lunes, 3 de octubre de 2011

ENTREVISTA CON EMILIO CASADO MORENO, AUTOR DE CRÓNICA INSIGNIFICANTE.

He quedado con Emilio Casado Moreno, para hablar de su novela, Crónica Insignificante. Lo lógico, lo sensato, hubiera sido quedar en un bar, una sala de exposiciones, una tienda de chinos… no sé. Cualquier recinto cerrado habría servido. Seguro que lograría encontrarlo, aunque fuera preguntando. Pero no. El sentido práctico no venía en el paquete de configuración de mi persona. Traigo de serie otras chorradas superfluas, como amor por los libros y sentido crítico. Pero incluso el sentido común me falta. ¿A quién se le ocurre no preguntar siquiera por su edad o algún detalle que pueda distinguirlo del resto? ¿Por qué no le he contado cómo vendré vestida para que al menos él sepa quién soy yo? Aquí me encuentro, en medio de un mar de gente ociosa, tratando de buscar a alguien de quien poseo muy pocas referencias.


Me siento en un banco, rendida ante la evidencia de que soy tonta. Mientras, observo a cada una de las personas que se refugian del calor de esta tarde de verano bajo la sombra de unos árboles que, si pudieran, habrían elegido crecer en un bosque y no en medio de una gran ciudad. Obvio a las mujeres, seguro que detrás de ellas no está Emilio, y me dedico a los hombres. Uno empuja un columpio y charla animado con la señora de al lado. Otro está rodeado de niños, llenando globos con agua de la fuente y, me lo estoy temiendo, va a ser el primero que empiece la guerra de agua. Cuatro más esperan cargados con sus raquetas de tenis a que el grupo que ocupa la pista termine. Un grupo de mujeres acoge a un miembro del otro sexo que no se siente demasiado a disgusto comiendo pipas con ellas y compartiendo confidencias. En un banco, aferrado a un libro y con unos auriculares puestos, hay un hombre solo. No me hacen falta más datos. Aunque sea una despistada no me he olvidado de que también sé que los libros no son su única pasión: le encanta la música. Levanta la vista y me ve. Sonrío y se quita un auricular. Su mirada me confirma que es a él a quien estoy buscando.

Odio llegar tarde. Creo que la impuntualidad es una falta de respeto con el que te espera. Así pues me gusta pertrecharme de libro y auriculares siempre que quedo con alguien, porque me suelen sobrar unos minutos antes de la hora acordada. Mayte dice que quiere entrevistarme y yo he aceptado sin dudarlo, primero porque me pareció una buena idea y segundo porque, aun sin apenas conocerla, creo que va a ser una entrevistadora muy original. Me dijo que no sabía si quedar conmigo en un parque o en una oficina de Correos… al final estuvimos de acuerdo en que fuera en un parque. Mucho mejor que Correos, adónde va a parar.

Miedo me dan los críos que están correteando con los globos de agua a mi alrededor, como me mojen el e-reader me voy a tener que mosquear con alguno...

Alguien se acerca sonriente hacia mí.

Mayte, sin duda.

Menos mal que no me he equivocado de persona. Odio la sensación que te deja en el cuerpo saludar a alguien por error. Hace años saludé a un famoso confundiéndolo con un amigo. El sujeto en cuestión caminaba como él. Ni que decir tiene que ni se inmutó, al fin y al cabo estaba acostumbrado a que la gente se le acercara sin motivo. Yo, desde ese día, decidí dejar la vanidad en casa y ponerme las gafas.

Dos besos y dos sonrisas sinceras se cruzan en unos segundos. Me alegro de que nos conozcamos en persona. Después de hacerme a un lado para que se siente junto a mí en el banco le explico por qué le envié mi libro:


―Desde que empecé a “mover” Crónica insignificante los blogs literarios han sido mi principal objetivo. Creo que la gente que hay detrás adora desinteresadamente el mundo de las letras y sus opiniones contribuyen a fomentar otras muchas. A ti te lo envié porque me crucé contigo en Facebook y después de cotillear tu perfil y leer algún comentario que habías hecho creí que te podría apetecer leerme… y creo que no me equivoqué.

Claro que no se equivocó. La novela me ha gustado, pero eso no es nuevo para Emilio. Sabe que la reseña en el blog fue completamente sincera.

Mayte asiente ante mis respuestas y se muestra interesada en lo que explico. Es como si de repente el parque se hubiera vaciado de actividad para permitirnos mantener esta conversación en calma.

―¿Por qué escribes? –le pregunto. Yo sé la respuesta pero no resisto la tentación de empezar por ahí.

―¿Que por qué escribo?... La leche… porque si no hago algo me muero. Hasta hace un par de años hacía música. Un buen día colgué la guitarra y creé un nuevo documento de Word: “Si me pidieran que eligiera yo, los soltaría a todos”. Estoy casi seguro de que esa primera frase salió automáticamente y que un año después, cuando terminé la novela, seguía ahí, tal cual la redacté en el primer momento.

Es una frase contundente, te empuja a seguir leyendo. Te atrapa hasta el punto de que quieres saber de qué te está hablando. No me extraña que a él le empujara a escribir esta Crónica Insignificante que nos ha puesto en contacto.

―¿Tocas la guitarra? –no sé por qué me extraño. Escribir es una forma de expresión, igual que la música. No es tan raro encontrar un músico escritor. O un escritor músico.

―En realidad era bajista… Lo de la guitarra vino después, un poco por obligación. Cuando disolvimos nuestro último grupo seguía teniendo el gusanillo y no me quedó más remedio que aprender a tocar… pero solo un poquito. En realidad lo que me gusta es componer.

