El año pasado, Carlos Parrilla me hizo llegar esta reseña de La lectora de Bécquer. Me pareció que me había entendido a la perfección y la guardé para convencerme, en esos momentos donde me atacase el impostor, que esto es lo que sé hace.
El otro día, la borré sin querer.
Me ha costado acordarme por qué medio la había recibido y, al final, respiré aliviada al saber que estaba en un buzón de una red social. Para que no se me vuelva a perder, me la traigo al blog, a mi espacio.
Aquí está más segura.
Me encantan las conexiones (más que obvias) que encontró con La Regenta. No todo el mundo las ha visto, pero me temo que cuanto más obvios somos, menos nos ven. ¿No os ha pasado que tardasteis en daros cuenta que Zafón le hace un homenaje a Nuestra Señora de París en La sombra del viento?
Yo tampoco lo vi, me lo ha contado mi hijo.
Aquí dejo la reseña de Carlos.
La Lectora tiene todo lo
que valoro en una novela, de no haber sido así, se hubiera quedado en el montón
de las empezadas y nunca terminadas. El tiempo de lectura es demasiado valioso
para derrocharlo, así que el haber devorado sus casi 500 páginas en 3 días ya
es toda una declaración (y mi récord absoluto de velocidad).
La novela “sube”. Empieza muy
bien – fondo y forma- y va ganando altura a medida que la trama avanza y los
personajes adquieren profundidad.
La ciudad de Segovia pasa de ser
un marco, un escenario, a convertirse en un personaje fundamental, pero no por
la localización concreta -muy cuidada sin ser abrumadora- de sus calles,
iglesias o fiestas sino por esa mezcla única de ciudad tradicional, pequeña y
maledicente (la “muralla mental” que comentan algunos abulenses), con la viveza
de los cadetes que la sazonan de
juventud y alegría. La separación de barrios y clases bajo el poder opresivo de
la decencia y el “qué dirán” aparece magníficamente reflejado.
La trama comienza con los ingredientes aparentemente
“bizantinos” de una pareja que va a luchar por su amor superando los
obstáculos, sin embargo, avanza por un camino que no me esperaba: los
protagonistas no son conscientes de su amor más que de una forma imprecisa,
instintiva, en forma de añoranza o incluso de frustración -¿resignación?- más
que de deseo. Serán los acontecimientos los que desencadenen la historia, como
si ambos conservaran unas brasas casi apagadas y hubieran necesitado el viento de
Segovia para avivarlas, sin que ninguno de los dos hubiera intentado nunca
soplar sobre ellas. Se hace esperar (pag. 303) pero finalmente ¡arde!
La novela tiene elementos no sólo
románticos (si es que se puede hablar de un prototipo), también hay una parte
de violencia, sangre, tensión, finales “folletinescos” que te dejan con el
misterio abierto (caps. 30, 35), golpes de efecto teatrales (acueducto,
cartero, pañuelo perdido), incluso retazos de humor: “Alfonso XIII les parecía
cualquier cosa menos guapo” (p. 315) o cuando se ofrece una torrija o un libro,
a elegir. (p. 50). Lo tiene todo.
Las referencias literarias
aparecen en varios lugares, la Regenta planea por toda la novela; por ejemplo, en
la pag. 352, con la repugnancia con que una chiquilla recuerda el contacto con
un hombre frente a la famosa última escena de la obra de Clarín.
Pero más allá de la trama
principal, una buena novela se descubre en las subtramas, en los personajes
secundarios. La historia de Jimena y Germán crea una base de cordialidad que
amortigua el dramatismo de algunas escenas, del mismo modo que al empezar la
novela, (pag. 13) aparece un párrafo estremecedor: el padre de la protagonista
pierde la fe después de un espantoso drama personal, sin embargo, se preocupa
por que su hija la conserve, de algún modo “añora” la fe que ha perdido. Sólo ese
párrafo sería ya el argumento de una novela. Y como éste, muchos más.
Me gustan las historias de
mujeres fuertes, resueltas, por eso me angustiaba la sumisión de Ana (y de
Mateo), incluso hubiera agradecido un desenlace “rebelde” con una fuga o un
duelo, en lugar de una solución guiada por los acontecimientos ajenos a su
voluntad. No cabe duda, sin embargo, de que los protagonistas están a la altura
y saben aprovechar esos factores. Diría que Ana solo toma la iniciativa al
final de la novela (pg. 461) para besar a Mateo sin importarle, por primera
vez, que puede pasar si alguien los descubre. Me hubiera gustado que esa Ana
despertara antes, aunque el ambiente opresivo y cerrado de la pequeña sociedad
justifica su actitud.
Los personajes van evolucionando
con la novela, ganando profundidad. La nobleza de Mateo se resume en una sola
frase. Creyendo inalcanzable a Ana, ya casada, le pregunta únicamente: “¿Te
trata bien, al menos? (P. 305)”. No cabe un retrato más sencillo, de un
solo trazo, ni al mismo tiempo más hondo.
Hasta los personajes
aparentemente negativos se redimen, confiando en que detrás del egoísmo, la
ambición o la envidia siempre queda un poso de bondad y nobleza, aunque sea con
el catalizador de la tragedia y el dolor. Ese giro de los últimos capítulos me
parece maravilloso.
Me crea cierta confusión un
trasfondo que parece contradecirse: durante buena parte de la novela se diría
que la “nobleza de estirpe” de Ana es superior, incluso biológicamente, a la de
los nuevos ricos de la fábrica de luz (p. ej. Pag. 184), en contra del modelo
más “moderno” que contrapone al hidalgo ocioso frente al que se ennoblece con
su trabajo. Sin embargo, la declaración de Laura (pag. 376) invierte ese
planteamiento. ¡Perfecto!
Los personajes y hechos reales
que refleja la novela le dan verosimilitud y consistencia, pero de forma muy
equilibrada, sin caer en el detallismo. Un gran acierto.
Como única crítica, me atrevo a
cuestionar el título de la novela, ya que las referencias a Bécquer son escasas
y quizá sin la entidad suficiente para aparecer en el título de una obra que tiene
tantos ingredientes principales. Puede suponer una distorsión del verdadero
espíritu de la novela.
Finalmente ¿quién dijo que la
literatura romántica es un género menor?
“Ana y su vestido azul
destacaban luminosos en aquel grupo de tristes comadres arropadas en gris”
(172).
“No podía saber si ese hombre,
después de tanto tiempo, sería otro y no el muchacho que creció con ella,
cómplice de sus juegos de niña, el dueño de unos sentimientos adolescentes que
no habían logrado borrar el tiempo y la vida” (232).
“Si había hambre, el hambre
era voraz. Si hacía frío, era del que congelaba las entrañas. Si existía la
soledad, era de esa que grita sin voz por las noches” (244).
“Lo había hecho, pero no era
su deslealtad lo que más la alteraba. El beso había sido la confirmación
definitiva, la ratificación de años de errores. Había ido tapando los agujeros
de su corazón, afirmándose que hacía lo correcto con mentiras, parches piadosos
que solo sirvieron para ir salvando los días uno a uno” (309).
“Sólo se oían los cascos de
los caballos que arrastraban el coche por la calle Real. El sonido rítmico de
sus pisadas parecía un reloj descontando segundos hacia esa caída a la que
estaba abocada la familia” (406).
Esto es literatura.
Gracias, Carlos. Dicho por un enorme escritor como tú, es todo un honor.
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