo porque me resulta imposible desprenderme de todo lo que ha supuesto esta novela para mí. Con ella he vivido como espectadora privilegiada el proceso entero hasta que ha llegado a mis manos.

Desde la idea, hasta el papel.

Con todas las luces y las sombras que esto conlleva, con todas las charlas, las dudas, las incertidumbres hasta que se hizo real. Con los avatares inesperados y las alegrías inmensas.

Todo.

Lo más bonito, la confianza que él depositó en mí Victor compartiendo tantos momentos. El aprendizaje vital. La constatación de que en este mundo de egos desmedidos y de relaciones interesadas -a ver qué puedo sacar de ti me lo he tenido que encontrar muchas veces- quedan personas magníficas. Autores con los que compartes dudas, miedos, alegrías a lo largo de los años, por muchos que pasen. Lectores también, como tú, con quien entusiasmarte con un ensayo de Delibes y que lo viven como el mismo descubrimiento que hiciste cuando tropezaste con él.

Algo impagable por lo extraordinario que resulta.

Por eso no puedo ser objetiva con Gonzalo, con Marga y con Arturo. No puedo hablar de El Canelita desde la distancia necesaria, ni puedo mantenerme al margen de los sentimientos que provoca la muerte de Manuel. Ni sé decir sin que se note que tengo mis emociones comprometidas, que la trama me parece perfecta y que no soy capaz de ponerle un pero a la historia que ha escrito. Porque es de eso, del contenido, de lo que quiero hablar, de lo que en realidad nos remueve y nos conmueve.

Será mejor, pues, que le hagáis poco caso a esta loca que lleva un rato escribiendo sin pensar mucho más allá de lo que siente y juzguéis a solas, pasando cada página de las 357 de esta novela y decidáis por vuestra cuenta si os gusta.

De él, de Victor, también os puedo hablar un rato. La primera vez que estuvimos en el mismo lugar, él no me vio. Yo sí, lo reconocí entre el público en una sala a la que habíamos acudido a una charla y ni se me ocurrió acercarme. Al fin y al cabo, en ese momento yo solo era una lectora que escribía y él era un escritor que publicaba con grandes editoriales.

Después, cuando un amigo común nos puso en contacto al cabo de los años, se lo conté. Nos reímos bastante con esto, con mi torpeza para las relaciones humanas que muchas veces me cuesta dejarlas pasar. Rompimos el hielo y desde entonces estamos ahí,descongelados, listos para cuando necesitemos ojos extra. No todos los días, a veces ni todas las semanas, pero con la tranquilidad y la confianza de saber que el otro siempre estará. A un silbido o a un mensaje.

Se llama Víctor, en presente.

Víctor Fernández Correas.

Se llamaba Manuel.

jueves, 21 de junio de 2018

NADINA O LA ATRACCIÓN DEL VACÍO DE MARISA SICILIA



Sinopsis:

Mathieu Girard es agente de los Grupos de Intervención de la Gendarmería Nacional, una unidad de élite francesa. Le gusta su trabajo y siente cierta atracción por el riesgo, que se empeña en negar y le causa problemas a la hora de mantener relaciones estables.

Es responsable y reflexivo y su situación afectiva no es su prioridad. En París y en situación de alerta máxima ante la amenaza de ataques terroristas, Mathieu deberá vigilar de cerca a Dmitry Zaitsev, un empresario ruso involucrado en negocios turbios que asegura que puede evitar que una letal partida de armas llegue a manos de los extremistas. Y también conocerá a Nadina.

Todas las señales le advierten de que no debe acercarse a ella, pero, cuando amas el peligro, eso no debería importar.

Mis impresiones:

Lo primero que tengo que decir es que me llevé una tremenda sorpresa al constatar que mis palabras acerca de Marisa Sicilia acompañan a esta novela en la contraportada en papel, un honor inesperado como no me voy a cansar de decir. Las voy a guardar aquí, con la reseña, porque son completamente sinceras: creo que es una de las mejores autoras de romántica que tenemos en estos momentos y, por qué no, una de las mujeres que mejor escriben en este momento en España.

"Me encanta Marisa Sicilia. Sabe escribir. Sabe transmitir. Con muy pocas palabras, con inicios que no necesitan fuegos artificiales para conquistar, consigue sumergirte en la historia que se proponga y lo hace con una narrativa de las que envuelven. Sencilla, pero no simple. Elegante, sin necesidad de utilizar palabras altisonantes. Dulce, aunque a veces no evite la crudeza en sus historias cuando es necesaria."

Lo segundo, que en realidad es la primera sensación que tuve al empezar a leer esta novela, es que ojalá leyéramos los libros siempre sin prejuicios de ningún tipo. Mira que yo no soy de reivindicarlo todo, creo que estamos en unos tiempos en los que se alza la voz muchas veces sin reflexionar cinco segundos, gracias a la inmediatez de las redes, pero en esta novela de Marisa sé que van a pesar los prejuicios por el género y mucha gente se va a perder una trama sólida, consistente y veraz que, en sus primeras páginas, podría haber sido escrita por un hombre. El principio plantea la ruptura sentimental del protagonista, un agente de la élite de la policía francesa, pero enseguida pasa a la acción. El Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional al que pertenece es requerido para una misión: un hombre de origen musulmán está atrincherado en un supermercado con rehenes y ellos se tienen que encargar de sacarlos de allí vivos.

La escena está narrada de manera impecable, se nota por todas partes la documentación que ha manejado la autora para construir un momento verosímil. Potente. Actual como es esta novela, que trata el tema del terrorismo que vivimos en estos momentos, centrado en París, que es una de las ciudades que más lo han sufrido.

Nadina habla de muchas más cosas que de la historia de amor entre ella y Mathieu, una historia que tiene momentos dulces y otros más amargos. Habla de la guerra y sus secuelas. Habla de decisiones que te salvan la vida, pero que a cambio suponen una condena perpetua. Habla del riesgo, de la soledad, del miedo, pero también tiene cabida la esperanza. Mantiene un equilibrio entre la acción, entre esa trama de tráfico de armas y la otra, la que se centra en las personas, que la convierte en una novela muy atractiva.

Los personajes de la novela, entre los que desfilan muchos de diferentes nacionalidades, están muy bien construidos. Incluso se molesta en modelar el lenguaje para que sintamos a un ruso que no habla bien el idioma y busca nombres para ellos que permitan una rápida identificación de su origen. Nada está al azar.