Tengo mucha curiosidad por saber dónde escribirá. No sé estarme callada, así que se lo pregunto. No me contesta enseguida. La guerra de agua interrumpe nuestra conversación. Amenaza con desplazar el frente hasta el banco que ocupamos y ponemos tierra de por medio. Una huida en toda regla, exilio involuntario que nos lleva a la terraza. Nos sentamos alrededor de una mesa de plástico y el camarero no tarda en aparecer

―Un café, por favor.

―Una cervecita fresquita me vendrá bien para engrasar las ideas y enganchar los pensamientos.

―¿Tienes algún ritual para escribir? Me refiero a un lugar, a algún momento concreto con el que te sientas más cómodo?

―Tengo una habitación en casa que suelo usar para mis cosillas… es un pequeño estudio de grabación casero con un ordenador en el que también tecleo lo que se me va ocurriendo.
Suelo escribir a última o a primera hora, casi siempre cuando todos duermen. Normalmente no me queda más remedio que arrancarme las horas de inspiración de las de sueño. Que conste que lo hago con gusto. Enciendo el ordenador, me coloco lo auriculares, pongo música y después releo los últimos párrafos escritos para retomar un poco el hilo. Me suelo poner cosas tranquilas, sobre todo voces femeninas de folk, country o pop. Tift Merrit, Jaymay, Feist, Laura Marling, Bon Iver, Gillian Welch… también me suelen acompañar Sigur Ros, Grouper, Damien Jurado, The National, Radiohead… Procuro que no sean cosas demasiado estruendosas. De todas maneras, cuando pillo el hilo, soy capaz de escuchar a Metallica a todo trapo y no salirme de la trama… aunque eso sucede menos veces de las que yo quisiera, la verdad.

Las sillas en las que estamos sentados son de plástico, como la mesa. La combinación silla de plástico/pelo liso siempre me trae las mismas consecuencias. Y si a eso le sumas que soy una patosa y le he dado una patada a la mesa, todo se complica. Mi café hace un equilibrio inestable y los dos, en un gesto reflejo, tratamos de que no se derrame. Nuestras manos se rozan y salta una chispa. Nos reímos, aunque maldita la gracia que me hace la electricidad estática. Me acuerdo de que, muchas veces, tonterías como esta las uso yo en mis historias. El café se salva y a mí se me ocurre una pregunta:

― Tus propias vivencias, ¿forman parte de tus relatos, las tomas como punto de partida o directamente inventas?

―Cuando escribo suelo tirar de imaginación más que de memoria. Aunque en realidad estos dos conceptos a veces se entremezclan y se camuflan el uno tras el otro haciendo verdaderamente difícil dilucidar si esta o aquella frase proviene en realidad de la una o de la otra. Creo que todo el que escribe es un poco esclavo de este dilema, sobre todo si pretendes dotar a tus personajes de un cierto calado, de un cierto bagaje, muchas veces no te queda más remedio que meterlos dentro de la piel de personas reales a las que has conocido a lo largo de tu vida. En Crónica insignificante hay alguna situación parecida a alguna que yo he vivido. Por ejemplo me tocó, en dos ocasiones, ir a recoger mi coche, después de que me lo robaran, al depósito que hay en Madrid justo al lado de un poblado de esos en los que se vende de todo menos pan, pero la situación no tuvo nada que ver con la que relato en la novela. Casi todo lo que escribo nace en mi imaginación calenturienta.

No voy a negar que me guste hablar de mi libro, tanto como le gustaba a Umbral, pero algunas veces tiene uno más ganas que otras y en eso hay dos cosas que influyen de manera crucial: el entorno y el interlocutor. Admito que hoy estoy muy cómodo, saboreando mi cerveza mientras parloteo tranquilamente con esta entrevistadora tan peculiar. El sol se cuela entre las ramas del castaño que nos cubre y hace que la temperatura y el ambiente sean perfectos.

Mayte sigue proponiendo.

Quiero preguntarle por su decisión de autopublicarse. Dar este paso no es fácil. Él y yo sabemos que no tiene buena prensa y, sin embargo, lo hemos hecho. Aunque sea por razones diferentes.

―Después de mover mi novela durante unos meses y de comprobar lo difícil que resulta que te publiquen y lo fácil que resulta autopublicar me decidí por intentar lo segundo, sin renunciar en ningún caso a lo primero. Poner tu novela en internet es tan sencillo como maquetarla y hacerle una bonita portada. Luego solo queda esperar a que los euros empiecen a caer del cielo.

Suelto una carcajada y le contagio. Del cielo te puede caer cualquier cosa menos euros…

―Según tengo entendido las editoriales no comulgan mucho con las obras autopublicadas. En mi caso el único interés que me movió a hacerlo fue simplemente la conveniencia de tener un formato en condiciones en el que mis amigos pudieran leerme. Una carpeta con tropecientos folios dentro no es un mamotreto cómodo ni para transportar ni para leer.

Crónica Insignificante está escrita en presente. ¿Qué tiempo verbal prefieres para contar una historia?

―El tiempo verbal no me suele importar, lo difícil a veces es situarte y centrarte en cuál es el que debes utilizar en cada momento para que la narración resulte coherente. Alguna vez, a mitad de una escena, me he dado cuenta de que la estaba narrando en pasado cuando en realidad correspondía que lo hiciera en presente… gajes del oficio.

―Ésta es la historia de Marcelo, un psicólogo divorciado, de cuarenta años, que trabaja en una prisión. ¿Por qué eliges este personaje y no otro como protagonista? ¿Tiene algo de autobiográfico? ¿Marcelo tiene algo de ti? Me temo que más de lo que confiesas...

