14 de
marzo de 1954…
La
primera vez que abro el diario y tengo mis dudas. No sé hasta qué punto está
bien esto, invadir la intimidad de una persona, recorrer sus vivencias sin su
permiso expreso, pero era Martín y ya hace tanto que se marchó que es posible
que me perdone la intromisión. Quiero saber de él, traerlo conmigo un rato,
sentarme a su lado y dejar que me cuente este fragmento de vida que nunca nos
dio tiempo a compartir: nací tarde para que pudiéramos coincidir demasiado y él
tuvo prisa por marcharse. Apenas fueron diez años de convivencia que hoy, estoy
segura, me saben a poco.
Empiezo
a leer, tratando de acostumbrar mis ojos a esa letra suya, inclinada hacia
adelante pero firme y segura, como el hombre recio al que conocí. Va
desgranando, ciudad tras ciudad, la gira con el ballet de Marianela de Montijo,
donde él actuó como txistulari. Le descubro como nunca le vi, joven y vital, y
me asombra la capacidad de observación que tiene. A medida que paso páginas
empiezo a ser consciente de algo: no tiene a quien escribirle las cartas que
probablemente sus compañeros músicos envían cada día a sus mujeres y por eso se
escribe a sí mismo. Como cronista improvisado para un rotativo inexistente,
Martín anota días, horas, siestas, descansos y ensayos. Recoge los aplausos y
los guarda en papel, para llevárselos a casa, cuando regrese a Madrid, a su
habitación de la calle Oviedo, o cuando logre reunir lo suficiente para volver
a su Bilbao natal, donde le espera su único hijo.
El 19
de julio del 54, rendido, da por terminada la gira y no vuelve a escribir nada
hasta el 24 de abril de 1956…
Yo
salto esos dos años en un suspiro y me encuentro con él, ahora como músico en
la compañía de Marienma. Me veo a su lado tomando el expreso de las nueve y
media de la noche en Madrid, rumbo a la gira por oriente próximo. Hacemos una
parada en Barcelona, más tarde en Figueras y, mientras horas después esperamos
para hacer transbordo en Narbonne, ya en
Francia, me tomo un café a su lado. Al final llegamos a Marsella, la madrugada
del día 26, derrotado él por no haber dormido, fascinada yo porque he podido
imaginar el viaje simplemente dejándome llevar por el rastro que dejaron sus
manos en esta pequeña libreta negra. El descanso dura poco porque a las cuatro
de la tarde ya estamos embarcados en el Jerusalén,
un buque que tiene como destino Israel.
Los
días en el barco pasan lentos. Los rellena con paseos por cubierta y
conversaciones con algún tripulante que se defiende con el español. Pregunta
todo, no quiere dejar que se le escape ni un solo detalle, anota el nombre de
cada pedacito de tierra que se atreve a asomase ante sus ojos en el horizonte
de este mar Mediterráneo. Egaña, el pianista del ballet, nos empieza a
acompañar cada vez con más frecuencia. De simples conocidos van pasando a
amigos y cuando Martín comienza a interesarse por una joven que también viaja
en el barco, se aparta de él, consciente de que si existe una posibilidad de
que crucen algo más que miradas, esa pasa porque él no esté cerca. Yo me quedo,
al fin y al cabo no me ve nadie, y así espío a esta lectora incansable de
novelas que ha llamado la atención de Martín. Al final no pasa nada. Ella está
casada y él es demasiado tímido como para abordarla ni siquiera para entablar
una conversación…
La gira,
cuando finalmente desembarcamos, se llena de sinsabores. Pocos días después de
comenzar, el ambiente se enrarece entre rumores que finalmente se acaban
confirmando: no van a cobrar. Al menos costará mucho que lo logren y, mientras
eso sucede, tendrán que poner de su bolsillo el dinero de la comida y del
alojamiento. No es fácil, nada fácil, saber que volverás a casa con las manos
aún más vacías que antes de marcharte y que, además, en esa aventura habrás
perdido parte de tus exiguos ahorros. La compañía, a pesar de todo, sigue
actuando y viajando, y él no se cansa de recoger cada anécdota: las mima y las
conserva para contárselas un día a su hijo, para que sepa lo duro que fue cada noche
salir al escenario consciente de que la deuda que tienen con él aumenta en la
misma medida que disminuyen las posibilidades de cobrarla. Pero Martín, por
encima de todo, es un artista y no sabe, o no quiere, renunciar a los focos
aunque la luz que dan ahora sea claramente insuficiente.
En
medio de la turné me hace una confesión inesperada. En realidad se la hace a sí
mismo pero mis ojos son testigos: "hoy,
día 16, hace 22 años que me casé con una mujer que no supo hacerme feliz. No
vivo con ella y no me pesa pero hoy, en Estambul, pienso en el hijo que me
espera, lo único bueno que conservo de ese tiempo." Conozco esa historia, es muy triste. En un
tiempo sin divorcio, Martín encontró como única solución a sus problemas poner
tierra de por medio. La vida a veces te compensa y supo esperar. Y en esa
espera apareció María, un diamante escondido entre las telas que invadían cada
rincón de su casa de Cuatro Caminos.
Pero aún es pronto para esa historia con
la modista, faltan casi diez años para que eche a andar…
Los
ojos se me cierran, me he bebido todas las páginas de un trago y casi no soy
capaz de entender la letra diminuta en la que, al final, anota lo que le deben:
casi treinta mil pesetas, una fortuna para su tiempo.
Cierro
la libreta y la guardo en mi mesilla, con un rastro de agua en mis ojos. Sé que
cuando quiera, cuando lo necesite, volveré a vivir, de su mano, esta historia
suya que también es un poco mía. Porque Martín fue mi familia.
Porque yo me
llamo Mayte porque él insistió.
Mayte Esteban
Enero,
2013.