domingo, 8 de febrero de 2026

LA LECTORA DE BÉCQUER

 El año pasado, Carlos Parrilla me hizo llegar esta reseña de La lectora de Bécquer. Me pareció que me había entendido a la perfección y la guardé para convencerme, en esos momentos donde me atacase el impostor, que esto es lo que sé hace.

El otro día, la borré sin querer.

Me ha costado acordarme por qué medio la había recibido y, al final, respiré aliviada al saber que estaba en un buzón de una red social. Para que no se me vuelva a perder, me la traigo al blog, a mi espacio.

Aquí está más segura.

Me encantan las conexiones (más que obvias) que encontró con La Regenta. No todo el mundo las ha visto, pero me temo que cuanto más obvios somos, menos nos ven. ¿No os ha pasado que tardasteis en daros cuenta que Zafón le hace un homenaje a Nuestra Señora de París en La sombra del viento?

Yo tampoco lo vi, me lo ha contado mi hijo.

Aquí dejo la reseña de Carlos.

La Lectora tiene todo lo que valoro en una novela, de no haber sido así, se hubiera quedado en el montón de las empezadas y nunca terminadas. El tiempo de lectura es demasiado valioso para derrocharlo, así que el haber devorado sus casi 500 páginas en 3 días ya es toda una declaración (y mi récord absoluto de velocidad).

La novela “sube”. Empieza muy bien – fondo y forma- y va ganando altura a medida que la trama avanza y los personajes adquieren profundidad.

La ciudad de Segovia pasa de ser un marco, un escenario, a convertirse en un personaje fundamental, pero no por la localización concreta -muy cuidada sin ser abrumadora- de sus calles, iglesias o fiestas sino por esa mezcla única de ciudad tradicional, pequeña y maledicente (la “muralla mental” que comentan algunos abulenses), con la viveza de los cadetes que la sazonan de juventud y alegría. La separación de barrios y clases bajo el poder opresivo de la decencia y el “qué dirán” aparece magníficamente reflejado.

La trama comienza con los ingredientes aparentemente “bizantinos” de una pareja que va a luchar por su amor superando los obstáculos, sin embargo, avanza por un camino que no me esperaba: los protagonistas no son conscientes de su amor más que de una forma imprecisa, instintiva, en forma de añoranza o incluso de frustración -¿resignación?- más que de deseo. Serán los acontecimientos los que desencadenen la historia, como si ambos conservaran unas brasas casi apagadas y hubieran necesitado el viento de Segovia para avivarlas, sin que ninguno de los dos hubiera intentado nunca soplar sobre ellas. Se hace esperar (pag. 303) pero finalmente ¡arde!

La novela tiene elementos no sólo románticos (si es que se puede hablar de un prototipo), también hay una parte de violencia, sangre, tensión, finales “folletinescos” que te dejan con el misterio abierto (caps. 30, 35), golpes de efecto teatrales (acueducto, cartero, pañuelo perdido), incluso retazos de humor: “Alfonso XIII les parecía cualquier cosa menos guapo” (p. 315) o cuando se ofrece una torrija o un libro, a elegir.  (p. 50). Lo tiene todo.

Las referencias literarias aparecen en varios lugares, la Regenta planea por toda la novela; por ejemplo, en la pag. 352, con la repugnancia con que una chiquilla recuerda el contacto con un hombre frente a la famosa última escena de la obra de Clarín.

Pero más allá de la trama principal, una buena novela se descubre en las subtramas, en los personajes secundarios. La historia de Jimena y Germán crea una base de cordialidad que amortigua el dramatismo de algunas escenas, del mismo modo que al empezar la novela, (pag. 13) aparece un párrafo estremecedor: el padre de la protagonista pierde la fe después de un espantoso drama personal, sin embargo, se preocupa por que su hija la conserve, de algún modo “añora” la fe que ha perdido. Sólo ese párrafo sería ya el argumento de una novela. Y como éste, muchos más.

Me gustan las historias de mujeres fuertes, resueltas, por eso me angustiaba la sumisión de Ana (y de Mateo), incluso hubiera agradecido un desenlace “rebelde” con una fuga o un duelo, en lugar de una solución guiada por los acontecimientos ajenos a su voluntad. No cabe duda, sin embargo, de que los protagonistas están a la altura y saben aprovechar esos factores. Diría que Ana solo toma la iniciativa al final de la novela (pg. 461) para besar a Mateo sin importarle, por primera vez, que puede pasar si alguien los descubre. Me hubiera gustado que esa Ana despertara antes, aunque el ambiente opresivo y cerrado de la pequeña sociedad justifica su actitud.

Los personajes van evolucionando con la novela, ganando profundidad. La nobleza de Mateo se resume en una sola frase. Creyendo inalcanzable a Ana, ya casada, le pregunta únicamente: “¿Te trata bien, al menos? (P. 305)”. No cabe un retrato más sencillo, de un solo trazo, ni al mismo tiempo más hondo.

Hasta los personajes aparentemente negativos se redimen, confiando en que detrás del egoísmo, la ambición o la envidia siempre queda un poso de bondad y nobleza, aunque sea con el catalizador de la tragedia y el dolor. Ese giro de los últimos capítulos me parece maravilloso.

Me crea cierta confusión un trasfondo que parece contradecirse: durante buena parte de la novela se diría que la “nobleza de estirpe” de Ana es superior, incluso biológicamente, a la de los nuevos ricos de la fábrica de luz (p. ej. Pag. 184), en contra del modelo más “moderno” que contrapone al hidalgo ocioso frente al que se ennoblece con su trabajo. Sin embargo, la declaración de Laura (pag. 376) invierte ese planteamiento. ¡Perfecto!

Los personajes y hechos reales que refleja la novela le dan verosimilitud y consistencia, pero de forma muy equilibrada, sin caer en el detallismo. Un gran acierto.

Como única crítica, me atrevo a cuestionar el título de la novela, ya que las referencias a Bécquer son escasas y quizá sin la entidad suficiente para aparecer en el título de una obra que tiene tantos ingredientes principales. Puede suponer una distorsión del verdadero espíritu de la novela.

Finalmente ¿quién dijo que la literatura romántica es un género menor?

“Ana y su vestido azul destacaban luminosos en aquel grupo de tristes comadres arropadas en gris” (172).

“No podía saber si ese hombre, después de tanto tiempo, sería otro y no el muchacho que creció con ella, cómplice de sus juegos de niña, el dueño de unos sentimientos adolescentes que no habían logrado borrar el tiempo y la vida” (232).

“Si había hambre, el hambre era voraz. Si hacía frío, era del que congelaba las entrañas. Si existía la soledad, era de esa que grita sin voz por las noches” (244).

“Lo había hecho, pero no era su deslealtad lo que más la alteraba. El beso había sido la confirmación definitiva, la ratificación de años de errores. Había ido tapando los agujeros de su corazón, afirmándose que hacía lo correcto con mentiras, parches piadosos que solo sirvieron para ir salvando los días uno a uno” (309).

“Sólo se oían los cascos de los caballos que arrastraban el coche por la calle Real. El sonido rítmico de sus pisadas parecía un reloj descontando segundos hacia esa caída a la que estaba abocada la familia” (406).

Esto es literatura.

Gracias, Carlos. Dicho por un enorme escritor como tú, es todo un honor.

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