―Marcelo es Marcelo y yo soy yo. En realidad le he parido y por eso es como una especie de hijo putativo, así que en algo se me tiene que parecer pero somos entes diferentes… al menos eso es lo que he intentado.


En realidad uno de mis objetivos al escribir la novela era utilizar a Marcelo como medio de expresión, una especie de portavoz mediante el cual dar salida a mis opiniones. Asumo como mías la mayoría de las reflexiones que el protagonista hace sobre el mundo que le rodea, incluso la mayoría de las que hace sobre el que tiene en su interior.


A pesar de todo siempre intenté que Marcelo tuviera una personalidad propia y diferenciada. Las personas, en el mundo real, no son como los protagonistas de muchas novelas, es decir, no son siempre valientes o siempre listos, o siempre decididos. En el mundo real la gente tiene dudas, vacilaciones y muchas cosas no demasiado claras. A veces también pueden mostrar mucha bondad y un rato después actuar con un trazo decididamente malvado. Traté de ambientar la novela en el mundo de la carne y el hueso, del error y de la injusticia pero sin rechazar tampoco la bondad y la valentía que también podemos encontrarnos en la vida cotidiana.

La novela está muy anclada en la realidad. Reflexiona sobre muchos temas que ahora mismo están sobre la mesa. Le pregunto si su propósito era éste al escribirla.

―No puedo negar de que una de las cosas que más me obligó a ponerme a escribir fue la necesidad que tenia de poner blanco sobre negro lo que pienso sobre algunos aspectos de la realidad que me rodea.

Hay un conato de pelea entre dos niños, cuyas madres tratan de poner paz entre ellos. Una, la más lista sin duda, les dice que hasta que no haya sangre no piensa intervenir. Los chiquillos la miran desconcertados y se van por donde han venido, olvidando incluso lo que les trajo hasta la terraza. Otros temas se cuelan en nuestra conversación. Es agradable hablar con Emilio, pero el motivo de nuestro encuentro es la entrevista, y le pregunto qué hace ahora.

―Ahora estoy atravesando un pequeño bache… la cosa se va enfriando y no veo resultados claros. A pesar de todo no me arrepiento de ni una sola de las letras que he juntado para llegar hasta aquí. He (ciber) conocido a un montón de gente interesante y sé que Crónica Insignificante le ha gustado al 99% de la gente que la ha leído. Eso es recompensa suficiente para mí. Publicar sería una especie de reconocimiento a nivel profesional, porque sé que a nivel económico no sería nada reseñable.

Recuerdo una frase de Nietzsche y se la suelto, a ver qué le parece. Me mira pensativo antes de empezar a responder.

―«Cuando un libro se abre el autor cierra la boca»… Probablemente sea bastante cierto, creo que si tienes algo que decir está bien que encuentres la forma de que sea el protagonista de tu novela o alguno de los secundarios el que lo diga. Es una buena fórmula.

Los personajes, al final de la novela, se "quejan" de que Marcelo ni siquiera les haya cambiado el nombre. ¿Te has basado en gente conocida o los has creado a partir de tópicos? En el caso de la madre parece obvio.

Crónica insignificante trata de ser un retrato de la vida y sus vicisitudes. Un canto a las personas anónimas que habitan este mundo, gente que, en muchos casos, tiene vidas anodinas y monótonas pero no exentas de riqueza interior. En sus páginas hay algún personaje tópico, alguno divertido, alguno triste… sobre todo traté siempre de que fueran reales


A veces pensamos que las cosas que aparecen en los periódicos no pasan a nuestro alrededor o que le suceden a gente que vive en otro mundo, lejano, sin darnos cuenta de que cualquier día, cualquiera de nosotros puede ser protagonista de cualquiera de esas lejanas noticias…


Una cosa nos lleva a otra y nos encontramos hablando de las estupideces que algunos plantan en sus muros de Facebook. Al menos la charla, que parece estar tocando su fin, no ha estado exenta de risas.

La actualidad se cuela en la conversación y nos olvidamos del primer propósito. La cerveza y el café se acaban y el reloj nos empuja a dar por finalizado este experimento. Ha sido más largo de lo que pensábamos los dos, pero creo que ha merecido la pena. He conocido un poco más a Emilio. Lástima que el parque no exista, ni la terraza, ni el café. Como creadores de mentiras nos lo hemos inventado todo. Sólo espero que un día el café sea real. Aunque prometo firmemente que no lo tiraré. Lo de no provocar que salten chispas si las sillas son de plástico no está tan claro.

Emilio Casado Moreno
Mayte Esteban

viernes, 30 de septiembre de 2011

LOS PRIMEROS LIBROS

¿Quién no recuerda aquella novela que en su más tierna infancia le descubrió el fantástico mundo de los libros? Supongo que aquellos que tuvieron la suerte de experimentar algo así no han podido olvidarlo. Mis libros de cabecera en la infancia fueron las novelas de Enid Blyton, las aventuras de cuatro chicos y un perro en la Inglaterra de mediados del siglo XX. Los paisajes verdes, las comidas imposibles, el mar, los contrabandistas, los pasadizos secretos... no había nada de eso en mi mundo más inmediato, pero me encantaba imaginar cómo sería todo. Sólo tenía que cerrar los ojos y colorear mentalmente ese mundo lejano. A mi antojo. Éste fue uno de los primeros libros de los que tengo recuerdos:



Supongo que no soy una excepción. Cuando yo era pequeña no había la avalancha de libros que se publican hoy en día, así que muchos nos hicimos lectores con las aventuras de esta pandilla y los comic de Don Mickey y Asterix.

