miércoles, 21 de septiembre de 2011

UNA HISTORIA DE NOVELA

Hoy quiero contar la otra historia de El medallón de la magia (SG-46-08). No tiene nada que ver con su argumento sino que os contaré cómo me animé a publicar y cómo nació este cuento convertido hoy en la próxima novela que publicaré, aunque todavía no sé cómo. Voy a contarlo de manera diferente, no como un simple resumen, sino convirtiéndolo en un relato, que es lo que creo que sé hacer.


Mi hijo Alex me pidió que le escribiera un cuento.
    – Mamá, escríbeme una historia de espadas y magia.
Después de mi estupor inicial, hice lo que cualquier madre normal...
    – Claro, cariño. Yo te lo escribo. Pero tú me tienes que ayudar. ¿Cómo quieres que sean los personajes?
    – Quiero que el chico sea un soldado y se llame Alonso.
    –¿Alonso? – no conocemos a nadie con ese nombre, no sabía de dónde lo había sacado.
    –¡Claro, mamá! Alonso como Fernando Alonso. Y quiero que su apellido sea Esteban, como el mío.

Tenía seis años y, a un hijo de seis años, se le discuten cosas pero no ésta, por extravagante que suene. Si quería un soldado que se llamase Alonso lo tendría.
    – Vale, ya sabemos que tenemos un soldado que se llamará Alonso. ¿Qué otro personaje ponemos?
    – Una chica, bueno, una bruja que quiero que se llame Amanda.


Tampoco conocemos a ninguna Amanda. No sé cómo se le ocurrió. Estuve pensando un rato y la historia empezó a tomar forma en mi cabeza. Amanda recibiría una herencia familiar, una mansión ruinosa cerca de Toledo. En principio el legado no valdría nada salvo por el descubrimiento de una biblioteca con libros antiguos, custodiada por el fantasma de un soldado de Felipe IV y el de su propia condición de bruja. Ambos, bruja y fantasma, tendrían una misión que cumplir: recuperar el medallón de la magia.

Era verano y empeñé las tardes, mientras Aitana dormía su siesta, en construir la trama.
    – Mamá, ¿ya lo puedo leer?
    – No, cariño, aún está sin terminar.
    – ¿Cuánto llevas?
    – Unas doce páginas.
    – ¿Tanto?

Acababa de aprender a leer, era lógico que le pareciera eterno.

Doce, veinticuatro, cincuenta, ochenta y seis. Ahí me quedé. A Amanda y Alonso se les habían unido más personajes: Brianda, Gonzalo, Miguel, Estela... y un tal Fray Fantasma. Sin darme cuenta tenía a una bruja novata buscando un medallón mágico para destruir en el más allá lo que quedaba de la Inquisición, sorteando las trampas que le ponía el fantasma de un antiguo inquisidor de Toledo.

   – Mami, ¿qué es la Inquisición?

Pillada. ¿Cómo se lo explicas a un niño de siete años? Mientras yo iba escribiendo había crecido, pero no tanto como para comprender. Abandoné.

Meses después me dormí en el coche volviendo de Ciudad Real. Soñé con Alonso y Amanda y, al llegar a casa, encendí el ordenador. No podía dejar de escribir.
    – ¿Qué haces, mamá?
    – Ya sé cómo acaba tu historia.

Pasé las navidades escribiendo y, al fin, terminé. Había escrito una historia fácil de leer en la que, supongo que por mi condición de licenciada en Geografía e Historia, introduje muchos datos históricos. Se lo dejé a mi prima Ana, de la que siempre me fío, pero tardó un poco en tener tiempo. Mi primera crítica fue del lector que esperaba la historia con más ansiedad. Tenía ya ocho años. Hubo que explicarle cosas pero es un chico listo.
    – ¡Me encanta!

No sabes cómo suena si te lo dice tu hijo. Dejé que lo leyeran adultos, no fuera a ser que fiarme del criterio de alguien tan pequeño no fuera demasiado sensato. El entusiasmo de todos me empujó a hacer un par de locuras.
    – Me voy a presentar a un concurso de relato breve. Quiero ver qué pasa.

En 2008 quedé en segundo lugar del Certamen de Cuentos y Narraciones Breves Ciudad de Cantalejo. El relato se llama La vida en papel y no tiene nada que ver con niños, ni con magia. Al año siguiente, 2009, quedé primera en el mismo certamen con el relato El reflejo, ambientado en el Madrid del XVII. Ya os he contado que es una invención sobre el origen del cuadro de Velázquez, La Venus del espejo.

Con la dotación económica del premio decidí autoeditar una novela: La arena del reloj.
    – Si te autoeditas nadie te tomará en serio nunca –me dijo una amiga.
    – Es un regalo para mí misma y para mi familia. Voy a editar el libro que escribí con mi padre, su biografía. Lo que me contó antes de morir. Es un homenaje a él. No quiero vender libros, quiero darle al suyo un formato digno, no unos simples folios encuadernados en espiral.

