viernes, 24 de diciembre de 2010

LAS DESCARGAS DE INTERNET Y EL CANON DE LAS BIBLIOTECAS.

Con el revuelo que está causando la nueva ley que pretendía regular esta marabunta que es internet, sobre todo en lo que se refiere a las descargas ilegales, me ha venido a la cabeza el canon con el que se pretende gravar a las bibliotecas públicas. Fue porque un chico, preguntado en un informativo qué opinaba de las nuevas medidas ministeriales, dijo que le parecía tan ridículo como que te cobraran por sacar un libro de una biblioteca. Inocente. No sabía qué eso ya está inventado. No sé si es una medida que ya se ha puesto en marcha, ni siquiera si todo el mundo es consciente de ella, pero es escandalosamente abusiva. Por lo que escuché en una conferencia, se han sacado de la manga un canon que pretende que, las bibliotecas públicas, paguen 0´20 euros por cada libro que entreguen en préstamo. ¿En concepto de qué? Supongo que como todo es en concepto de crisis, que justifica los abusos más injustificables. No entro en las pensiones ni demás derechos sociales que también han costado años y mucho esfuerzo y están siendo mutilados sin piedad, enfundados sus verdugos en la bandera de la defensa del bien común. Y del estado del bienestar...
Volvamos al tema mucho más trivial que he elegido hoy y calculemos un poco. Una biblioteca de poco tránsito, pongamos que preste 10 libros al día, al cabo del mes, con 20 días de apertura, debería pagar 40 euros. Eso, doce meses al año, supondrían 480 euros. Y este ejemplo es de una biblioteca que apenas se mueva. Prefiero pensar que la gente lee poco porque si en lugar de 10, los libros son 100, las cifras marean. ¿Cuántos libros nuevos que jamás llegarán a las estanterías suponen eso? Miles de libros que se dejarán de comprar porque hay que pagarle al Ministerio de Cultura por difundir nuestra cultura. Raro, ¿no? Y creo que tardarán poco en trasladarnos ese gasto a los usuarios, lo estoy viendo.
Estamos viviendo malos tiempos para la cultura. El arte, aunque nuestros gestores no lo sepan porque no se acercan ni de lejos a la sensibilidad de un artista, por mucha subvención que les haya hecho creer que lo son, necesita libertad para crecer. La cultura no combina bien con ninguna prohibición y, hoy por hoy, no sé si nos queda algún espacio sin un cartel de prohibido.

domingo, 19 de diciembre de 2010

¿DE MÁS O DE MENOS?

Tengo un problema: kilos de más. Come menos, me regaño todos los días, y lo consigo por la mañana, a medio día y por la tarde pero por la noche no hay manera. Hay a quien, la ansiedad, le cierra la boca del estómago, o la boca simplemente, y adelgazan casi sin esfuerzo. A mí, el estrés diario, el que me ataca hacia las ocho y media, cuando termino de trabajar, lo que hace es darme un hambre de lobo en tiempos de posguerra. Conclusión final: engordo y no me vale nada nuevo. O eso creía. Porque he descubierto que me había equivocado. Mi ropa de siempre me sigue quedando bien, lo cual tira por tierra la teoría de que he engordado, pero no soy capaz de comprarme nada de lo que las tiendas exponen. Esta semana, por ejemplo, el problema se ha llamado botas. Creo que me habré probado dos mil, par arriba, par abajo, y ¡ninguna! me valía. Ni una sola cremallera era capaz de realizar su recorrido completo. Algunas, a la mitad, se habían rendido. Me miro las piernas, miro mis viejas botas que me entran sin ni siquiera bajar la cremallera (se ha roto arriba, por cierto) y no entiendo nada. A lo mejor estoy mucho más gorda pero el caso es que me veo exactamente igual. Y ahí coincido con la báscula.
Cada vez que voy de compras me siento una foca, aunque mis pantalones digan que tengo una 42 y el espejo me devuelva una imagen de la que no me siento en absoluto descontenta. Me gustan mis curvas, aunque me sobre algún kilito. Pero es necesitar algo nuevo, ir a una tienda, y ponerme enferma. Las cosas que tienen mi talla tienen el diseño ideal para una abuela, y la ropa que me gusta está diseñada para gente de menos de cincuenta kilos.
Yo, de la liga antichandal de toda la vida de dios, me veo ahora vestida de arriba a abajo de Decatlón, como única solución para no vestirme de jubilada. Lo siguiente será salir a la calle, a por el pan, con las zapatillas de estar por casa. Lo estoy viendo.