Mi hijo mayor empezó a leer muy pronto, tanto que casi nadie le creía cuando afirmaba muy serio que se estaba leyendo su primer libro "gordo". Casi a la vez conocimos a un personaje del que nos enamoramos los dos, hasta el punto de compartir la ansiedad por la llegada de otra entrega de la saga. Como yo soy capaz de leer en inglés me enteraba antes que él de lo que pasaba y más de una vez he tenido que guardar meses secretos literarios para que él los descubriera por su cuenta. Esta es la portada del primer libro que él leyó:


Buen comienzo, ¿verdad?

Mi niña pequeña también empezó a leer pronto, pero todavía no ha logrado el reto de su primera novela. Está empezando uno de los libros más mágicos que conozco, Matilda.




Aunque su primer, primer libro, chiquitito como ella fue Lidia y yo ponemos la mesa de Dimiter Inkiow, le encantaron Cuando la Tierra se olvidó de girar, de Fina Casaderrey, El Ladrón de salchichón de Luisa Villar Liébana y, por supuesto, Se vende mamá, de Care Santos.

¿Y vosotros? ¿Cuáles fueron vuestras primeras lecturas?

martes, 27 de septiembre de 2011

CON EL CORAZÓN EN LA MANO, CHRIS CLEAVE.

Este es el libro que leo en estos momentos. En realidad acabo de empezar. Con la sinópsis de la contraportada de Círculo de Lectores y la promesa de que la reseñaré (me está gustando el estilo) os dejo.

"Un matrimonio británico decide viajar a Nigeria en un intento por salvar su relación. Sin embargo, una joven africana llamada Little Bee irrumpe inesperadamente en sus vidas, alterando para siempre su existencia. Al cabo de un par de años, sus caminos vuelven a cruzarse, esta vez en Inglaterra; su reeencuentro dará inicio a una insólita amistad entre dos mujeres de mundos radicalmente opuestos, una amistad que las ayudará a descubrirse a sí mismas y les brindará la fuerza y la sabiduría que necesitan para afrontar su destino".

¿Alguien lo ha leído ya?

miércoles, 21 de septiembre de 2011

UNA HISTORIA DE NOVELA

Hoy quiero contar la otra historia de El medallón de la magia (SG-46-08). No tiene nada que ver con su argumento sino que os contaré cómo me animé a publicar y cómo nació este cuento convertido hoy en la próxima novela que publicaré, aunque todavía no sé cómo. Voy a contarlo de manera diferente, no como un simple resumen, sino convirtiéndolo en un relato, que es lo que creo que sé hacer.


Mi hijo Alex me pidió que le escribiera un cuento.
    – Mamá, escríbeme una historia de espadas y magia.
Después de mi estupor inicial, hice lo que cualquier madre normal...
    – Claro, cariño. Yo te lo escribo. Pero tú me tienes que ayudar. ¿Cómo quieres que sean los personajes?
    – Quiero que el chico sea un soldado y se llame Alonso.
    –¿Alonso? – no conocemos a nadie con ese nombre, no sabía de dónde lo había sacado.
    –¡Claro, mamá! Alonso como Fernando Alonso. Y quiero que su apellido sea Esteban, como el mío.

Tenía seis años y, a un hijo de seis años, se le discuten cosas pero no ésta, por extravagante que suene. Si quería un soldado que se llamase Alonso lo tendría.
    – Vale, ya sabemos que tenemos un soldado que se llamará Alonso. ¿Qué otro personaje ponemos?
    – Una chica, bueno, una bruja que quiero que se llame Amanda.


Tampoco conocemos a ninguna Amanda. No sé cómo se le ocurrió. Estuve pensando un rato y la historia empezó a tomar forma en mi cabeza. Amanda recibiría una herencia familiar, una mansión ruinosa cerca de Toledo. En principio el legado no valdría nada salvo por el descubrimiento de una biblioteca con libros antiguos, custodiada por el fantasma de un soldado de Felipe IV y el de su propia condición de bruja. Ambos, bruja y fantasma, tendrían una misión que cumplir: recuperar el medallón de la magia.

Era verano y empeñé las tardes, mientras Aitana dormía su siesta, en construir la trama.
    – Mamá, ¿ya lo puedo leer?
    – No, cariño, aún está sin terminar.
    – ¿Cuánto llevas?
    – Unas doce páginas.
    – ¿Tanto?

Acababa de aprender a leer, era lógico que le pareciera eterno.

Doce, veinticuatro, cincuenta, ochenta y seis. Ahí me quedé. A Amanda y Alonso se les habían unido más personajes: Brianda, Gonzalo, Miguel, Estela... y un tal Fray Fantasma. Sin darme cuenta tenía a una bruja novata buscando un medallón mágico para destruir en el más allá lo que quedaba de la Inquisición, sorteando las trampas que le ponía el fantasma de un antiguo inquisidor de Toledo.

   – Mami, ¿qué es la Inquisición?

Pillada. ¿Cómo se lo explicas a un niño de siete años? Mientras yo iba escribiendo había crecido, pero no tanto como para comprender. Abandoné.

Meses después me dormí en el coche volviendo de Ciudad Real. Soñé con Alonso y Amanda y, al llegar a casa, encendí el ordenador. No podía dejar de escribir.
    – ¿Qué haces, mamá?
    – Ya sé cómo acaba tu historia.