A veces la vida te sorprende. Sólo fueron cuatro ejemplares, los justos para la familia más cercana, pero empezaron a prestarse y me encargaron más. Puede que esta historia ya la conozcáis. Hoy ya llevo cerca de doscientos libros en papel e incontables descargas en internet. La mayoría no han ido a parar a la familia. Eso es lo más curioso, porque se trata de una biografía de una persona anónima. En el relato hay dos voces, la suya y la mía, sus recuerdos y mi presente, ese en el que me doy cuenta de que se va y no puedo hacer nada. Es un relato que provoca emociones muy intensas, pero un libro, como dijo Ciorán, debe hurgar en las heridas, provocarlas incluso. Un libro debe ser un peligro. La arena del reloj es, en cierta medida, peligroso, porque nos enfrenta a la brevedad de la vida. Esto transcribo a continuación es la justificación del título:

Cuando nacemos se pone en marcha el mecanismo invisible de nuestro reloj vital. En ese momento, la persona que atiende el parto señala la hora del nacimiento y siempre he tenido la sensación de que, lo que hace en realidad, es darle la vuelta a un gran reloj de arena. Todo lo que nos ocurre después va sucediendo lenta y ordenadamente, gracias a ese pequeño agujero que pone en contacto las dos mitades de lo que será en adelante nuestra vida: lo que ha ido ocurriendo y lo que todavía nos queda por vivir.

Gracias a La arena del reloj me invitaron a dar una charla sobre mi experiencia con la autoedición, en la biblioteca Almudena Grandes de Azuqueca de Henares. Y también aquí me invitaron a presentar otra novela, Su chico de alquiler, en la Feria del Libro de Azuqueca, un relato que utilicé para completar por mí misma todos los trámites legales para convertir un manuscrito en libro y no hablar de oído, sino conociendo el tema de primera mano.

Todo esto es lo que convierte a El medallón de la magia en mi novela más importante, desencadenadora inconsciente de esta aventura. Si Alex no me hubiera pedido un cuento jamás me habría puesto a escribirla. Si no la hubiera escrito, no habría existido la posibilidad de que nadie leyera nada mío porque hasta entonces apenas dejaba que nadie lo hiciera. Pudor, supongo. Sin las críticas positivas, jamás me hubiera presentado a esos concursos de relato breve, ni hubiera ganado ese dinero que no esperaba para emplearlo en la autoedición de La arena del reloj, ni la charla que me encargaron me hubiera forzado a publicar Su chico de alquiler. Esta novela cierra un círculo mágico. No sé cómo irá todo, si la acogida que tendrá será parecida a las otras, si me arrepentiré, si lograré terminar esa otra novela en la que entretengo mi tiempo vinculada a ésta. Todo son dudas y miedos, pero tengo que terminar esta historia que es la mía, publicando El medallón… porque las tres novelas son, en realidad, parte de una misma historia.

Hay otra novela terminada, absolutamente diferente, un relato mucho más adulto, del que me siento plenamente orgullosa. Ya tengo el visto bueno del registro de la propiedad intelectual. Estará ahí un tiempo más, esperando en su cajón para cuando esté convencida, si algún día lo estoy, de que puedo llamarme a mí misma escritora y me atreva a enfrentar el tema de tratar de hablar con una editorial.

Sé que no es común saltarse la lógica, pero con lógica mi vida seguro que hubiera sido un completo aburrimiento.

8 comentarios:

  1. Esta historia me ha cautivado Mayte.
    Que bonito y es genial saber dónde empezó todo!
    Besos!!

    ResponderEliminar
  2. Ahora sólo falta que salga adelante la publicación de El medallón... De momento no tengo el ISBN, imprescindible si quiero que se pueda vender en tiendas, aunque sólo sea en la librería de mi pueblo. Sigo esperando.

    Lo ideal sería contar con el apoyo de alguien, pero todo es demasiado complicado y yo infinitamente miedosa.

    ResponderEliminar
  3. Muy bonita la narrativa Mayte.
    feliz fin de semana.

    ResponderEliminar
  4. Gracias a M.A. y a Ricardo. Poco a poco, este espejo se está convirtiendo en un punto de encuentro de escritores. Me alegro de veros por aquí.

    Besos.

    ResponderEliminar
  5. Qué bonito poder escribir a tu hijo la historia que él quiere leer.
    Te deseo mucha suerte con la publicación de El medallón.
    A pesar de que hace llorar, he decidido que empezaré con "La arena del reloj". Termino unos libros pendientes y a por el tuyo.
    Besos

    ResponderEliminar
  6. Vaya! Me gustó enterarme como empezó tu maquinita de escribir. Me imagino a Alejandro con seis años pidiéndote un cuento y poniéndole nombre a los personajes me parece que es un chico muy especial. Y como surgieron todas las demás cosas de allí en adelante me dice que eres de armas tomar y de ilusiones que no quieres que se queden en el cajón. Inténtalo con las editoriales a ver que pasa :D

    ResponderEliminar
  7. Marga, ya me contarás qué te parece La arena del reloj. Fue genial escribir esta historia, dejándome guiar por sus deseos. A veces me lo ponía muy complicado, pero mereció la pena.

    Patito, ya lo creo que Alex es especial. Dicho por mí suena como el principio de Matilda, un tópico que todos los padres creemos a pies juntillas, pero ¡qué vamos a hacer! Es mi niño...

    Creo que con El medallón nos hicimos un regalo mutuo.

    No siempre he apostado por mis sueños, es que ahora, cuando algunas cosas ya no pueden ser, me he dado cuenta que hay que atreverse. Lo de las editoriales, sí, supongo que debería intentar algo, pero está tan complicado que no sé si al final, lo que me pasa, es falta de paciencia.

    ResponderEliminar

¿Me dejas tu reflejo?