Me entrevistaron en Eiberoamerica.com para hablar sobre La lectora de Bécquer. Por si gustáis.
Gracias a Paquita Sánchez Galbarro por esta charla de media hora tan interesante.
MAYTE ESTEBAN. Escritora. Abrí paso en España al mundo de la autoedición. Hoy publico con HarperCollins.
Me entrevistaron en Eiberoamerica.com para hablar sobre La lectora de Bécquer. Por si gustáis.
Gracias a Paquita Sánchez Galbarro por esta charla de media hora tan interesante.
Sinopsis:
Dos hermanas. Un país dividido. Un amor imposible.
Estefanía y Selina, hijas de una familia acomodada de Oviedo, viven sus días entre las imágenes religiosas del taller familiar y los sueños de un matrimonio ideal. Pero en la Asturias de los años treinta, el amor nunca es solo amor: es clase, es política, es destino.
Fani se enamora de un guardia civil. Lina, de un joven minero comprometido con la lucha obrera. Entre el incienso y la dinamita, sus elecciones marcarán el rumbo de sus vidas y el de toda una familia. La revolución estalla, la tragedia golpea y el rencor levanta muros incluso entre hermanas.
Una historia inolvidable sobre la fuerza de los lazos familiares, el coraje femenino y la memoria que nunca muere.
Mis impresiones:
Hay novelas en las que te sumerges sabiendo que estás en buenas manos. Conozco las de Mayte Uceda desde el principio, sé lo que esta asturiana de Cudillero es capaz de hacer con las palabras `por las veces que me he rendido a sus historias. Sé que se pasa meses sumergida en montañas de documentación y que reflexiona cada párrafo para ofrecernos, a sus lectores, la mejor versión de sí misma.
Cuando me adentré en Los amores paralelos, entré, por tanto, con prejuicios.
Positivos, por supuesto, pero al fin y al cabo, seguían siendo prejuicios.
O quizá no sea la palabra, sino que la intuición me decía que iba a ser, como así ha sido, una gran novela en la línea de las anteriores.
Da igual el párrafo que elijas, el diálogo que destaques de la novela, Mayte los hace bellos y verosímiles, consigue que sientas el duro trabajo de la mina y el ambiente refinado del taller de imágenes religiosas de Xabier Arnau, que te veas paseando por Oviedo o por los prados donde tienen su hogar Nel, Antón y Yago, con Lobo siguiéndoles los talones.
La novela, con esa elección de trama -una hermana enamorada de un minero y la otra de un Guardia Civil-, narra la polarización social de la Segunda República, la lucha de los obreros por mejorar sus condiciones de vida y la de la burguesía por mantenerse en el que es su modo de vida. Mayte intenta ofrecer el punto de vista de todos los personajes, y para ello, aunque el prólogo esté narrado por uno de ellos, Lina, el resto está dirigido por un narrador omnisciente. El hecho de que haya elegido a dos hermanas enfrentadas no es casual, en la guerra civil que siguió a las revueltas en la cuenca minera asturiana en los años 30 son hermanos los que se enfrentan, familias que se dividen y que tardarán muchos años en aparcar sus diferencias.
Si es que lo hacen en algún momento.
No hay que elegir un personaje favorito cuando lees, faltaría más, pero en esta novela a mí me ha gustado mucho Nel, el pequeño de los hermanos mineros. La historia entre él y el padre de Lina me ha parecido un guiño al poder de unión que tiene el arte. Xabier Arnau encuentra en ese pequeño el aprendiz que está buscando y le importa muy poco que pertenezca a un mundo completamente diferente al suyo. A través del arte, dos personas que proceden de mundos antagónicos, dejan las diferencias y se concentran en la belleza. El arte aparece como un elemento que humaniza a las personas por encima de sus ideas.
La novela da para hablar de ella durante mucho tiempo, pero es complicadísimo hacerlo sin que se te escape nada, así que lo mejor será que sea el propio libro quien os hable de lo que sucede. Siempre he recomendado a Mayte y voy a seguir haciéndolo después de esta novela.
Creo que es una enorme autora a la que merece la pena conocer.
Estoy deseando que os adentréis en el mundo de Los cerezos de Central Park. Si en La colina del almendro los acontecimientos reales se mezclan con la ficción, esta novela no iba a ser menos. He intentado que la documentación no cargue mucho el texto, porque creo que eso hace perder un poco de vista la trama principal, así que, como existe el blog, voy a empezar a contar cositas aquí.
Os hablo de las revistas de guerra.