Pasé las navidades escribiendo y, al fin, terminé. Había escrito una historia fácil de leer en la que, supongo que por mi condición de licenciada en Geografía e Historia, introduje muchos datos históricos. Se lo dejé a mi prima Ana, de la que siempre me fío, pero tardó un poco en tener tiempo. Mi primera crítica fue del lector que esperaba la historia con más ansiedad. Tenía ya ocho años. Hubo que explicarle cosas pero es un chico listo.
    – ¡Me encanta!

No sabes cómo suena si te lo dice tu hijo. Dejé que lo leyeran adultos, no fuera a ser que fiarme del criterio de alguien tan pequeño no fuera demasiado sensato. El entusiasmo de todos me empujó a hacer un par de locuras.
    – Me voy a presentar a un concurso de relato breve. Quiero ver qué pasa.

En 2008 quedé en segundo lugar del Certamen de Cuentos y Narraciones Breves Ciudad de Cantalejo. El relato se llama La vida en papel y no tiene nada que ver con niños, ni con magia. Al año siguiente, 2009, quedé primera en el mismo certamen con el relato El reflejo, ambientado en el Madrid del XVII. Ya os he contado que es una invención sobre el origen del cuadro de Velázquez, La Venus del espejo.

Con la dotación económica del premio decidí autoeditar una novela: La arena del reloj.
    – Si te autoeditas nadie te tomará en serio nunca –me dijo una amiga.
    – Es un regalo para mí misma y para mi familia. Voy a editar el libro que escribí con mi padre, su biografía. Lo que me contó antes de morir. Es un homenaje a él. No quiero vender libros, quiero darle al suyo un formato digno, no unos simples folios encuadernados en espiral.

A veces la vida te sorprende. Sólo fueron cuatro ejemplares, los justos para la familia más cercana, pero empezaron a prestarse y me encargaron más. Puede que esta historia ya la conozcáis. Hoy ya llevo cerca de doscientos libros en papel e incontables descargas en internet. La mayoría no han ido a parar a la familia. Eso es lo más curioso, porque se trata de una biografía de una persona anónima. En el relato hay dos voces, la suya y la mía, sus recuerdos y mi presente, ese en el que me doy cuenta de que se va y no puedo hacer nada. Es un relato que provoca emociones muy intensas, pero un libro, como dijo Ciorán, debe hurgar en las heridas, provocarlas incluso. Un libro debe ser un peligro. La arena del reloj es, en cierta medida, peligroso, porque nos enfrenta a la brevedad de la vida. Esto transcribo a continuación es la justificación del título:

Cuando nacemos se pone en marcha el mecanismo invisible de nuestro reloj vital. En ese momento, la persona que atiende el parto señala la hora del nacimiento y siempre he tenido la sensación de que, lo que hace en realidad, es darle la vuelta a un gran reloj de arena. Todo lo que nos ocurre después va sucediendo lenta y ordenadamente, gracias a ese pequeño agujero que pone en contacto las dos mitades de lo que será en adelante nuestra vida: lo que ha ido ocurriendo y lo que todavía nos queda por vivir.

Gracias a La arena del reloj me invitaron a dar una charla sobre mi experiencia con la autoedición, en la biblioteca Almudena Grandes de Azuqueca de Henares. Y también aquí me invitaron a presentar otra novela, Su chico de alquiler, en la Feria del Libro de Azuqueca, un relato que utilicé para completar por mí misma todos los trámites legales para convertir un manuscrito en libro y no hablar de oído, sino conociendo el tema de primera mano.

Todo esto es lo que convierte a El medallón de la magia en mi novela más importante, desencadenadora inconsciente de esta aventura. Si Alex no me hubiera pedido un cuento jamás me habría puesto a escribirla. Si no la hubiera escrito, no habría existido la posibilidad de que nadie leyera nada mío porque hasta entonces apenas dejaba que nadie lo hiciera. Pudor, supongo. Sin las críticas positivas, jamás me hubiera presentado a esos concursos de relato breve, ni hubiera ganado ese dinero que no esperaba para emplearlo en la autoedición de La arena del reloj, ni la charla que me encargaron me hubiera forzado a publicar Su chico de alquiler. Esta novela cierra un círculo mágico. No sé cómo irá todo, si la acogida que tendrá será parecida a las otras, si me arrepentiré, si lograré terminar esa otra novela en la que entretengo mi tiempo vinculada a ésta. Todo son dudas y miedos, pero tengo que terminar esta historia que es la mía, publicando El medallón… porque las tres novelas son, en realidad, parte de una misma historia.

Hay otra novela terminada, absolutamente diferente, un relato mucho más adulto, del que me siento plenamente orgullosa. Ya tengo el visto bueno del registro de la propiedad intelectual. Estará ahí un tiempo más, esperando en su cajón para cuando esté convencida, si algún día lo estoy, de que puedo llamarme a mí misma escritora y me atreva a enfrentar el tema de tratar de hablar con una editorial.

Sé que no es común saltarse la lógica, pero con lógica mi vida seguro que hubiera sido un completo aburrimiento.

viernes, 16 de septiembre de 2011

LA VENUS DEL ESPEJO Y EL REFLEJO.

El arte despierta emociones. Da igual si se trata de una canción, un poema, una obra de teatro o un cuadro. Hay creaciones humanas capaces de hacernos sentir cosquillas en el alma. Cada vez que entro en el Museo del Prado tengo la sensación de entrar en un templo. Mis sentidos empiezan a alborotarse a la vez, tratando de captar toda la belleza que se encierra entre aquellas paredes y el colapso es tal que, más de una vez, se me escapa una lágrima. Este museo es mi templo particular y creo que es un privilegio tener este lugar tan maravilloso cerca de casa para poder visitarlo cuando quiera.

Bueno, no tanto como quisiera, la verdad.

