Hay gente que solo es capaz de vivir a base de emociones
grandes. Necesita cambiar constantemente los escenarios, las personas, los
trabajos, buscar a su alrededor algo que haga que la adrenalina corra por sus
venas y active su organismo de manera salvaje. Necesitan vivir al límite.
Otras personas, lo contrario.
Necesitan muy poco. Un abrazo, unas
palabras, un cielo azul, un te quiero a media voz, un gesto amable o
dos minutos de música. Esas cosas tan sencillas llenan su corazón hasta desbordarlo de una felicidad que otros a veces no entienden.
No soy de grandes emociones, soy más de lo segundo. A mí las montañas rusas
no me van, ya me pone en bastantes aprietos la vida como para subirme de manera
voluntaria en ellas. Pero a veces, conformarte con poco tiene su lado oscuro. No haces ruido, parece que no te hace falta nada y hay días que fallan los abrazos, las palabras, el cielo azul, los gestos y la música.
No importa.
Hace mucho que descubrí que existían unos objetos mágicos, los
libros, capaces de salvarme de cualquier desastre. Hace mucho, casi por
casualidad, supe que tenía el don de escribir historias. Más o menos
buenas, pero era capaz de hacerlo.
Desde entonces, cuando la vida me niega ese poquito de
felicidad que necesito, no me desespero del todo. Sé que hay una estantería llena de tesoros
en mi salón, sé que, si esos no me apetecen, solo tengo que cerrar los ojos un
tiempo, abrir mi portátil y empezar a contar una historia. Tengo el poder en mis dedos y la música bailando en ellos siempre que quiera.
A veces salgo a esa
mar sin rumbo a pescar palabras, me da igual si no regreso con las redes llenas. El caso es sentir el viento en la
cara y contagiarme de la paz de la travesía.
Llega el verano, para mí la peor época del año por millones
de razones, pero no me voy a preocupar. Tengo mi barca preparada para salir al
mar. Las redes esperando a que conquiste cualquier orilla, a que me deje llevar.
Sin rumbo, sin compañero.
A solas con mis palabras.
A solas con el viento.