En los primeros años 20, la guerra en Europa había terminado, aunque todavía quedara tiempo para que sus habitantes se recuperasen del tremendo mazazo que supuso la Primera Guerra Mundial.
Durante el conflicto, para cubrir el vacío de información y alentar a la población para que no desfalleciera, nacieron las revistas de guerra, publicaciones como The Illustrated War News. Supusieron casi el único camino para entender el caos que se extendía por el mundo. Vivieron su momento de mayor intensidad en los años más duros de la guerra, llenando los quioscos de diagramas de artillería y rostros de generales, intentando explicar lo que estaba pasando a miles de kilómetros.
Para 1922, esas publicaciones ya no tenían sentido. Tras el armisticio, las revistas de guerra se enfrentaron a una pregunta incómoda: ¿qué se publica cuando acaba su razón de ser? El público, agotado por años de propaganda y luto, ya no buscaba la glorificación del héroe, sino otra cosa: reconstrucción, modernidad, belleza y, sobre todo, una forma de olvidar el dolor.
Los editores más sagaces, como Bruce Ingram al frente de The Illustrated London News, entendieron el cambio de tendencia. El camino era claro: menos épica bélica y más cultura y vida. Había que aprender a mirar el mundo con ojos nuevos. The Illustrated War News, que había sido un suplemento de guerra de The Illustrated London News, dejó de publicarse en 1918, y la casa matriz giró hacia temas más amplios y cotidianos.
Es en este escenario de reinvención donde nace, en mi imaginación y en mi novela, Illustrated Times.
Esta revista es hija de la guerra, la publicación de Edward Reynolds, que tiene que ver con la resolución de La colina del almendro y que, en Los cerezos de Central Park, ha perdido su sentido (y algo más que sería un spoiler). Ya no puede vivir del pasado, así que tocará tomar decisiones sobre ella.
Cuento todo esto porque para mí Illustrated Times, mi revista imaginaria, me ayudó a entender cómo cambiaron las revistas reales tras la Gran Guerra y me permitió desarrollar una mínima parte de la trama de algunos de mis protagonistas.
Una de las virtudes de la desmemoria es que te protege de los recuerdos asociados a una fecha. Buenos o malos, se pierden en el enjambre de datos que pueblan este extraño paraje de la mente donde el orden no es el rey.
Yo, 56 años casi, soy el vivo reflejo de esta aseveración.
Mi madre, 80, tiene una CPU de las que ya no se fabrican, un cerebro ordenado, capaz de registrar efemérides infinitas ante tu pasmo o el del neurólogo de turno. Ni un ictus hace año y medio ha logrado hacer mella en su extraordinaria memoria. Se acuerda de todo con una precisión tan increíble que me pregunto dónde hubiera llegado si hubiera estudiado.
Al infinito, supongo.
Pero hoy su memoria, para mí, ha sido una condena:
«Hoy hace 11 años que murió Antonio».
Lo ha dicho sin pestañear, en su ejercicio diario de gimnasia mental que también se acuerda de lo malo, y la noticia me ha sacudido, como un mazazo interno, con la misma fuerza que un miércoles de hace 11 años. He vuelto a sentirme una niña perdida y, casi al momento, he retrocedido más años aún, hasta un día de mediados de julio de 2006 cuando, sentados en un banco del tanatorio de Guadalajara, Antonio me dijo:
«Tu padre ha muerto, pero yo estoy aquí para cuidar de ti».
No tenía por qué, yo tenía 36 años, una vida armada, hijos, marido, una casa, trabajo..., pero acababa de morir mi padre y supo ver que era una niña perdida que se acababa de quedar huérfana. Y quiso convertirse en mi padre.
Cumplió con creces la promesa.
Hoy, mi madre, con su memoria de elefante ha entrado en la cacharrería que son mis recuerdos y los ha puesto del revés. Estoy extrañando a Antonio, llorándolo como si se hubiera ido esta mañana. Porque recuerdo que la vida me dio un padre extraordinario, pero después me regaló otro que no le andaba lejos y ya hace mucho que no tengo a ninguno de los dos.
Y así me pasa, que vivo naufragando todo el tiempo, buscando volver a una casa que no existe y a unos brazos que me abracen y me convenzan de que todo estará bien. Añorando la tranquilidad de un puerto seguro al que amarrarme en las tormentas que no dejan de azotarme.
Así estoy, poniendo faros por las noches, porque las anclas se me perdieron y las echo muchísimo de menos.
Hoy, mucho más.