El protagonismo recae en Mathieu  un hombre capaz de enfrentarse a situaciones de las que los demás escapamos; en palabras de Marisa, es deportista, osado, sacrificado, paciente, un hombre honesto y con un alto autocontrol,  que solo salta por los aires cuando se ve incapaz de resistirse a esa atracción por el peligro, un peligro que en la novela está personificado en Nadina. Ella es frágil y fuerte a la vez, un personaje contradictorio y redondo, contrapunto perfecto para esta novela de intriga y romance. El tercer pilar será es Dmitry Zaitsev, un personaje oscuro relacionado con el tráfico de armas. Mathieu entrará a trabajar en el Lumiere, un local de copas en las cercanías del Puente de Alejandro III, en París, del que aquel es el propietario para vigilarlo de cerca. La policía lo quiere usar como cebo para detener el tráfico de unas armas que se han extraviado y que sospechan que van a ir a parar a integristas islámicos. Dima es un hombre cínico, divertido, manipulador, que representa la tentación.

Los tres forman un triángulo que por si solo habría bastado para mantener la atención. Pero como he dicho, Nadina o la atracción del vacío es mucho más que eso. Es una novela actual, llena de matices, que te regala unas cuantas horas de lectura y reflexión.


miércoles, 20 de junio de 2018

NO SE ME DAN BIEN LAS PORTADAS

Tengo varios libros en el cajón, envejeciendo. No sé si lo harán como el buen vino o, por el contrario, dejarlos ahí hará que se vuelvan vinagre, pero el caso es que no me decido a dejarlos volar.

Hay varias razones.

Una, seguro que la más potente, es que no son lo que se espera de una autora de romántica. Aunque personalmente no me considere eso, sé que es la imagen que se tiene de mí y dudo mucho que estos textos vayan a encontrarse con los lectores potenciales que podrían ser su público objetivo. Pienso que mucha gente, que me conoce por mi otra faceta, se sentiría decepcionada si tropieza con historias que son duras y que, de ninguna manera, tienen el final feliz que se supone para el género que llevo publicando un tiempo.

Otra razón es que se me da muy mal eso de crear una portada, de acertar con ella. Ya metí la pata con Brianda, estropeé el impacto que una historia que considero muy potente -aunque puedo estar equivocada y de hecho lo estaré- podía tener a primera vista. Se quedó perdida y eso me dio mucha pena, porque trabajé muchísimo en ella. No solo en la documentación del Siglo de Oro, sino en encajar todas las piezas de una historia que es mucho más que una novela de aventuras y magia.

También pesa el que no quiera confundir a la gente y que me niegue a usar seudónimo. De momento, quiero que lo que escriba lleve mi nombre, independientemente de si se trata de un género u otro. Eso ya sé que va contra las leyes del marketing, pero es lo que siento, que sería deshonesta conmigo misma si lo hiciera de otro modo. Yo soy yo siempre, con luces y sombras.

Y sin esa parte, estaría incompleta.

Hace unos años, en la Feria del Libro de Madrid, hablando con Víctor del Árbol me dijo una cosa. Una frase que no se me ha olvidado a pesar del tiempo transcurrido: "Escribe lo que sientas que quieres escribir". Sigo su consejo, aunque para mí, de momento, esté vetado el publicar estas otras historias. Necesito un nombre para que al lector le dé igual si cuento una historia de amor o, lo contrario, una en la que pese más esa otra faceta del amor que también existe y que arrasa cuando se pone frente a tus ojos, el lado oscuro del desamor. Sé que en eso hay más verdad y más emociones que en cualquier otra cosa que haya escrito, pero también entiendo que no todo el mundo está dispuesto a dejarse llevar de la mano a la parte más difícil de una relación, darla por concluida, desvincularse de la persona a la que se ama cuando no es uno quien toma la decisión de marcharse, sino que se la encuentra.

Un día, de pronto, de la manera más tonta e inesperada.

Hoy, quizá porque sigo sin rendirme del todo, he estado mirando fotos para portadas y he vuelto a constatar que no se me dan bien, que aunque yo sola quisiera salir a la palestra con esta historia, aunque venciera todos los inconvenientes que acabo de exponer, me ocurriría lo mismo que con Brianda: la acabaría estropeando del todo. Y he vuelto a cerrar la página y a dejar a oscuras esas novelas.

martes, 19 de junio de 2018

A SOLAS CON EL VIENTO




Hay gente que solo es capaz de vivir a base de emociones grandes. Necesita cambiar constantemente los escenarios, las personas, los trabajos, buscar a su alrededor algo que haga que la adrenalina corra por sus venas y active su organismo de manera salvaje. Necesitan vivir al límite.

Otras personas, lo contrario.

Necesitan muy poco. Un abrazo, unas palabras, un cielo azul, un te quiero a media voz, un gesto amable o dos minutos de música. Esas cosas tan sencillas llenan su corazón hasta desbordarlo de una felicidad que otros a veces no entienden.

No soy de grandes emociones, soy más de lo segundo. A mí las montañas rusas no me van, ya me pone en bastantes aprietos la vida como para subirme de manera voluntaria en ellas. Pero a veces, conformarte con poco tiene su lado oscuro. No haces ruido, parece que no te hace falta nada y hay días que fallan los abrazos, las palabras, el cielo azul, los gestos y la música.

No importa.

Hace mucho que descubrí que existían unos objetos mágicos, los libros, capaces de salvarme de cualquier desastre. Hace mucho, casi por casualidad, supe que tenía el don de escribir historias. Más o menos buenas, pero era capaz de hacerlo.

Desde entonces, cuando la vida me niega ese poquito de felicidad que necesito, no me desespero del todo. Sé que hay una estantería llena de tesoros en mi salón, sé que, si esos no me apetecen, solo tengo que cerrar los ojos un tiempo, abrir mi portátil y empezar a contar una historia. Tengo el poder en mis dedos y la música bailando en ellos siempre que quiera.

A veces salgo a esa mar sin rumbo a pescar palabras, me da igual si no regreso con las redes llenas. El caso es sentir el viento en la cara y contagiarme de la paz de la travesía.

Llega el verano, para mí la peor época del año por millones de razones, pero no me voy a preocupar. Tengo mi barca preparada para salir al mar. Las redes esperando a que conquiste cualquier orilla, a que me deje llevar.

Sin rumbo, sin compañero.

A solas con mis palabras.

A solas con el viento.

domingo, 10 de junio de 2018

¿UNA TERCERA PARTE? NO SÉ, NO SÉ...

Ayer pasé el día fuera de casa. Por la tarde, el teléfono vibró en mi bolso y fui a mirar qué pasaba. No suelo recibir muchos mensajes y, además, lo llevo silenciado casi todo, así que solo se me ocurrió que tenía que ser muy importante para haberse saltado todos mis filtros.

Era de Instagram.

Vale, ahí no filtro nada porque apenas recibo más mensajes que los de algunos hombres que intentan contactar conmigo a ver si consiguen algo de sexo, a los que bloqueo ipso facto puesto que no tengo intención de acceder a sus peticiones. Esto no pasa todos los días, ni siquiera todos los meses, así que no me he preocupado de averiguar cómo callarlo.

