lunes, 21 de febrero de 2011

DOS MESES SIN HUMO

Falta poco para que se cumplan dos meses del inicio de la aplicación de la ley que prohíbe fumar en espacios públicos y los medios van haciendo sus balances, desde los más alarmistas que hablan de pérdidas de empleo de cientos de miles de personas, encabezados por La Razón, hasta otros que opinan que es el tiempo el que va a darles "la razón". No creo que estos últimos vayan desencaminados. Es lo que tenemos los humanos, sabemos adaptarnos a los cambios mejor que cualquier otra especie. Es lo que nos distingue, lo que nos ha permitido evolucionar hasta convertirnos en lo que somos. Sin embargo sigo pensando lo mismo que la última vez que abordé el tema. Los cambios, como todo en esta vida, hay que hacerlos cuando se está preparado, porque si no pueden ser catastróficos por inoportunos, no porque no vengan cargados de las mejores intenciones.


Creo que la ley anterior tenía grietas. Aún se podía ver a alguien fumando en un hospital o en un centro educativo. Pero hoy, con esta ley que algunos citan como definitiva, no se ha impedido que en el instituto de mi sobrino, en la clase de primero de la ESO (ojo, que tienen 12 años) se encienda un cigarrillo entre clase y clase. Dentro del aula, claro, porque en el pasillo te pillan. Y esto sí que es lamentable, no que se fume en un bar, donde al fin y al cabo se entra de manera voluntaria: a tomarte un café o a dejar un currículum, dicho sea de paso.

De la nueva realidad me agrada no respirar humo cuando voy a tomar un café, pero no me emociona. Antes, al entrar en el bar sabía que olería a tabaco y cuando saliera a la calle el aire limpio me llenaría los pulmones. Ahora, al pasar por la puerta, me veo obligada a saltar por el montón de colillas que apestan lo suyo y cuando salgo no puedo evitar una mueca de desagrado porque aunque los fumadores se hayan ido y estemos en la calle el olor sigue ahí. Y esa mueca es de auténtico asco cuando, como ayer, compruebo a cincuenta metros de la puerta del hospital el reguero de colillas con su nauseabundo olor, cuando me veo obligada a pasar entre los fumadores para recoger el coche porque están fumando en el único lugar donde se les permite. Antes, qué tiempos, si yo quería, elegía respirar humo. Ahora, sencillamente, me lo trago "por decreto" en plena calle. Tiene guasa. A lo mejor a la iluminada de turno del ministerio, para la próxima, se le ocurre prohibirnos respirar. Porque después de esta legislatura para olvidar, será lo único que quede por prohibir.

martes, 15 de febrero de 2011

CREADORA DE EMOCIONES.

Hace unos días leí en otro blog, Historias en Tinta, una reseña sobre Emily Bronte y durante estos días he vuelto a pensar en por qué decidí autoeditarme hace ya casi dos años. No fue por un impulso de juventud (ya me gustaría), ni siquiera por vanidad, para ver en papel mis pensamientos. Tampoco porque haya perdido toda esperanza de poder publicar. ¡Qué va! Fue algo mucho más sencillo: dignidad. Mi padre y yo habíamos escrito juntos La arena del reloj durante su enfermedad y quería darle, simplemente, un formato digno. Quería que tuviera portada, contraportada, su título en letras grandes y un sitio en la estantería de casa, donde esperaría hasta que los más pequeños, los que apenas le conocieron, tuvieran edad suficiente para entender. Lo que no sabía es lo que aquella decisión conllevaría: los más de cien ejemplares físicos vendidos realmente bajo demanda (primero me los pedían y luego se encargaban), la presentación del libro, la charla sobre la experiencia de autoeditarse, el empujón para que también publicara Su chico de alquiler... Y eso sin contar con las descargas que se han hecho de las novelas desde la página web, que superaban las doscientas antes de que decidieran hacer desparecer el contador.


Quienes se dedican al mundo editorial menosprecian a quienes tomamos este camino porque consideran que no existen filtros. Es verdad. Yo hago, exactamente, lo que me da la gana. Dejo a mis libros por el mundo (no abandonados, ya me he encargado de cumplimentar personalmente los trámites legales) sin nadie en quien apoyarse. Van creciendo solos, logrando superar metas imposibles en principio: La arena del reloj en un club de lectura, Su chico de alquiler como lectura para el instituto... No sé con qué me sorprenderán más adelante.

La autoedición tiene un problema añadido: el dinero que se necesita, de entrada, para empezar. Ese lo solventé sin querer, ganando dos premios en dos certámenes literarios menores, que me ayudaron a encargar los primeros libros. Aquí no hay negocio: lo que gano con unos libros lo invierto en otros y el precio del libro que aparece en la página y en el registro es el que resulta de sumar al precio de creador los gastos de envío. Mi recompensa: las palabras de quienes han pasado un rato leyendo. Siempre son las mismas: me emocioné. A lo mejor nunca puedo decir que soy escritora pero nadie me puede negar el título de creadora de emociones.

Supongo que si todavía sueño con que de la edición se encarguen otros es por el esfuerzo y el tiempo que suponen. Sobre todo por el tiempo.