La sabiduría clásica acuñó en la Antigüedad una sentencia contundente: en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Yo me pregunto qué ocurre cuando los tuertos se cansan de reinar en la oscuridad ajena y deciden rebelarse.
¿Qué pasa cuando una mirada incompleta se convence de ver más que aquella que presume de tener ambos ojos abiertos?
He viajado hasta Tineo
(Asturias) buscando descifrar este enigma. Mi propia impaciencia me ha hecho
llegar con media hora de adelanto al Palacio de Meras, el escenario donde me encontraré con la persona que he quedado, Roberto Martínez Guzmán. Mientras espero que el escritor cruce la puerta,
entretengo el tiempo revisando las preguntas de la entrevista que voy a hacerle. Quiero que me cuente detalles de su última novela, La
rebelión de los tuertos.
Cuando aparece, y después de los saludos de cortesía, con un café frente a nosotros, le pregunto:
—Roberto, antes de entrar a la trama de la novela que transcurre en este pueblo asturiano, te pido que me respondas a esto que me ronda por la cabeza: ¿quiénes crees que son los
tuertos en nuestra sociedad?
—Todos los que no son conscientes de que estamos en un mundo
que cambia a cada instante y que lo que es válido y damos por seguro hoy,
mañana no sirve para nada.
Me detengo un poco a pensar en lo que me ha dicho; es cierto que vivimos en un mundo en el que los cambios ya no se dan de una década a otra, ni siquiera de un año a otro: hay veces que, de un día para otro, sucede algo que lo cambia todo.
Adaptarse o morir, podría ser el refrán de este milenio.
No sabía yo que íbamos a empezar filosofando. Ahí seguro que me gana, así que hago un cambio de tercio y me centro en lo que escribe, a ver si esta vez su respuesta no me deja tanto tiempo pensando.
—Hablemos de lo que escribes. En el género en el que te mueves siempre se busca al asesino, pero a mí me interesa más el motor, qué es lo que empuja a esa o esas personas a comportarse así. En La rebelión de los tuertos, ¿qué querías transmitir en este sentido?
—Lo que impulsa a un asesino de novela a matar puede ser muy
variado e ir desde la venganza al simple placer que le proporciona sentirse
poseedor de la vida y la muerte de otra persona. En mi novela quería trasmitir
varias cosas, pero las más importantes no puedo decirlas porque estaría
haciendo unos spoilers enormes.
—En un buen thriller, el lector quiere que lo engañen. ¿Siente un escritor de intriga una especie de placer al ver que su lector va totalmente a ciegas por la página cien?
—El escritor de thriller es una especie de maestro de
ceremonias que enseña una historia al lector, pero no lo puedes engañar, porque
eso sería hacerle trampas. Lo que intentas es que se engañe él. Es decir, no le
mientes, pero muchas veces lo convences para que se fije donde no tiene que
fijarse y pase por alto cosas que tendría que valorar en mayor medida.
—Por supuesto.
No le digo que en las mías también, pero es cierto. A veces, si eres tan torpe de saltarte la acotación de un diálogo, te vas a perder completamente y no te vas a enterar de la resolución completa del puzle. Hay lectores que lo hacen (lo confiesan en las reseñas) y me dan penica porque ellos solos se delatan como lectores mediocres. Anda, mira, mediocres, como el segundo de los títulos de la saga de Lucas Acevedo.
De pronto, me fijo en que Roberto me está mirando preocupado, seguro que se piensa que me ha dado un aire, porque me he quedado callada, pensando en mis cosas. Corro a preguntar lo siguiente que tengo en mi lista.
—Hay una línea muy delgada entre el bien y el mal en la saga de novelas de Lucas Acevedo. ¿Cuál fue la razón para elegir a un policía tan poco común?
—Mi saga anterior. Eva Santiago es todo lo contrario a Lucas y eso
era lo que pretendía, crear un personaje con una personalidad totalmente
opuesta a la de la protagonista de la serie anterior.
—¿De qué rincón oscuro de tu mente sacas la crueldad de tus tramas?
—De la realidad y de ser capaz de imaginar hasta dónde puede
llegar un ser humano. Muchas veces, estos límites no se alcanzan por algunas
personas simplemente porque no han concurrido las circunstancias necesarias en
su vida.
—Hablemos del éxito, Roberto —le digo—. ¿El éxito de un escritor se mide en las listas de más vendidos o en el insomnio que le provocas a un lector desconocido en la otra punta del mundo?
—En las dos cosas. Primero en una y luego, en otra. La primera
parte del éxito es vender mucho, claro, pero la segunda, y más importante aún,
es el porcentaje de lectores fieles que puedes conseguir con cada novela que
publicas.
—Exacto. Cuanto más vendas, más posibilidades de encontrarte con ellos.
—Dime la verdad: ¿cuántas veces has querido quemar un
manuscrito a mitad de camino?