El caso es que me habían mencionado en una historia y por eso me avisaba el silbido. Ana Draghia, escritora, profe de literatura y compañera de editorial me decía que no haga hype de Entre puntos suspensivos porque quiere saber qué puñetas va a pasar con la novela y la tengo nerviosa.

Tuve que mirar qué era hacer hype y me sentí muy mayor en ese instante.

Ana me hizo sonreír y me volví a casa en el coche pensando en la posibilidad de una tercera novela. Incluso tracé una trama posible, me fui imaginando cómo podrían ser también Mario o Silvia, cómo habría cambiado Valeria y si ella podría ser el detonante de algo más que les sucediera a sus padres. Vine a casa la mar de entretenida, aunque esta mañana me he dado cuenta de que esa no es una historia que pueda escribir ahora. Necesitaría que pase algo de tiempo y sentirme una tonelada más tranquila para que el resultado sea luminoso y esté a la altura de las dos novelas que ya están ahí.

No, ahora no es el momento para esto.

Puede que dentro de un par de años me lo replantee, puede que hasta que llegue ese instante siga escribiendo en mi mente bocetos de lo que podría ser la historia entre los dos personajes que más me han dado hasta ahora. Una historia, esta vez, de madurez, de padres de una adolescente...

¡Basta!

La que has liado, Ana. Tengo varias novelas por terminar, estoy corrigiendo una y me tengo que poner dentro de nada con otra que está en borrador, a falta de que me siente con ella a escribirla de verdad y mi cabeza se ha puesto a divagar de nuevo.

¡Si es que lo pides con una gracia que cuesta decirte que no!

No sé, no sé...

sábado, 9 de junio de 2018

TODO SEGUIRÍA IGUAL



Llevaba ya la friolera de cinco años como candidata al puesto. La vez anterior, cuatro años atrás, se había quedado a las puertas de conseguirlo; una enfermedad inoportuna se llevó todas sus posibilidades, pero no se rindió. Pensó que había que ponerle al tiempo buena cara, que había que seguir trabajando con honestidad y firmeza y, cuando el puesto quedase libre, ella sería la más cualificada para conseguirlo.

El incremento de sueldo era considerable, pero no lo quería por eso, sino algo más intangible: lo habría logrado sin llevarse por delante a nadie, esperando, preparándose mucho para, una vez en él, ser la mejor.

A finales de abril, con la primavera mostrándose en todo su esplendor, tuvo la primera entrevista. A juzgar por las sensaciones, todo parecía encarrilado. Quince días más y sería la definitiva. Se preparó para ella. Solo llegó cinco minutos tarde, los que le llevó dar con la puerta correcta, puesto que habían cambiado el lugar de la reunión y no había sido avisada.

La entrevista con el jefe fue distendida. Duró exactamente una hora, en la que trató de ser agradable. Los primeros treinta minutos tuvo la sensación de que estaba a punto de conseguirlo, pero algo en las palabras de él le hizo dudar.

Dos veces.

Se fue de allí, a pesar de todo, contenta.

Los siguientes días, las noticias no llegaban. Empezó a ponerse nerviosa, pero trató de concentrarse en su trabajo. Esa espera alteró sus nervios, pero no fue capaz de llevarse por delante la ilusión de conseguir, al fin, el trabajo.

El resultado llegó tres semanas después de la entrevista.

Ni siquiera se lo comunicaron en persona, lo vio publicado en el tablón de anuncios y también presenció las felicitaciones a la que sí había conseguido el puesto. No la había visto por allí nunca, pero al fin y al cabo el puesto era abierto y ella había sentido que algo en la entrevista había ido mal.

Sintió la decepción pateándole las tripas, pero se obligó a sonreír, a seguir en su mesa de siempre a centrarse en los papeles que ocupaban sus días. Todo seguiría igual, salvo por un detalle.

Ya no se presentaría candidata.

Nunca más.

viernes, 8 de junio de 2018

HE VUELTO A UNA NOVELA



En estos días he estado muy productiva en cuanto a escritura se refiere. La presión mental a mi alrededor ha sido potente -tengo cierta tendencia a no saber desconectar y preocuparme de más- y solo conozco una manera de canalizarla para sacarle algo positivo: escribir.

He escrito un montón.

En primer lugar os voy a hablar de un relato que, de momento, me guardo. Quiero darle un par de vueltas antes de dejarlo a la vista, sobre todo cambiarle el título, porque su gestación digamos que fue un poco de broma y lleva el mismo título vulgar y de mal gusto que una novela con la que tropecé en Amazon. De hecho, su nacimiento tiene que ver con eso, qué le está pasando por la cabeza a alguien para ponerle ese título a una historia. Pensé que tal vez estaba prejuzgando, que igual detrás de esas palabras que llaman la atención había algo bueno y que solo eran una estrategia de marketing.

¿Y si escribo algo con ese título? Esa fue la pregunta que me hice y dos segundos después, gracias a esta velocidad a la que me empuja la presión mental, estaba escribiendo. Tardé como veinte minutos, me reí un montón por las tonterías que se me pasan a veces por la cabeza y no sucumbí a la tentación de venir a colgarlo al blog por eso que digo, porque creo que es mejor que repose un poco y cambiarle el título, aunque solo sea un mero ejercicio narrativo y no algo que vaya a ser candidato a la historia de la literatura.

No creo que haya escrito en mi vida nada candidato a esto, todo sea dicho.

Lo siguiente que he estado haciendo ha sido ordenar una novela a la que llevo dando vueltas bastante tiempo. La he vuelto a leer, libreta y papelera en mano, he quitado cosas, he añadido otras y le han salido cinco capítulos más. De lo primero que escribí hace un par de años a esto que voy teniendo hay un mundo de diferencia. Aunque no he salido del atasco en el que he metido la trama por culpa de uno de los múltiples hilos que he entrelazado, sí he hecho el ejercicio de conocer un poco más a mis personajes, he pulido frases, he dejado clara la secuencia temporal y estoy segura que de este nuevo repaso esa novela ha salido fortalecida. No vislumbro el final, pero tampoco es importante. En la última que he terminado no me convencía el primero, necesitaba otro y tuve la paciencia de buscarlo hasta dar con él.

Espero que entre tanto libro que se publica al día, nadie se moleste si tardo un poco en llegar con otro. Lo haré, no sé cuándo, pero lo haré.

Y lo último que he estado haciendo ha sido volver a repasar una novela. La novela. Mi novela. Lo que deseo publicar por encima de todo, pero que tiene la particularidad de ser tan extraño que no encaja en ningún catálogo de momento. No es que no existan historias así, de hecho yo las he leído, pero todas tienen en común algo: sus autores son gente consagrada que va a vender sí o sí y las editoriales no tienen miedo de publicar algo, porque es su nombre lo que se va a poner en letras más destacadas. Me parece normal, en los negocios hay que poner en primer plano el ganar dinero, hay que arriesgar, pero teniendo siempre unas mínimas garantías de éxito, sobre todo porque el trabajo de muchas personas depende de ello.

