miércoles, 18 de febrero de 2026

MEMORIA Y DESMEMORIA DE UN MIÉRCOLES DE LLUVIA

Una de las virtudes de la desmemoria es que te protege de los recuerdos asociados a una fecha. Buenos o malos, se pierden en el enjambre de datos que pueblan este extraño paraje de la mente donde el orden no es el rey.

Yo, 56 años casi, soy el vivo reflejo de esta aseveración. 

Mi madre, 80, tiene una CPU de las que ya no se fabrican, un cerebro ordenado, capaz de registrar efemérides infinitas ante tu pasmo o el del neurólogo de turno. Ni un ictus hace año y medio ha logrado hacer mella en su extraordinaria memoria. Se acuerda de todo con una precisión tan increíble que me pregunto dónde hubiera llegado si hubiera estudiado.

Al infinito, supongo.

Pero hoy su memoria, para mí, ha sido una condena:

«Hoy hace 11 años que murió Antonio».

Lo ha dicho sin pestañear, en su ejercicio diario de gimnasia mental que también se acuerda de lo malo, y la noticia me ha sacudido, como un mazazo interno, con la misma fuerza que un miércoles de hace 11 años. He vuelto a sentirme una niña perdida y, casi al momento, he retrocedido más años aún, hasta un día de mediados de julio de 2006 cuando, sentados en un banco del tanatorio de Guadalajara, Antonio me dijo:

 «Tu padre ha muerto, pero yo estoy aquí para cuidar de ti».

No tenía por qué, yo tenía 36 años, una vida armada, hijos, marido, una casa, trabajo..., pero acababa de morir mi padre y supo ver que era una niña perdida que se acababa de quedar huérfana. Y quiso convertirse en mi padre. 

Cumplió con creces la promesa.

Hoy, mi madre, con su memoria de elefante ha entrado en la cacharrería que son mis recuerdos y los ha puesto del revés. Estoy extrañando a Antonio, llorándolo como si se hubiera ido esta mañana. Porque recuerdo que la vida me dio un padre extraordinario, pero después me regaló otro que no le andaba lejos y ya hace mucho que no tengo a ninguno de los dos.

Y así me pasa, que vivo naufragando todo el tiempo, buscando volver a una casa que no existe y a unos brazos que me abracen y me convenzan de que todo estará bien. Añorando la tranquilidad de un puerto seguro al que amarrarme en las tormentas que no dejan de azotarme.

Así estoy, poniendo faros por las noches, porque las anclas se me perdieron y las echo muchísimo de menos.

Hoy, mucho más. 



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