Hace ya demasiado tiempo se organizó una exposición con la obra de Velázquez. Se reunieron los cuadros de los fondos del museo y algunos otros que procedían de varias pinacotecas del mundo. Entre ellos, La venus del espejo.



El Amor, representado por la figura de un niño, sujeta un espejo con marco de ébano que refleja el rostro difuso de la diosa de espaldas, completamente desnuda. Este cuadro siempre despertó mi atención por varios detalles. Uno de ellos es que no sé de otro lienzo en el que Velázquez pintase a una mujer desnuda. Otro, que la Inquisición castigaba con la excomunión la ejecución y exposición de imágenes lascivas, además de multar con quinientos ducados y el destierro, y aun así lo pintó. Y había una tercera razón.

Si el suegro de Velázquez, Francisco Pacheco, hubiera visto este cuadro, le habría dado un patatús.

El caso es que a mí me fascinaba la idea de plantarme frente a este él y, sabiendo que su ubicación normal es la National Gallery de Londres, pensé que era imperdonable que no fuera a verlo. Me pasé cuatro horas en una cola con muletas (no sabéis cómo acabaron mis manos), suspendí uno de los dos exámenes que cateé en la toda carrera, llegué agotada a casa después de una carrera (con muletas) para no perder el tren en Atocha pero lo vi.

Mereció la pena.

Cuatro años después fui a Londres. En realidad el destino era Cheltenham, donde mi hermana estaba de erasmus, pero ella organizó un viaje a la capital. Dimos un paseo, recorrimos lugares típicos, nos tomamos un té y, de repente, descubrí el perfil de la pinacoteca. La Venus de Velázquez me hizo un guiño desde dentro y no resistí la tentación de entrar. Allí estaba. Sin colas. De nuevo frente a mis ojos.

Varias veces traté de averiguar quién había servido de modelo a Velázquez para este cuadro. Ante la imposibilidad o quizá mi torpeza, me lo inventé. De este deseo de saber surgió en mi mente el relato El reflejo. En él, con menos pudor que la diosa desnuda, me invento quién era.

Os confieso que este relato estaba destinado a ser una novela, pero todavía no estoy preparada.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

MARCAPÁGINAS DE REGALO

Hace unos cuantos meses traté de conseguir que me imprimieran unos marcapáginas en la imprenta que está frente al portal de mi casa. Después de unas cuantas visitas infructuosas (debe haber gente a la que la crisis no le afecta y se pueden permitir el lujo de rechazar trabajos) decidí dejar pasar el tema. Yo, claro, porque hubo alguien que no.

Se ve que, aunque hay gente que me ignora, existen muchas más personas que me quieren un montón. Alberto se molestó en buscar otra imprenta con más ganas de trabajar y en menos de una semana y tres llamadas había conseguido lo que a mí me resultó imposible: ayer me entregó un paquete de marcapáginas para que pueda repartirlos entre mis amigos. El diseño es muy sencillo, parte de la portada de Su chico de alquiler y la dirección de este blog, pero ha sido emocionante tenerlos en la mano.

Foto: Mayte Esteban

Gracias, Alberto. La vida son pequeñas cosas como esta, que desde fuera pueden parecer tonterías, pero que lograr ponerle a un día gris una nota de color.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

CRÓNICA INSIGNIFICANTE de EMILIO CASADO MORENO.

Llevo un rato mirando la pantalla en blanco y no he sido capaz de poner nada más allá del título del libro y el nombre del autor. Esto podría ser un mal síntoma, señal de que la novela no me ha aportado nada en absoluto y no tengo nada que contar. Sin embargo, es justo lo contrario. Este es el libro del que os hablaba. Hay tanto que decir, tantas sensaciones que te deja la lectura de esta crónica que no tiene nada de insignificante, que las ideas han causado un atasco en mi cerebro, atropellándose para ponerse las primeras. Al final, me lo estoy temiendo, va a haber un choque en cadena y vendrá la grúa a llevarse algunas que se me van a escapar.



Empezaré por lo sensato, que es contar algo del argumento de Crónica insignificante. Esta es la historia de seis días en la vida de Marcelo Suelas, un psicólogo que trabaja como interino en una prisión. Hace poco que se ha divorciado de Amanda, la mujer con la que construyó su vida, la madre de su hija Diana y, para poder seguir adelante, ha tenido que volver a casa de sus padres, a su antigua habitación, porque el divorcio se lo ha llevado todo: su casa, su coche, su liquidez económica,... La madre de Marcelo le trata como si todavía fuera un niño y no deja escapar la ocasión de abogar porque vuelva con su ex, a pesar de que está claro desde el primer momento que ambos tienen claro que esa historia está acabada.

Emilio Casado Moreno distribuye la novela en días. Seis días de una semana en la vida de Marcelo. Utiliza como recurso la primera persona y el presente, de manera que durante la lectura siempre estás escuchando la voz interior del personaje. Él mismo, a través de sus pensamientos, te va conduciendo por su periplo. Al principio, las situaciones que vive Marcelo parecen inconexas, retazos de esos días que parece haber elegido al azar. Sin embargo, todo tiene su sentido y el círculo se completa cuando llegas al final. Para contarnos éste, Emilio elige otro modelo narrativo. Los personajes que han ido desfilando ante nuestros ojos se van cediendo la palabra en una entrevista. También nos hablan directamente, por lo que la proximidad con el lector no se pierde tampoco en esta parte.