Me han dicho que por qué no la autoedito o por qué no participo en el concurso de Amazon. Lo he valorado, aunque también haya dicho muchas veces que lo del concurso no me atrae nada. Uno es libre de cambiar de opinión, y además es muy sano porque supone una reflexión madura sobre el tema, mucho más que encallarse en una posición que, en demasiadas ocasiones, no conduce a ninguna parte. Si no lo hago es porque hay proyectos que verán la luz este verano y que quiero ver cómo marchan sin interferencias, pero quizá después vuelva a darle una vuelta mental a la posibilidad de sacarla por mi cuenta. Tengo varias portadas, y si no la persona que es capaz de hacer magia con las imágenes, y aún me acuerdo de maquetar.

Y tengo los electrodomésticos de la cocina para darse una vuelta por una tienda y sustituirlos todos, también tengo que decir. Me vendrían muy bien esos ingresos extras para poder continuar con la rutina.

Así que en ello estoy. Acelerada perdida, pero aprovechándome de esa sensación que el estrés provoca en mí, algo a lo que siempre le he sacado partido. A veces me ha ayudado a adelgazar y ponerme estupendísima de la muerte, otras me servido de acicate para estudiar y sacar las mejores notas y ahora me empuja a escribir con más ahínco.

Tal vez, del desastre, pueda salir algo bueno.

Tal vez, por fin, os pueda presentar a esos personajes que son luces y sombras, esa historia de vidas que laten y que, por encima de todo, hacen sentir. Al menos yo, cuando releo esta historia, siento.

viernes, 1 de junio de 2018

SU CHICO DE ALQUILER EN PRIME READING

Empezamos con la campaña de verano estrenando un nuevo servicio de Amazon: Prime Reading. ¿En qué consiste? Para todos aquellos clientes que paguen su tarifa anual de Prime (menos de 20€), además de los gastos de envío gratis para miles de productos y pelis y música que se pueden ver y escuchar en la plataforma de manera legal, ahora hay descargas de libros gratis.

Uno de ellos, con el que se inaugura el programa, es Su chico de alquiler.

¿Decía yo que a esta novela no le podía pasar nada más? Pues me equivocaba, como siempre me equivoco con ella. Tiene mucha magia. Cómo me alegro de que cuando se quedaron Detrás del cristal no tuvieran los reflejos de verla, me ha dado mucho más volando sola y la oportunidad de escribir Entre puntos suspensivos.

¿Qué va a pasar con la novela en los próximos meses?

Pues estará GRATIS para todos aquellos que tengan Prime. Es un préstamo, así que, cuando la terminen de leer, deberán devolverla (hay un máximo de novelas que se pueden tener de manera simultánea en la biblioteca de Prime). En el momento en el que se devuelve, desaparece del kindle por arte de magia.

Bueno, por cosas de la tecnología que no entiendo y yo les llamo magia para abreviar.

El compromiso son 180 días en los que se podrá descargar de este modo. Pasado ese tiempo volverá a su precio habitual, 3,99€. Sí, reconozco que es raro que mi novela más corta sea también la más cara que tengo en digital, pero le dais las gracias a los trolls, esos seres maravillosos que me hicieron valorarla en su justa medida. Y de paso se la doy yo, porque aunque les parezca increíble, se vende a ese precio y se ha pasado seis años en el top de su categoría. Todo un bestseller digital. ¿Quién lo diría?

Esta mañana estaba el 3 en su categoría. Ahora mismo, el 4.



Así que, ya sabéis, si os apetece, a por ella. Incluye el principio de Entre puntos suspensivos (por cortesía de HarperCollins) un aviso anti trolls y un documento adjunto en el que hablo de mis otras novelas, aunque no me acuerdo de si está muy actualizado. Igual he publicado más desde que lo subí o sobra alguna que ya no esté a la venta, no lo sé.

No os dejo enlace, lo de la ley de protección de datos me tiene un poco despistada y no sé qué hacer, así que he decidido no hacer nada. Si la queréis, vais a Amazon, ponéis en la barra de búsqueda mi nombre (seudónimo, el que conocéis, mi nombre real no lleva a ningún sitio) y os saldrán todas mis novelas.

Y si os gusta esta, quizá podríais animaros con otra.

Son, incluso, mejores.

(No tengo abuelas desde 2011)

lunes, 28 de mayo de 2018

PÍLDORAS PARA OLVIDAR



Nos resistimos a que algunas historias terminen, pero la vida tiene eso, que no planifica los epílogos y algunas veces hasta acaba mal.

El final de una amistad, el final de un tiempo de sueños compartidos deja una herida que tarda mucho en curar. A veces haces como que no te das cuenta de que sigue abierta, esperas durante meses a que desaparezca. Pero no sucede. Un día, al pasar el dedo por encima con descuido, descubres que hay una sutura en tu alma. Que ya no duele, pero la cicatriz está ahí, para recordarte siempre que no imaginaste nada, que existió. Aceptas que ese tiempo no volverá, que igual que cambian todas las células de tu organismo periódicamente, los sentimientos mutan y se vuelven otros.

Pero cuesta tanto que estaría bien encontrar píldoras para olvidar.

viernes, 25 de mayo de 2018

LA EMOCIÓN A FLOR DE PIEL

Ayer fue un día emocionante. Mi hijo mayor celebraba su graduación, el final de su etapa en el instituto, y antes de presentarse a la temida EBAU, sus compañeros y él organizaron una fiesta a la que estábamos invitados padres y profesores.

El acto incluía la entrega de orlas, los tradicionales discursos y algo más. Ellos son así, siempre tienen un extra que ofrecernos y con el que sorprendernos. Además de que cuatro alumnos cantaron, tocaron el piano y la guitarra, otras hicieron un discurso de alumnos a tres voces y dos más recitaron poemas, prepararon un emotivo acto para José Ramón, su profesor de Lengua y Literatura, que este año se jubila. Reconozco que cuando Kamar leyó para él el poema de Celaya, Educar, se me escaparon unas lágrimas, porque creo que no hay palabras más bonitas que dedicarle a alguien que se ha pasado la vida enseñando que esas.

Remataron esa tarde especial otorgando unos premios. Como si aquello fuera la gala de los Oscar, nos fueron presentando a los nominados a las distintas categorías. No me acuerdo de todas, pero sí algunas: al más quejica, al rey de los pasillos, a la frase célebre... Nos hicieron reír un montón con esto, creo que todo el mundo entendió que era una broma que le puso el broche perfecto a una tarde que estoy seguro que no olvidarán con facilidad.

Ni ellos, ni yo.

Ahí estuve, como madre en toda regla, tan nerviosa como mi hijo, que se encargó de presentar el acto. Y estuve nerviosa porque yo era una de las dos madres que hablaron en nombre de los padres. Cuando me lo propusieron, la verdad es que me asusté un poco y dije que no, pero después de unos días pensé que a veces hay que darle una patada al miedo y salir al escenario (nunca mejor dicho).