—Nunca. Por una razón evidente, antes de escribir una novela
trabajo mucho un esquema de por dónde tienen que ir, los personajes, etc., y no
tengo rubor en borrar aquello que no me convence. Una vez que me pongo a
escribir la novela, si algo no me gusta, lo reformo y si veo que no tiene la
frescura que me gustaría, lo reescribo entero. Pero no, imposible que llegue a
mitad de la novela y quiera quemarlo, porque habría borrado mucho antes lo que
no me convence.
—En el mercado actual, se valora mucho publicar sin parar, pero tú vas despacio ¿te guardas historias como autor para más adelante?
—No. Lo que hago, en esa primera fase de idear una trama en
un esquema, es desechar muchas porque no me dan el juego que quiero o no me
parecen historias lo bastante interesantes. Pero claro, no las guardo.
—¿Temes a algo cuando se apaga la pantalla del ordenador y te quedas a solas con sus propios fantasmas?
—A nada que me quite el sueño. Ya tengo edad suficiente para
saber que todo en la vida tiene solución y nada es tan absoluto o tan fiero
como para que nos quite el sueño sin que podamos hacer nada. Podrías pensar que
la muerte, pero creo que el día que nos morimos, no nos enteramos, simplemente
se nos apagan las luces y listo. Los que se enteran y tienen que afrontarlo son
los que se quedan.
—Si existieran, me caerían mejor los que se dedican a asustar a crédulos.
Ahora la que se ríe soy yo, porque creo que me está tomando el pelo.
—Tú eres un autor que ha conectado de manera muy directa con los lectores, rompiendo los esquemas tradicionales. ¿La industria editorial tiene demasiados tuertos dictando lo que la gente debe leer? ¿Crees que hay espacio para personajes que se salen de los moldes?
—Hay espacio para todo siempre y cuando haya lectores que
piensen que leer algo en concreto es emplear bien el tiempo que tienen para
dedicar a la lectura. Sobre la industria editorial, pues creo que es como en
todo, hay gente que son genios y otros que van a ciegas, y la realidad suele
acabar poniendo a todos en su lugar. Y en este punto, volvería a algo que te
dije al principio, en el mercado literario, como en el resto de la vida,
estamos en un momento que la realidad cambia muy deprisa y es necesario
anticiparse y ver hacia dónde nos dirigimos. Quien no sea capaz de hacerlo, lo
tiene muy complicado para subsistir.
—Si pudieras robarle un personaje a cualquier escritor de la historia de la literatura y preguntarle por qué lo trazó así ¿a quién elegirías?
—Dios, a muchos. Así, de repente, se me ocurriría preguntarle a John Kennedy Toole por su Ignatius Reilly en La conjura de los necios.
Leí hace poco que, si lo traspusiéramos a nuestra cultura, este sería un Torrente de la vida, y justo hoy alguien me lo recordaba.
Miro el reloj, es increíble lo rápido que pasa el tiempo cuando hablas de los temas que te apasionan. Si no acelero este cuestionario, se me van a quedar preguntas en el tintero antes de abandonar este pueblo. Le lanzo las dos siguientes de golpe y que las gestione como quiera.
—¿Escribir es una forma de buscar la inmortalidad o solo una manera de perder el tiempo mientras nos llega la hora? ¿O solo es una manera de ganarse la vida, como haces tú, que eres de los privilegiados que vives de esto?
—Escribir es una afición a la que no le mides ni el tiempo
que empleas ni las cosas a las que renuncias. Luego, un día, muy
caprichosamente, los lectores te pueden conceder el tremendo honor de dedicarte
en exclusiva a ello. Yo no me cansaré de darles las gracias, porque no sé por
qué han pensado que me lo merezco, pero vaya, que si lo han decidido ellos no
voy a ser yo el que les quite la razón. Tan solo intento que no se arrepientan.
—Imagina que La rebelión de los tuertos fuera el último libro que la humanidad pudiera leer antes del fin del mundo. ¿Qué mensaje te gustaría que encontraran entre tus líneas?
—Si el mundo se acaba, no hay mensaje, ¿para qué si te vas a
morir? El mensaje, en todo caso, sería antes y consistiría en que aprovechasen
cada día como si fuese el último, porque en realidad siempre es el último,
porque cada día, una vez que pasa, ya no vuelve.
—Bueno, lo primero que creo es que debería leer solo aquella
persona que descubre que le gusta y no por imposición. Lo segundo, porque los
libros nos acercan a otros mundos y no solo geográficos o temporales, sino
también psicológicos de cada persona en una circunstancia concreta, y eso nos
da una perspectiva mucho más amplia de lo que es la vida.
—Eva es mi hija y Lucas mi hijo. No se elige entre hijos.
—Si tuvieras que definir tu vida entera, no con una sinopsis, ni con un título llamativo, sino con una sola palabra, ¿cuál sería?
—Apasionante. Y la respuesta tiene trampa. Creo que siempre
es mucho más importante lo que te queda por vivir que lo que has vivido, porque
eso, bueno o malo, ya lo has pasado y no va a volver. Así que espero que me
quede mucho y que sea apasionante.
Por supuesto, ninguno de los dos ha estado en Tineo en esta entrevista, era solo una licencia literaria.
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