Es muy interesante también la manera en la que se estructuran los párrafos. El protagonista nos está contando un hecho, cualquiera, y cuando termina, antes de seguir con el hilo del relato, utiliza una frase corta que en sí misma constituye un párrafo aparte. Subraya lo dicho, muchas veces, acudiendo al refranero. La ironía es otro recurso que utiliza a menudo. Ese punto de vista que adopta el personaje, el reírse de algún modo de sus propias desgracias, lo humaniza aún más, elimina cualquier elemento dramático.

MI OPINIÓN

Sencillamente me ha encantado esta novela. Está escrita de manera correcta, te atrapa desde el principio. Llevaba un tiempo buscando este libro. No éste en concreto, sino uno que me hiciera disfrutar leyendo. En todo momento he tenido la sensación de que el personaje me estaba contando precisamente a mí su historia. La novela te convierte en protagonista de algún modo al hacer del lector interlocutor directo de Marcelo. Es un personaje con el que te implicas desde el primer momento. Aunque apenas te esté contando nada más que cosas "insignificantes". Pero creo que es precisamente eso. La vida no es una novela grande, ni siquiera una serie de la tele de esas que cuando acaban no eres capaz de resumir porque han pasado tantas cosas que te has acabado perdiendo. La vida está hecha de momentos sencillos. Marcelo habla del día a día, del olor del café, reflexiona sobre cualquier tema y tú quieres que te lo cuente. Es verosímil de principio a fin, empatizas con el protagonista aunque ni trabajes en una prisión, ni se te haya pasado por la cabeza divorciarte o tu madre sea una beata convencida. Da igual. Este personaje tiene alma. De hecho, hasta los secundarios están perfectamente perfilados, aunque aparezcan un par de veces, las palabras con las que nos los presenta el narrador protagonista trazan un perfecto dibujo de ellos.

Una cosa que me ha ocurrido con este libro, que no me pasaba desde hace ya mucho, es que no quería que se terminara. Desde antes de la página cien, me encontré ralentizando la lectura a propósito, quería que Marcelo se quedara conmigo. Me obligué a leer sólo un día literario por cada día real, ya que por casualidad empecé la lectura en jueves, el día de la semana en el que empieza el relato. El reto se fue al garete en el último momento, aunque creo que finalmente el último día era ya martes pero porque me quedé leyendo hasta que acabé la novela.

Después de unos cuantos libros que, como decía en entradas anteriores, no he sido capaz de terminar, encontrarte con uno que no quieres que se acabe es un delicia. Aunque esto tiene su punto de ironía, como no podía ser de otra manera tratándose de la historia de Marcelo, que está cargada de ella. Crónica insignificante es una novela autoeditada. Emilio Casado Moreno decidió un día colgarla en una de las páginas de autoedición que hay en la red, Bubok, y todavía no hay una editorial interesada en ella. Se puede adquirir en papel o en formato digital.

La autoedición es un tema del que se puede hablar mucho. Una amiga, alguien que administra otro blog, me decía que hoy en día, por publicar, hay hasta quien publica la lista de la compra. Creo que lleva razón. He tratado de leer algunas novelas autopublicadas y la mayoría no pasan ni un mínimo control de calidad. A lo mejor las mías tampoco, todo hay que decirlo. Sin embargo, hay veces que hay novelas que brillan, autores como por ejemplo Eloy Moreno, que nos demuestran que la calidad y el salirse del camino establecido no tienen por qué estar reñidos. Son agujas dentro del pajar de la autoedición. Ojo, hoy por hoy creo que esto sólo sirve como escaparate de cara al mundo editorial. Nada más. El camino para vender libros es otro. Ir de librería en librería puede funcionar alguna vez, pero requiere un tiempo del que no todos disponemos, además de un enorme esfuerzo económico.

Los blogs tenemos un papel en este proceso de la autoedición. De vez en cuando, es cierto, se cuelan reseñas de libros que no pasarían un mínimo control de calidad (ni literaria, ni ortográfica) pero son ecos que se apagan pronto. Puedes tirar una piedra a un estanque y remover el agua, pero será momentáneo. No vas a crear un torrente. Esta no es una de esas obras que se reseñan por amistad. En mi caso, ni siquiera conozco a Emilio. Esta novela es la aguja en ese pajar de la autoedición. Encontrarla ha sido emocionante porque lo tiene todo. Una historia, está muy bien estructurada, no deja cabos sueltos y, sobre todo, está bien escrita, aunque le hace falta un repaso en la edición.

De momento os animo a leerla y a que expreséis vuestra opinión.

¿Os apetece?


lunes, 5 de septiembre de 2011

ME ESTÁ ENCANTANDO ESTE LIBRO!!!!

Esta entrada mega breve es para decir que estoy leyendo un libro de esos que no puedes soltar, que te obligan a robarle horas al sueño porque quieres saborearlos enteros pero que, a la vez, sientes que no quieres que se acaben nunca. Hacía mucho tiempo que no tropezaba con uno de ellos.


Se merece mucho más que cuatro líneas, así que pronto os lo presentaré.

martes, 30 de agosto de 2011

LIBROS A MEDIO LEER

No es frecuente que yo me rinda con un libro, que abandone su lectura por la mitad. Siempre quiero darles a todos la oportunidad de sorprenderme con un final inesperado, con un giro que me convenza de que no me equivoqué al elegirlos. Lamentablemente, no siempre es así. Pruebas de ello son aquel que comenté hace algunas semanas en la entrada razones por las que un libro no me ha gustado nada, del cual he borrado hasta el nombre de mi memoria y Perdona pero quiero casarme contigo, de Federico Moccia. Llegué al final por pura cabezonería pero más me valía haberlos dejado por el camino.