Y que llueva.

Elena y yo hablamos de lo que íbamos a decir, más que nada por no repetirnos, y después de que ella dijera sus palabras, me tocó a mí el turno. Tomé aliento y pise las tablas de este escenario con seguridad, como si lo llevara haciendo toda la vida.

Solo tuve que imaginar que estaba sola en casa, porque ver no veía nada: los focos ciegan.

Anoche, al volver a casa, me preguntaron si podía dejarles mi discurso por escrito, y he pensado que el mejor sitio es este blog, que es también mi casa, donde guardo mis palabras para que no se las acabe llevando el viento (o el camión de reciclaje del papel). Así que ahí lo dejo.

Sé que hay cinco minutos de vídeo, pero se ve muy mal y se oye bajito. Si consigo otro, quizá lo rescate.

Ahí va...

"Hace unos días, Elena y yo nos reunimos para poner en común nuestros discursos. Casi nada más empezar, nos dimos cuenta de que eran gemelos, que las dos habíamos ido a parar a los mismos lugares comunes que se espera que digan los padres en los discursos de graduación.


Considerando eso, decidimos que lo más sensato era hacer algo distinto.

Elena se encargaría de leeros unas páginas de agradecimientos y de consejos y yo… yo iba a coger el micrófono y hablaros.

Cada vez que lo ensayaba, a mí me salía algo diferente. Si estaba inspirada, el discurso quedaba hasta chulo, pero como tuviera muchas cosas en la cabeza, me perdía, me iba de un tema a otro… y teniendo en cuenta que ni siquiera estaba nerviosa porque estaba sola… pensé que no era buena idea.
Por eso, ayer mismo, decidí que tenía que sentarme a escribir las tres cosas que os quiero contar. Que sé que quedaría mucho más bonito salir aquí y hablar, pero en la vida, de vez en cuando, hay que ser prácticos.

No tirarse a la piscina cuando está vacía, porque es probable que te abras la cabeza.

Y empezar por alguna parte, si os dais cuenta, llevo un rato dando rodeos. Tal vez es porque, aunque nos sintamos orgullosísimos de que ya estéis a punto de batir las alas, a los padres nos cuesta un poquito enfrentar lo que significa este momento. Aceptar que en nada dejaréis vacía la habitación que habéis ocupado desde chiquitines. Cabe hasta la posibilidad de que no volváis. Y eso, que es algo que siempre hemos tenido presente, porque nosotros mismos nos marchamos de la casa de nuestros padres un día, no es sencillo de asumir.

Que vale, que sí, que tenéis que haceros mayores y formaros, y trabajar, y pagarnos las pensiones porque si no, esto no funciona, pero cuesta saber que, a partir de septiembre, la puerta de vuestra habitación no hará falta cerrarla por las noches, que el rato de las comidas se volverá algo más silencioso y que para daros un beso habrá que esperar a que volváis los viernes.

Suerte que todavía queda un verano para llegar a esta etapa.

Veréis. Cada vez que terminamos una etapa, como la que cerraréis la última vez que atraveséis la puerta del instituto como alumnos, abrimos otra. Cada final siempre es el principio de otra cosa. Este final que celebramos hoy, es el principio de un camino que os conducirá a las metas que cada uno os habéis propuesto.

Seguro que en vuestras mentes ya sabéis lo que queréis. Algunos habréis decidido ser médicos, pintores, mecánicos, ingenieros, abogados o poetas. Habéis hecho vuestra elección particular y ahora os toca tomar aliento y empezar a caminar para conseguirla. Estaremos con vosotros, pero solo de apoyo, ya sois adultos en edad de votar, a partir de ahora las decisiones son solo vuestras, a nosotros solo nos queda estar ahí para escucharos.

Y dejar que empecéis este capítulo tan importante de vuestras vidas solo con la ayuda de unas instrucciones que os hemos ido dando desde casa o desde el instituto, como un mapa o una brújula que os sirvan de guía en la vida. Y hablando de esto. No sé si alguien os habrá contado alguna vez que a los escritores, que de alguna manera somos constructores de vidas, nos califican en dos grupos: los de brújula y los de mapa.

Los de mapa, tal vez como fue Galdós, planifican todo. Se sientan, deciden el principio, el final, el número de capítulos, las escenas y cada personaje, llenan el corcho de notas y sus libretas y sus mentes de apuntes y, para cuando se lanzan a escribir, lo tienen todo tan claro que recorren el camino en muy poco tiempo.

Los escritores de brújula, como me imagino a Pio Baroja, algo más caóticos, saben dos cosas: dónde están al principio y dónde quieren llegar. Se dejan llevar por la intuición, de vez en cuando sacan la brújula por si se han perdido, pero no planean todo. Tardan un poquito más, pero llegan.

Sean de brújula o de mapa, todos los escritores que conozco tienen algo en común: disfrutan el camino, viven ese proceso con plenitud porque saben que la esencia de su trabajo no es escribir la palabra fin, sino todas las que están delante de ella.

De alguna manera, la escritura es como la vida.

Da igual si entre la salida y la meta te llevas el mapa (o el GPS) o vas con una brújula. Da igual si tardas más o menos en llegar a tu destino, si te empeñas y trabajas, lo conseguirás. Hasta lo imposible he descubierto que sucede. Lo que ocurre es que SOLO TARDA UN POCO MÁS.

Por eso vengo hoy a deciros en nombre de vuestros padres que creáis en vosotros mismos y, tarde o temprano, os será posible alcanzar vuestras metas, por muy locas o altas o lejanas que os parezcan. Trabajad en ellas, porque sin trabajo, siento deciros que las cosas solo suceden por casualidad. Con él, podréis ser hasta capaces de repetir.

En ese tiempo, en ese camino que vais a emprender nada más atravesar la puerta del instituto, no os olvidéis de disfrutar. No lo olvidéis porque eso es la vida, lo que sucede entre lo que soñamos y ver cumplido el sueño, entre nuestra casilla de salida y las metas que nos planteamos. Entre la puerta del instituto y la siguiente graduación, por ejemplo. Estad atentos, no perdáis nunca de vista que no será un ensayo, es la vida.

Es única.

Con aciertos que nos harán felices.

Con errores que nos harán más sabios.

Y no perdáis de vista que ese camino, la vida, son también unas vacaciones que hay que disfrutar. Que no solo las grandes metas alcanzadas producen satisfacción extrema.
Por ejemplo a nosotros, a los padres, con un beso y una sonrisa vuestra, nos basta.

Lo último ya. En mi oficio se dice que cuesta lo mismo sentarse a escribir una buena novela que una mala. Ya que os ponéis, que la vuestra, la de vuestra vida, de la que hoy arranca un capítulo, sea la mejor posible.