En los últimos años he ido amontonando libros que no he sido capaz de terminar. Algunos se han pasado semanas durmiendo a mi lado, acumulando horas de espera inútiles hasta que decidí buscarles un sitio en las estanterías. Entre los repudiados por mi paciencia están, sin ir más lejos, Un mundo sin fin, de Ken Follet, El asedio, de Pérez-Reverte y La tierra de las cuevas pintadas, de Jean M. Auel. Estos tres tienen en común varias cosas: tienen páginas de más, los esperé con demasiadas expectativas y quizá no elegí bien el momento de lectura. Ahora estoy con Cazadores de sombras, de Cassandra Clare, un libro que me está costando mucho más de lo deseable. Este no tengo intención de abandonarlo, pero se han colado en medio dos libros de Vargas Llosa y cuando esto me pasa se empiezan a encender todas las señales de alarma.
¿Os ha pasado alguna vez? ¿Ha habido algún libro que os ha resultado imposible? No me refiero a los que te mandan leer en clase, sino a los que tú mismo eliges.

viernes, 26 de agosto de 2011

TURÉGANO

El pasado domingo empezaron las actividades de la semana cultural de Turégano, la que precede a las fiestas de septiembre. Volvíamos a nuestra casa, atravesando el pueblo por la carretera, cuando nos dimos cuenta de que estaban a punto de dar los premios del certámen de pintura rápida, en los que el castillo siempre se convierte en el principal protagonista. Nos paramos, por supuesto. Es alucinante lo que algunas personas son capaces de hacer. Mirad uno de los cuadros, pintado en solo unas horas:


Como no podía ser de otro modo, acabamos tomando algo en El Zaguán, una posada rural que hay en uno de los rincones de la plaza porticada. Hace años, cuando vine a vivir a Segovia, trabajé una temporada en este pequeño hotel. Puedo deciros que es uno de los más bonitos que conozco. En su restaurante se come de maravilla y siempre te reciben con una sonrisa, te alojes allí o estés simplemente de paso. El domingo, además de los cuadros diseminados por los soportales, había un coche aparcado en la puerta que llamó nuestra atención:



Al otro lado de la plaza vimos esta motocicleta. Una de dos, o era el día de los vehículos con solera, o es que Turégano sigue, como siempre, siendo un lugar lleno de magia. Ésta es la motocicleta, sidecar, o como quiera que se llame:


El caso es que, volver a Turégano, siempre me trae recuerdos. Y de ese trabajo, como recepcionista de El Zaguán, aún ha pervivido algo, aunque sólo sean unas palabras que al leerlas reconocí al instante como mías. A pesar de los años que han pasado, el folleto de publicidad de este hotel apenas ha cambiado y sigue empezando por unas líneas que escribí:

La Villa.

Cuando el viajero llega a Turégano desde Segovia, su vista tropieza, inevitablemente, con la plaza porticada y el castillo medieval, lugar tan repleto de historia como de fábulas. De la presencia de Fernando el Católico, Antonio Pérez, el Secretario Real de Felipe II, el Duque de Osuna o el Almirante de Aragón se tienen datos ciertos, amén de otros que forman parte de la leyenda popular.


Todo esto me recuerda que hay una novela terminada, una novela que empezará su andadura, si finalmente un trámite atascado no lo retrasa, a principios de 2012. El Zaguán y el castillo de Turégano, esta plaza porticada y algunos habitantes imaginarios tienen un gran protagonismo en esa historia llena de magia.

domingo, 21 de agosto de 2011

EL CALOR, UNAS FOTOS Y LAS FIESTAS PATRONALES.

¡Qué calor! Ni siquiera en Segovia, lugar al que todos le suponéis un clima gélido, se pueden soportar los días que llevamos. En mi casa, por lo menos, durante el día tenemos unos treinta grados en el salón, llegando a los treinta y dos cuando a mi hija se le "olvida" cerrar la puerta de la terraza. Por la noche la temperatura suele bajar mucho, pero en esta semana no ha bajado de los veintisiete. Con este calor la pereza se multiplica. Parecemos una manada de leones después de una buena comida, tirados en el sofá sin hacer nada.

Todo este tiempo lo he dedicado a pensar, y pensando pensando me he acordado de que llevo semanas aparcando hacerles unas fotos a mis libros. Me ha costado levantarme del sillón, ir a la estantería, sacarlos, buscar la cámara, fotografiarlos y volver a colocar todo. Después he tenido que darme una ducha porque ni os imagináis lo que he sudado. Menos mal que abandoné a tiempo el primer plan, que consistía en limpieza general. Así que, ya que me ha costado tanto hacer una tontería semejante, ¿por qué no compartirla?
Mis dos novelas publicadas, los relatos premiados y un homenaje a mi otra abuela.

A toda la pereza acumulada por el calor hay que sumarle el cansancio. Llevamos una semana de fiestas y, aunque sólo salimos un ratito, estoy agotada por la falta de costumbre y por la música de las atracciones que parece que tienen un altavoz encima de mi cama. Hoy acaban con una comida en el río y esta noche será raro no escuchar más chiscar las trallas (esto debe ser gacería, la jerga exclusiva de Cantalejo y significa golpear las trallas contra el suelo para que hagan ruido). Los quintos llevan desde el uno de agosto haciéndolo y hasta que no lleguen los quintos del año próximo no las volveremos a escuchar. Quiero decir que los que han alcanzado este año la mayoría de edad se han portado, han sido mucho menos pesados que los de otras generaciones. Pero hay que aguantar, es la tradición. Las consecuencias de quejarse contundentemente por esta costumbre forman parte de la peor leyenda negra de este pueblo, esa que no se cuenta en alto no sea que se despierten los fantasmas.