¡A por la vida, que os espera ahí fuera!"

lunes, 21 de mayo de 2018

ESCRIBIR ACOMPAÑADO VS ESCRIBIR SOLO



¿Sabéis de qué hablo?

Yo le llamo a escribir sola a empezar la novela, crear sus personajes, decidir la ambientación, el espacio, el tiempo y no dejar que nadie la lea hasta que le pongo el punto final.

Para mí, escribir acompañado consiste en que alguien te siga en el proceso de escritura, vaya viendo tus avances poco a poco y te vaya haciendo comentarios sobre la novela. No son orientaciones, son cosas del tipo "hoy me lo he bebido" o "el fragmento de hoy era un poquito lento". O "esto no me ha convencido" o "si sigues por aquí, mejor, porque me está encantando".

Escribir solo te da la libertad de decidirlo todo, incluso mandar a paseo el borrador sin sentirte mal, porque como solo es tuyo y nadie sabe lo que estás haciendo, nadie lo espera.

Escribir acompañado hace que avances mucho más, porque esa motivación de tener a alguien a tu lado te obliga a ser mucho más constante y, además, tienes la visión del lector pegada a tu oreja. El ritmo mejora, si algo no funciona no pierdes el tiempo con ello y, lo más importante, terminas la novela porque alguien la espera.

Sola a mí me cuesta dar muchos parones, porque a veces me atasco y necesito mirar la novela desde fuera, adquirir perspectiva. Volver a empezar a leerla. Tardo muchísimo en llegar al final, pero es un camino íntimo, personal y satisfactorio.

Acompañada, trabajo más rápido, consigo llegar antes al final y existe ese extra de motivación que decía antes, que hace el proceso más divertido. El compartir, que es algo esencial en la escritura de ficción, llega antes de publicar.

Las dos últimas novelas las he escrito acompañada. No habéis visto ninguna de las dos. En esta estoy sola.

A ver que sale.

lunes, 14 de mayo de 2018

¿POR QUÉ YA NO HAGO (CASI) RESEÑAS?

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Me han preguntado por qué cada vez hay menos reseñas en El espejo de la entrada. Por qué apenas hablo de mis avances en la escritura y los reflejos son difusos, relacionados de alguna manera con los libros, pero alejándose bastante de mí misma y de lo que es mi particular universo de lecturas.

Voy a contar una cosa.

Hace dos años, alguien me pidió que leyera un libro autoeditado. No dije que fuera a leerlo o no, culpa mía porque debería haber sido clara y haberlo rechazado. Pero la verdad es que no soy perfecta y me equivoco a veces -muchas- y hasta lo empecé a leer y aguanté casi la mitad. No me gustó. Lo que transmitía no me llegaba y el tratamiento del lenguaje no era de sobresaliente. En realidad, ni de cinco. Como yo entendí que no lo había pedido y que no me había comprometido a nada, no hice ningún comentario de vuelta: ni bueno, ni malo, ni aquí ni en ninguna parte.

En poco tiempo, el libro se perdió en ese acuario sobresaturado de peces que es Amazon.

El caso es que esto, no haber hecho ningún comentario, tuvo consecuencias para mí. Un "como tú no me lees, pues yo no te leo a ti" bastante mal disimulado. Este mundo es cada vez más raro y más complejo, y este tipo de cosas son las que me causan estupor y una especie de dolor sordo por lo interesadas que resultan las personas. Y esta tarde, mientras me pensaba si tomarme otro café, me he dado cuenta de que esto me sobra, porque me hace daño. Y no es por esa especie de veto, sino por lo que implica, por lo que ensucia esto y lo lejos que está de quien quiero ser.

El caso es que, por cosas así, cada vez tengo menos ganas de compartir mis lecturas.

¿Quiere decir esto que nunca más habrá una reseña en el blog? No, en absoluto, alguna habrá cuando lo estime oportuno. Pero cada vez menos.

viernes, 11 de mayo de 2018

RESCATANDO UNA EMOCIÓN

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Buscando una emoción que no encuentro, he andado perdida entre las páginas de Rayuela, siguiendo el consejo loco de Cortazar, de leer la novela como me diera la real gana.

No tengo idea de si he recalado en cada una de sus páginas, es probable que no, pero qué más da. Este juego literario solo perseguía encontrarme con esa emoción que solo la lectura sabe provocar en mí, ese placer de conectar con la mente de otro ser humano.

También estuve buscándola con Juan Marsé y me permití unos momentos por si la tenía Cela, pero solo me encontré con su tremendismo y el retrato feo de un tiempo feo en el que era un experto.

No era la emoción que persigo, la que anhelo, así que me volví al presente, por si entre los vivos era capaz de localizarla y, con ella, despertar al ánimo que consigue que no me canses de buscar música entre mis dedos. Fue un estrepitoso fracaso. Tuve una cita con alguien con alma de poeta, pero aquello no cuajó. Sus emociones no lograron conectarse con las mías y el libro regresó a la estantería de los pendientes.

Martes.

Miércoles.

Jueves.

Y sigo buscando entre las estanterías, tratando de rescatar esa emoción que me rescate del silencio. De esa que logre que la música vuelva a sonar.

martes, 8 de mayo de 2018

EL PROCESO DE REVISIÓN Y DAR LAS GRACIAS



Ayer leía sobre las veces que se ha de corregir una novela. Cada uno tiene su técnica y sus necesidades personales, supongo que en esto no hay reglas. Para mí, es algo así:

-A diario corrijo lo del día anterior. Es una manera también de chequear por dónde voy y empaparme del tono de la novela, del tiempo verbal... porque escribo varias a la vez y es importante que no me confunda.

-Varias veces, sobre todo si tengo parones ajenos a mi voluntad, releo la novela hasta el punto en el que la he dejado. Aunque sean 200 páginas y me lleve varios días en los que no "escribo". Pero sí que lo estoy haciendo, en realidad. Pulo frases. Quito errores tontos. Evito desajustes temporales y contradicciones.

-Terminado el primer borrador, le doy un repaso entero.

-La envío a un lector cero.

-Me la devuelve y la reviso.

-La envío a otro.

-Vuelvo a hacer lo mismo.(El número de lectores cero como mínimo es tres, así que depende de cada novela las veces repito esto).

-Vuelvo a leer la novela entera y reviso todo antes de enviarla a ninguna parte.

-Cuando me confirman si se publica, vuelvo a mirarla antes de la correctora.

-La revisa ella, me la envía y la vuelvo a repasar.

-Se la devuelvo con notas.

-Ponemos en común todo para estar de acuerdo.

La suelto.

Hoy me he puesto a pensar que para qué tanto esfuerzo invisible, y la respuesta ha sido clara: esto es lo que les dejaré a mis hijos, mis palabras, parte de mi alma dispersa en cada personaje, un trocito de mi mundo diseminado por cada página, disfrazado de ficción a veces, otras casi, casi, al desnudo. Solo por eso ya merece la pena la paliza que me doy. Puede que haya gente que no lo valore, pero yo sí. Y valoro también la oportunidad de hacerlo que me dieron en HarperCollins Ibérica. Hoy. Porque sí. Sin que haya pasado nada especial esta mañana. Solo porque creo que tenemos más costumbre de quejarnos que de dar las gracias y cuando se merecen, hay que hacerlo.

Pues eso, gracias por contribuir a que pueda dejarles mis palabras.

domingo, 6 de mayo de 2018

NO HAY GANAS

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O necesidad, o la pasión suficiente para ponerme a escribir como siempre. No consigo conectar las emociones con las palabras y siento el resultado frío.

Y me duele.

Tal vez sea porque la mayoría de lo que quiero decir es mejor que me lo calle, que no está bonito decir que no me gusta la gente que finge ser lo que no es. Que no entiendo el alboroto público cuando se contradice con el comportamiento privado. Que me parece que las injusticias nos rodean y que no son exclusivas de los juzgados.

Por eso, porque todas estas cosas no se pueden decir con claridad, al final lo que escribo lo guardo un par de días y después borro.

Me he dado cuenta de que me estoy censurando a mí misma, y ni siquiera creo que sea porque tenga algo que perder, sino porque no tengo ganas de discutir. No me apetece el conflicto, no me viene bien para la salud.

Hoy, por ejemplo, he pensado en escribir algo sobre lo increíbles que son las madres. La mía y la que soy, las que veo a diario, las que recuerdo. Las que lo fueron y ahora ejercen más de abuelas. Las que no tuvieron hijos nunca y, sin embargo, de algún modo fueron madres. Después de un buen rato dándole vueltas a lo que quería contar, los pensamientos han empezado a irse a otro lado y he acabado en el principio: no hay ganas.

Solo he escrito una frase: "La felicidad se puede llevar de la mano. Feliz día de la madre  "

Y ya.

Suficiente como para que quienes me conocen se hayan preguntado si me pasa algo. Pues sí. Mañana tengo una cita que no me apetece nada, tengo pánico a que llegue la hora, pero no me queda más remedio que respirar profundamente y presentarme allí. Sentarme y contener las ganas de llorar. O no, porque cuando lloro dejo que salga la tensión, quizá sea lo mejor. Y después llegarán días un poco raros, sin la seguridad de que lo que pasará mañana sea la solución, teniendo que afrontar las consecuencias, pero no queda otra.

No os preocupéis. Todavía no me estoy muriendo, es que mañana me van a sacar una muela. Y no, no soy valiente.

Tengo pánico a ese momento.

viernes, 4 de mayo de 2018

PROYECTAR UNA NOVELA

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Hace años quise escribir una novela. Mirando un cuadro de Velázquez, La venus del espejo, pensé en contar la historia de esa mujer misteriosa y a ello me puse. Entonces ignoraba que se sabía algo sobre la propietaria de esa espalda que me fascinaba. No sabía su nombre, o al menos quién se cree que era, Olimpia Triunfi, con quien se dice además que el pintor sevillano tuvo hasta un hijo, Antonio. No tenía ni idea de que se sospecha que se conocieron en Roma cuando el autor tenía 50 años, en uno de sus viajes, cuando ella no era más que una joven de unos veinte.

En esta tesitura de desconocimiento, decidí inventar. Mi venus no se llamaba Olimpia, sino Clara, y no era una joven italiana, sino una huérfana de Madrid, obligada por las circunstancias de su origen a ejercer como prostituta en la barrio de Lavapiés. No planteé una relación entre los dos, sino una explicación a por qué este era el único desnudo pintado por el sevillano, pintor de cámara de Felipe IV, un cuadro escandaloso para la época en la que la Inquisición ejercía un control de la moral, contexto en el que difícilmente se explica este cuadro.

Escribí la historia de principio a fin, pero aún no tenía las herramientas necesarias para desarrollar una novela. Lo que debería haber sido un libro se quedó en un relato de poco más de diez páginas que me valió mi primer premio literario remunerado y marcó un principio literario. Es el arranque del lío en el que me metí hace casi una década (y del que me quiero escapar dos de cada tres días porque a veces, muchas, me supera).

He querido volver a ella.

Hace unos días saqué todo lo que conservo de aquel momento de escritura, me puse de nuevo a investigar, esta vez con más medios porque ahora sí tengo internet, y poco a poco la intención se ha ido desinflando. A medida que conozco la historia real, más lejos la veo de mi torpe invención, así que el proyecto ha pedido fuelle. He guardado el relato. He recogido los libros. He borrado del historial las páginas marcadas para volver a ellas y he regresado a ese momento en el que estoy. El de la reflexión. El de pensar qué hacer ahora que acumulo en la memoria tres novelas terminadas y al menos el doble de bocetos en los que centrar mi atención.

No sé por dónde seguiré.

Y lo que es más extraño: no sé si tengo ganas de seguir. Me siento un poco ajena a todo lo que se mueve en torno a los libros últimamente, sin ese fuelle del principio, sin el empuje suficiente como para dedicarle a esto las horas necesarias para que el resultado sea digno.

No sé si es la primavera o que el invierno ha hecho acto de presencia en esta etapa de mi vida y necesito arroparme con una manta y absorber su calor.

Reponer energía hasta que regrese la primavera.


miércoles, 25 de abril de 2018

EL CAPITÁN ALATRISTE

He leído, por tercera vez, El capitán Alatriste, de Arturo y Carlota Pérez-Reverte.

Había escrito un manifiesto, que incluía un pequeño resumen de la novela, pasaba de puntillas por los personajes y la época y alababa la ambientación, a la vez que señalaba un fallo en la documentación que no tiene la más mínima importancia en la historia. Bueno, para mí la tiene, pero no por el error. Demuestra que todo el mundo se equivoca, hasta los grandes. No os os lo voy a contar, está ahí, en la novela, e igual que lo he visto yo, cualquiera puede encontrarlo. Lo que sí os diré es que yo sentí alivio porque, desde que llegué a esto, a mí se me ha exigido la perfección absoluta y, aunque sé que no existe, muchas veces me he agobiado buscándola. No pienso hacerlo más. ¡Ni siquiera los grandes pueden alcanzarla, Mayte! (Esto me lo he dicho a mí misma, pero como me escucho poco me lo tendré que repetir alguna vez más).

La cuestión por la que he llegado hasta el blog es contar por qué he vuelto por tercera vez una novela con todo lo que hay por leer en este mundo. La respuesta es que estoy harta de fracasos lectores.

Yo he sido una firme defensora del libro digital. Soy de las primeras personas en este país que apostaron por crear contenidos digitales para los lectores. Soy lectora asidua de autores nuevos a los que doy las mismas oportunidades que a los consagrados.

Pero todo tiene sus límites.

Desde hace demasiado tiempo, no acierto con tres lecturas seguidas que me satisfagan, de modo que empiezo a mirar a mi kindle con una desconfianza que no había sentido hasta hace poco. No sé si el hecho de conocer el oficio ha elevado mi listón de exigencia a unos niveles muy altos y casi nadie los alcanza o, como más bien creo, lo que ha pasado es que se ha hiperdesarrollado el marketing mientras que lo que es meramente literario se ha ido dejando de lado. Las portadas maravillosas y las sinopsis decentes me están llevando a libros que en realidad solo son textos haciéndose pasar por novelas. En muchos falla la base, y no solo la ortográfica o el desconocimiento de la misma manera de presentar la escritura. Fallan las historias, se llenan de errores de bulto que me impiden disfrutar de algo que hasta donde recuerdo nunca me había abandonado: la lectura.

Me he llegado a plantear que es culpa mía, que soy yo que ya no soy capaz de centrarme en la historia porque esa hache que falta o que sobra eclipsan lo que me están contando, como si estuviera mirando a la cara de una persona y no fuera capaz de ver su belleza sino el tremendo grano que le ha salido en la punta de la nariz.

Por eso volví a Alatriste, porque sabía que eso no sucedería, que el círculo se cerraría de manera perfecta y yo podría volver a sentir lo que siempre he sentido con un libro entre mis manos.

¿Os pasa?


martes, 17 de abril de 2018

HASTA MÁS ALLÁ DEL MOÑO

Ayer tocamos un tema espinoso. Parece que hablar bien de los demás escritores no está bien visto si escribes, siempre viene alguien a decirte que es una especie de pacto para recibir algo de vuelta. Me he venido al blog, por si acaso no recordaba, y he buscado la última reseña que he publicado. Por si lo he hecho últimamente. Este es el título de lo último reseñado:

España 1936-1950: muerte y resurrección de la novela. 
Autor: Miguel Delibes.

Hablo maravillas de este ensayo y, por una regla de tres simple con algunas cosas que se dijeron, lo hago para que don Miguel lo haga a su vez conmigo. (No sé, igual intercede en el más allá para que un día me concedan el Cervantes.) Como no sea eso... pero poco podrá hacer porque se murió. Pero da lo mismo, escribí ese post porque disfruté como una enana con el texto y tenía que contarlo. Y me consta que al menos una persona lo ha disfrutado tanto como yo.

Perfecto, es lo que me llena, es lo que pretendo: se llama compartir.

Igual digo otra cosa, soy muy crítica con las cosas que me parece que no están bien y también las recojo en el blog. En la entrada anterior, sin ir más lejos. Sin señalar con el dedo, porque todo el mundo tiene derecho a aprender y por mucho que me dedique a enseñar puede no querer hacerlo conmigo. Y se puede mejorar. ¿No le voy a dar a alguien esa oportunidad? ¿Tengo que machacar a cuanto autor no me guste para parecer qué? ¿Más lista? No, así, sin maldad, soy la misma, pero con menos dolor de estómago.

Y feliz de poder albergar ese sentimiento que a otros parece que consideran que no existe.

Seguiré hablando bien de quien me dé la real gana y dejando en paz al resto. Lo que no tengo problema en decir es que no me gusta la suspicacia de algunos: lo que dicen no es mi reflejo, es el suyo.

lunes, 16 de abril de 2018

CÓMO PERDER AL LECTOR QUE LLEVO DENTRO

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Seguro que en muchas ocasiones habéis escuchado a gente que, si la historia es emocionante, da igual si está bien o mal escrita: seguirán leyendo hasta el final, disfrutando de la magnífica novela que ha caído en sus manos.

A mí me entran ganas de llorar de tristeza, porque yo hace tiempo que no puedo, por lo que muchas de las lecturas que empiezo se convierten en fracasos.

Existen muchas razones por las que un libro me puede perder como lectora. Una tras otra, forman una montaña de obstáculos que llega un momento que no estoy dispuesta a superar. El siguiente paso, obvio, es que el libro vuelva a la estantería y no se me ocurra recomendárselo a nadie.

Voy a hacer un resumen de las razones por las que abandono una lectura:

1.- Desconocimiento del autor de lo que significan las palabras.

No puedo disfrutar de una novela en la que se ponen al azar, pretendiendo que yo, como lectora, sea indulgente y adivine lo que quieren decir. Me interrumpen el discurso y me pregunto en qué momento, a la persona que escribió, se le olvidó que para ser escritor hay que dominar las herramientas. No hablo de que se cometa un error con una palabra, sino de la repetición recurrente de esto. Una palabra con una letra intercambiada puede ser producto de una errata que entiendo. Al mejor escribano se le escapa un borrón, como dice el refrán.

2.- Comas.

No sé disfrutar de una novela en la que las comas se lanzan a lo loco, pervirtiendo el sentido de las frases. Me obligan a parar, a releer, a tratar de entender. Puedo perdonar algunas que estén mal, todos tenemos un despiste, pero cuando este fenómeno se repite página tras página...

3.- Lenguaje de andar por casa en pijama y sin peinar.

No me meto en la historia si todas las frases son planas, coloquiales al extremo, sin demostrarme en ningún momento un mínimo estilo. Me pongo a pensar que podría ser una redacción de colegio y se me hunde la novela entera. Lo que peor llevo es que en cada párrafo haya una o dos frases hechas. A todos se nos escapan, es inevitable, pero cuando el texto se apoya en exceso en ellas me empieza a poner muy nerviosa.

4.- Descripciones, descripciones, descripciones. 

No puedo con una historia hiperdescriptiva, en la que cada personaje que sale es descrito hasta en los más mínimos detalles. Y las sillas. Y los cielos. Y las calles. ¿Y la historia? En los años 70 de siglo pasado se abandonaron los experimentos narrativos y se volvió al gusto por contar. Quiero que me cuenten.

5.- Modo corrector permanente.

Me agota parar la lectura para analizar el error que acabo de detectar. Sé que no debería hacerlo, de esto no tiene la culpa nadie más que yo misma.

6.- Frases eternas que mezclan trescientos temas.

El récord creo que lo tiene un libro, curiosamente de una editorial enorme, que habrá pasado por un corrector profesional y muy bien valorado por los blogs. A mí me desesperó. Una frase ocupaba doce líneas, subordinando hasta el infinito, concatenando ideas que no tenían relación alguna entre ellas. En ella se narraba una acción, se describía el aspecto físico de un personaje, su vestimenta y hasta el arco de la puerta.


Todas estas cosas me pierden como lectora más que una mala portada. Eso puedo perdonarlo, porque un escritor no tiene por qué ser capaz de ser un buen portadista y a lo mejor el marketing no se le da bien, pero lo que cuento sí es tarea del escritor.

A mí, donde se me pierde, es en el campo de batalla.

Si al desenvainar la pluma no lleva tinta suficiente, me voy.